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Literatura

Los cien años como poeta de Primo Levi

por Alejandro Oliveros

10/08/2019

Primo Levi

La obra poética de Primo Levi (1919-1987) fue recogida en un volumen de poco más de cien páginas. El título del libro es elocuente: Ad ora incerta. En su brevedad, la selección evoca la incertidumbre de los tiempos del autor, que lo llevaría al suicidio en 1978, en su ciudad natal Turín, a los 68 años. A Levi, como poeta, la lengua italiana le debe, también, ocho exquisitas versiones del Buch der Lieder, de Heine. En algún lugar, Levi se refirió a su actividad como lírico: “¿Quién no ha escrito poemas en alguna oportunidad? También yo, a intervalos regulares, Ad ora incerta, he cedido a este estímulo. Al parecer, forma parte de nuestro patrimonio genético”. Y, en la Introducción a sus poesías reunidas:

“En algún momento, la poesía me pareció más idónea que la prosa para transmitir una idea o una imagen. No sabría decir por qué y nunca me ha preocupado. Conozco mal las teorías poéticas y leo poca poesía ajena. Y ni siquiera creo en la excelencia de estos poemas. Sólo puedo asegurar al lector eventual que, en raros instantes (en promedio, no más de una vez al año), estímulos particulares han asumido, de manera natural, cierta forma que mi mitad racional continúa considerando como no naturales”. Ad ora incerta es el equivalente italiano de “Since then at an Uncertain Hour”, del clásico de Coleridge, Ballad of the Ancient Mariner. Mejor conocido como autor de los testimonios narrativos más confiables y mejor escritos sobre la experiencia concentracionaria nazi. Levi, a los cien años de su nacimiento, debería ser reconocido como uno de los poetas más permanentes de su tiempo.

VALLE

No es fácil llegar.
Es un valle que sólo yo conozco,
con sus precipicios a la entrada,
zarzas, pasajes secretos, aguas rápidas
y senderos que se reducen a unos rastros.
La mayoría de los mapas lo ignora:
fui yo quien encontró la vía de acceso.
Me llevó años,
equivocándome a menudo, como puede suceder,
pero no fue tiempo perdido.
No sé quién haya estado antes,
uno, varios o ninguno:
el asunto carece de importancia.
Se pueden ver signos sobre las rocas,
unos hermosos, todos misteriosos,
algunos no hechos por mano humana.
Hacia abajo están las hayas y abedules,
en lo alto abetos y alerces
cada vez más despojados y estremecidos por el viento
que les arrebata el polen en la primavera
cuando despiertan las primeras marmotas.
Más arriba existen siete lagos
de agua incontaminada,
limpios, oscuros, profundos y gélidos.
En estas alturas las plantas locales desaparecen.
Pero, al borde del precipicio, existe un árbol robusto,
floreciente y siempre verde,
al cual nadie le ha dado nombre
y que, tal vez, sea el mencionado por el Génesis.
Da flores y frutos en todas las estaciones,
incluso cuando la nieve pesa sobre sus ramas.
No tiene semejante, fecunda por sí solo,
su tronco tiene viejas heridas
de las cuales brota una resina amarga
y dulce que propicia el olvido.

(1948)

*

SHEMÀ

Ustedes, que viven seguros
en sus cálidas casas,
que al regresar de noche encuentran la mesa puesta y rostros amigos:
Consideren si esto es un hombre,
uno que trabaja en el barro
que no conoce la paz
que lucha por un mendrugo de pan
que muere por un sí o un no.
Consideren si esto es una mujer,
que perdió su nombre y sus cabellos
y hasta la fuerza para recordar;Ç
vacíos los ojos y el regazo helado
como una rana de invierno.
No olviden que esto ocurrió:
graben estas palabras en el corazón.
Piensen en ellas al estar en casa
o caminando por la calle, al acostarse o levantarse:
repítanlas a sus hijos.
O si se les destruye la casa,
o la enfermedad los inutiliza
o los hijos les dan la espalda.

(1946)

*

EL ELEFANTE

Sigan cavando: encontrarán mis absurdos
huesos en este lugar lleno de nieve.
Estaba cansado de la carga y el camino
y me hacían tanta falta el calor y la hierba.
Hallarán monedas y armas púnicas
enterradas por las avalanchas: ¡absurdo, absurdo!
Absurda es mi historia y la Historia:
¿qué me importaban Roma o Cartago?
Ahora, mi hermoso marfil, nuestro orgullo,
noble y curvo como la luna,
yace en astillas entre los guijarros del torrente:
no estaba hecho para traspasar armaduras,
sino para excavar hierbas y agradar a las hembras.
Nosotros sólo peleamos por ellas
y lo hacemos con sabiduría, sin derramar sangre.
¿Quieren conocer mi historia? Es breve.
El indio, con su astucia, me atrajo y me domó,
el egipcio me puso cadenas y fui vendido;
el fenicio me recubrió de armas
y colocó una torre sobre la grupa.
Absurdo que yo, una mole de carne,
invulnerable, gentil, terrible,
presionado entre montañas enemigas
resbalase sobre este hielo jamás visto.
No hay salvación para nosotros cuando caemos.
Durante años un ciego audaz buscó
mi corazón con la punta de una lanza.
En estas cumbres lívidas, durante el atardecer,
he lanzado mi inútil bramido
moribundo: «absurdo, absurdo”.

*

LADRONES

Llegan de noche como hilos de niebla,
con frecuencia incluso en pleno día.
Inadvertidos, se infiltran a través
de las hendiduras, de los huecos de las cerraduras, sin ruidos. No dejan huellas
ni quebrados cerrojos, ni desórdenes. Son los ladrones del tiempo,
líquidos y viscosos como sanguijuelas: se beben tu tiempo y lo escupen
como si botaran inmundicia.
Nunca se les ha visto el rostro. ¿Tienen rostro? Labios y lengua sí,
y dientes muy pequeños y afilados.
Chupan sin causar dolor
dejando sólo una lívida cicatriz.

(Versiones Alejandro Oliveros)


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