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Perspectivas

Libertad, derechos y Estado en Fermín Toro

por David Ruiz Chataing

09/12/2019

Fermin Toro retratado por Antonio Herrera Toro, 1897.

Fermín Toro nace en los albores de las luchas emancipadoras en el pueblo de El Valle, cercano a Caracas, el 14 de julio de 1806. Muere el 23 de diciembre de 1865, cuando aún ardían las candelas de la Guerra Federal. Tiempos de guerreros y caudillos aunque él, por el contrario, enarboló la palabra y la moralidad como armas de lucha, y exaltó las bondades del poder civil. Fue político, diplomático, escritor y docente: un pensador que no se aferró dogmáticamente a ninguna doctrina. Conocía las distancias entre las ideas y la realidad. Fue también un hombre de Estado, un estadista. Sobre Fermín Toro han escrito nuestros más importantes intelectuales: Juan Vicente González, Felipe Tejera, Ángel César Rivas, Elías Toro, Mariano Picón Salas, Augusto Mijares, Enrique Bernardo Núñez, Fernando Paz Castillo, Guillermo Morón, José Luis Salcedo Bastardo, Domingo Miliani, Elías Pino Iturrieta, entre otros. De manera pues que Toro es uno de nuestros autores clásicos del siglo XIX: por lo que reflexionó y por la historiografía posterior que ha generado su obra.

Toro fue bolivariano cuando aquello no era un buen negocio. Escribió La descripción de los honores fúnebres consagrados a los restos del Libertador Simón Bolívar, en 1842. En 1832, desde su curul parlamentaria, solicitó que se repatriaran los restos del insigne prócer. Esto le valió el odio de mucha gente poderosa que consideraba a Bolívar un dictador de ideas anti venezolanas. Entre 1839 y 1841 desempeñó funciones diplomáticas en Londres. De su experiencia en la capital del imperio británico surgió la novela Los mártires (1842): cruda descripción de la situación de la clase proletaria en el capitalismo.

En 1839 publica en la prensa caraqueña «Europa y América»: una denuncia al colonialismo y al feudalismo industrial. En ese texto critica el mantenimiento de la esclavitud en Estados Unidos, repudia las filosofías ateas y materialistas, exalta el cristianismo. Reivindica, asimismo, el derecho de los humildes de disfrutar de los bienes de la sociedad, y defiende los gobiernos republicanos sustentados en la ley, el poder y la libertad contra los regímenes tiránicos. Toro es de la convicción de que no hay libertad sin religión y moralidad. A partir de 1830, las élites dirigentes son de esa misma convicción: más allá de la razón legisladora, se requiere de valores religiosos y de moralidad. Manuel Antonio Carreño en su Manual de urbanidad y buenas maneras (1841), Guillermo Michelena en su Catecismo del verdadero republicano o del hombre emancipado (1851) y Ramón Ramírez El cristianismo y la libertad. Ensayo sobre la civilización americana (1855) están imbuidos de esta concepción: la religión católica debe ser el sustento moral de la República. De allí su énfasis en el estímulo de la educación, la libertad de pensamiento, las asociaciones, y un clero ilustrado que fortalezca la moral y la religión.

América está destinada a ser el refugio de la libertad republicana, pues no existen en el continente americano los obstáculos que hay en Europa; esta última resulta una sociedad cargada de privilegios y opresiones. A pesar de sus idealismos, Fermín Toro defiende el orden sustentado en las charreteras del general Páez, idealiza los tiempos de la oligarquía conservadora, llama a Antonio Leocadio Guzmán y a los liberales «trastornadores».

En 1838 Fermín Toro, desde el Colegio Independencia, y Rafael Acevedo, desde su cátedra en la Universidad de Caracas, polemizan sobre estos temas. Toro defiende las ideas intuitivas, el hecho de existir una moral universal previa a las convenciones humanas, aboga por la religión y la moral como base de la sociedad. Acevedo defiende el conocimiento basado en la razón y la experiencia. Toro considera que el sensualismo de Condillac conduce al materialismo y al ateísmo. Toro se plantea romper (como revela Mirla Alcibíades en su libro La heroica aventura de construir una república —Caracas, 2004) con la preeminencia de las tesis sensualistas, fortalecer el discurso basado en la moral cristiana, construir una filosofía que exalte la participación social y devolver la supremacía a las fuerzas del espíritu. Asimismo, propone reivindicar en América lo que Guizot, Mackintosh, Cousin, Kant, Dugald-Stewart, Lamennais defienden en Europa: la revalorización de las ideas, del espíritu, de la moral y de la religión como fundamento de la sociedad.

En otro de sus textos más conocidos Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834, expone que el objetivo de la sociedad es el bien, que cualquier derecho o libertad que se extralimite ataca la libre asociación, en consecuencia, el Estado interviene para restablecer el equilibrio. Critica a los economistas quienes sostienen que la creación de riqueza requiere de una libertad absoluta que legitima la usura. Toro reconoce que la base del desarrollo de la sociedad es la acción individual; empero, si en las sociedades antiguas predominaban los intereses colectivos hasta convertirse en opresivos, en la vida moderna el individualismo tiraniza la sociedad. Hay que mantener la unidad, buscar equilibrios entro lo individual y lo público. Por estas ideas Don Virgilio Tosta llama a Fermín Toro «sociólogo de la armonía».

En el contexto de una aguda crisis económica, agravada por las políticas liberales ortodoxas de la oligarquía conservadora, Toro rechaza la usura y la liquidación de las propiedades de los deudores a precios viles. Hay que regular el préstamo a interés, así como el remate de propiedades de los deudores tomando en consideración la necesidad de proteger la riqueza venezolana que es la agricultura. Naudy Suárez Figueroa (Nueva Política. Revista Ideológica, N° 47 —Caracas, 1991) pone en evidencia que estas ideas de equilibrio entre igualdad y libertad expuestas por Toro en sus Reflexiones… están «confesamente entresacadas del Evangelio». En Hispanoamérica, Esteban Echeverría, entre los más citados, defienden la necesidad de un fundamento moral para la construcción de la República.

En carta dirigida a un diplomático norteamericano de apellido Shields (1848), Toro expone que la causa de las dificultades en nuestros procesos de construcción nacional es haber adoptado un sistema –el republicano– ajeno a nuestras costumbres, educación y hábitos.

Luego del golpe contra el parlamento en enero de 1848, emisarios de Monagas lo mandan a buscar para restablecer el funcionamiento de la cámara; Toro les dirá que no se prostituye y no regresa a aquel congreso sometido entonces por la bota militar. Desde ese momento se retira por un tiempo de la política. Años después dirá, en la Convención de Valencia de 1858, que las bases auténticas de una Constitución para Venezuela eran la instrucción, la moralidad, el trabajo y hábitos de economía. Es decir, había que sembrar el espíritu de libertad, el espíritu republicano. En esa Constituyente de 1858 defiende disminuir la cantidad de provincias y ensanchar el poder local, al tiempo que hace la apología de la gestión del general Julián Castro y su Revolución de Marzo, sobre la base del espíritu de concordia y olvido de lo pasado que la inspiró. También argumenta en favor de que se considere ciudadano solo al hombre trabajador y propietario. Por otra parte, es partidario de un sistema centro-federal: no tenemos ni la civilización ni la cultura para asumir plenamente el sistema federal. Defiende la libertad de imprenta con los límites que cuidan el honor, los derechos de todos y de la libre asociación. (Eleonora Gabaldón: La Convención de Valencia (la idea federal) 1858 —Caracas, 1988).

Hay quienes han pretendido encontrar un supuesto socialismo en Fermín Toro. Toro rechaza las doctrinas que plantean el despojo de la propiedad y que postulan el ascenso social sin merecimientos. Para Europa puede ser que el pensador caraqueño formule alguna suerte de socialismo, pero en la Venezuela que arranca desde 1830 se le nota muy contento con la hegemonía de un hombre fuerte al que considera bueno, y de una élite ilustrada y propietaria de la tierra. Para introducir matices en este enfoque, Toro reconoce la necesidad de implantar instituciones, esto es, gobiernos de leyes. Los gobiernos en Venezuela siempre se han sustentado en algún personalismo: Bolívar, Páez, Monagas. En este sentido, Toro se muestra anti personalista y anti dictadura y defensor de la civilidad (cuestiona al Páez que vulnera la legalidad en 1864); considera que para avanzar en el proyecto republicano hay que fortalecer la economía y esto se realizaría con inmigración, caminos, justa remuneración del trabajo, incorporación de avances tecnológicos en la agricultura, intervención del Estado para evitar la especulación y la usura; creación de instituciones para financiar la agricultura y fomento del comercio internacional mediante tratados. (Tomás Enrique Carrillo Batalla: Historia del pensamiento económico de Fermín Toro —Caracas, 1998).

Fermín Toro considera que la libertad –el ejercicio de los derechos– tiene un límite: el que impide que se abuse o se atropelle otra garantía. Allí debe el Estado mostrar que preserva un poder de «tuición», un poder regulador que reprima, que intervenga para corregir los desequilibrios. Lo fundamental es preservar el orden social, el bien colectivo. Para esto se constituye la sociedad.


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