Literatura

Lectoras y lectores: Michel Houellebecq ha vuelto

Fotografía de Boris Roessler / dpa / AFP

06/01/2019

Serotonina, la nueva novela de Michel Houellebecq, es una síntesis de todas sus obsesiones: las que ya abordó en Las partículas elementales y Plataforma –el vacío existencial del bienestar europeo, la naturaleza áspera del sexo como otra forma de soledad, el turismo a gran escala como naufragio y los lugares vaciados de sentido por el esnobismo- junto con otros que consiguió más claramente en Mapa y territorio –la muerte como elección, la pérdida de los oficios artesanales, la industrialización de la enfermedad,  la soledad y gentrificación-. Seretonina (Anagrama), que se publica el 9 de enero de 2019 en España, resume no sólo al Houellebecq que nos fue confiscado en Sumisión, aquella supuesta novela islamofóbica que tenía más de farsa política  que otra cosa, sino que nos muestra a un Houellebecq que se cae a pedazos de otra forma. Un Houellebecq capaz de ser empático para abatirnos y deprimirnos con una tristeza poco usual en sus páginas devastadoras y frías.

Como en la mayoría de sus libros, el protagonista es un trasunto de todo cuanto Houellebecq detesta o padece. Se trata de Florent-Claude Labrouste, un funcionario del ministerio agrícola francés de cuarenta y seis años, que cae en una profunda depresión que intenta capear con Captorix, un antidepresivo que libera serotonina y que tiene tres efectos adversos: náuseas, desaparición de la libido e impotencia. Algo en Florent recuerda a su Michel de Plataforma, aquel burócrata cínico, nihilista y sexualmente hiperactivo gracias a la viagra. De hecho, lo que era la viagra en Plataforma, lo es el Captorix en Serotonina, un catalizador del abismo individualista de la Europa actual.

Florent sufre del atasco existencial de los protagonistas de Houellebecq el Jed Martin de Mapa y territorio e incluso el protagonista de Sumisión-. Experimenta, como ellos,  un momento de embotamiento y decadencia que se expresa en todo: su relación con el sexo, con las mujeres, con el trabajo, con el bienestar económico. Alguien que vive bien –sueldo de funcionario, holgura material- y que aun así cae en picado. A pesar de eso,  un rasgo distingue a Florent de sus predecesores: hay un periplo vital, como quien desanda sus pasos perdidos y para ello recorre, al mismo tiempo, el país que forman las carreteras francesas y las de sus relaciones estropeadas. Ambos suponen un laberinto.

Hay en Serotonina una sensación más profunda de oscuridad y abatimiento, un malestar poroso que traspasa al lector, hasta convertir la lectura en una larga travesía de desapego. Renueva sus votos el escritor en su odio por lo francés, que es una seña de identidad de todos sus libros. Florent, que recorre toda la Francia de provincias –al igual que lo hacía con la excusa de la Guía Michelín en Mapa y Territorio-, se pasea por enormes granjas industriales donde se crían pollos, muestra a un sector agrario aplastado por la industrialización e incluso por la relación comercial que traza la Unión Europea.

Menos rabioso que en aquellos primeros libros que lo acercaban al Thomas Berhnard de Tala, en estas páginas hay un Houellebecq que se detiene en la falta de los afectos y la soledad como el síndrome más profundo de una sociedad atomizada y pre-Macron. Resulta inevitable no leer en clave “chalecos amarillos” este paisaje de perpetua disolución y desilusión. Hay en este libro un viaje europeo hacia la frustración y las cuentas pendientes. No en vano el viaje de Florent arranca en Almería y aunque la mirada de Houllebecq hacia España respira algo de paternalismo peyorativo, resulta iluminador el contraste entre una Francia muerta y una España atrasada y vitalista aunque ésa es, claro, una nota antropológica al margen.

Sus elaboraciones de los indignados comienzan como una pulsión adolescente, casi sexual, en esa gasolinera almeriense donde consigue a dos jóvenes chicas y a partir de la cual empieza su ruta hacia la decadencia : desde las calles de París hasta Normandía, donde los agricultores están en pie de guerra. Francia se hunde, la Unión Europea se hunde, la vida sin rumbo de Florent-Claude se hunde. El amor es una entelequia, se evapora y se escurre. El sexo es una catástrofe. La cultura –ni siquiera Proust o Thomas Mann– no es una tabla de salvación.

Camille, Claire, Yunzun, Kate… las parejas de Florent parecen afecciones más que relaciones. Kate, aquel amor de juventud que se pierde por cobardía; la japonesa Yunzun, cosificada como un robot que sólo consume y se entrega al sexo con cierto automatismo; Claire, una actriz que nunca consiguió mayor éxito que una obra de George Bataille –una vez más a la cultura francesa siempre la crucifica- y que termina alcohólica, o Camille, la recreación más cercana a la felicidad de este hombre que está, perpetuamente, dando vueltas a la laguna de la muerte. Como lo fue lo eutanasia en Mapa y territorio, lo es aquí el suicidio, un elemento especialmente nítido en los padres del protagonista, quienes se provocan la muerte para abandonar juntos este mundo ante el cáncer de cerebro del padre. Todas la puertas afectivas parecen cerradas para Florent, que se mantiene ajeno incluso al intenso amor que sintieron sus padres el uno por el otro y del cual él es excluido.

El Premio Goncourt 2010 ha vuelto con menos boutades, incluso su moralismo estalla en este libro de otra manera, más áspero y ensombrecido que nunca, pero tocado por el estilo que se había desdibujado en Sumisión. Aunque desteñido con respecto a Plataforma, algo de este Houellebecq resume al de aquella novela. Su capacidad de anticipación del malestar colectivo de Occidente permanece intacta. Él, el hombre que vaticinó aquellos atentados en Tailandia, que leyó el hundimiento de Mapa y territorio y satirizó a una Francia azotada por el terrorismo islámico, sopla en este libro con un viento gélido, triste y desasosegante, como si la prosa –e incluso el físico del novelista- anticiparan la disolución europea en sus propias cuentas pendientes.

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Este texto fue publicado originalmente en Vozpópuli.


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