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Lea el discurso de Guillermo Sucre al recibir el doctorado ‘honoris causa’ conferido por la Universidad Simón Bolívar

por Guillermo Sucre

10/02/2020

La Universidad Simón Bolívar confirió doctorado honoris causa a Rafael Cadenas y a Guillermo Sucre, respectivamente, en emotivo acto celebrado el 7 de febrero de 2020 en el Paraninfo del campus del Valle de Sartenejas. Estas son las palabras que el poeta y crítico Sucre leyó al recibir tan merecido reconocimiento

Fotografía de Vasco Szinetar

Señoras y señores, vuelvo a esta casa de estudios en la cual ingresé como profesor en 1975; en ella permanecí doce años.

Entonces yo sentía que nuestra incipiente democracia, que habíamos conquistado en 1958, se consolidaba un poco más y valía la pena luchar para que ella fuera una democracia de corazón inteligente. Era ya muy atractivo que en la última elección presidencial y parlamentaria el electorado hubiera aumentado, que se hubiesen fundado nuevas universidades con criterios más modernos –como esta universidad Simón Bolívar–, así como que se hubiese creado una gran variedad de instituciones culturales.

Aún recuerdo pequeños placeres del cuerpo y del espíritu –como es evidente yo era mucho más joven– como cuando dormía una pequeña siesta después de almorzar, tendido en el césped que quedaba frente a la casa del rectorado. En la Universidad había dos buenos comedores, pero yo prefería comer de pie en el cafetín de refrescos y sánduches. Allí, un día, conocí a un profesor de filosofía más joven que yo, pero más o menos de mi generación, que tenía el mismo hábito: era Rafael Tomás Caldera quien me decía que el mejor refrigerio para nuestros sánduches era la Cocacola. Nos hicimos buenos amigos y con frecuencia colaboramos juntos en tareas extra cátedra, como la reunión cada semana para leer poemas de autores que invitábamos, como Rafael Cadenas y Octavio Armand, o se leían ensayos sobre poesía como la charla que Rafael Tomás leyó sobre Jorge Guillén sobre un poema de Cántico.

Trabajé con fervor durante esos años en la fundación de la Maestría de Literatura Hispanoamericana, a la vez que daba clases de literatura en el Departamento de Estudios Generales, porque quería demostrar que los estudiantes de ciencias eran capaces de leer bien a autores considerados difíciles que formaban parte de nuestra formación estética.

En esa Maestría realizamos un seminario sobre la obra de José Antonio Ramos Sucre, para el que obtuvimos el permiso necesario de modo de prolongarlo tres semestres con la intención de publicar, finalmente, un libro colectivo sobre ese autor. Ese libro –que no se publicó– sirvió de base para el Ramos Sucre de la Colección Archivos auspiciada por la UNESCO, coordinado por la profesora Alba Rosa Hernández.

De la Maestría también surgió un grupo de voluntarios que trabajó en la selección, análisis y recopilación bibliografía de una antología de la poesía hispanoamericana moderna que luego publicó Monte Ávila en dos tomos.

Todos estos logros institucionales y personales, y la continuidad con que se han mantenido hasta ahora, se deben a los principios y a los ideales que sirven de fundamento a toda verdadera universidad. Y la palabra que los reúne no es otra que aquella que el Quijote invocaba: la libertad.

«La libertad, Sancho, es el bien más grande que los cielos y la tierra han dado a los hombres. Por la libertad debemos luchar y hasta dar nuestras vidas». Con esta frase: La libertad Sancho, la Fundación Valle de San Francisco publicó un librito en 2013, una antología de fragmentos y textos de los cursos que dictábamos varios profesores de nuestra generación, bajo la consigna del programa de esa Fundación: «entre todas las artes liberales comencemos por aquella que nos hace libres». Es una frase de Michel de Montaigne en su ensayo sobre la educación. No se trata de una simple libertad académica, sino de la libertad total del hombre cuya finalidad es preservar la vida. Para Montaigne, es preferible un hombre bien hecho, capaz de decidir por sí mismo en todas las circunstancias críticas de la vida, a un hombre bien informado que solamente repite lo que sabe.

En su ensayo «La palabra revolución», Mariano Picón Salas se opone al pensamiento único ya sea de la izquierda o de la derecha. Nada vale una justicia social –dice– que no sea discutida, ya sea aceptada o no, por mi conciencia. La primera libertad del hombre es la libertad de la conciencia.

Lo reglamentario y el colectivismo tienden a imponerse en nuestra época y por eso debemos oponernos a ello.

Montaigne habla del hombre concreto y también Cervantes. Por eso el Quijote tiene sentido de la libertad. La grandeza de la vida está en poder ejercer ese derecho de manera limpia y discreta.

De otro texto, en ese mismo libro, quisiera recordar ahora unas palabras de Albert Camus. Para Camus, la democracia siempre es modesta y exalta la vida antes del sentido que le demos a ella. Para él, «demócrata en definitiva, es aquel que admite que el adversario puede tener razón, que le permite, por lo tanto, expresarse y acepta reflexionar sobre sus argumentos».

La frase del Quijote tiene resonancia en toda la novela, en la creación de sus personajes –que son seres de carne y hueso–, en la visión y el punto de vista narrativos y en la gravitación que tiene lo imaginario en la historia. Todo es imaginario y todo es real en el mundo de Don Quijote. Al final, el personaje que nos parecía más realista es quien quiere continuar la aventura del Quijote.

La libertad que el Quijote enseña no se gana con dádivas sino que hay que luchar y sufrir por ella. Y esto supone, igualmente, un sentido de la tolerancia y de respeto al otro y un freno al fanatismo.

El último texto de La libertad Sancho es un fragmento de las conferencias de Amos Oz sobre el fanatismo en nuestra época, donde dice que el fanatismo es «más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente el fanatismo es un componente presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera».

Amos Oz, escritor israelita que vivió y murió –recientemente– en Israel, nos hace ver que la sabiduría está en cobrar conciencia de este hecho y por ello podemos considerarlo a él como un demócrata revolucionario que no corta cabezas.

Hace casi setenta años Rafael Cadenas y yo éramos muy jóvenes y estuvimos presos juntos; juntos, además, con otros diez estudiantes por defender la autonomía universitaria y por la reconquista de las libertades democráticas en este país.

Rafael Cadenas y Guillermo Sucre. Fotografía de Vasco Szinetar

Nos llevaron inicialmente a la cárcel del Obispo, que quedaba en el Guarataro —no sé si ahora existe. Era una cárcel para presos comunes, horrible, sin patio y por eso nunca recibíamos sol. Nos distribuyeron en dos calabozos, seis estudiantes en cada uno; en uno de ellos estuvimos, que recuerde, Manuel Caballero, Rafael Cadenas y yo. Para pasar el tiempo jugábamos a decir poemas de memoria y a partir de ellos crear otros poemas modificados por nuestra memoria. Recuerdo los poemas de Canto a mí mismo traducidos por León Felipe, un poeta español republicano que ya vivía en el exilio y que había venido alguna vez a Caracas. No recuerdo el título de sus libros, pero sí recuerdo el poema que le dedica a España: «Nos llamaron a cantar en una boda y tuvimos que cantar en una fosa. Español del éxodo de ayer, allí no quedó nada. Planta un árbol en la puerta de tu casa y riégalo con tus lágrimas. Allí no quedó nada».

En esa cárcel nos enfermamos todos, de gripe o de hambre, hasta que nos pasaron a la Cárcel Modelo, en Catia, y entonces nos expulsaron.

Hoy defendemos esa misma libertad, la libertad de cátedra, la libertad de palabra y esa autonomía que se expresa en la frase del Quijote y en lo que Montaigne consideraba esencial en la educación.

Unas pocas palabras más: Montaigne fue dos veces alcalde de Burdeos y embajador de la llamada «diplomacia del espíritu» que logró en su tiempo la paz en Francia y puso término al fanatismo de las guerras de religión entre católicos y protestantes.

Perdón, otras palabras más. Quiero agradecerle a la comunidad de la Simón Bolívar este honor que me han concedido y al que prometo honrar siempre. Y quiero expresar que bien vale la pena tener amigos como ustedes y amigos como los que han muerto en estos últimos años.

Guillermo Sucre

Caracas, 7 de febrero de 2019


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