Entrevista

Laurence Debray: Me construí en oposición a mis padres

por Luisa Salomón

Laurence Debray retratada por Roberto Mata | RMTF

24/06/2019

Una noche, a principios de la década de 1960 en Caracas, dos jóvenes fueron detenidos por la policía cerca de la tienda Sears, en Bello Monte, un blanco frecuente de ataques de la guerrilla. Cuando el policía vio que uno de los jóvenes era francés, no hablaba bien español y no tenía su pasaporte encima, decidió apresarlos. Las autoridades sospechaban que había extranjeros ayudando a los guerrilleros con explosivos.

El venezolano que lo acompañaba intentó aclarar su inocencia. Era el joven Jacobo Borges. Solo estaban paseando. Ambos se hospedaban en la zona. Si le daba tiempo, buscaría el pasaporte en el hotel. Logró convencer al policía de esperarlo, pero al regresar lo encontró solo. No le creyó cuando le dijo que había dejado ir al francés. Discutieron, pero el policía insistió: “Lo solté porque me dijo algo muy importante. Anda al hotel”. Allá lo encontró. Estaba libre. Jacobo, sorprendido, le preguntó cómo había logrado sacudirse. El francés sonreía. No sabía mucho español, pero ya sabía manejarse en Venezuela: le había dado 50 bolívares al policía.

El francés se llamaba Régis Debray. Era un veinteañero con ideas de izquierda. Había venido a hacer un documental sobre la guerrilla, en la Venezuela gobernada por Rómulo Betancourt. En Caracas conoció a Elizabeth Burgos, una venezolana que se había inscrito en la Juventud Comunista a los 15 años y que había vivido en Francia. De Caracas huyeron cuando Raúl Leoni, el sucesor de Betancourt en la presidencia, endureció la persecución a la izquierda.

Juntos conocieron media Latinoamérica. Se separaron y se volvieron a reunir en Francia. Vivieron en Cuba, donde entablaron amistad con Fidel Castro. Debray ganó un puesto en la jerarquía castrista después de escribir su libro Revolución en la revolución. Después se unió a la guerrilla de Ernesto ‘Che’ Guevara en Camiri, Bolivia. Allí fue apresado, torturado y estuvo encarcelado por cuatro años. En ese tiempo, Elizabeth y él sucumbieron a un ritual burgués: el matrimonio. Años después de su liberación, viviendo en Francia, tuvieron una hija.

Después de sus luchas, ambos se separaron del castrismo, Régis fue asesor de Mitterrand y desarrolló su obra intelectual en Francia. Elizabeth Burgos también se quedó en Francia, donde dio un viraje a sus ideas. Ahora  mantiene una fuerte crítica al castrismo y el papel de Cuba en Venezuela. “Ahí, donde han estado los cubanos, todo termina en tragedia”, dijo a Prodavinci en una entrevista.

Laurence Debray tenía diez años cuando escuchó decir que su papá era un héroe. Inscrita en un campamento de pioneros en Varadero, Cuba, le costaba asimilar la idea de un revolucionario con la imagen de su padre, el intelectual francés que manejaba torpemente bicicleta en las calles de París.

Sus padres no respondieron sus preguntas y decidieron mantenerla fuera de su historia. Periodista y escritora, Laurence decidió buscarla por sí misma. Hija de Revolucionarios, editado en Venezuela por Ediciones Curiara y presentado en la Alianza Francesa de Caracas el 20 de junio, es un recorrido por la infancia de la escritora, marcada por la ideología marxista de sus padres; pero también por su juventud, la formación de sus propias ideas y la separación de sus padres del castrismo.

Has comentado que investigar quiénes fueron tus padres fue como realizar una búsqueda de identidad, de tus orígenes. ¿Este libro sirvió de alguna manera para abrir esa conversación con tus padres?

No. Me hubiera encantado, pero no fue así. Ellos leyeron el libro antes de la publicación, y en ese libro hay muchas preguntas, les hago muchas preguntas. No solo a ellos, sino a una generación. Son como emblemáticos de una generación, para mí. Pero no, no pudimos discutir. No me dieron respuestas. Yo creo que tenemos problemas de comunicación. Creo que es porque la guerrilla, la clandestinidad, tenía un pacto de silencio. Incluso para su propia hija. Entonces nunca me dijeron nada, y me imagino que empezar ahora, después de tantos años, aviva en ellos recuerdos dolorosos. Me imagino que también piensan que yo no los iba a entender, y es verdad, porque yo no los entendí del todo. Ahí hay algo.

Pero escribir el libro también para mí fue una terapia, porque aunque no pude discutir con ellos, yo resolví el problema que tenía. Ese peso que tenía de una herencia que no entendía. Entonces para mí fue positivo, lo dejé un poco atrás.

Dices que te quedaron muchas preguntas que no pudiste resolver, las incluyes en el libro. ¿Cuál sería la mayor pregunta que te quedó después de todo esto?

Hay muchas. No sé, ¿por qué un hijo de la alta burguesía francesa, que tiene su destino abierto, que es un buen alumno, que ya tiene el camino de un gran intelectual por delante, de una familia parisina muy respetada, atraviesa 8.000 kilómetros para irse a Venezuela a hacer la revolución en un país que está en democracia, con Betancourt? ¿Qué piensa durante más de cuatro años en una cárcel en Camiri, un pueblo en Bolivia, donde todo le podía pasar? ¿Cómo aguanta el estrés? La muerte podía llegar mañana.

Muchas cosas quedaron pendientes. Son de una generación de hombres brillantes, inteligentes, ¿cómo es que vivieron en Cuba y no se dieron cuenta de que ese plan no podía ser? Una economía estatal iba a fracasar. Me parece como algo evidente. Que una persona tan inteligente como mi padre no se diera cuenta de que no había elecciones, de que había pena de muerte, de que no había libertad de expresión. ¿Cómo lo aceptó? Muchas cosas.

Yo sé que estaban en una gran ilusión de tener un impacto en la historia. Eso sí lo entendí, y que según ellos estaban del buen lado de la historia. Enfrente estaba de verdad Estados Unidos. No es como ahora el cuento del antiimperialismo y de lo americano. Es que ahí estaba la segregación racial en Estados Unidos, la guerra de Vietnam, muchas guerras de descolonización muy duras. Entonces sí era un período histórico muy tenso, muy duro, muy violento. ¿Pero hay que responder a la violencia con la violencia?

Entonces yo tengo todavía muchas preguntas que les podría hacer. Quizás será otro libro si algún día tengo la respuesta.

En el libro cuentas tus recuerdos infantiles de crecer en un hogar con unos ideales de reivindicación, y tú ser una niña y decir: «hay niños desposeídos, pero yo quiero un regalo». ¿En qué momento, si hubo uno en particular, te diste cuenta de que no ibas a seguir ese mismo camino ideológico?

Yo enseguida me di cuenta de que mis padres eran unos extraterrestres para mí, y que yo no quería vivir con ellos ni como ellos. Esa cosa de que todo era grave, importante, que había que salvar el mundo a pesar de… Había un peso encima. Había una gravedad. Era todo en la urgencia, en la emergencia. Nunca tomarse un tiempo para aprovechar una buena comida, para compartir una carcajada con un amigo. Disfrutar la vida. Ahí no me convenció.

Laurence Debray retratada por Roberto Mata | RMTF

Aunque el libro muestra desde tu mirada la visión revolucionaria, el radicalismo que presenciaste, también muestra eventualmente que tus padres llegaron a cierto grado de moderación. ¿Cómo evalúas ese proceso? Pasar de un mundo en blanco y negro, sin grises, a un punto moderado, no parece una reflexión sencilla.

Sí. Estoy de acuerdo. Primero, en el libro admiro también ese compromiso que era muy ético. Yo sé que aquí, con lo que está pasando, no lo pueden creer, pero era gente que de verdad dio su energía, su juventud, y no iba detrás del dinero, de puestos, de privilegios. Era sincero.

Ellos siempre fueron hacia el análisis. Entonces cuando mi padre salió de la cárcel, después de Chile, regresó a Francia y escribió un libro que se llama Crítica de las armas. Siempre estuvo el análisis. Creo que también cambiando de continente, pasando de América Latina a Europa… En Europa se dieron cuenta de que había otra forma de hacer política. Entonces, en ese momento, Mitterrand consiguió unir a toda la izquierda del Partido Comunista, el centro, para llegar al poder. Vieron que esa era una manera también. Había que establecer compromisos. Igual después de la juventud, las locuras, todo eso, uno se cansa, me imagino.

Has sido muy crítica contra esos sectores de la izquierda que desde el extranjero apoyan todavía el chavismo en Venezuela. ¿Sientes que la comunidad internacional valora de forma distinta a los gobiernos que se asumen de izquierda de los de derecha?

Claro. Todavía el mito de la revolución castrista es muy fuerte. Todo ese romanticismo. Hay algo ahí que fascina. Entonces permiten muchas más cosas a un gobierno que se dice de izquierda que a uno de derecha, eso desde luego. Esa es la gran mentira.

¿Por qué crees que sigue existiendo ese respaldo?

Porque creo que la propaganda castrista, a lo mejor acá no se dan cuenta, pero desde el 58, el castrismo entendió que tener a los intelectuales con él era determinante. Ahí empezó, y eso está muy arraigado. Incluso con las imágenes de los hospitales, de la situación aquí, siempre encuentran excusas. Entonces son las sanciones, el imperialismo, el mismo cuento que te hacen desde hace sesenta años. Pero funciona. Además son gente que construyó el mundo con esa grilla de lectura, es difícil salir de eso. Pero también hay otras fuerzas. La manera de hacer política en el siglo XXI está cambiando.

También pareciera que hay un crecimiento de movimientos más extremos.

Del populismo. El populismo es una reacción porque el siglo XXI da miedo. Hay muchos cambios. Pero los problemas… la pobreza, por ejemplo, es como la chispa para el populismo.

Francia ha tenido una posición muy favorable al cambio en Venezuela. ¿Cómo se está dando la conversación sobre nuestro país allá?

En Francia, la realidad venezolana es muy lejana. Los franceses están primero mirando lo que eran sus antiguas colonias en África y el Medio Oriente. Antes, con Mitterrand, en los años 80, había una gran sintonía entre la izquierda latinoamericana y la izquierda francesa o europea, pero eso se perdió. Entonces es una realidad lejana. Además algunos aplican esa grilla de lectura de esos viejos tiempos, entonces están ciegos y no quieren ver la realidad. Otros quieren interpretarlo como una nueva versión de la Guerra Fría, lo que me parece no totalmente exacto, pero es verdad que muchos otros países están involucrados en Venezuela y eso complica la situación. Yo no creo que sea de la Guerra Fría porque no hay una cosa ideológica, creo que son más bien intereses. No veo mucho la ideología ahí. Pero para ser honesta, Venezuela está lejos. Con Guaidó empezó un poco, pero como tampoco la cosa ha movido mucho… La realidad venezolana es muy compleja. Como estamos en un maniqueísmo y las informaciones tienen que ser rápidas, la gente no llega a ese nivel de comprensión.

Es difícil. Hay que explicar a un francés lo que es ser presidente en Venezuela. Porque un francés se imagina que un presidente anda en un palacio como el Élyseé [el Palacio del Elíseo] con consejeros, con una tele ahí esperando para conferencias de prensa. Hay que de verdad explicarles. Ni se lo pueden imaginar. Tampoco somos África, entonces no es fácil. Un país con dos presidentes creo que no se ha visto mucho.

Estuviste en Venezuela en enero y vuelves ahora en una situación muy diferente. ¿Cómo viste el país cuando llegaste?

Hay muchas expectativas, mucha esperanza, mucha desesperación también. Hay algo que quisiera subrayar, y es la resistencia. Me parece increíble que haya creación, que haya resistencia intelectual, artística, muchos proyectos. Estuve en el Impact Hub hablando con jóvenes, con muchos proyectos. El régimen, el gobierno, no ha comido esa chispa, esa alma venezolana de resistencia, que sigue, a pesar de las dificultades, aguanta y va hacia adelante.

En el libro cuentas cómo a los diez años te enviaron en un mismo verano a un campamento de pioneros en Cuba y después a un campamento en Estados Unidos. ¿Cómo una niña sopesa esta gran decisión de decidir su destino político a los diez años?

¿Ves que todo era así, muy pesado? No era “vete a la playa y diviértete”, era “venga, a escoger ideología”. Por eso no escogí ninguno de los dos. Ellos eran radicales. No sé si eran muy buenos pedagogos, eran bastante radicales. Pero fue una buena experiencia. Ahora sé lo que es el castrismo de verdad, desde el interior. Ahí no me pueden hacer cuentos.

¿Has vuelto a Cuba?

Para mí es muy difícil obtener la visa. Fui una vez. Después de que Obama visitó la isla y Hollande fue. Estuve en ese momento haciendo reportajes, pero nada más. Es muy difícil conseguir visa. No son gente de diálogo, ni muy abiertos.

Esa decisión de no quedarte con ninguno de los dos, ni Cuba ni Estados Unidos, ¿crees que fue una manera de hacer tu revolución dentro de la casa de revolucionarios?

Sí, ya sabía que no iba a andar en eso. Me construí de verdad oponiéndome a ellos. Pero es algo casi instintivo. Creo que en esa época no podía poner muchas palabras. Fue casi de supervivencia.

¿Cómo ves el trabajo posterior de tus padres? Tu padre desarrolló un trabajo intelectual en Francia, igual tu mamá, pero más moderados.

Mi madre además muy integrada a la sociedad francesa, que es un caso aparte. Ella decidió quedarse en Francia, integrarse y tener puestos importantes. Ellos están resistiendo del otro lado, del lado de la intelectualidad, del análisis, pero siguen siendo como rebeldes de corazón, o de cabeza. No van a pensar como los demás. Siguen siendo muy independientes y ellos me dieron esa libertad también, de poder ser independiente de ellos. Me dieron mucho en ese sentido. No me impidieron ser lo que soy hoy. Me dieron la libertad de hacer este libro, de pensar lo que pienso. Encontrarme con sus amigos también, el acceso. Me abrieron una red de amistades inmensa, importante. Estoy como sin ellos, pero también con sus amigos, que eran como familia. Porque ellos cortaron con sus familias y se construyeron una red de amistad muy fuerte. Como Jacobo [Borges]. Heredé eso también. No es que rechacé todo. Cogí lo mejor, yo creo. Cogí la cultura que ellos tienen, esa disciplina que tienen, ese afán de libertad y análisis. A lo mejor no lo hacían a propósito, pero me dieron mucho también. No quiero ser tan negativa.

A lo mejor ese acceso fue una manera de no tener una conversación abierta contigo, pero no cerrar totalmente tu posibilidad de llegar a su historia.

Exacto. Y no quería ser como… yo sé que hay muchos hijos de actores que son actores, y muchos hijos de políticos que son políticos. Para mí eso es como estar en una autopista, sin poder salirme de eso, es una cárcel.

Me comentabas que este libro fue una especie de terapia porque te ayudó a resolver algunos temas para ti. ¿Te permitió cerrar ese capítulo de no saber de dónde vienes?

Sí, eso creo. Espero que lo lean mis hijos, así ellos sabrán también. Estoy en eso.

¿Esa sí es la última pieza del rompecabezas?

Sí. Cuando el libro salió en Francia recibí muchos correos de lectores que me dieron más información. Añadí todas esas informaciones en la edición de bolsillo y les di las gracias. Qué bien que todo el mundo me ayude en ese rompecabezas. Pero ya creo que hay que poner un límite. Hay que cerrar.

Aunque siempre vas a ser la hija de Régis Debray y Elizabeth Burgos, ¿sientes que ya has encontrado un lugar como Laurence y no como esa persona a quien se le acercan para llegar a ellos?

Creo que de todas formas siempre seré así. No me hago ninguna ilusión. Pero también me parece bien. A mí me encanta que me hablen de mis padres, de mis abuelos, de mi familia. Me parece normal. Pero yo ya tengo mis ideas y mis proyectos y no me siento encerrada en esa postura.


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