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Perspectivas

Las medidas económicas del Mundo Bizarro

por Wolfgang Gil Lugo

31/08/2018

“El homo sapiens, la única criatura dotada de razón, es también el único ser que aferra su existencia a cosas irracionales”.
Henry Bergson

Nuestro orbe, el Mundo Bizarro, no es una esfera como los otros planetas, sino un cubo. Las cosas recuerdan a las de la Tierra, pero no son iguales. Nos hemos acostumbrado a valorarlo todo de forma diferente. Lo que para la humanidad es bueno para nosotros es malo. Somos adictos a lo inverso. Aquí lo feo es hermoso.

Nos sentimos orgullosos de nuestro sistema económico. La economía en nuestra sociedad no busca producir ganancias sino pérdidas. No busca beneficiar a la población, sino perjudicarla. Nuestros ciudadanos esperan con ansia que aumenten los impuestos y no recibir ningún servicio a cambio de parte del Estado. El Estado no asegura salud ni educación ni seguridad, ni deja que nadie lo suministre de forma privada. El Estado generó una eficaz política para destruir la producción y el comercio. Nuestro gobierno se precia de poseer la más alta inflación del universo y estamos complacidos porque los bienes cuesten tanto que no podamos pagarlos. Hemos logrado democratizar el hambre y las enfermedades.

Es el mar de la felicidad.

Nunca nos equivocamos

Maurice Duverger, en Los naranjos del lago Balaton (1980), cuenta que a comienzos de los años cincuenta, durante el gobierno de Rakosi, “el mejor discípulo de Stalin”, los planificadores del régimen comunista húngaro deciden plantar miles de naranjos a orillas del Lago Balaton. Esa región goza de un benigno clima meridional, aunque no deja de estar expuesta a las heladas que ponen en peligro los cultivos.

Encargan del proyecto a un técnico agrónomo que tiene el coraje de advertir sobre la poca viabilidad de que los naranjos sobrevivan a los rigores del clima. No es oído por las autoridades. El partido asume la acción con soberbia. El partido, fiel intérprete del materialismo histórico y dueño de la verdad científica del socialismo, no puede equivocarse.

Al final, los arboles son plantados tal y como ordenaba el régimen de planificación centralizada. Para llevar a cabo el proyecto, se realiza una cuantiosa inversión en una época de penuria económica. Llega el clima hostil y los naranjos mueren. De seguidas, hay que establecer responsabilidades. El técnico es encontrado culpable de sabotaje, y en consecuencia, fusilado.  La justificación es de una lógica implacable: ¿no era expresión de su mala intención contra el proyecto su reporte inicial sobre el posible fracaso del plan?

El termómetro tiene la culpa de la fiebre

Cuando la ideología llega a un grado máximo de toxicidad, se produce un extraño fenómeno en el pensamiento. Tiene lugar una distorsión en la forma de pensar que coincide con la disonancia cognitiva, es decir, cuando las emociones impiden reconocer las evidencias empíricas. En este punto los efectos se convierten en causas.

Luego del lanzamiento de las películas de James Bond, salieron muchos imitadores. También muchas parodias. Antes del Johnny English de Rowan Atkinson, alias Míster Bean, y del Austin Powers de Mike Myers, hubo muchos precedentes. Los más antiguos son de mediados de los años 60, como la serie televisiva El superagente 86 (Mel Brooks y Buck Henry, 1965) y las películas italianas de James Tont, con Lando Buzzanca.

En la segunda película de Tont, Operación DOS (Bruno Corbucci, 1965), hay un memorable sketch, donde el agente viaja en órbita sobre la Tierra, en una capsula espacial del proyecto Mercury. En un momento equis se enciende una luz de alarma. Después de unos momentos de desesperación, al agente se le ocurre un modo de resolver el problema. Rompe el bombillo de la alarma a golpes de martillo. Asunto resuelto. Los niveles de presión se regularizan y la nave recupera su curso.

Hay una forma de pensar irracional que confunde los efectos con las causas. Por ejemplo, cuando se confunde la fiebre con la infección. Un segundo nivel de estupidez es confundir las herramientas que nos ayudan a detectar los efectos con las causas. Este nivel parece un chiste, como el sketch de la película de James Tont. Encontrar un ejemplo real para esto es tarea difícil. Hay que hacer un esfuerzo para imaginar a un gobierno que piense que la culpa de la inflación, o de la hiperinflación, la tiene un portal on line que indica el valor de las transacciones de las divisas.

El tesón de la arbitrariedad

La película Bananas (1971) de Woody Allen, es una sátira política sobre la revolución en un ficticio país latinoamericano. En ella, Allen condimenta la historia con el humor absurdo y delirante de los hermanos Marx.

El argumento nos cuenta la historia Fielding Mellish (Woody Allen), un intelectualoide neoyorquino, depresivo y fracasado, quien sobrevive económicamente como torpe probador de máquinas de una gran empresa. En  este empleo hay un homenaje al hombre sometido a la máquina de Tiempos Modernos de Chaplin. Acosado por la angustia existencial y la carencia de afecto, Fielding conoce a Nancy (Louise Lasser), una joven estudiante que dedica su tiempo libre a luchar contra de la dictadura que sufre la ficticia república latinoamericana de San Marcos.

Nancy se desilusiona del carácter pusilánime de Fielding y lo abandona. Fielding se niega a perderla y establece un plan para volver a conquistarla. Decide marcharse a San Marcos para luchar por la revolución y así demostrarle su valentía. Ya en el exótico país, nuestro protagonista se encuentra envuelto en una serie de enredos.

Al final, Fielding contribuye a que el revolucionario Espósito, émulo de Fidel Castro, derroque al dictador y tome el poder. Ante las multitudes exaltadas, Espósito decreta que el idioma oficial de la nación latinoamericana será el sueco de ahora en adelante, que la ropa interior debe cambiarse cada hora y media, y debe utilizarse por fuera de la ropa para que las autoridades puedan comprobarlo, además de que los jóvenes de dieciséis años, tendrán dieciséis años.

Allen no registró los otros decretos de Espósito. También hizo ley que la gente anduviera desnuda por la revolución. Los pobres podrán vivir bien sin trabajar. En cuanto a los industriales, solo por el hecho de producir, se les considerará sospechosos contrarrevolucionarios.

“Es la economía, estúpido”

Bill Clinton centró su campaña, en las elecciones de 1992, sobre el descuido de la economía por parte del presidente George Bush padre, y la estupidez que eso implicaba. Hay una valiosa lección en su irreverente slogan político. La economía es como un ser viviente, tiene su propia realidad y sus necesidades particulares. Necesita ser cultivada de acuerdo a su naturaleza. No puede ser sometida a veleidades ideológicas. Una democracia saludable exige un liderazgo económico cuerdo.

La cordura en economía requiere, por lo menos, tres condiciones. La primera es ver la realidad tal cual es. La esquizofrenia consiste en solo ver los colores ideológicos de nuestros anteojos. La hiperinflación no desaparece por causa de un decreto presidencial que la prohíba.

La segunda es asumir la responsabilidad por las consecuencias de nuestras acciones. Y por el contrario, la esquizofrenia económica nos lleva a pensar que las consecuencias de nuestros actos son responsabilidad de nuestros enemigos. Es como echarle la culpa a la pared contra la cual choqué mi automóvil, ya sea por impericia o descuido, como si fuera un ser vivo que le tiene tomada contra mi persona.

La tercera condición se basa en tener en cuenta la aguda frase de Winston Churchill sobre la esquizofrenia de los extremos: “El vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de la riqueza; la virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de la miseria”.


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