Perspectivas

Las fantasías revolucionarias y el hambre

por Manuel Llorens

28/01/2018

Las revoluciones utópicas del siglo XX y la lamentable versión reencauchada que hemos padecido en Venezuela en el siglo XXI tienen una dimensión tragicómica desconcertante. Las anécdotas que sobreviven son hilarantes a la distancia y devastadoras en tiempo real.

Soy de los psicólogos que cree que debemos resistir la tentación a recurrir a la metáfora psiquiátrica para describir los procesos sociales. Pero dicho esto, creo necesario identificar el elemento de locura presente en el discurso revolucionario que venimos padeciendo, que creo, tiene paralelos muy sugerentes en la historia.

En particular, la relación entre fantasía revolucionaria y hambre muestra uno de los “reversos obscenos”, como lo denominaría Zizek, de la arquitectura del pensamiento revolucionario. Resumido en dos oraciones, las reivindicaciones de los más desempoderados, la lucha por la igualdad de manera que todos tengan acceso a un sustento material digno son, en primerísima instancia, uno de los ideales fundamentales de la revolución socialista. Por ende, el hambre resultaría la consecuencia más catastrófica, la menos probable si todo saliera mínimamente según lo propuesto. Sería la muestra más evidente de su fracaso o por lo menos, su consecuencia más paradójica, más difícil de explicar. Y sin embargo…

La vacas de Fidel

Comencé a investigar sobre el amor de Fidel Castro por las vacas por la autobiografía de Alina Fernández, hija de Fidel quien pinta un retrato íntimo de su padre en que aparece un personaje mayormente ausente, engolado y abandonador, que hacía apariciones intermitentes, llenas de grandilocuencia, coloreadas por curiosidades simpáticas y rocambolescas entre las cuales aparece la afición vaquera[1]. Su madre, una enamorada de clase alta que sostiene un amorío de larga data pero esporádico con Fidel, se le encomienda la tarea de viajar a Francia a reunirse con químicos franceses para tratar de incorporar su sabiduría científica a los avances de la revolución cubana. Su madre no sabía nada de química, pero eso no importó porque, en palabras de su hija, para ella “vivir era cuestión de ideología”.

Total que en los años sesenta Fidel estaba convencido de que iba a producir los avances científicos más asombrosos él mismo y decidió acometer la tarea de crear nuevas razas de vacas cubanas mezclando una Holstein con el Cebú nacional, todo en el marco del plan faraónico del Cordón de la Habana que prometió autoabastecer a toda la ciudad y convertir a Cuba en uno de los mayores productores de leche y carne del mundo. Esta dimensión planetaria, esta desmesura, es una de las características básicas de la arquitectura de estas fantasías.

El plan implicó la contratación de numerosos expertos internacionales ansiosos de inventar a sus anchas y ganarse unos dolaritos. Las nuevas mezclas las bautizaron F1, F2 y F3, en honor a Fidel. Los videos que se encuentran en internet de él caminando por establos, explicándole a toda la población las maravillas que estaba engendrando su mente prodigiosa son todo un documento.

Al comandante se le ocurrieron numerosos inventos “revolucionarios”, como colocarle música clásica a los jornaleros durante la zafra para aumentar la producción por lo que envió orquestas y bandas a tocar en el campo bajo el sol. La música clásica en general, le parecía de vanguardia porque también inventó unos peroles para meter la cabeza de las vacas en aire-acondicionado, amenizado con música para aumentar la producción de leche. Una intervención revolucionaria directo al hipotálamo, según las palabras del propio jefe.

En un libro ya clásico[2], dentro de la enorme literatura crítica a la revolución cubana que salió de los escritores que padecieron sus persecuciones, Jorge Edwards, diplomático chileno que estuvo en Cuba en 1971, hizo varios comentarios sobre la psicología colectiva que rodeaba las fantasías agrícolas. En los años inmediatos previos a la llegada de Edwards a Cuba, Fidel se planteó la meta de cosechar 10 millones de toneladas de caña de azúcar, lo que se llamó de manera épica (¿de qué otra manera?) “la zafra de los diez millones”. Edwards cuenta que Fidel lideraba el proceso con “un optimismo contagioso capaz de convencer y movilizar a la mayoría de un país, aunque se base en cifras y datos erróneos, en un conocimiento inexacto de la realidad”. El fracaso de esa promesa fue significativo, porque las esperanzas de recuperación económica se habían depositado en esa gesta. Sigue Edwards: “El fracaso de la zafra de los diez millones había traído un clima extraño, inquietante. ‘No te puedes imaginar lo que fue eso. Nadie soñó con echarle la culpa al gobierno, ¡por el contrario!… Cada cubano sintió el fracaso como algo propio. Esto se palpaba en las calles. Cada cubano lloró el fracaso de la zafra.”

Pero las decepciones no llevaron a la reflexión y la rectificación. En 1970 Fidel reconoció el fracaso y abrió a un proceso de crítica. Pero quedó en la pantomima, en gesto vacío. Había algo en la estructura del poder, que evitaba reflexionar, según Edwards:

“Si se hubieran escuchado ciertas críticas en el momento oportuno, no habría sido necesario equivocarse respecto de la zafra. La revolución cubana que siempre procede por tientos y contragolpes, estimulaba ahora un vasto movimiento de reflexión y polémica en los centros de trabajo”. Uno de los errores señalados fue la falta “de control democrático para tomar decisiones”. Pero su principal proponente, pronto fue acusado de agente de la CIA y así apartado. Solo se “simulaba que se corregía. La verdadera corrección habría partido por reivindicar a Dumont (el que formuló la crítica), pero el sistema no acepta críticas que vengan del ‘exterior’ de la Revolución. Y en el interior, la única crítica admitida era la autocrítica que se formulaba el propio Jefe Máximo, después de haberse dado de cabezones con la realidad”.

La historia de Dumont es interesante, agrónomo francés, inspirado por el socialismo cubano, se va a la isla y es recibido con los brazos abiertos como consultor desde el comienzo de la década de los sesenta. Hace varias críticas a la falta de organización del país y cuando su juicio empieza hacer quedar mal al de Fidel, sobre todo en un libro de 1970 titulado ¿Cuba es socialista?, es declarado enemigo, persona no grata y apartado definitivamente. Sobre todo criticó la organización agrícola de la revolución describiéndola como una “granja de Estado”, “gigante, militarizada y cuyos resultados económicos no son satisfactorios”.

Para el año 1972 no quedó más remedio que reconocer que la otrora sólida industria pecuaria cubana estaba en crisis y el déficit de producción lechera requería de una ayuda internacional que la Unión Soviética corrió a proveer. La leche del experimento se agrió.

Como el invento no resultó, la revolución fue pasando de ocurrencia en ocurrencia sin ningún tipo de seguimiento serio a las consecuencias de cada cambio de timón. Pero la historia sí registra cómo con cada novedad se fueron cercenando prácticas productivas que fueron empobreciendo todas las áreas del campo cubano. Mucho tienen que ver estos intentos fallidos con el decaimiento progresivo de la productividad interna y con la pobreza que sí ha quedado sembrada en Cuba durante ya varias décadas.

Parece que Fidel ha continuado sus andanzas agronómicas. El mismo Chávez declaró en el 2011 que si su amigo no aparecía mucho en público era porque estaba muy ocupado dedicándose a la “investigación científica”. En el 2010 apareció exaltando las virtudes de la moringa que aparentemente puede, según la revolución cubana, sustituir a la leche. Así lo festeja el reportaje de la Agencia Venezolana de Noticias en julio del año pasado, anunciando el impulso de este nuevo hallazgo de Fidel en Venezuela para así sustituir progresivamente la siembra de soya. Según el reportaje, la moringa es buenísima, mejor que la uña de gato y el chipi-chipi, más potente que el vuelve-a-la-vida, considerada nada más y nada menos que por “el líder de la revolución cubana Fidel Castro como la solución al hambre en el mundo”.

Los gorriones de Mao

Lo cierto es que el diletantismo de Castro no es único en su especie y lo podemos encontrar también en otros líderes revolucionarios temidos y adorados que sometieron a sus naciones a terribles épocas de hambruna. En lo que quedó para los anales de la historia como la Gran Hambruna china a finales de los años sesenta Mao Tse Tung se propuso impulsar el campo de su país con unas ideas venidas de hombre fuerte ensayando a científico que, entre otras cosas, pretendía librar a China de las cuatro grandes plagas que tenían estancada a la producción. Siempre librando batallas heroicas y grandilocuentes, esta vez la revolución decidió aniquilar a los ratones, las moscas, los mosquitos y los gorriones. No sabemos si por atreverse a andar en las alturas o por pasarla bien cantando o por su cuello blanco fue que a estos pajaritos Mao Tse Tung los declaró “enemigos de la revolución”, sospechosos principales de impedir que las siembras de arroz no fueran tan maravillosas como la revolución había prometido. Se animó a toda la población a matarlos al por mayor. Según sus cálculos por cada millón de gorriones muertos aumentarían las cosechas lo suficiente para alimentar a unas sesenta mil personas.

Aparentemente algunos científicos advirtieron que no eran los gorriones sino los insectos los que contaminaban los sembradíos y que más bien estos, al alimentarse de los insectos eran aliados. Que su destrucción al por mayor desbalancearía el ecosistema y el resultado sería catastrófico. Pero la revolución tenía su propia verdad que no estaba dispuesta a negociar con ningún científico que seguramente sólo quería frenar los dictámenes de la historia en que estaba colocado de manera convencida el delirio. Poblaciones enteras ingeniaron los más diversos métodos para liquidar a las aves, incluyendo salir en masa con potes y sartenes a hacer ruido, cual cacerolazo contra la naturaleza, para que los pajaritos se murieran de estrés.

Dicho y hecho, los pajaritos comenzaron a morir por bojote, los insectos fueron sus principales beneficiarios y las cosechas se comenzaron a perder a velocidades nunca vistas. A los dos años del comienzo del Gran Salto comenzaron a verse los estragos de la hambruna que llegó a liquidar entre quince y treinta millones de chinos. En el año 1960, lejos de reconocer su grave error, Mao se limitó a sentenciar “olvídenlos” y dejaron a los pajaritos en paz.

A los años comenzaron a importar gorriones de Rusia de manera clandestina para que la población no se percatara del pequeño error. La ignorancia sin embargo, persistió y los campesinos siguieron matando gorriones por muchos años al punto de que en el 2001 el gobierno tuvo que declararlo un animal protegido para prohibir su persecución. El gobierno chino prefiere referirse a este período como los tres años de “desastres naturales” o “tres años de dificultad económica” eufemísticamente para borrar la huella humana de la tragedia.

Stalin fue otro titán que estaba convencido de poder descifrar cada esquina de la realidad con su propia versión ideológica. Así por citar un ejemplo de mi área, hay registros de cómo declaró que era imposible la existencia del inconsciente y persiguió a los psicoanalistas[3].

El proceso forzado de colectivización impulsado por Stalin produjo lo que se ha denominado la Gran Hambruna Soviética que en particular afectó a Ucrania. También conocido como Holodomor, o “matar de hambre”, algunos lo han clasificado como un genocidio. Aún cuando se debate el grado de intencionalidad de las medidas que produjeron la devastación del campo, hasta los más moderados concluyen que una combinación de malos manejos gerenciales, con políticas forzadas de colectivización se juntaron con épocas de lluvias excesivas para potenciar el desastre que produjo millones de muertes.

En su texto, El sujeto perverso de la política, Zizek explica al pensamiento estalinista de la manera siguiente:

“Un verdadero político estalinista ama a la humanidad, sin embargo realiza purgas y ejecuciones terribles su corazón está roto mientras lo hace, pero no puede evitarlo, es su deber hacia el Progreso de la Humanidad. Esta es la actitud perversa de adoptar el lugar de ser puro instrumento de la voluntad del gran Otro: no es mi responsabilidad, no soy yo el que lo está haciendo, soy un mero instrumento de una necesidad histórica mayor. El goce obsceno de esta situación está en el hecho de que me concibo a mí mismo como disculpado de lo que estoy haciendo. Soy capaz de infligir dolor en los demás con la plena consciencia de que no soy responsable de hacerlo, solo cumplo con la voluntad del Otro.”[4]

Las vacas enanas

El entusiasmo científico se fue apagando en  Cuba aunque en el 2004 reaparece el tema de las vacas de Fidel con la aparición de las llamadas Vacas Enanas. Carlos Alberto Montaner escribe un artículo agudo e hilarante para celebrar la llegada de estas vaquitas de setenta centímetros de altura, que inicialmente tenían la intención de convertirse en mascota hogareña para que cada familia tuviese su lechita fresca todas las mañanas. Familias “adiestradas”, en palabras del escritor, “en la sana costumbre de comer poco”.

A estas alturas, parecería una locura insistir en que el marxismo tiene sus encantos. Pero permítanme repetir la tantas veces mentada sentencia de Marx que sí ha podido comprobarse en cada uno de estos experimentos marxistas: “… todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen… dos veces… la primera como tragedia, y la segunda como farsa”.

En eso pienso cuando escucho la sui géneris apelación a la ciencia que hacen los pronunciamientos oficiales del chavismo, que van desde los llamados a la felicidad por decreto, pasando por desmentir el concepto de la inflación, llegando a las más curiosas versiones de agronomía. Han sido de una excentricidad radiorochelesca. Se propusieron cultivos organopónicos en plazas centrales llenas de hollín y orine como los que se sembraron al lado de la estación de metro en Bellas Artes que no parecen haber abastecido a la cuadra, se inauguraron flamantes “areperas socialistas” donde la comida típica y el socialismo se volvió franquicia de comida rápida, nos recomendaron construir gallineros verticales dentro de nuestras casas y, por lo que veo en los periódicos, hemos experimentado con la moringa como solución al hambre.

He seguido algunas de las declaraciones del Ministerio del Poder Popular para la Agricultura Urbana, a través de su primera ministra, que duró poco menos de un mes en el cargo y que invitó a: “buscar cualquier espacio, si tienen un balconcito, una botellita vieja, una latica que tengan. Hacemos sustrato y sembramos. Compramos un cebollín, lo picamos, el bulbo lo sembramos y volvemos a tener maticas de cebollín”. El discurso es una joya típica de lo que vengo describiendo. Especialmente significativo es el uso constante de diminutivos, todo es tan cuchi, tan bonito, tan balconcito y botellita, contrastando con las invitaciones de la misma damaa darle palo a los gringos, a puyarle los ojos y “espicharle las bolas”. Esa contradicción es crucial para desentrañar los entuertos de la fantasía revolucionaria.

Lorena Fréitez, la sustituyó prontamente. Tengo años escuchando con atención su voz, porque es psicóloga como yo y me parecía que tenía una propuesta interesante desde el trabajo con la cultura juvenil. Teniendo una distancia ideológica importante nunca coincidí como para sentarme a conversar con ella aunque me hubiese gustado. Ella ha reclamado que se le ha cuestionado su designación como ministra por ser mujer y aparentemente, no lo dudo, ha sido objeto de ataques sexistas. Pero me cuesta comprender qué hace una psicóloga (no por su género, sino su profesión) liderando un proceso revolucionario de siembra de hortalizas, por más que se pretenda convencer a las personas que lo hagan en la batea de su casa. Leo no sin asombro cómo la ministra escribe que la agricultura urbana ha tenido un estreno estelar en este promisorio 2016, optimista de haber dado con una clave para la reconstrucción económica del país.

Aparentemente, por la firma del artículo, está apoyada en la flamante asesoría de Alfredo Serrano Mancilla, otro amigo de Podemos quien parece que formó al brevísimo ministro de economía que nos aseguró que la inflación no existe.

No es casual que estos inventos acompañen la devastación progresiva del aparato productivo del país, que ha devenido en inusitados niveles de escasez, hiperinflación y una ola impactante de relatos de hambre. Al contrario, así es que funciona. Las anécdotas anteriores sugieren un patrón.

Lo que estoy tratando de decir es que creo que estos planes “bien intencionados” y el continuo ubicarse en el lugar de la víctima que hacen los que ocupan el poder (somos blanco de ataques, de sabotajes, nos estamos defendiendo), y el convencimiento de estar descubriendo la mismísima verdad, van de la mano, son el complemento indispensable, del horror. La fantasía revolucionaria necesita del permiso otorgado por ocupar el lugar de la víctima y por estar haciendo novedosos y maravillosos esfuerzos por lograr un futuro radiante, como bálsamo para desviar la mirada de la evidente realidad colmada por hambre, enfermedad y muerte que tiene que producir ese mismo poder revolucionario para mantenerse en sitio. La violación de los mismos códigos que la fantasía revolucionaria prometió defender (la defensa de los más vulnerables, la atención a los más desposeídos, la honradez, la justicia) se sostiene gracias a estas aventuras simpaticonas, bonachonas, bucólicas, agronómicas, fetichistas, repletas de diminutivos tiernos y futuros grandilocuentes enfrascados en potes de humo. A su vez esa necesidad adictiva de tener la razón, la convicción de creer que la duda es una traición, esa incapacidad para tolerar el fracaso y procesarlo hasta extraer aprendizajes, impulsa a los revolucionarios a montarse en una cadena interminable de proyectos grandiosos que nunca llegan a término, nunca se evalúan, siempre están naciendo de nuevo. La fantasía revolucionaria termina en hambre en su mismo esfuerzo por erradicarla. Construye su propia paradoja, digamos por forzar la ironía, se alimenta de ella. Es lo que en psicoanálisis se entiende como la desmentida de la realidad.

Es decir, la perversión.

*

[1] Fernández, A. (1997). Alina: memorias de la hija rebelde de Fidel Castro. Barcelona: Plaza & Janes.
[2] Edwards, J. (2006). Persona non grata. Chile: Alfaguara.
[3] Llorens, M. (2015). Psicoterapia Políticamente Reflexiva: hacia una técnica contextualizada. Editorial Equinoccio y Universidad Católica Andrés Bello: Caracas.
[4] Zizek, S. (2006). How to Read Lacan. London: Granta Books.

***

Este texto fue publicado originalmente en Prodavinci el 15 de junio, 2016


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