Perspectivas

La maldición de Juan de Castellanos

04/06/2021

La provincia de Venezuela y la parte austral de la Nueva Andalucía. Joannes Jansonius, Amsterdam, 1635

La isla de Cubagua nos enseña
este natural cambio claramente,
la cual aunque es estéril y pequeña,
sin recurso de río ni de fuente,
sin árbol y sin rama para leña
sino cardos y espinas solamente;
sus faltas emendó naturaleza
con una prosperísima riqueza.

Elegías de varones ilustres de Indias XIII, canto I

No debe extrañarnos si muchas veces la literatura se adelanta a la realidad, concibiendo los más certeros vaticinios. No ocurre siempre, pero a veces los escritores, espíritus clarividentes cuando son agudos, tienen premoniciones, a veces oscuras, a veces promisorias, y muchas de las cosas que escriben terminan cumpliéndose con el tiempo, no importa cuánto. Y es que acerca de las relaciones entre vida y literatura todavía hay mucho que decir.

La vida de Juan de Castellanos fue especialmente rica, y por tanto azarosa. Cuando nació, hacía casi treinta años que Colón había llegado a América. Hijo de campesinos, era todavía un niño cuando dejó su pueblo para irse a Sevilla a estudiar latín, gramática, oratoria y poesía, que era lo que entonces se podía estudiar, con un tal bachiller Jorge de Heredia. Pronto la tentación de la aventura lo sedujo, y aún menor de edad se embarcó al Nuevo Mundo, dicen que sin permiso de sus padres. Embarcó como soldado y como soldado desembarcó en Puerto Rico, pero he aquí que el gusanito de las letras, cuando se le mete a algunos, es muy difícil de sacar. Además, habría muy pocos aventureros que, como él, sabían leer y escribir, así que pronto encontró ocupación como ayudante del señor obispo. Muerto el prelado, se dedicó entonces a viajar por Santo Domingo, Aruba, Bonaire y Curazao, dedicándose a la lucrativa tarea de atrapar indios para venderlos como esclavos. Fue así como vino a dar a Cubagua.

Cuando Juan de Castellanos llegó a Nueva Cádiz en 1541, ya la ciudad comenzaba a dejar de ser el fabuloso emporio dedicado a la extracción y comercio de perlas que llegó a ser la primera ciudad de Venezuela. Sin embargo, aún quedaba mucho de la anterior riqueza y esplendor que nos describirá vívidamente en sus versos. Los víveres llegaban de Santo Domingo, el agua de Cumaná, la leña de Margarita. Sus playas eran un trasiego de indígenas esclavos que extraían las perlas de las exhaustas granjerías, los “placeres”, como les decían. En el pequeño puerto atracaban galeones y carabelas que comerciaban directamente con Sevilla. Los ranchos de palma que hicieron el primer poblado eran ya casas de piedra traída de Araya, con blasones presidiendo las puertas y ventanas con rejas de hierro, un lujo que se daban poquísimas ciudades del Caribe. Todo era derroche y ostentación.

Como suele suceder, tanta dicha duró poco. Pronto los lechos comenzaron a agotarse, y con las perlas faltó el dinero, y con el dinero el agua y los víveres, pero sobre todo se fueron los mercantes, las prostitutas y los aventureros que ya no hormiguearon más por las otrora opulentas calles. El golpe de gracia lo dio un violento terremoto que, seguido de un huracán, destruyó la ciudad ese mismo año de 1541, hundiéndola bajo las olas. El terrible episodio tuvo que impresionar tremendamente a Juan de Castellanos, quien lo narra en dramáticos versos. Cuenta como, a punto de huir a Margarita, un vecino de Nueva Cádiz, un tal Jorge de Herrera, hizo grabar en piedra el siguiente poema, escrito en latín y castellano:

Aquí fue pueblo plantado,
cuyo próspero partido,
voló por lo más subido;
mas apenas levantado
cuando del todo caído.

Quien examinar procura
varios casos de ventura
puestos en humana casta,
esto solo le basta
si tiene seso y cordura.

Muchísimas aventuras más corrió Juan de Castellanos durante su larga y azarosa vida. Conoció Tierra Firme y buscó el Dorado, fundó Valledupar, tuvo una hija, se hizo sacerdote y escribió su historia en trece mil versos, pero nunca olvidó lo que vio en Cubagua. Como toda una ciudad, aquella pequeña Gomorra, apoyaba su existencia en una riqueza efímera y en el dinero fácil, que no en el trabajo productivo, y vio como el espejismo de esta opulencia transitoria se desvanecía y sepultaba por un terremoto, quedando de la orgullosa Nueva Cádiz de Cubagua lo que hoy queda de ella: ruinas y salitre. Y algo más vio el poeta, tal vez más como un deseo que como una premonición para los que siglos más tarde habríamos de poblar estas tierras, y es que cualquiera de nosotros puede aprender de esta dolorosa lección, “si tiene seso y cordura”.


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