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Literatura

La eterna juventud de Bel-Ami

por Alejandro Oliveros

23/06/2018

Guy de Maupassant retratado por Félix Nadar

El 18 de julio de 1870, ante el clamor general (“A Berlín, a Berlín”, gritaba la muchedumbre), Francia le declara la guerra a Prusia. El emperador Napoleón III consideró, en mala hora, llegado el momento para responder con la fuerza de las armas las provocaciones y arrogancia del canciller Bismarck en sus pretensiones al trono de España para un príncipe germano. No todo salió como los estrategas imperiales habían pensado, una situación que se repetirá, con las implicaciones conocidas, en 1939. Desde sus inicios, la guerra franco-prusiana de 1870 tuvo un solo ganador. La vanguardia del general Mac-Mahon, comandante de las fuerzas francesas, es tempranamente derrotada el 4 de agosto en las afueras de Wissemburg; dos días después, su ejército debe evacuar Alsacia. Por su parte, el general Bazaine es obligado a retirarse de Lorena y replegarse hacía Verdún. Los ejércitos teutones, concentrados a orillas del Rin, dieron cuenta de los 200 000 soldados franceses diseminados en un frente absurdamente amplio. Reagrupado, el ejercito de Mac-Mahon va a protagonizar, el 2 de septiembre, el ominoso “Desastre de Sedán”, donde, con ochenta mil hombres, el emperador es hecho prisionero, repitiendo la suerte infausta de otro emperador francés, Francisco I, quien en el premonitorio “Desastre de Pavía” del 25 de febrero de 1525, había sido hecho prisionero por las tropas imperiales de Carlos V. Las consecuencias del desastre de 1870 fueron las más humillantes para Francia. El 18 de enero de 1871, Guillermo I, rey de Prusia, sería proclamado emperador de Alemania en el propio Salón de los espejos de Versalles, mítico centro del poder real. París se rendiría después de una larga resistencia, y las tropas alemanas mantendrían la ocupación hasta 1873. El nacimiento del imperio teutón coincidió con la desaparición del francés, el cual, después de un período turbulento, sería sustituido por la Tercera República.

No fueron pocos los escritores que se ocuparon, en ficciones y crónicas, de los sucesos de la guerra franco-prusiana. Al fin y al cabo, Paris no sólo era la “capital del Siglo XIX”, sino el centro más activo del realismo literario, esa tendencia que, desde Balzac, terminó imponiéndose como el estilo dominante en toda Europa. Ingenios como Victor-Hugo, Zola y Daudet se ocuparon de reseñar la guerra y sus horrores. El autor de Los miserables escribió un escalofriante díario del sitio, que se prolongó por 123 jornadas hasta la rendición. Zola le dedicará todo un libro con el título más elocuente, La débacle; Daudet la refiere en varios de sus Cuentos del lunes; e incluso el mercurial Rimbaud, en una carta del 25 agosto de 1870, consigna unas críticas observaciones al papel de la Guardia Nacional en el conflicto (“Ma patrie se lève! Moi, j’aime mieux la voir assise!”). Guy de Maupassant fue otro de ellos.

Contemporáneo de Rimbaud, y tan efímero, Maupassant sirvió durante los primeros meses de la guerra y se retiró ante la torpe conducción de las acciones. Su descripción del ejército derrotado a su paso por Ruán, su ciudad natal, como aparece en Bola de sebo, la más difundida de sus narraciones, es ciertamente memorable. Una de las mejores muestras de literatura de guerra que conocemos, con la intensidad de Tolstoy y la inmediatez de Ernst Jünger. Son seis páginas, pero suficientes para concederle inmortalidad al autor. Se trata de un fragmento con mucho de intraducible. Maupassant, siguiendo de cerca el ejemplo de Flaubert, su maestro y amigo, se empeñó en encontrar “le mot juste” para cada una de sus expresiones. La crítica francesa ha destacado “el ritmo de las frases, la alternancia en la longitud de los párrafos, la cuidada escogencia de los adjetivos”. A lo que es justo agregar su clásica musicalidad, una sintaxis en la que no son infrecuentes las líneas escritas en alejandrinos: “Ne n’était point de la troupe, mais des hordes débandées”. No es casual que Ezra Pound, al fundar la poesía moderna en inglés, tuviera a Maupassant como uno de sus modelos, al igual que Flaubert; al fin y al cabo, escribió, “la poesía tiene que estar al menos tan bien escrita como la prosa”. Estas son las primeras líneas de Bola de sebo:

Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejercito derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas dispersas. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones. Cansados, sin bandera ni disciplina. Abrumados, incapaces de una idea o tomar una decisión; caminaban por la costumbre y caían muertos de fatiga cuando se detenían.

Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ruán.

La vida se paralizó, se cerraron las tiendas, las calles enmudecieron. De tarde en tarde, un transeúnte, acobardado por aquel mortal silencio, rozaba las fachadas. La zozobra, la incertidumbre hicieron al fin desear que, de una vez, llegase el invasor…

Había sin embargo algo especial en el aire; algo sutil y desconocido; una atmósfera extraña e intolerable, como un olor difundido; el olor de la invasión, que llegaba a las casas y las plazas públicas; alteraba el sabor de los alimentos, dando la impresión de que nos encontrábamos de viaje, muy lejos, entre tribus bárbaras y peligrosas.

La prosa de Maupassant, su precisión descriptiva, su claridad, su economía y plasticidad, ha sido una de las más influyentes en el periodismo moderno. Una prosa periodística convertida en gran literatura. Maupassant cultivó el oficio desde sus inicios y es, precisamente, un periodista el personaje central de Bel-Ami, la más leída de sus seis novelas. “Georges Duroy soy yo “, confesó nuestro autor refiriéndose a su personaje, conocido por ese apodo, “Buen-Amigo”, en los espacios que frecuentó desde que comenzó su “obra de conquista” de París, menos ruidosa que la de Bismarck, pero más segura. La sociedad parisina del XIX ofrecía unas posibilidades de ascenso social desconocidas en el Ancient Régime, donde títulos y dinastías eran la única manera de aproximarse a los favores del poder. Desde el reinado de Luis-Felipe d’Orleans, la entrada, una vez estrecha, a los escalafones más altos de la jerarquía social se había ensanchado de manera impensada. Lo único que hacía falta para ingresar era el dinero. La burguesía que, desde 1789, había emprendido la toma del poder, pudo, por fin, a partir de 1830, tomarlo para no dejarlo nunca más. No importa cuán violentas y prolongadas puedan ser las revoluciones, un nuevo axioma había surgido: la burguesía es inmortal.

Con la misma pulcritud y claridad que utilizó para describir la torpe retirada del ejército francés acosado por los prusianos, Maupassant va a reseñar las etapas del “combate” de su héroe, el fascinante e inescrupuloso Georges Duroy. Inclinado a los diseños simétricos, el narrador organiza, en cuatro etapas no reconocidas en el libro, el ascenso de este recién llegado, cuya única credencial era haber combatido como suboficial por dos años en Argelia ya que ni siquiera terminó su bachillerato (“-¿Pero , sabes quiénes fueron Tiberio y Cicerón? -Sí, más o menos. -Basta, ninguno sabe mucho más de eso”, le aclara su camarada de armas y primer protector”). Cada una de estas secciones podría llevar el nombre de sus protagonistas, todas mujeres (“El medio más adecuado para ascender rápidamente”): Madelaine, la viuda del amigo a la cual esposará a su debido tiempo; Clotilde su amante de “toda la vida”; Mme. Walter la casta cuarentona esposa de su jefe; y Suzanne Walter la hija de diecisiete años. Con un agitado preámbulo dedicado a Raquel, la joven y ofendida “fille de la vie” del Folies Bergere. El rico en ardides héroe de Maupassant no tarda mucho en descubrir que el gran mundo, el de las mansiones alrededor de Parc Monceau y los vastos pisos de Saint Germain, no es sino un Folies Bergère más grande. Un macrocosmos, en el cual lo único que condiciona el acceso a los grandes placeres, como en los pasillos del cabaret, es el dinero (“ Il ne faut pas dire cherchez la femme, mais cherchez l’affaire, le revela Mme Walter a su joven amante). Georges Duroy confía su estrategia a una combinación infalible en este resbaladizo mundo burgués: las posibilidades del método cartesiano y el pragmatismo de Maquiavelo. El honor, como lo intuyó Falstaff no es más que cinco letras de una palabra hueca. No se trata, en ningún caso, de una criatura rousseauniana pervertida por una sociedad perversa. Georges es un cínico en un mundo cínico. Su ascenso será irresistible. Su carencia de moral se ajusta de manera impecable a una sociedad que de moral conoce poco, y no le importa, además. A nadie le interesa el origen de nadie, la única regla es no preguntar demasiado. Pocos saben de dónde llegó Mme. Madelaine Forrestier, por ejemplo. Se sabe que fue joven amante del hoy anciano conde de Vaudrec, quien le proporcionó casa y esposo. Su Salón es uno de los más brillantes y servirá plataforma de lanzamiento para la “subida al cielo» de Georges Duroy, el consentido Bel-Ami, de esta sociedad sin nombre ni pasado de la burguesía francesa post-Toma de la Bastilla.

Bel-Ami conserva la frescura envidiable de las lecturas adolescentes. La sintaxis de Maupassant tiene la estructura del mejor clasicismo, esa garantía de “joy for ever” de las mejores obras de arte. A comienzos del XXI, su lectura sigue proporcionando ese “placer del texto” que ya no encontramos en tantos libros que nos desvelaron en el siglo XX y que, a estas alturas, aparecen con el aspecto triste de una amante envejecida, como la misma Madame Walter de la novela. Georges Duroy no es modelo de moralidad, su comportamiento en más de una ocasión es deplorable. Pero todos, alguna vez, quisimos tener la suerte de Bel-Ami, no por su prometedora acumulación económica, sino por haber sido uno de los consentidos de Eros, uno de esos raros héroes que parecen nacidos para ser amados en su indeclinable juventud.


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