Artes

La diáspora y la nostalgia de Odiseo

por Mariano Nava Contreras

"Mélancholie" (2012), De Albert Gyorgy. Fotografía de Velma / Flickr

07/07/2018
… lo encuentra sentado en el acantilado. No conseguía
secarse los ojos, consumiendo la vida en suspirar por el regreso.
Homero, Odisea

 

Los verdaderos maestros son los que te enseñan mucho más de lo que está en los libros. Lo supieron Descartes y Aristóteles cuando decían que lo que más querían aprender era lo que estaba escrito en el “libro de la vida”. Lo supo mejor que nadie Cicerón cuando dijo que la historia es la “maestra de la vida”, lo que significa más o menos que la única que puede enseñarle algo a la vida es la vida misma.

Mi maestra Esther Paglialunga, quien me formó en la prolija ciencia de la filología clásica, tuvo la bondad de enseñarme también muchas otras cosas. Esther fue parte del doloroso exilio argentino, ese que tuvo que escapar de la persecución durante los años de la dictadura militar y encontró refugio en aquella Venezuela democrática, abierta y generosa que abría los brazos a todo el mundo. A Esther no le gustaba hablar de lo que vivió, y ahora comprendo por qué. Pero a veces no podía contener algunas historias que se le escapaban como gotas de un agua amarga que se cuela por las grietas de un viejo dique demasiado golpeado por el viento y las olas. Recuerdo la primera vez que nos refirió una de esas historias llenas de miedo, impotencia y dolor por las separaciones y el exilio. En aquel momento esas historias nos sonaban remotísimas e imposibles, como si una especie de juramento divino nos hubiera asegurado que eso jamás ocurriría en nuestro país. Recuerdo que Esther nos contó una vez sobre una desmembrada familia a la que el exilio había separado interponiendo entre sus miembros miles de kilómetros, y a la que estaba prohibido volver a su tierra. Esther terminó su cuento diciendo: “Ese es el verdadero daño de las dictaduras”. Así aprendí que la verdadera tragedia de las tiranías es más personal que colectiva. Que el dolor que causan se aloja muy adentro, en el corazón de cada uno de los que lo sufren, dejando una huella de miedo e impotencia quizás tanto o más profunda que la que causan en la historia de los países las torturas, las desapariciones y la represión.

De Esther también aprendí que la palabra “nostalgia” es, cómo no, griega. Se trata de un compuesto de los términos nostos, “regreso”, y algos, “dolor”. “Nostalgia” significa, pues, “dolor por el regreso”, o para mejor decirlo, por no poder regresar. Así, el gran nostálgico de todos los tiempos fue también, claro, un griego. A Odiseo, el esforzado rey de Ítaca, la ira de Poseidón no le permitió volver a ver a su mujer, a su palacio y a su hijo por diez años, condenándolo a vagar por el mundo. Estaba tan enfadado porque Odiseo había cegado a su hijo el cíclope Polifemo, clavándole una estaca en el único ojo, la vez que se había quedado atrapados en su cueva y Polifemo se estaba devorando uno a uno a sus amigos. Pero esa es otra historia. La nostalgia es, pues, desde los antiguos griegos, el dolor de los que no pueden volver, y hay que ver cómo hay gente que desde entonces sufre de nostalgia.

Durante décadas, los venezolanos pensamos que éramos inmunes a la nostalgia, y más a la emigración y al exilio. Sin embargo, como la vida solo puede enseñar a la vida, vimos con el tiempo que esto no era verdad. Con el tiempo, fuimos marchándonos también nosotros (a muchos, mejor dicho, los hicieron marchar), y fuimos conociendo en carne propia una de las formas más antiguas y acerbas de dolor. El nombre de nuestro país se inscribió en una larga y tristísima lista que va del antiguo pueblo de Israel al éxodo sirio de estos días. Hoy, por varias razones, son muchos los venezolanos que no han podido ni pueden regresar. Algunos por causas abiertamente políticas, otros simplemente porque no pueden pagarse el boleto, muchos por miedo, porque salieron huyendo de la miseria, o de un arma novísima y sofisticada que no tenían las dictaduras de antes: la inseguridad –que escapar de la muerte es como llevarse una pequeña muerte por dentro–. Pero como dice el poema de Kavafis, ¿a dónde irás, que tu ciudad y tus recuerdos no te sigan? A pesar de todo, algunos venezolanos, como modernos Odiseos, esperan pacientemente el día que los dioses les permitan volver.

Cuenta Homero en la Odisea que el rey de Ítaca pasaba días enteros sentado en una roca mirando al mar sintiéndose morir de nostalgia, preso como estaba en la isla de la ninfa Calipso. Un día la diosa Atenea se conmovió de verlo así, llorando frente a las olas, y se decidió a ayudarlo a volver a casa. Convenció a su padre Zeus de que ordenara a la ninfa dejarlo en libertad, y éste envió a Hermes a la isla con la orden. Calipso, claro, no tuvo otra que obedecer, eso sí, muy de mal grado y dejando constancia de su contrariedad. Así fue como comenzó el regreso de Odiseo a casa, nada menos que por orden de Zeus. Nuestro poeta Ramos Sucre, en El desvarío de Calipso, describe el instante preciso en que un felicísimo Odiseo se lanza al mar, iniciando el retorno a Ítaca:

“Una escolta de tritones, de visaje libertino, sopla, alborozada, su caracol de pabellón acústico”.

A nosotros los cristianos, empero, el Salmo 145 y la carta de San Pablo a los romanos nos dicen que la voluntad de Dios es insondable. ¿Cuándo será que podrán volver por fin nuestros tantos Odiseos? Sé que en este momento muchos venezolanos lejos de casa también esperan y miran al mar, y sueñan despiertos con el día en que por la ventanilla del avión puedan ver de nuevo las montañas que bajan a la playa verdeando de cocoteros y el azul brillante de nuestro Caribe, y vuelvan a sentir el abrazo fuerte de los amigos y de los seres queridos.

Así sea.


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