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La destrucción del saber

por Mariano Nava Contreras

Fachada de la antigua Biblioteca de Adriano, Atenas | PostImage

02/11/2019

En general, cuando nos hablan de “destrucción” pensamos en la destrucción de cosas materiales, y muy pocas veces consideramos que las cosas inmateriales también pueden ser destruidas. Sin embargo es así y, lo que es peor, me temo que cuesta mucho más recuperar las cosas inmateriales que las materiales.

No será difícil imaginar que, desaparecido el Imperio romano, Atenas se convirtió en presa favorita de las invasiones bárbaras. La leyenda y fama de la ciudad y su esplendor la hacía irresistible objeto de la gula de los saqueadores. Pero vamos a estar claros, la atracción por los tesoros atenienses se remonta a la época romana, y si forzamos más la barra, hasta los persas y los espartanos en su apogeo más remoto. Un año, cuenta Herodoto, estuvieron los persas viviendo en la Acrópolis cuando la tomaron en el 480 a.C., tiempo suficiente para hacerse de lo que quisieran y destruir lo que no les interesara. Por aquellos tristes días Pericles, que se había refugiado junto con los demás atenienses en la cercana isla de Salamina, miraba las columnas de humo elevándose desde la Acrópolis, allá en la ciudad, producto del incendio y la destrucción. Entonces se prometió y prometió a los atenienses que reconstruiría el templo de Atenea todo de mármol, mil veces más rico y fastuoso de lo que lo habían encontrado los persas. Ese es el origen de la leyenda de los tesoros de la Acrópolis. Dice Pausanias que la estatua “crisoelefantina” (oro y marfil) de Atenea medía unos doce metros, y solamente su oro pesaba más de una tonelada.

Ya dije que incluso algunos romanos ilustres sucumbieron a la tentación de llevarse alguna estatua del santuario, a pesar de la cantidad de copias que ya entonces se hacían artesanalmente para que los “turistas” pudieran llevarse algún “souvenir” a casa. Incluso un incendio dañó considerablemente el templo en el siglo iii. Sin embargo, nada hizo más daño al Partenón que la llegada del cristianismo. Durante la Edad Media, los distintos saqueadores se sintieron autorizados a dañar y expoliar el portentoso templo que de alguna manera representaba la cima de la religión pagana. Uno a uno, los Godos en el año 253, los Hérulos en el 267 y los Visigodos de Alarico en el 396, quien además saqueó Eleusis e incendió Olimpia, la emprendieron contra la ciudad. Los godos hicieron estragos en la parte baja, pero no se atrevieron a tocar la Acrópolis, mientras que los historiadores se encuentran divididos en torno a si Alarico llegó efectivamente hasta el Partenón o no, polémica que se remonta a la que tuvieron el pagano Eunapio y San Jerónimo. Éstos discutían acerca de si los bárbaros tenían derecho a destruir o no la civilización pagana. El asunto se resolvió de un plumazo cuando el emperador Teodosio prohibió todo culto a los dioses (y de paso los Juegos Olímpicos) en el 395. Con los años el viejo Partenón, de templo dedicado a la diosa Atenea, se convirtió en la Iglesia de “Nuestra Señora de Atenas”.

La Atenas de aquellos tiempos se había convertido, pues, en natural foco de resistencia de la antigua cultura pagana frente al imparable avance del cristianismo. En la ciudad se conservaban las viejas escuelas filosóficas que habían hecho de ella referencia principal de las ciencias, las artes y el pensamiento en el mundo antiguo: la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles, el Jardín de Epicuro, el Pórtico de los estoicos. A estas se agregaban otras que habían nacido a la luz de la tradición filosófica griega, como la de los Neoplatónicos. Para entonces las viejas escuelas no funcionaban ya en los lugares donde habían sido fundadas, sino que ahora se alojaban en cómodas mansiones dotadas de estupendas bibliotecas, espacios para la lectura y la disertación, pero también para el culto a los viejos dioses. Estas mansiones se ubicaban alrededor de la Acrópolis. Se conserva hoy el sitio arqueológico llamado “Barrio de las escuelas filosóficas”, situado a un costado del Camino de las Panateneas, subiendo del ágora al Areópago. En cambio la casa de Damascio, el último maestro neoplatónico, estaba en la ladera sur de la Acrópolis y era “morada muy apropiada”, según testimonio de Marino de Neápolis.

No tengo que explicar cómo las invasiones bárbaras se cebaron también con las escuelas filosóficas, destruyendo todo lo que pudieron. Bibliotecas enteras, instrumentos de experimentación y objetos de culto, todo fue destruido, expoliado o entregado a las llamas. El golpe de gracia lo produjo el edicto de Justiniano del año 529, en el que ordenaba el cierre de estas escuelas y prohibía impartir clase a los maestros paganos, a menos que se convirtieran al cristianismo. Ello obligó a los filósofos y a los científicos griegos a emigrar o a enseñar clandestinamente en el mejor de los casos. Con el edicto de Justiniano moría una tradición de mil años de saber y enseñanza de la filosofía en Atenas, extinta bajo el cerco de saqueadores y gobernantes. Algunas ruinas se conservaron y nuevos edificios fueron construidos, pero Atenas, sin el arte, el pensamiento y las ciencias, nunca volvió a ser la misma.


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