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La Carta de Jamaica

por Mariano Nava Contreras

07/09/2019

Simón Bolívar. Autor anónimo. Retrato hecho en Haití en 1816, meses después de haber escrito la Carta de Jamaica

En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela, sus acontecimientos han sido tan rápidos, y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia y a una soledad espantosa; no obstante que era uno de los más bellos países que hacían el orgullo de la América. Sus tiranos hoy gobiernan un desierto; y solo oprimen a tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan una precaria existencia.
Bolívar, Carta de Jamaica

Ayer viernes seis hizo doscientos cuatro años de que fuera escrito un documento fundamental de nuestra historia intelectual: la llamada Carta de Jamaica, escrita por Bolívar como respuesta a un comerciante británico que vivía en la isla, el Sr. Henry Cullen. Esta pequeña carta ha sido considerada por algunos americanistas nada menos que uno de los documentos fundadores del pensamiento latinoamericano. Veamos.

Como casi todo lo que tiene que ver con el Libertador, la Carta de Jamaica ha sido objeto de incontables estudios, lecturas e interpretaciones. Los más importantes historiadores venezolanos se han ocupado de ella, de Mario Briceño Iragorri a Elías Pino Iturrieta pasando por Germán Carrera Damas. ¿Por qué? Porque en esta carta singular Bolívar expone su visión de toda la América hispana (la “América meridional”, como él la llama) en conjunto, pero también país por país. Como un conjunto pero también en su inabarcable diversidad. Así, aborda el estado de los virreinatos antes de la guerra, su población, su geografía, sus incontables recursos naturales, pero también las distintas causas que los llevaron a emprender la lucha por la libertad. 

A lo largo de la carta no podemos dejar de asombrarnos de la cantidad de información que maneja el Libertador. No solo de teoría política, historia y geografía universal, sino también de geografía e historia de América, y sobre todo acerca de los procesos sociales y económicos específicos de cada uno de nuestros países. Todos estos datos los analiza, compendia y ordena de manera clara y metódica. Todo lo escribe de manera convincente, con la elocuencia, la vehemencia y la pasión con que exponía y defendía sus ideas. También admiramos en él la honestidad con que maneja sus datos, pues cuando confiesa que no posee suficiente información o que la que tiene no es totalmente confiable, lo admite y prefiere no arriesgarse.

Sin embargo, lo que más ha llamado la atención de la Carta es cuando Bolívar se atreve a vaticinar el futuro de las naciones hispanoamericanas una vez alcanzada la libertad. Sorprende el conocimiento de los distintos movimientos independentistas, las diferencias entre sus facciones, sus tendencias políticas y su interacción con la geografía, el comercio y las estadísticas de cada país. Sorprende aún más el conocimiento profundo que este hombre de 32 años tiene sobre el alma humana, de cómo operan las pasiones y la psique en relación con el medio y las circunstancias. Ya Aristóteles había observado en la Política (1327b) que los recursos y la geografía de un país inciden en el carácter de sus habitantes. Es un poco el principio que orienta a Bolívar. Así sus comentarios sobre la difícil circunstancia del Perú virreinal, que tiene “oro y esclavos”, para lograr la libertad, o de cómo los mexicanos han sabido utilizar la devoción guadalupana a favor de la independencia. Todo esto décadas antes de que se inventaran el positivismo y la psicología social. 

De interés es constatar cómo algunos de sus pronósticos llegaron a cumplirse con el tiempo: acerca de los canales que un día unirían al mundo a través de Centroamérica o la estabilidad institucional de que llegaría a gozar Chile. Otros empero no llegaron a materializarse por mucho tiempo, como la unión política entre Venezuela y la Nueva Granada, cuya separación también previó. Todo esto ha llevado a algunos a calificar la Carta como “profética”. Personalmente creo que estas simplificaciones ignorantes ofenden y empañan el esfuerzo de un hombre que puso toda su inteligencia y sus conocimientos, sus lecturas y sus trasnochos, a comprender desde sus limitaciones humanas a su patria y a todo un continente.

La Carta de Jamaica fue escrita en Kingston en 1815 por un Simón Bolívar desterrado e incomprendido. Allí había ido a parar luego del desastre que supuso Boves. Allí buscó el apoyo británico para continuar la causa de la Independencia, pero también procuró la tranquilidad necesaria para meditar la forma de continuar la lucha. Bolívar escribe bajo el impacto de la derrota de Waterloo y la captura y destierro de Napoleón en junio y julio de ese año, con todas sus implicaciones geopolíticas para Europa y para una América Hispana en guerra. Es en este contexto que debemos entender la Carta, con su tono quizás calculadamente optimista y persuasivo según quieren algunos, cuando todo en él era, lo hemos dicho, vehemente y apasionado. Si es cierto que la Carta de Jamaica es una respuesta personal a Mr. Cullen, en realidad lo que el Libertador buscaba era llamar la atención de los británicos, atraer su apoyo a la causa de la Independencia. Y lo logró.

La Carta de Jamaica se entronca en una antiquísima tradición de epístolas políticas que se remonta a la antigüedad clásica. Platón, Ovidio, Séneca y muy especialmente Cicerón escribieron cartas de contenido político. En ellas, sus autores explican y defienden sus ideas, o justifican su participación en determinados proyectos, como es el caso de la Carta séptima de Platón y las relaciones del filósofo con Dionisio I, rey de Siracusa. En todas estas cartas, sus autores despliegan una serie de estrategias epistolográficas destinadas a persuadir a sus destinatarios, estrategias que suponen una cantidad de destrezas manipulatorias que también Bolívar maneja hábilmente. Seguramente no era consciente de ello, pero Bolívar defendía sus argumentos con las mismas herramientas persuasorias que usaron los antiguos, algunos de los cuales había leído bien, como él mismo afirmara después en otras cartas.

Pero esta no es la razón por la que la Carta de Jamaica es considerada uno de los documentos fundadores del pensamiento latinoamericano. La razón es que se trata de la primera vez que un latinoamericano se sienta a pensar a su patria desde América, con una perspectiva latinoamericana. En ese sentido se diferencia de todo cuanto había sido escrito antes por viajeros y pensadores europeos como Alejandro de Humboldt, por ejemplo. También en la Colonia otros filósofos habían escrito sesudos tratados de lógica y metafísica a la europea, pero no se habían ocupado de nuestra realidad. “Somos un pequeño género humano, poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares”, nos dice. Esto, simplemente, no había pasado antes. Era la primera vez que alguien nacido de este lado del Atlántico reflexionaba y escribía sobre nuestras cosas y sobre nuestro futuro. Un escritor, volvamos a decirlo, muy bien informado, con datos que conocía de primera mano. La primera vez que alguien escribía sobre nosotros desde el apego y el afecto por lo que somos y lo que tenemos. En este respecto, Bolívar es fundador de una estirpe de pensadores, de reflexión venezolana e hispanoamericana, cuyos vástagos se continúan hasta José Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Mariano Picón Salas, Octavio Paz o Arturo Uslar Pietri.

Doscientos cuatro años después, recordamos al pensador que escribió una carta donde quiso pintar nuestro futuro con pinceles de realidad. “No el mejor, sino el que sea más asequible”, escribió no sin antes advertir, previendo que lo criticaran al hablar de su Venezuela: “como esta es mi patria tengo derecho a desearle lo mejor”. Por si acaso.


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