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Kader Abdolah: “Mi único camino para regresar a casa es la literatura y la imaginación”

por Mario Morenza

02/12/2019

El escritor iraní Kader Abdolah. Fotografía de Sanderbakkes | Wikimedia Commons

Hace unos días estuvo de visita en Caracas como invitado a la Feria del Libro del Oeste –Universidad Católica Andrés Bello, 25 al 30 de noviembre de 2019– el escritor neerlandés, de origen iraní, Kader Abdolah. El narrador y profesor Mario Morenza tuvo oportunidad de hacerle esta breve entrevista

En 2007, La casa de la mezquita (2005) fue votada por los ciudadanos de Países Bajos como la segunda mejor novela de todos los tiempos, superada solo por El descubrimiento del cielo (1992), de Harry Mulisch. Sin duda, esta distinción fue significativa para Kader Abdolah, que nació en Irán hace sesenta y cinco años, por lo que su lengua nativa es el farsi. Por circunstancias políticas, huyó de su país y se exilió en Países Bajos. Desde muy joven, soñó con ser un escritor persa, lengua cuya tradición literaria es inobjetable. Sin embargo, ya establecido en su nuevo país, esos sueños se disolvieron, pero su entusiasmo por contar historias no desfalleció.

Con elocuencia, desparpajo e imaginativa lucidez, Kader Abdolah cuenta cómo se cuestionó sobre estas circunstancias. «¿Cómo iba a ser leído en un país en el que absolutamente nadie sabía ni una palabra en farsi y qué podía hacer al respecto?». Entonces, se produjo una revelación. Recordó sus años de infancia, recordó la manera en la que se comunicaba con su padre, quien había sido sordomudo; recordó cómo todos en familia conversaban con trescientas palabras en lenguaje de señas. Trescientas palabras sostenidas y amoldadas desde las manos.

Como toda revelación, le llegó también la respuesta para calmar sus inquietudes. Decidido, se planteó: «Si después de tanto tiempo en Países Bajos me defiendo con quinientas palabras en neerlandés, puedo escribir cuentos en ese idioma».

Así fue como Kader Abdolah reinició su carrera literaria en su nueva lengua. A los treinta y cuatro años de edad.

Su primer libro fue de cuentos breves y tuvo un éxito inusitado. Y como era de esperarse, a Abdolah le surgieron muchos por qué. Por qué siendo él un autor que apenas balbuceaba el neerlandés se convertía en un fenómeno literario. Con los años le llegó una respuesta lógica: porque en sus historias, en su imaginario, persistía el mundo árabe, un universo narrativo totalmente ajeno para los lectores neerlandeses. A través de sus primeros cuentos, mostró a los lectores de Países Bajos que «sus ríos no cantaban», ya que se preguntaban cómo era aquello de que los ríos en Persia tienen música. En una charla de la IV Feria del Libro del Oeste (Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, noviembre de 2019), Kader Abdolah explicó que su patria era un territorio de montañas, a diferencia de Holanda, de geografías planas en la que el agua de los ríos se halla detenida, estancada y sin música que fluya. Abdolah tradujo su imaginario, emigró, como el mismo afirma en otra entrevista, «el alma de la literatura persa al neerlandés».

Kader Abdolah no solamente se ha destacado como escritor de ficción. En 1997 obtuvo el Dutch Media Prize por sus columnas periodísticas.

—¿Cómo combinas el oficio de creador de ficciones con esa «literatura bajo presión» de quien reflexiona sobre la realidad de su tiempo en la prensa?

—Esto es muy útil para mí. No sabía si podía hacerlo de esa manera. Empezar a escribir cada día y sorprenderme de que a los lectores del periódico les encantara mi columna. Escribía desde el verdadero punto de vista de un inmigrante, ya que veía todo desde una perspectiva totalmente distinta a la de los escritores locales. Yo les brindaba a los lectores del diario una renovada realidad.

Abdolah estudió física en Teherán, graduándose en 1977. En La casa de la mezquita preciso uno de los pasajes más llamativos en el que se narran las ocurrencias de Jaljal, enigmático y carismático imán: mientras oficia su sermón cita una frase de Albert Einstein en inglés sin importarle hacerse entender por los fieles, quienes ignoran por completo aquel idioma, lo cual causa sorpresa y hasta estupor entre los asistentes. Seguidamente, comenta que la luz se desplaza a trescientos mil kilómetros por segundo. Este dato desconcierta de nuevo a los feligreses, que acaso desconocían estas realidades científicas. A continuación les explica la teoría con un ejemplo pertinente:

Imaginad que tenemos un avión que vuela a una velocidad de trescientos cuarenta mil kilómetros por segundo. Imaginad que ese avión está sobre el tejado de la mezquita, listo para volar con un grupo de pasajeros. Imaginad que elegimos dos grupos, uno de chicos entre doce y quince años y otro de chicas de la misma edad.

Dejamos a las muchachas aquí en la mezquita y enviamos a los chicos al avión como pasajeros. El piloto arranca el motor, el avión se pone en movimiento y se lleva a los muchachos al espacio. No olvidemos que el avión vuela a la velocidad de la luz. Ahora fijaos bien. Si los chicos se pasan tres horas volando por el espacio y vuelven a aterrizar en la azotea de la mezquita, habrán estado fuera tres horas según sus relojes. Los chicos bajarán del avión y entrarán en la sala de oración y cuando descorran la cortina para ver a las chicas no darán crédito a sus ojos. Todas las muchachas se habrán convertido en unas ancianas desdentadas.

La ciencia se ha conectado de una manera directa con la narrativa del autor. «Me encanta emplear estos conocimientos de física, ya que a los lectores les gusta, y mezclar estos conocimientos con la literatura me parece un recurso fantástico», comenta Abdolah.

El choque entre el público y el imán es inevitable. La mezquita se nos describe como una ciudad dentro de otra ciudad, con sus propias costumbres, que logra abolir el espacio ajeno a ella, en la que de alguna manera existe una constitución distinta administrada por un régimen.

En otro capítulo memorable, titulado homónimamente como la novela, se narra la verdad del mundo a través de la TV cuando precisamente gracias a la ciencia el hombre cruza los límites de este mundo y llega a la Luna. Todos en la mezquita estaban enterados, menos Aga Yan, vendedor de alfombras e «inspirado en un tío», confiesa Abdolah.

Uno de los personajes lo convence de que ya es hora de aprovechar estas tecnologías para enterarse de lo que ocurre en el planeta y fuera de él: «Nadie tiene que enterarse. Esta es nuestra casa y nuestra ciudad, nos corresponde a nosotros decir cómo se hacen las cosas aquí». El autor rememora cómo fue ese contacto en su infancia con la televisión y las nuevas tecnologías: «Tenía catorce años cuando el hombre llegó a la Luna y fue un evento que nunca olvidaré y estaba obligado a plasmar de alguna manera esa impresión en mi literatura».

En el capítulo «Sermón» de La casa de la mezquita, leemos una descripción de los métodos de Jaljal: «Últimamente les había hablado de las aves migratorias, un tema que nunca se había tratado en la mezquita. Les contó que las aves migratorias siempre encontraban la manera de regresar a su casa y encontrar su antiguo nido, incluso los recién nacidos, les dijo, eran capaces de volar por rutas desconocidas hasta que al final daban con el nido paterno».

—¿Entiendo que tu narrativa resulta un intento de regresar a ese nido paterno?

—No he podido regresar en treinta años a mi patria. Mi único camino para regresar a casa es la literatura y la imaginación. De alguna manera, llevo a mis lectores por él para que me acompañen a mi hogar originario en el viaje de la literatura. Cuando estabas leyendo La casa de la mezquita, tú eras un invitado en mi casa.

—¿Cómo es tu relación con la fe: el Corán es citado constantemente en la novela?

—Entiendo los libros religiosos, la Torah, la Biblia y el Corán como historias maravillosas, gran literatura.

(Leemos La casa de la mezquita y se desgrana una buena cantidad de objetos, alimentos, oraciones, palabras, salmos, imanes, y no tenemos necesidad de buscar en Google para saber de qué se nos está hablando. Como en casa de un amigo, nos sentimos en una conversación fresca, directa y sencilla.) 

— … Y ese es el poder de la literatura —añade Kader Abdolah.

—Hablando de poder: en Berkeley, hace algunos años, te referiste a la literatura como un mecanismo de resistencia. Elegiste la escritura en lugar de las armas. Qué consejo darías, por ejemplo, a los cursantes de talleres de narrativa y a otros colegas escritores.

—Siempre he estado en contra del régimen de mi país. Y no había manera de vencerlos. Ni con un arma de fuego ni con un cuchillo, sino con la palabra, el papel y el lápiz. Y la imaginación. En realidad, yo no soy capaz de disparar para matar a nadie, pero, por ejemplo, quería matar a Jaljal, y la única manera de dispararle era escribiendo esta historia.

—En La casa de la mezquita narras dos muertes con prosa desgarradora, dos duelos: la del niño que es hallado ahogado en una piscina en el capítulo «Arusi»; desde ese momento terrible, la madre no levanta cabeza hasta dos años después cuando da a luz otro hijo. Y en «Aba» y «Familia», capítulos consecutivos, que se focalizan en el fallecimiento y ritos funerarios de Alsaberi. Sabemos que Kader Abdolah es un seudónimo compuesto por dos de tus amigos cercanos asesinados por el régimen del Sha, ¿cómo vive el duelo en ti?

—Soy un escritor y lo único que puedo hacer es escribir mis tristezas, mis alegrías, mis esperanzas. Compartirlas con el mundo y mantenerlas vivas para las nuevas generaciones. Enseñarles que los ríos cantan de distinta manera en cada lugar del mundo y que existe un mundo persa.


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