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Memorabilia

Juan Vicente González: romántico y conservador

por David Ruiz Chataing

17/10/2019

Juan Vicente González

El primero de octubre de 1866 muere el escritor, docente y periodista Juan Vicente González. Obeso, siempre mal vestido, los últimos años de su vida con dificultades para caminar (andaba con bastón), amargado, irascible por tantas derrotas sufridas, tantos desengaños. Vivió su tiempo como un extraño, como un extranjero. Anheló haber nacido en Atenas, en la Francia medieval. Nació cuando se inicia el proceso de independencia, a pocas semanas del 19 de abril, el 28 de mayo de 1810. Muere cuando aún no se apagan las candelas de las guerras federales. Fue niño expósito, una familia realista le dio hogar. Vivió con un grupo familiar y en una sociedad profundamente cristianos. Sus ductores fueron, en el convento nerista, el sacerdote José Alberto Espinosa, y en la Universidad, José Cecilio Ávila.

González se licencia en filosofía en 1830 en la Universidad de Caracas. Se enamoró en la biblioteca y en las aulas universitarias de las armonías perfectas del mundo griego y romano. Leía y escribía a la perfección el latín. Y conocía bastante el griego. Leyó con fervor y profundidad a los padres de la Iglesia: San Agustín, San Ambrosio, San Gerónimo. De su acendrado cristianismo surgió su adhesión al providencialismo histórico. Devoró con avidez los textos de Chateaubriand, Thierry, Lafuente, Lamartine, Cantú. Escritores liberales, románticos. Del romanticismo le interesó su apego al pasado, a los sentimientos, a las tradiciones; la opción por la sensibilidad frente a la razón; la exaltación del héroe, de las élites, de la historia patria. Se fue configurando así su apego a las tradiciones, a las inveteradas costumbres. En política, es partidario de gobiernos que construyan instituciones y buenas leyes. Defiende los gobiernos legales, repudia las revoluciones. Rechaza la violencia. Es de los pocos historiadores que no ataca a España. Idealiza el tiempo colonial como apacible y próspero. González sustenta el orden público en la ilustración y la virtud. La masa ignorante no es ciudadana. González llora por un orden que destruyeron los caudillos y las montoneras.

En Juan Vicente González hay una concepción organicista del cuerpo social. Cada parte del organismo debe asumir su rol en la sociedad. Sin quejas, ni reclamos. El poder es asumido como concentrado y unitario. El conflicto es disfuncional. Los partidos políticos, en ese sentido, destruyen el equilibrio y la armonía que debe reinar. Debe existir una sola organización, defensora del orden, dirigida por los más virtuosos, laboriosos y propietarios. La sociedad debe rodear al soldado afortunado, al caudillo, al jefe de prestigio, quien debe ejercer un gobierno fuerte. En sociedades incipientes los buenos deben apoyar a la autoridad pues es mandato bíblico, regular la libertad prensa y de pensamiento para evitar abusos. Se debe perseguir y destruir a quienes intentan acabar con el orden establecido. Los cambios deben ser lentos y acumulativos. Las transformaciones se realizaran mediante leyes, el trabajo, la educación, los caminos, las inversiones, la inmigración, la tecnología y el progreso y la prosperidad en el seno del orden y las instituciones. Este proceso lo dirigirán las élites y el caudillo. El pueblo es un ente pasivo que mejorará lentamente en el seno del orden. González ignora el tema de la esclavitud, el latifundio, la explotación inmisericorde de los campesinos por los terratenientes. González nada dice del voto censitario, ni del régimen oligarca.

Con este bagaje ideológico Juan Vicente González se siente en el deber de combatir la peligrosa revolución guzmancista que se cierne sobre la sociedad.

González funda con Antonio Leocadio Guzmán y Tomás Lander el periódico El Venezolano, en 1840. Se distancia progresivamente del movimiento surgido alrededor del diario al percibir un liberalismo exagerado y radical en Guzmán. Desde este momento González asume el “ministerio” de denunciar el oportunismo, las ambiciones de poder y el disparatado programa de Antonio Leocadio Guzmán. Parte del error de Guzmán es no escuchar a la parte culta de los ciudadanos y actuar conforme a la parte ignorante de la sociedad.

Para González hay que proteger a la sociedad de los excesos de la libertad. Esta no es ilimitada, sino que debe responder a la necesidad de conservar el orden social. González se muestra “adicto a la autoridad” como corresponde a países con repúblicas incipientes. Se dirige al general Juan Crisóstomo Falcón, en septiembre de 1864, para sugerirle que se apoye en los propietarios, en los industriales, en la gente laboriosa porque son ellos quienes están interesados en el orden. La paz hace falta para estimular la educación de la juventud y un mejor porvenir. Se requieren factores de estabilidad, tradiciones y costumbres para cimentar el orden. González reclama una sociedad sustentada en los valores espirituales y en la moral cristiana. También, apuntalada en la grandeza y en la poesía. En la aceptación de un planteamiento revolucionario que ha triunfado y es gobierno, por eso lo apoya, que no atente contra la libertad. A González le preocupaba que la revolución destruyera la libertad. Fue de la convicción –en cierta forma obligado por la realidad– de que libertad e igualdad podían andar juntas. Al final de su vida solicita perdón a sus compatriotas por haber fomentado el odio en medio de las pasiones políticas. Éstas, en todo caso, las asumió con buena fe. Y cayó con los gobiernos que defendió. Honró, hasta el final de su vida, su postura conservadora moderada o conservadora-liberal. Se mantuvo como un fervoroso tradicionalista a pesar de que los cambios apuntaban hacia la igualdad y la democracia.

Juan Vicente González quiso ser testigo y conciencia moral de los venezolanos en la época que le tocó vivir. Para ello utilizó el periodismo y la Historia para intentar comprender el pasado y su contemporaneidad. Su apasionamiento excesivo, su desmesura en la valoración de los hombres y los hechos lo llevaron al fracaso en este cometido. Juan Vicente González, en medio de sus tropiezos, fue consecuente con sus convicciones y, en cierta medida, su fracaso fue también la derrota del orden social que defendió e intentó resguardar.


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