Juan Gabriel Vásquez: “La literatura explora, investiga, pero no vive en un mundo de certezas”

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Fotografía de Martin Bureau | AFP

08/05/2021

La reciente novela de Juan Gabriel Vásquez Volver la vista atrás (Madrid, Editorial Alfaguara, 2021) es una historia sobre el fanatismo heredado en la que se cuestiona la lealtad, el amor y la capacidad de sacrificio narrada a partir de la vida del cineasta Sergio Cabrera. Es una obra que nos hace comprender parte de los conflictos actuales del mundo, la influencia de la ideología en la vida de las personas y algunas de las contradicciones inherentes al ser humano.

En El ruido de las cosas al caer (2011) comprendemos un contexto histórico y social –ajeno para muchos– partiendo de la figura del narcotraficante Pablo Escobar. En Volver la vista atrás conocemos otro ángulo de aquel contexto a través del cineasta Sergio Cabrera y sus antecedentes familiares. ¿Podría explicar cómo es el proceso en que una persona real se convierte en un personaje?

Bueno, no es exactamente así lo que ocurre en El ruido de las cosas al caer. Allí no aparece nunca la figura de Pablo Escobar, aunque sí se le menciona. Volver la vista atrás, en cambio, gira alrededor de Sergio Cabrera. Debo decir que este proceso –la transformación de una persona que no solo es real, sino que vive y es mi amiga, en personaje de ficción– es una de las cosas más difíciles que he hecho. Se trataba, finalmente, de lo que siempre hacen los novelistas: un acto de imaginación del otro, de interpretación de una vida ajena tal como se ve desde fuera. A partir de conversaciones y observación mi tarea era construir el mundo emocional y moral de esta persona con la fidelidad de un pintor.

¿En qué sentido considera preciso que los escritores deban involucrarse en los asuntos sociopolíticos y tener sentido de la justicia?

Yo no creo que el novelista tenga deberes más allá del deber impreciso y ambiguo de escribir bien. La novela es un territorio de libertad y los lectores acudimos a él con frecuencia para entrar en un mundo donde estamos libres de las exigencias y los proselitismos del mundo de afuera: en una novela nadie está tratando de convencernos de nada, nadie nos adoctrina. Ahora bien, el novelista es también un ciudadano y el ciudadano-novelista puede usar sus herramientas para influir (aunque sea muy levemente) en la conversación política o para participar en ella. ¿Tiene su voz algún peso, alguna importancia? Alguna vez la tuvo, pero dudo mucho de que siga siendo así. Yo me paso la mitad de mi tiempo metido en esa gran conversación que es la vida política: tratando, por ejemplo, de defender los acuerdos de paz de mi país. Cada vez lo hago con más desencanto y con la sensación de que no sirve para nada. Lo cual no es razón para dejar de hacerlo.

Parece que existe una tendencia a considerar la intención didáctica de la literatura como algo peyorativo. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Eso que usted llama “la intención didáctica”, si lo entiendo correctamente, está completamente reñido con mi idea de lo que hace la literatura. La literatura en la que yo creo, como decía Chéjov, no da respuestas: se limita a formular correctamente las preguntas. La literatura explora, investiga, pero no vive en un mundo de certezas, sino de dudas constantes. ¿Qué podría enseñar entonces? Cuando la literatura se pone a tratar de enseñar, de dar lecciones, se vuelve panfleto o fábula y eso a mí no me interesa.

Usted señala: «Las novelas se escriben para responder las preguntas que no entendemos como sociedades». Podríamos afirmar esto de las novelas sin ficción, ¿pero también de las novelas de ficción?

Sí, por supuesto. No es lo único que hacen las novelas, desde luego, pero es muy valioso. Las sociedades son tejidos de historias: miles de relatos, desde el gran relato público que llamamos Historia hasta las preocupaciones íntimas de los individuos construyen lo que llamamos sociedad. ¿Y qué hace la sociedad en esos relatos? Se hace preguntas. Pues bien, la literatura en particular (y las artes en general) son espacios donde esas preguntas se filtran y quedan condensadas con precisión. Cuando una sociedad tiene una gran pregunta que la agobia, como por ejemplo la pregunta de la violencia en Colombia, la literatura suele reflejarla, y de ahí que tantas novelas colombianas, así como cuentos y ensayos y poemas, traten de ella.

En su libro de ensayos Viajes con un mapa en blanco cuando reflexiona sobre la novela afirma: «una sociedad sin novelas de verdad es una sociedad enferma, y en particular si esa sociedad habla la lengua que inventó la novela» –por supuesto refiriéndose a Cervantes–. ¿Podría mencionar autores del siglo XXI que escriban «novelas de verdad»?

Ese «novelas de verdad» es un atajo que se entiende mejor en el contexto del ensayo, por supuesto. Claro que puedo mencionar autores vivos cuyas novelas admiro porque hacen lo que yo espero del género: descubrir una parcela de nuestra experiencia a la cual no tendríamos acceso sin ellas. Lo que pasa es que la lista sería larga y necesitaría mil explicaciones o glosas.

¿Qué le ha conmovido especialmente de Sergio Cabrera y su hermana Marianella?

He dicho varias veces ya que hay pocos espectáculos tan bellos como el de una persona que recuerda lo que se ha pasado la vida tratando de olvidar, y además lo hace para que otro lo escriba: es decir, para que convierta el olvido en algo imposible. Eso es lo que hicieron ellos dos. Por otra parte, verlos descubrir su propia vida, verlos descubrir en mi libro lo que no conocían de la vida del otro fue un gran regalo. Después de los años más difíciles que pasaron, en la familia se hizo una especie de pacto de silencio y nunca se volvió a hablar de esos temas incómodos. Así que en varios momentos del libro tanto Sergio como Marianella se enteraron de cómo había sido la vida del otro.

Una dificultad con la que se haya enfrentado en Volver la vista atrás que no tuvo con las anteriores novelas y que le haya enriquecido como escritor.

Lidiar con una vida ajena como material literario es tremendamente difícil. Ya lo había hecho cuando escribí Los informantes, una novela montada sobre la vida de una mujer que conocí, y en La forma de las ruinas, montada sobre ciertos aspectos de la vida de un hombre (y sobre los huesos que él conservaba). Pero en ambos casos los personajes quedaron modificados: cambió su nombre, cambiaron sus coordenadas cuando le convenía a la ficción. Aquí, no. Aquí se trataba de contar la vida de una familia a partir de mis investigaciones, pero sin esconder a los personajes detrás de los recursos de la novela. Se corrían muchos riesgos y muy grandes porque cada palabra podía hacer daño. Pero tampoco estaba yo dispuesto a invertir tanto tiempo para contar una vida maquillada o edulcorada… El gran reto fue ese: mantener un equilibrio entre contar la verdad y lidiar con los riesgos. Para eso fue necesario el descubrimiento de una voz y de una arquitectura que me lo permitieran.

Me gustaría indagar un poco en Wang, el compañero de la fábrica de relojes de Pekín. Pasa desapercibido y es un ancla para Sergio en medio del caos: «Cuando falta la luz y todo es oscuro, solía decir, la única forma de no perder el rumbo, es mirar hacia atrás. Así viendo la luz que hemos dejado, podemos confiar en que otra nos espera».

El viejo Wang, como lo llamaba Sergio, fue efectivamente una presencia importante en sus años en China. Un trabajador, un hombre de la fábrica que era al mismo tiempo un hombre escéptico, capaz de una cierta sabiduría que venía de otros tiempos… Era como un maestro para Sergio, pero además un símbolo de algo más: otra manera de ver la realidad que compartían, una sugerencia de que la lucidez es posible.

Jugando un poco con el título de su novela Volver la vista atrás, para escribir: ¿hacia dónde mira Juan Gabriel Vásquez?

Hacia el siguiente libro.


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