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Fútbol

Josef Martínez tiene razón

por Jován Pulgarín

Fotografía de Andy Lyons | Getty Images North America | AFP

30/09/2019

La selección nacional de fútbol se convirtió en un ministerio. Sabemos que existe y tiene nombre, pero los ciudadanos desconocemos exactamente su funcionamiento. Y no estamos hablando del sistema táctico. Como cualquier organismo público nacional, que se rige por conveniencia, cada quien actúa por la propia: jugadores, técnico y federativos. No hay ningún miedo a la contraloría, básicamente porque la contraloría no existe.

En la Federación Venezolana de Fútbol no hay un comité que evalúe el rendimiento de cada proceso técnico ni la viabilidad de un programa de largo alcance. La mayor preocupación de los directivos es asegurarse que entre dinero en la caja. La consecuencia directa es la contratación de técnicos que buscan hacerse un camino hacia el exterior: César Farías, Noel Sanvicente y Rafael Dudamel. Independientemente de sus logros, son estrategas que cuestan poco, todo lo contrario a lo que significaría un profesional con experiencia probada en eliminatorias y mundiales.

Y en esa dinámica mediocre, todos quedan expuestos. Los jugadores que vivieron experiencias profesionales en otros lares, se hartan de discursos nacionalistas, que privan el echalebolismo sobre la técnica. Las decisiones del estratega, en este caso Rafael Dudamel, son contrastadas por cada convocado y el resultado es la falta de credibilidad. Al final, en el campo, 11 muchachos tratan de hacer lo mejor que pueden. Eso es todo.

Pero en un fútbol cada vez más físico, técnico y táctico, que requiere de mucho más que las palabras, las diferencias se hacen evidentes incluso para el espectador menos avezado. De allí el fastidio que la Vinotinto genera en sus últimas presentaciones. Ya no es un tema de resultados. La victoria o la derrota pasaron a un segundo plano. Buen ejemplo fue el empate 0-0 con Colombia, jugado en septiembre. No se perdió, pero los 45 minutos iniciales parecen los peores de Venezuela en la última década.

Las dificultades de Dudamel para sacarle provecho a jugadores probados como Jefferson Savarino (Real Salt Lake/Estados Unidos), Yeferson Soteldo (Santos/ Brasil), y el ejemplo más claro, Josef Martínez (Atlanta United/Estados Unidos), genera preguntas que hasta ahora no tienen respuestas. ¿Es un problema para Dudamel contar con jugadores talentosos? ¿El sistema 4-3-3 debe prevalecer a pesar de las características de los jugadores venezolanos?

En medio de tantas interrogantes, Martínez renuncia a la selección y apunta sus dardos sobre el técnico. Pueden gustar o no las maneras, pero el delantero, uno de los más letales en la historia de Venezuela, como lo dicen sus estadísticas, pone el dedo en la llaga. Hasta ahora nadie ha querido discutirlo de manera frontal, pero todos se lo preguntan de puertas hacia adentro: ¿está realmente preparado Dudamel para dirigir a la selección mayor?

No me refiero a partidos. Un juego lo puede dirigir cualquiera. Hablo de la gerencia de talento. Porque un verdadero técnico es aquel que planifica, viaja, ve jugadores, se cuestiona y desarrolla vínculos con todos sus dirigidos. No es cuestión de parar un 11 o de emitir un mensaje, es cuestión de confianza y hoy, por las voces que salen de los propios protagonistas y por la experiencia que curte la fuente deportiva, es obvio que no existe.

Los procesos técnicos pueden tardar en dar resultados. Lo que está sucediendo con Lionel Scaloni y Argentina es un ejemplo. Después de muchos traumas, parece haber encontrado un 11 tipo que le permite competir. Eso a pesar de la presencia de jugadores como Juan Foyth o Renzo Saravia, que no son del gusto de los fanáticos o de una parte de la prensa. Otros casos requieren de menos tiempo, como el de Carlos Queiroz con Colombia. El entrenador, que dirigió a Cristiano Ronaldo, se empecinó en darle a Juan Cuadrado un nuevo rol, y ante Venezuela funcionó a la perfección como primer volante de salida. Nunca lo había experimentado previamente.

El punto es que no hay en Venezuela, al menos no es perceptible, un intento de hacer algo diferente a lo que ya hemos visto antes. La columna vertebral se basa en un portero (Wuilker Faríñez) y dos jugadores que rara vez se asocian: Tomás Rincón y Salomón Rondón. Si hubiera que sumar a una pieza extra, sería a Roberto Rosales, otro que estuvo apartado sin ninguna razón clara del equipo. A partir de allí se suman nombres según el capricho del estratega. Son esos caprichos, como convocar a jugadores fuera de forma o lesionados (Adalberto Peñaranda, Rolf Feltscher) u obviar a los que pasan por su mejor momento (Soteldo, Martínez, Rosales), lo que termina por generar cortocircuitos entre el discurso y la práctica.  

Pedirle a un entrenador, el que sea, que clasifique a la Vinotinto a un Mundial, es una exigencia desproporcionada. No lo es, en cambio, reclamarle que le saque el jugo a la camada de buenos jugadores con los que cuenta. En ese orden, la carta de Josef cobra sentido, aunque su renuncia pueda ser cuestionada. Pareciera que el único que tiene claro lo que debe hacer la selección en el campo es el propio Dudamel. Y cuando esa idea no se ve, se entiende que le acusen de manejar un “proyecto personalista”. Tal cual como lo escribió el delantero. 


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