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Perspectivas

Idus de marzo

por Mariano Nava Contreras

Julio César, al ver a Bruto que da la señal de atacarlo, se cubre con la túnica para protegerse. Óleo por F. H. Fuger.

16/03/2019

A Emma

Ayer viernes se cumplieron exactamente 2063 años del más célebre magnicidio que haya conocido la historia. Uno de verdad, quiero decir. Ayer se recordó un aniversario más de aquel 15 de marzo del año 44 a.C., cuando cayó apuñalado el dictador Julio César en el Senado de Roma.

Claro que llamar «dictador» a Julio César, así como así, es una gran irresponsabilidad, y podría suscitarnos confusiones imperdonables. Según mi diccionario de latín, Dictator era un «magistrado supremo y extraordinario nombrado en Roma en circunstancias difíciles e investido de un poder absoluto». De sabia manera pues, las dictaduras en Roma eran temporales, circunstanciales, aun cuando en el acotado lapso de su ejercicio ostentaran los máximos poderes: el imperium. Otra sabia disposición: tamaña concentración de poder debía estar estrechamente supervisada por el Senado. El dictador ostentaba asimismo el título de Magister populi, que pudiera traducirse como «maestro del pueblo» si la voz no implicara también funciones militares, pues designaba al comandante de la infantería. Junto al Magister populi, el Senado nombraba un Magister equituum, un «maestro de caballería», el oficial de más alto rango con el que el dictador debía compartir el control del ejército. Se ve que, ya desde Roma, la dictadura siempre estuvo estrechamente relacionada con el poder militar, aunque sabiamente limitada por un contrapoder.

El Senado romano nombró a César dictator en tres ocasiones. La última de ellas fue en la primavera del año 46 a.C., al final de la Guerra Civil. En esta oportunidad el Senado lo designó Dictator perpetuum y le entregó el imperium por diez años, algo nunca antes visto. Los historiadores cuentan que las celebraciones se extendieron por más de diez días, del 21 de septiembre al 2 de octubre, durante los que hubo hasta cuatro desfiles triunfales. Allí, los romanos asombrados vieron desfilar a miles de prisioneros galos, egipcios y asiáticos, encadenados junto a jirafas, elefantes y carros de guerra britanos. Sin embargo, el de «Dictador» no fue el único título que obtuvo César. También ostentó el de Pontifex Maximus, o Sumo Sacerdote, Imperator y Pater Patriae: demasiado poder para un solo hombre, sobre todo en un lugar como Roma, donde todavía estaban vigentes los valores republicanos.

Pronto César estableció un gobierno personalista y autocrático con inconfundibles rasgos populistas. Mientras por un lado iba despojando más y más al Senado de su poder y sus atribuciones, por el otro emprendía colosales proyectos de infraestructura y mimaba al ejército con dádivas y recompensas. Esto inevitablemente suscitó las suspicacias de los optimates, los miembros del Senado que comenzaron a ver en el caudillo un inminente peligro para la República.

Historiadores como Plutarco, Suetonio o Dion Casio nos cuentan al detalle los datos de la conjura y del magnicidio. Detalles que excitaron después la imaginación de genios como Shakespeare y Goethe, quienes supieron aderezarlos de romántico dramatismo. Parece que la idea saltó del senador Cayo Casio Longino, y éste convenció a Marco Junio Bruto, hijo de Servilia, alguna vez amante favorita de César. A Bruto el dictador lo mimaba, prodigándolo de afecto y atenciones, por lo que nadie se atrevería a sospechar de él. Poco a poco la conspiración fue ganando seguidores.

Los idus (día 15 del calendario romano) de marzo el Senado había convocado al dictador para hacerle unas peticiones. De nada valieron los malos presagios de los que nos habla Plutarco, que cuenta que días antes las armas que colgaban de los muros del templo de Marte se habían movido solas, ni el mal sueño premonitorio que había tenido Calpurnia, su mujer, quien, como quiso mucho tiempo después la imaginación de Shakespeare, soñó que una estatua de César sangraba y que los romanos se lavaban las manos con su sangre. El caso es que César rechazó las advertencias de Calpurnia (“Solo se debe temer al miedo”, le dijo) y asistió puntual a la curia de Pompeyo, que era donde se reunía el Senado. Cuenta Plutarco que ya a las puertas, César se topó con un viejo adivino que le había prevenido del grave peligro que afrontaría ese día. “Cuídate de los idus de marzo”, le había advertido el adivino. Al verlo, César le dijo en tono burlón: «Y bien, los idus de marzo ya han llegado», a lo que el adivino respondió: «sí, pero todavía no se han ido». Dice Suetonio, en su Vida de César, que Marco Antonio, que conocía la conjura, corrió al Foro, tratando de impedir que el dictador acudiera a la cita, pero no pudo llegar a tiempo.

Así pues, cuando César entró al Senado y comenzó a leer las peticiones, uno de los complotados, el senador Tulio Cimber, le provocó, tirando de su toga. César, sabido de la inviolabilidad de su sacrosanta persona debido a que era Pontifex Maximus, y por tanto jurídicamente intocable, volteó airado y gritó: Ista quidem vis est! (“¡Qué clase de violencia es esta!”). Entonces otro senador, Servilio Gasca, sacó una daga y lo hirió en la garganta. César volteó, clavándole en el brazo su pluma de escribir, y le dijo “¿Qué haces, villano Gasca?”, a lo que el senador, temeroso, gritó en griego: Adelphé, boéthei! (“¡Ayúdenme, hermanos!”). Al grito de Gasca los conjurados se lanzaron sobre el dictador. Fueron veintitrés las puñaladas, continúa Suetonio, pero mortal fue solo una, la que le asestó su favorito Bruto en el vientre. Cuentan que, al verlo, César le dijo en griego: kai sú, téknon; (“¿también tú, hijo?”), y entonces, cubriéndose el rostro con la toga para que nadie lo viera morir, cayó al resbalar sobre su propia sangre. Otros dicen que cayó tratando de salir del Senado en busca de ayuda.

La tumba de César, o lo que queda de ella, puede verse hoy en el Foro Romano, cubierta casi siempre de flores frescas. Sin embargo, hace poco un equipo de arqueólogos dio con el sitio exacto donde cayó el dictador ese 15 de marzo del año 44 a.C. a las 11 de la mañana. Dicen que está en el centro de Roma, frente a una parada de tranvía, cerca de un viejo teatro. La imagen de unos transeúntes que van y vienen al anochecer, algunos tal vez con prisa por no llegar tarde a la función sin apenas percatarse de que están frente al lugar donde fue asesinado uno de los hombres más poderosos de la historia, nos dice mucho acerca de lo efímeros que son el poder y sus pasiones, y de lo fácil que es olvidarse de sus personajes cada vez que comienza una nueva comedia.


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