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Perspectivas

Gula y poder

por Wolfgang Gil Lugo

25/09/2018

Fotograma de La gran comilona (1973), de Marco Ferreri

“Una serpiente se alberga en el hombre: su intestino. Ella lo tienta, lo traiciona y lo castiga”
Víctor Hugo.

 

El poeta Dante ubica a los condenados por la gula en el tercer círculo del infierno. Los golosos caminan bajo una lluvia de aguas negruzcas, nieve y granizo. Están castigados a engullir, por toda la eternidad, la mixtura repugnante de esa lluvia. El guardián de este círculo es Cerbero, el perro de tres fauces siempre hambrientas: los desgarra con uñas y dientes.

Platón describe la gula como la tiranía del apetito de alimentos y bebidas. Es un deseo propio del alma insaciable, la más baja de las tres almas que componen al humano, donde reside también el deseo sexual. El discurso platónico va dirigido a mostrar cómo el ser humano pierde el control racional de su vida. Ese vicio individual es análogo a la rebelión contra la racionalidad del Estado, y por tanto, conduce a la tiranía política.

Un gobernante puede pecar de gula en sentido literal. Ser adicto a la ingesta de alimentos, pero también serlo en un sentido más amplio: engullir poder para engordar su sistema de dominación. Dicha gula se traduce en acumular riquezas como consecuencia de someter a los otros a la inanición, como en el caso de Los juegos del hambre.

Una fantasía biopolítica

Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012) es una película de ciencia ficción basada en el libro escrito por Suzanne Collins, quien también tuvo a su cargo la adaptación cinematográfica. El argumento describe una sociedad en la que se hace uso sistemático de la biopolítica, concepto que alude a la conexión de la dominación a través del control de las más básicas necesidades biológicas. Una nación poderosa, el Capitolio, se impone sobre otros territorios, los Distritos. Esa subyugación le permite a la metrópoli una vida de lujos y excesos, mientras en los territorios sometidos se vive de forma muy precaria, con muchos esfuerzos para sobrevivir y siempre con hambre. Además, se sufre un proceso de extorsión en el que se debe entregar a un ser querido a unos juegos, inspirados en el circo romano, donde podrán alcanzar el éxito o la muerte violenta.

El Capitolio ha logrado domesticar a la población. Permanentemente recuerda a los ciudadanos, los jóvenes de los territorios sometidos, las consecuencias de rebelarse. De cada uno de los doce Distritos se sortean dos “tributos”: un muchacho y una joven. El término tributo está muy bien escogido, pues tradicionalmente designa los bienes que el vasallo debía entregar a su señor como reconocimiento de obediencia y sometimiento. El bien que se entrega son los cuerpos de los más jóvenes. Estos chicos deben competir entre sí de forma sangrienta por la supervivencia, hasta que solo quede uno. Los juegos son trasmitidos por televisión en registro de reality show de concurso. De esta forma la dominación a través de la biopolítica se complementa con la manipulación por los medios de comunicación: pan y circo.

La gula y el ansia de muerte

El director Marco Ferreri apuesta a la exageración y el humor negro para brindar un cuadro trasgresor sobre la gula: La gran comilona (1973), una película que cuenta la reunión de cuatro refinados amigos, durante un fin de semana, en una elegante mansión, a fin de realizar un sofisticado suicidio, el cual posee los atributos de ser gastronómico y colectivo a la vez. La mecánica del suicidio consiste en comer exquisitos manjares sin detenerse. Uno de los amigos se encarga de la elaboración de sofisticados platillos. Otro amigo hace venir a unas prostitutas, pero resulta que no es una orgía sexual. Las chicas se dan cuenta de que hay algo siniestro en las intenciones de los comensales y prefieren retirarse por la mañana.

La gran comilona es una obra con un fuerte contenido existencial. En primer lugar, es una celebración del exceso y la denuncia de su vacío. Presenta a unos personajes de alto nivel social, profesionales exitosos que cargan con un enorme tedio vital, el cual tratan de superar con un radical hedonismo. En segundo lugar, es una reflexión sobre el placer llevado al extremo. Dedicar la vida al placer físico exclusivamente termina siendo autodestructivo. Los personajes se dedican a matarse devorando exquisitos manjares. Asistimos al espectáculo de ver cómo el placer gastronómico que no reconoce límites termina imponiendo la muerte. Tercero, es una metáfora de la sociedad de consumo, de la opulencia y de su implícita desesperación. Todo esto nos hace pensar, por oposición, en las sociedades donde impera la hambruna.

Dos imágenes inolvidables

La glotonería y la inanición conducen al camino de la muerte. El Sr. Creosote es un personaje que aparece en El sentido de la vida (Terry Jones, 1983), del grupo humorístico británico Monty Python. Creosote es un cliente habitual de un elegante restaurante francés. Su cuerpo es morbosamente obeso. Devora una gran cantidad de exquisitos manjares. Alternativamente vomita en repetidas ocasiones para dar espacio a nuevos alimentos. Cuando parece haber llegado al máximo de su capacidad, el metre le persuade de comer una pastilla de menta para aligerar la digestión, pero la pastilla produce un efecto inesperado: hace explotar al sistema digestivo de Creosote como si fuera una bomba.

Cuando pasan los efectos de la explosión, la cavidad torácica y el abdomen del Sr. Creosote están al descubierto, revelando sus costillas, sus vísceras y su corazón todavía palpitante. A pesar de su lamentable estado físico, el hombre sigue vivo. Mientras mira a su alrededor, aparentemente confundido por lo que acaba de suceder, el metre tranquilamente se acerca a él y, con frialdad profesional, le presenta la factura: «su cuenta, monsieur«.

Es difícil no asociar, por contraste, la narración de Kafka, Un artista del hambre. El personaje protagónico de este relato desolador es un ayunador profesional, un hombre esquelético, así como un marginado de la sociedad. Al comienzo de su carrera tuvo mucho éxito. Fue considerado como el más grande en el espectáculo de no ingerir alimentos. Sus representaciones eran llevadas a cabo con gran fasto, hasta que su estrella comenzó a declinar y comenzó a ser olvidado por el público, el cual prefirió espectáculos más emocionantes.

El empresario, que manejaba las exhibiciones del artista, sabía que no podía pasarse del plazo de máximo de cuarenta días para deleitar el morbo de sus espectadores con su peculiar oficio. Después de allí, el público se mostraba indiferente y el mismo artista ponía en peligro su salud.

En una última oportunidad profesional, el ayunador abandonó al empresario que le cuidaba y aceptó el contrato de un circo. Comenzó un nuevo acto, pero el público no se interesó y la gente del circo se olvidó de él. El ayunador permaneció en su jaula hasta que accidentalmente se recordaron de rescatarlo. Había pasado más de los cuarenta días. Uno de los administradores del circo le preguntó por qué aún seguía pasando hambre. Su respuesta fue que la razón por la que se moría de hambre es que nunca encontró una comida que le gustara. Luego murió. Un tiempo más tarde, se ocupó su jaula con una pantera que fue todo un éxito de público.

La golosa minoría dominante

Para un gobierno totalitario, el hambre es la herramienta perfecta para someter a una población. Según Georges Bataille, en La estructura psicológica del fascismo, los gobernantes que así operan consideran a los gobernados seres inferiores que representan la enfermedad y la impureza, mientras que estos se consideran a sí mismos el cuerpo sano de la sociedad. De ser preciso, si la supervivencia de la clase gobernante está amenazada, tiene el privilegio de exterminar al resto mayoritario de la sociedad.

Recuerdan a los cerdos de la novela Rebelión en la granja de George Orwell, quienes habían hecho una revolución en nombre de todos los animales de la granja y terminan convirtiendo en esclavos a quienes habían dicho liberar. Mientras el ‘‘proletariado animal’’ de la granja sufría de miseria y hambre, los cerdos devoraban las provisiones que constituían la propiedad común. La novela de Orwell concluye de forma pesimista, con el reconocimiento de que es imposible diferenciar a los nuevos gobernantes de los antiguos. Nos gustaría ver otro cierre. Nuestro final alternativo es que, cuando el pueblo de la granja ve a los cerdos alimentarse de forma tan obscena delante de ellos, se sublevan contra los nuevos amos revolucionarios.


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