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Béisbol

Gonzalo Márquez: “¡Tremendo tipo!”

por Mari Montes

08/12/2019

Gonzalo Márquez es uno de los recuerdos más amables que tenemos los caraquistas que fuimos niños en los setentas y adolescentes en los ochentas. Llegamos a creer que estaría siempre ahí. Desde octubre y hasta donde llegara el equipo. Ahí estaba él. Medía poco más de 1,80 y era atlético, pero yo lo veía enorme cuando llegaba al estadio vestido «de civil».

Eran los tiempos en los que los jugadores caminaban tranquilos entre los fanáticos tempraneros que se aglomeraban a esperarlos en la reja por donde entraban los carros, para escoltarlos hasta la enterada del club house. Gonzalo hablaba con todos mientras firmaba pelotas y barajitas.

Debutó en la campaña 1965-1966, acumuló ochocientos treinta y tres juegos, dos mil novecientos treinta y dos turnos, ochocientos cuarenta y cinco hits, ochenta y cinco dobles, diecinueve triples, dieciséis jonrones, doscientas noventa y cinco carreras remolcadas, doscientas setenta y siete anotadas, veintisiete bases robadas y promedio vitalicio de .288. Fueron veinte temporadas, casi todas con el uniforme a rayas, su número era el seis.

En la temporada 1975-1976 jugó con el Magallanes, al que había reforzado en la Serie del Caribe de 1970 cuando se convirtieron en el primer equipo venezolano que ganó el torneo caribeño. Esa temporada fue aquella en la que Tiburones de La Guaira y Leones del Caracas no llegaron a un arreglo con las autoridades de la Universidad Central del Venezuela y se fueron a jugar a Portuguesa convertidos en «Llaneros de Portuguesa» o como popularmente se les recuerda como «Tibuleones».

En las Grandes Ligas vio acción por primera vez el 11 de agosto de 1972 con aquellos estrafalarios Atléticos de Oakland de los afros y bigotes, entonces lucía uno. Jugó también con los Cachorros de Chicago, su registro da cuenta de tres temporadas en las Mayores.

Su gran historia la escribió en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, en los estadios venezolanos donde repartió líneas y puso out a decenas de rivales.

Se reportaba temprano y temprano comenzaba a rendir. De esos criollos de los que se esperaba siempre un extra, jugaba para ganar, bateaba hits, no era un jonronero, en aquellos días los batazos de vuelta completa eran de Antonio Armas. Su rol en la alienación era embasarse y en primera desempeñarse como un seguro.

Siempre que se hace un intento por armar un «equipo de todos los tiempos», hay quienes lo alinean en primera base, por encima de Andrés Galarraga, a quien ubican como designado, porque no conciben dejar a Gonzalo fuera de la imaginaria alineación. No es una herejía, vistió el uniforme de Leones mucho más tiempo y se ganó, con todo lo que hizo, un lugar indiscutible en el álbum de las leyendas melenudas.

El Caracas tuvo en Gonzalo Márquez a uno de los mejores inicialistas de su historia. Se movía con destreza, era seguro y sabía ubicarse. Un guante más que solvente, desarrolló las habilidades que necesita un inicialista y como bateador también destacaba, además, resaltan sus compañeros, tenía liderazgo, era muy alegre y generoso para compartir sus conocimientos con los jugadores novatos, a quienes gustaba aconsejar para que fuesen mejores.

Así lo recuerda Omar Vizquel. Cuando llegó al equipo, recién firmado, tenía solo 16 años y no estaba en roster, no jugaron juntos pero practicaron mucho:

—Mi primer año era un consejero de primera. Se la pasaba hablando con todos los novatos. ¡Tremendo tipo!

Gonzalo Márquez con Omar Vizquel, quien solo tenía 16 años y todavía no estaba en el roster del Caracas

Andrés Galarraga reconoce con orgullo que aprendió mucho de la defensiva de Gonzalo Márquez. Sabía, cuando llegó, que no sería fácil ganarse el puesto de un jugador de esa dimensión. Gonzalo era uno de los grandes favoritos de afición de los Leones. No la tenía fácil Andrés.

Pasados los años podemos decir que una leyenda sustituyó a otra y que ambos son parte del orgullo caraquista. No hace falta compararlos, ambos pertenecen a la historia.

Gonzalo nació en Carúpano el 31 de marzo de 1940, y aunque llegó jovencito a Caracas, siempre habló con ese acento tan característico de los orientales, rápido y sonriendo.

El 19 de diciembre de 1984, recuerda Jesús Lezama, el equipo decidió pararse en el famoso restaurante de carretera «La Encrucijada», ese lugar para comer cachapas y sanduches de pernil, en el estado Aragua, venían de enfrentar a Magallanes. Al salir a la Autopista Regional del Centro, se encontraron con que el tráfico estaba prácticamente detenido, había un choque un poco más adelante, un hombre que caminaba en sentido contrario al autobús gritó: “¡Se mató un pelotero!”.

El temor se apoderó de todos, Gonzalo había salido desde Valencia antes que el equipo, en su carro. Ese día no jugó porque iba a firmar con un equipo de Japón.

Un conductor ebrio provocó el terrible accidente, lo llevaron al hospital pero no había nada que hacer, Gonzalo había atravesado el sembradío de maíz.

—El día que tuvo el accidente, un amigo mío tenía que irse con él y no pudo, para todos fue un impacto increíble. No podíamos creer que había sido Gonzalo. Un día salió una foto mía con él en la primera plana de Meridiano, una de mis primeras fotos, me gustaría mucho conseguirla.

Nos dejó los mejores recuerdos del beisbol que jugó con entrega y alegría en años de esplendor de nuestra pelota. Al lado de Jesús Marcano Trillo, Antonio Armas, Baudilio Díaz, Víctor Davalillo y César Tovar.

Imborrables en nuestra memoria las piruetas que lo hacían ver como un hombre elástico, con un pie en la primera base y atrapando una pelota con el mascotín elevado al cielo, por allá andará, escuchándole los cuentos al Chico Carrasquel.


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