#CCS450Arquitectura

Gilberto Dan: El barrio hoy es más barrio que nunca

por Cheo Carvajal

Fotografías de Mauricio López

07/02/2018

Gilberto Dan es como esos actores de reparto que aparecen en muchas películas que uno ha visto. Siempre bajo perfil, trabajando calladamente para que la escena tenga profundidad y sentido. Lo conocí la primera vez en Catia, por Los Frailes, en compañía de José Quintero, líder de Pro Catia. Luego apareció de nuevo por Julián Blanco, en Petare, acompañando al arquitecto y profesor de la FAU/UCV, Pablo Molina. Luego en un taller relacionado con barrio Unión de Petare y La Palomera de Baruta, organizado por Elisa Silva y Ana Cristina Vargas. Siempre en experiencias asociadas a organización y participación comunitaria en sectores populares. Si alguien le pregunta por Gilberto a Josefina Baldó, a Teolinda Bolívar o a Yuraima Martín, muchas serían las historias y los agradecimientos.

Ha participado en procesos de formación relacionados con el tema, en el Centro Gumilla y en el IESA. Entre 2000 y 2004 participó en el programa de Formación y Desarrollo Comunitario que realizaba la Universidad Simón Rodríguez, en alianza con el Instituto de Desarrollo Social de Italia. Pero todo indica que su carrera en estas lides comunitarias se define cuando apenas tenía cuatro años, exactamente en el año 60, cuando vive en primera persona una invasión, la primera de muchas que le tocó conocer y vivir. En ese momento su mamá participó en la invasión de unos terrenos por Cotiza, parroquia San José, donde nació el barrio 11 de Agosto. Allí ella construyó la casa donde todavía habitan algunos de sus hermanos y donde él, cada vez que puede, pasa largas estancias.

Esa invasión se produce, como tantas otras, por la necesidad de vivienda de unas familias damnificadas por las lluvias y los deslizamientos de un 11 de agosto, en este caso del sector Los Lanos, donde se cruzan las quebradas Cotiza y Anauco. Su mamá llega un poco después. “Ella venía de un lugar que se conocía como ‘la vuelta de la mierda’, en el barrio La Unidad, ya del lado de la parroquia Altagracia”. El nombre, estima Gilberto, se debía a que hasta ese recodo bajaban las aguas negras de la parte alta del barrio, vecino de otros dos: La Palomera y 7 de Septiembre, que, finalmente, desaparecieron a principios de los 70; La Unidad porque cedió un talud, los otros dos por la construcción de la Cota Mil.

—Allí comienza ese proceso comunitario, donde lo primero era consolidar la invasión. Eso significaba estar muy pendiente de la amenaza de la Guardia Forestal, que estaba en Cotiza y de vez en cuando llegaban a caballo con la intención de tumbar las casas. Era un enfrentamiento recurrente, casi siempre en las tardes-noches o en las madrugadas. Teníamos brigadas de vigilancia, y nuestras estrategias para el enfrentamiento. Hasta que por fin el barrio comenzó a desarrollarse. Se construyeron muchas viviendas, y empieza el proceso de urbanismo que generan los propios vecinos: cómo llevar la luz y el agua, cómo generar el sistema de drenaje de las aguas servidas.

Todo eso se hizo desde la organización de la gente. Organización que aparentemente era muy precaria, pero no era así, a juzgar por el éxito que tuvieron en tan corto tiempo. Era muy asertiva y mucho más compleja de lo que parecía. Desarrollaron sus primeros callejones, las primeras escaleras, la vía principal, el primer alumbrado doméstico y público. ¿La electricidad era robada? Sí, pero lo cierto es que se genera ese sistema, al igual que el de los drenajes y del suministro de agua potable para todos. Ese proceso dura, más o menos, hasta el año 64, cuando el sector comienza a ser visitado por organizaciones partidistas que llegan a ofrecer cosas.

—¿Eso sucede cuando se dan cuenta de que ya no tiene sentido oponerse al crecimiento del barrio?

—Cuando comenzaron a aparecer las primeras casas con bloques. Hacer una casa en un barrio es un esfuerzo muy grande, primero porque quienes las hacen son personas con ingresos muy bajos, y además porque están obligados a comprar todo de contado, porque los pobres no tenían financiamiento para vivienda.

—Además del costo de trasladar los materiales hasta allá.

—En aquel tiempo se tenía la condición de doble jornada, porque tenías tu trabajo formal, o informal, lo que hacías para vivir, y adicionalmente tenías que hacer cosas para la consolidación de tu casa, además de trabajar en el barrio para consolidar el urbanismo.

—Como lo señala el psicólogo social, Andrés Antillano, la gente trabajaba en el día en la construcción de la ciudad de los otros, y en la noche y los fines de semana, en su propia ciudad. Ahora, ¿cómo das el salto de esa experiencia vivencial, a la acción comunitaria como tal?

—Siempre participé en las organizaciones comunitarias donde estuve. Pero fue a partir del año 99 cuando asumí cabalmente mi rol como activista en la comunidad, cuando vi el trabajo comunitario como una participación en la consolidación de futuro. El deslave del 99 afectó a siete sectores de barrios, de urbanismo continuo, y a tres sectores cercanos, de unidades de diseño aisladas. Todos estos sectores tenían en común que eran circundantes a las quebradas Cotiza, Anauco y Gamboa, que todas terminaban siendo Anauco. Todas fueron afectadas el mismo día.

—¿En ese momento vivías allí?

—Yo vivía en el 11 de Agosto, aledaño a Cotiza.

—Y te implicaste en lo que estaba ocurriendo.

—La situación era, más o menos, que ocho mil personas se habían quedado sin vivienda. Era un problema grave.

—¿Cómo se resolvió?

—En realidad eso no se resolvió nunca, digamos que se ha resuelto parcialmente o que está por resolverse. Allí no fue que se cayeron las casas, sino que los sectores quedaron tapiados por el material que bajó del cerro: arena, piedras, árboles. En el sector 2 de Octubre, por ejemplo, uno caminaba por encima de los postes. Para ilustrarlo: para cambiar un bombillo de un poste hubiésemos tenido que agacharnos. Ahí colapsaron todos los servicios: aguas blancas, aguas servidas, caminerías, vialidad.

—¿Qué se planteó la comunidad en ese momento?

—La comunidad planteó, al principio, una solución habitacional, donde fuese. Había gente que no quería volver allí, y partieron a refugios solidarios de familias en el interior. Otros se fueron a los refugios que ofreció el gobierno en ese momento, en Conejo Blanco, de Fuerte Tiuna. La verdad no había una idea clara de lo que se debía hacer. En ese momento surge la figura del sacerdote Carlos Luis Sirvent, que comienza a trabajar con los sectores de la comunidad de Anauco. Su primera propuesta era organizarse. Él planteaba en ese momento que al ser Vargas la prioridad, tendría toda la atención dentro y fuera del país, y que en consecuencia hasta las ayudas nos iban a negar. Entonces planteó que sacáramos nosotros mismos las toneladas de sedimentos, pero eso no se podía hacer con palas y carretillas. Entonces una feligrés, Rebeca Velasco, contacta a la arquitecta Mariela Rivas, ambas trabajaban en el CONAVI (Consejo Nacional de la Vivienda).

El ingeniero Eduardo Martínez, que también se involucró en la búsqueda de soluciones, le dijo a la comunidad: “Ustedes en este momento lo único que tienen para negociar son las casas, y lo que se tiene para negociar no se entrega, así que nadie se va de aquí hasta que no haya una propuesta seria. Y no tienen por qué irse, ustedes tienen derecho a vivir en Caracas. ¿Qué van a hacer yéndose a Tucupita o a Amazonas, si ustedes vinieron de allá y tienen 20, 30, 40, 50 años viviendo aquí?”. La comunidad asumió eso y empezó a buscar formas de organización. Era muy complejo, pero tuvimos el apoyo de Carlos Luis, que decía que la organización debía “partir de lo pequeño y asociarse a lo grande”.

—¿Qué era “lo grande” en este caso?

—La idea era organizarse por sector, para luego asociarse a los otros sectores en una organización que nos representara a todos.

—¿Eso se logró?

—Sí, se logró ACA 2000, que es la Asociación Civil Anauco.

—¿Cuál es el logro de esa organización?

—Logra asociarse y comprometerse con el CONAVI, para retirar la gran cantidad de material que había sepultado las viviendas. Era tanto que nos tomó entre cinco y seis meses, de lunes a sábados, con varias unidades, sacarlo. Las viviendas que se tenía expectativa de recuperar, se recuperaron todas. La gente pudo volver a sus viviendas, pero el objetivo era que volvieran con una situación de vulnerabilidad menor a la que tenían antes. De la comunidad de Anauco sale entonces un sistema de alerta temprana. Con la vivencia de cada uno de los sectores se logra construir el mapa de desalojo en caso de contingencia, que luego sirvió para la gente de La Guaira. También se instaló en La Paz, a través del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y se conoció también en Colombia y Ecuador.

—Cuéntanos rápidamente en qué consistía.

—En dos aspectos: primero, que la gente tuviera consciencia del riesgo, y en segundo lugar que contara por qué había sobrevivido, recoger toda la experiencia, por donde moverse y por donde no. Así surgió el mapa de evacuación. La gente contó los problemas que tuvo esa noche, para refugiarse. Se refugió en el Oncológico Luis Razetti porque no pudo hacerlo en el Mercado de Cotiza porque estaba cerrado. Toda esa experiencia se sistematizó.

—¿Y fue útil en algún otro momento?

—En el 2005, producto de la construcción de la Cota Mil, quedaron las quebradas con drenajes muy pequeños y se taparon. Eso hizo que a la altura del puente forestal de Cotiza se hiciera una laguna grandísima. Gracias a la asistencia técnica de Eduardo Martínez, que era ingeniero hidráulico, entendimos que esa laguna era peligrosa, que había que monitorearla. Nos percatamos de que había remolinos y eso significaba que había un escape que haría presión sobre los drenajes. Se habló con Protección Civil y le dijeron a la gente que podía estar tranquila, pero la gente seguía inquieta. Todo ese montón de agua bajó y cayó en Los Aliados, arrasó unas cuantas casas, pero no hubo pérdida de vidas. Mucha gente logró sacar sus enseres porque funcionó el sistema de alerta.

—Me estás hablando de una organización comunitaria que nace desde el origen mismo del barrio. Nace la organización social a la par que está produciendo el barrio. Se va configurando con las necesidades: de servicios, de consolidar el urbanismo. En los urbanismos pensados desde una oficina se suele decidir dónde va y cómo se resuelve cada cosa, el barrio exige un acuerdo entre la gente. Esa organización tiene un correlato que es el de las asociaciones de vecinos, en sectores de clase media, que se fortalecen sobre todo hacia la década de los 80. ¿En algún momento se entrecruzaron estas formas de organización?

—A través del tiempo he venido pensando, algo que también señalan algunos expertos, que los únicos que tenían real capacidad de organización de la sociedad, después de la caída de Pérez Jiménez, eran los partidos políticos. Esta destreza que tenían no la soltaron. Crearon el “Movimiento Pro Desarrollo de la Comunidad”, las “Juntas Comunales”, por los nombres que le ponían podías presumir a qué partido estaban afiliados. En la clase media el partido de mayor influencia era Copei, que más o menos dibuja y domina la figura de las asociaciones de vecinos, hasta que aparece Elías Santana con una auténtica conciencia vecinal. En esta historia surge lo que creo fue una gran traición de la clase política, porque con una estructura altamente politizada, ellos debieron empezar un proceso real de integración, de formalización de los barrios. Hacia esos sectores que estaban produciendo su propia solución habitacional, debieron darles el apoyo para el desarrollo técnico y legal en lo urbano.

En los barrios puedes hacer cualquier cosa, porque definitivamente las ordenanzas municipales no proceden. Puedes poner la escalera por fuera, poner la música a todo volumen. ¿Qué ordenanza le pueden aplicar si los municipios dicen que son “sectores informales”, o “sectores de desarrollo no controlado”? Mantener ese estado de ilegalidad era una manera de maniobrar y controlar a la gente, y se debe a ese acto de irresponsabilidad y de traición de los partidos políticos.

Los años 60 era el momento ideal para iniciar ese proceso de transformación, de zonas informales a zonas formales. Empezar con las ordenanzas, que los municipios se comprometieran con un presupuesto anual para el desarrollo e integración de estos sectores, para la atención de sus necesidades urbanísticas. Si eso hubiese sido así, no hubiese sucedido lo que sucedió en Anauco en 1999.

—Los partidos no fueron más allá, no trascendieron el discurso de la atención desde las instituciones, para llegar al de la integración. Lo que se hizo fue mantener el barrio “consolidado”. ¿Eso ha cambiado en estos casi 20 años de este siglo XXI?

—Esa es una perversión que no solo se mantuvo, sino que se exponenció. Si somos honestos, la gran mayoría de los males que padecemos no son de ahora, vienen de antes, lo que sucede es que se han exponenciado, se pierden de vista. Los barrios se han consolidado como sectores informales, marginales. Ese concepto del consejo comunal reduce lo más que puede la organización en el barrio. La fragmenta porque va aislándolos unos de otro. Ese concepto técnico que permitiría desarrollo e inclusión, acceso a los servicios, se muere con esa fragmentación: “Este es mi pedacito, yo tengo presupuesto solo para esto”. Nos hemos ido conformando con las pequeñas obras que en ese pedacito se puede hacer. No estamos contando con la obra grande, estructurante, que nos puede integrar a todos. Esto ha hecho que el barrio, hoy, en el sentido peyorativo, sea más barrio que nunca.

—El barrio es como el alter ego de la urbanización, de la zona industrial, del centro comercial. ¿Dónde vive la gente que construyó el Helicoide? En los barrios circundantes. La Vega crece alrededor de lo que fue la planta de Cementos La Vega, donde había un desarrollo importante. Allí florecía un barrio, que aparece etiquetado primero como “zona marginal”, formando parte del llamado “cinturón de miseria”. Luego se alude a este como “asentamiento informal”, que contrasta con el término “urbanismo formal”, una manera antipática de hablar de algo que es considerado ciudad y algo al que no se le da ese reconocimiento. Cada vez está más claro, en Caracas, que la urbanización no existiría sin el barrios. ¿Por qué esa visión de los políticos de antes, del barrio confinado en su no reconocimiento, como otra cosa, se mantiene incluso después de estos casi 20 años?

—Los políticos nuestros desarrollaron su liderazgo sobre la base de una figura horrible, que es el clientelismo. Era más fácil que un político llegara a esos sectores, donde podía haber gente con bajos niveles de formación y con expectativas de vida concretas, regalando unas planchas de zinc que con la idea de hacer una escuela donde la gente aprendiera química o a hablar inglés. Una dádiva siempre genera sentimientos de agradecimiento. En cambio el progreso cambia las cosas, por eso esa práctica clientelar iba a quedar atrás si la gente avanzaba en sus expectativas de desarrollo personal. Tener un barrio con los servicios de electricidad y de agua bien diseñado, que a su vez genere un sentido del deber, de pagar un derecho de frente, por ejemplo. Eso no lo permitía el político.

Y eso es lo que también pasa ahora. El clientelismo y la dádiva son prácticas perversas que mantienen a la gente atada. La gente no avanza, no se desarrolla. Una persona con otra visión de la vida, mejor y más diversa, necesita cambiar.

—Los que defienden la “revolución” dicen que eso es lo que ellos están haciendo: liberando a la gente, dándole reconocimiento y dignidad. ¿Hay un debate dentro de los sectores populares en relación con esto, consideran que se ha afincado el modelo de dependencia clientelar?

—Lo está siendo. Por primera vez hay gente que asume el CLAP, pero no lo quiere. Lo paga, porque es la única forma de subsistencia, pero hay mucha indignación en la exigencia de agradecimiento hacia este mecanismo. No sé si es algo casual o programado, pero me ha tocado ver varias veces cómo a la gente le dicen: “Fulanito, te llegó tal cosa, no me lo agradezcas a mí, agradécelo al presidente”. Una gran mayoría de partidarios están siendo muy críticos con esta situación.

—En los barrios siempre se han aceptado las ayudas, pero también se ha peleado por reivindicaciones. Te puedo aplaudir, pero no necesariamente me tengo que casar contigo, ¿o sí?

—¿Qué molesta tanto del término “informalidad”? Que el Estado no está obligado a construir o desarrollar nada en un lugar que no existe. No es una obligación construir una escalera en el barrio San Pablito, ni construir un módulo de salud en equis barrio. Y además se sigue dando una cosa tan terrible como la doble jornada: “Te doy los materiales y tú haces la escalera”. Cuando haces eso en La Urbina o en Macaracuay, tú tienes que dar unas garantías técnicas de que eso servirá, eso no es así en Julián Blanco. Allí no hay un acompañamiento para que la escalera quede bien, para que la gente no se canse tanto cuando suba. No se asume como una responsabilidad del municipio. Más bien te dicen: “Te conseguí seis sacos de cemento, dos camiones de arena, y un poco de piedras para que hagas la escalera”. La gente se lo agradece y queda en deuda. Eso genera ataduras. Pero que acomoden la calzada en Macaracuay, o el drenaje de la calle principal en La Urbina, no genera agradecimiento. Ese es el deber ser.

¿Cuántos barrios en el país han pasado de ser informales a ser formales? Por utilizar esa terminología.

—Siempre he pensado que es fundamental el tema de los términos. En la medida en que hablamos del barrio como “informal” reafirmamos la idea de que el Estado no tiene obligaciones sobre este. Detrás de ese “informal” hay la idea de unos territorios ocupados ilegalmente, de que todas las prácticas están fuera de norma, de gente que habita siempre en riesgo. Si comenzamos a hablar del barrio como un fragmento más de ciudad, con sus propias características, eso podría obligar al político y a la institución a darle otro tratamiento. Y el agradecimiento de su habitante empezaría a resultar innecesario, y podría borrarte del mapa electoral si fuese necesario.

—Asumir el término “informal” es como si renunciáramos a nuestro derecho a vivir en la ciudad. Y el barrio es ciudad, no se puede borrar, está aquí.

—Al menos un tercio del territorio metropolitano está conformado por barrios. ¿Si no existiesen, Caracas sería Caracas?

—Con toda seguridad Caracas no sería habitable. Para que las parejas de familias de clase media puedan ir a trabajar, a dar clases, a hacer de contadores, a desarrollarse como individuos, son fundamentales las personas que trabajan en sus casas, que van a cuidar a sus hijos, a lavar la ropa, a preparar la comida. Esas personas no podrían vivir en Valencia o en Barquisimeto, porque no podrían venir todos los días a hacer esa tarea. ¿Cómo funcionarían los restaurantes sin la gente que habita en los barrios? En los barrios hay una enorme fuerza de trabajo que ofrece sus servicios. No podríamos ir a restaurantes. No se podría construir.

—¿Qué otras cosas no podríamos hacer?

—No se podría hacer ciudad. El tipo que vive en Gramovén, la chica que vive en el 12 de Mayo, el que vive en El Polvorín, están haciendo ciudad como lo puede estar haciendo cualquier otro, el universitario o el dueño de una empresa.

—¿Qué pasa cuando aquellos que están haciendo ciudad son tratados con desprecio, como si no existieran, como si fuesen invisibles, o incluso prescindibles?

—Esa estigmatización a veces la asume el mismo habitante del barrio. Cuando tuvimos el problema del deslave, nosotros expedíamos una carta de fe a alguna gente que estaba en los refugios solidarios, como constancia de residencia, que era recibida en cualquier parte. Había gente que en vez de decir que vivía en el barrio 11 de Agosto, prefería poner en el documento que vivía en la Calle Real de Cotiza. Esa estigmatización no es otra cosa que asumirse como parte de la “informalidad”, es renunciar al derecho a vivir en la ciudad, al derecho a la vivienda, renunciar al derecho a vivir en Caracas y a ser caraqueño.

La gente siempre quiere estar mejor, estar más bonita, tener sus cosas. La gente siempre quiere subir su nivel de vida, y además quiere que los demás lo sepan. Y eso es sano, no es pecaminoso como muchas veces se quiere hacer creer. Pero para algunos cuando tienes esa aspiración y dices que vives en un barrio, es como si esta se desinflara.

—¿Hay un sentimiento de culpa en el origen mismo del barrio?

—Eso puede suceder con el habitante que llega después, o el que nace allí. Pero el forjador tiene el orgullo y la felicidad que genera el logro. Cuando hablas con un fundador de barrio ves cómo se le infla el pecho cuando echa el cuento de cómo hizo su casita, primero con todas las precariedades, pero que progresivamente la van haciendo lo mejor que pueden. Hay gente que tiene materiales de calidad dentro de sus casas. Ese es su logro, su orgullo. Al que nace allí, puede que le compren sus zapaticos bonitos, pero no siente que conquistó nada y sí siente el estigma que otros le dan al barrio. Y eso le pega, no así al que conoce el esfuerzo de ese logro.

—¿Hay alguna relación entre la violencia y esa percepción de las generaciones que nacieron allí, que sienten que no han logrado nada?

—Sí, pero debo decir que no se siente la desigualdad tanto como se siente adentro del propio barrio. Y eso también pega mucho. Así como hay gente que no tiene con qué pagar el pasaje para salir del barrio, hay otra a la que le va muy bien, pero no se quieren ir del barrio. Tienen su buena vivienda y su buen carro. Y a veces, groseramente, hacen aspaviento, exhiben ese logro cuando sacan afuera del carro unas cornetas muy potentes y se beben una botella de buen licor. Eso le choca mucho al del otro lado. Eso es violencia y le pega más que saber cómo vive la gente en el Country Club, que nunca la ve, porque esto es mucho más real.

Pero es cierto que el estigma de no estar en mejores condiciones, ante una sociedad de consumo que te lo restriega en la cara, produce frustración, produce motivaciones de otro tipo, produce violencia.

—Cambiando el tema, muchos programas de habilitación física de barrios se topaban contra la dificultad de trazar una nueva vialidad porque tenían que afectar viviendas. No es lo mismo pagar por un apartamento en una urbanización, que construir la casa de tu familia, generación tras generación, luchando siempre contra la adversidad. ¿Cómo hacer para sacar espacio, transformar el barrio si existe ese apego tan fuerte?

—Ese sentimiento de pertenencia es el que va a permitir transformarlo. Justamente porque no cambiarían su casa por ningún palacio en Andorra o en Leicester. No solamente construyeron estando “limpios”, sino desde la adversidad de tener que enfrentarse a la Guardia Nacional, y ese orgullo tiene que ver con que algunos lograron un muy buen nivel de vida, aunque muchos no lo crean: “Esta es la casa de la señora Petra, la que trabajaba en la casa de la doctora Mireya”.

La integración de la ciudad no es semántica, la integración de los servicios del barrio a los del resto de la ciudad debe ser un proceso real, físico y social. Tener que intervenir muchos espacios porque están mal hechos, o por su vulnerabilidad, para consolidarlos como en otros sectores de la ciudad, o porque el barrio está tupido de casas, no siempre es necesario. Pablo Molina ha demostrado que en todos los barrios hay margen para construir espacios públicos. Siempre existen los intersticios.

Es importante afincarse en un término que está de moda: la resiliencia. No podemos hablar de ciudades resilientes cuando tienes sectores urbanos con amplios niveles de vulnerabilidad por falta de asistencia técnica del gobierno. Los políticos deben aprender a asumir sus costos, a asumir la posición correcta sin sentir que corren el riesgo de dejar de ser políticos. Decirle a la gente que hay que emprender reformas, que hay que pagar la electricidad, el agua, el derecho de frente, para que el municipio lo pueda reinvertir en mejores calles, en recoger la basura, eso necesita dinero y exige el aporte de los ciudadanos. Eso quizás no le cae bien a alguien que nunca ha pagado ninguno de estos servicios. Pero eso sería una manera de que exista la obligación, de parte del municipio, de prestar eficientemente esos servicios. Es el compromiso de pagar el equivalente a tres cervezas para cubrir el aseo, porque si te pones a ver esos servicios no son realmente costosos. Hay cosas que no son importantes y las consumimos, las pagamos. Ese es un trabajo pedagógico que quizá tenga un costo político, pero que es necesario. Los males de la ciudad parten de responsabilidades individuales que después se convierten en responsabilidades colectivas.


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