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10/07/2021

Vista panorámica de La Coruña, Galicia. Fotografía de luscofusco | Wikimedia Commons

En ese tratado monumental de Ralph Turner, Las grandes culturas de la humanidad, cuya lectura es una fiesta de 1.246 páginas, los celtas son ubicados en su origen durante la Edad de Hierro, un milenio a. C, aproximadamente. Una segunda expansión celta ocurre en el siglo VI a. C, cuando se cree que penetraron en España. Entonces llevaron consigo sus creencias celestiales y demoníacas, sus druidas, sus artes para la adivinación y una lengua indoeuropea común, cuyos vocablos los hallamos en el irlandés, galés, escocés, bretón y, en algo, en el gallego. Y estos vínculos están vivos, aunque disipados por las cortezas del tiempo.

En aquel viaje por carretera en la primavera de 2019 tomamos como base la ciudad marina de La Coruña, donde viven Nelson y Gabrielle a quienes teníamos años sin ver y con quienes hicimos un bellísimo paseo a Finisterre. Ese faro en la punta de un morro que anuncia los accidentes costeros y la furia del mar, cuando se encrespa y sacude su cabellera, arrebatado por el viento.

Muy cerca de Finisterre fuimos a un restaurante a la orilla literal del mar, Tira Do Cordel, donde dimos cuenta de unas lubinas a la brasa que son el sueño de cualquier amante de la carne fresca, blanda y blanca, alegrada con mantequilla, papas al vapor y un pan gallego solo comparable con el de la panadería La Rosita, aquí en la rotonda caraqueñísima de las Delicias de Sabana Grande.

Desde la terraza de Tira Do Cordel vimos pasar a los peregrinos del camino de Santiago. Incluso, algunos se sentaron en el pretil junto a la arena a sacudirse las botas y aliviar los pies, dejándolos descansar con las amabilidades del sol. Los peregrinos estaban más urgidos por las exigencias físicas que por los trances de la experiencia mística, si es que en efecto la hay, más allá de la atlética. Todo depende de cada quien: puede meditarse caminando, siempre que solo se esté en eso, focalizado.

La Torre de Hércules junto a la estatua de Breogán, padre racial del pueblo galaico. Fotografía de Luis Miguel Bugallo Sánchez | Wikimedia Commons

En La Coruña, además de visitar la torre de Hércules (el faro construido por los romanos que se precia de ser el más antiguo de Europa), paseamos por el malecón y también fuimos al puerto, y la verdad es que es una ciudad agraciada, pero no indispensable, como sí lo es la joya de la corona gallega: Santiago de Compostela. Qué ciudad tan hermosa. Acotada, pétrea, con arcadas amables y rodeada del verdor destellante de las campiñas gallegas. Santiago me recordó mucho a pequeños pueblos de Gales y Escocia, donde similares lloviznas y melancolías imantan el ambiente, también cerca del mar.

Recordemos que Galicia está formada por cuatro provincias (La Coruña, Pontevedra, Orense y Lugo) y el municipio más poblado es Vigo. Toda Galicia suma unas dos millones ochocientas mil  personas, aproximadamente, y son muchos los escritores que ha dado al mundo de habla hispana. Rosalía de Castro, Ramón María del Valle-Inclán, Emilia Pardo Bazán, el Premio Nobel Camilo José Cela y los historiadores Ramón Menéndez Pidal y Salvador de Madariaga, entre otros.

Estuvimos en Pontevedra de paso. Comimos y bebimos los frutos del mar y un albariño (Mar de Frades) que nos hicieron entonar el espíritu. Íbamos de vuelta a Madrid por esas autopistas maravillosas que se construyeron en España a raíz de su incorporación a la Unión Europea a partir de 1985, cuando gobernaba Felipe González. Mientras manejaba y escuchábamos cantar a Sabina ese prodigio que es «Y sin embargo te quiero», recordaba mi vieja y cercana relación con Galicia.

Vista parcial del casco urbano de Pontevedra desde el barrio de A Caeira. Fotografía de juantiagues | Wikimedia Commons

Cuando llegué a este mundo en 1959, mi madre había contratado a una joven gallega que entonces buscaba un destino americano, a mediados de la década de los años cincuenta. Comenzó ocupándose de mi hermana Leonor, quien para esta fecha ya entraba en la edad de la razón y no necesitaba asistencia. Mercedes Blanco se llamaba. Estuvo en casa hasta 1966, cuando se enamoró de otro gallego y juntos regresaron a un pueblo cercano a Pontevedra. De tal modo que al lado del cantaíto caraqueño que se come las eses e introduce las jotas, con Mercedes transité el acento gallego y su dulzura expresiva, florida de diminutivos.

El año 2007 recibí en la Embajada de España en Caracas la Orden Isabel La Católica en su grado de comendador. Fue un honor inexpresable para mí. Entonces, di unas palabras improvisadas y recordé a Mercedes, a quien después de mis siete años no volví a ver, pero sus manos estaban allí, su voz estaba allí, sus besos cariñosos estaban allí, en los pliegues alertas de mi memoria más lejana. Me emocioné tanto recordándola que tuve que interrumpir mis palabras brevemente para no sollozar de gratitud.

Varias veces en Galicia me pregunté cómo habría sido su vida de vuelta a casa. Supe hace tiempo que ya no estaba en este mundo. Habría ido a darle un abrazo y habría visto sus ojos azules, su blancura contrastante con el negro de su cabellera. Y quizás ella me habría dicho que a dónde se había ido aquel niño que se dormía entre sus brazos, en aquella casa del Paraíso, con su árbol enorme y los pájaros puntuales de los mediodías, ahora canoso y con presbicia.

Cuando salí de mis recuerdos, Sabina cantaba: «De sobra sabes/que eres la primera. /Que no miento si juro que daría/ por ti la vida entera, por ti la vida entera». De súbito recordé lo que alguna vez me dijo la entrañable Yajaira Rendón: “Todo viaje es bueno porque es un cambio de cielo.” Nada más cierto.


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