Entrevista

Francia transita los últimos días del Comandante

por Cristina Raffalli

Fotografías cedidas por Éditions Gallimard

14/04/2018

Alberto Barrera Tyzska (Caracas, 1960), visita París para asistir a la publicación de su novela Patria o muerte (2015), que Gallimard ha rebautizado con el título Les derniers jours du Commandant (Los últimos días del Comandante). Robert Amutio, traductor de Roberto Bolaño, responde por la versión francesa. Es miércoles por la tarde y hace menos de 24 horas circuló la noticia de la reunión que con el presidente Emmanuel Macron sostuvieron Julio Borges, Antonio Ledezma y Carlos Vecchio en el Palacio de Gobierno. La misma noche en que tiene lugar en el auditorio del Instituto Cervantes la presentación del libro de Barrera Tyszka, Alexis Cárdenas y Recoveco se presentan en un café de Montparnasse. La comunidad de venezolanos en Francia registra un repunte de actividad febril y si existiera un reporte meteorológico de las pasiones, el de ese día anunciaría tormentas.

Alberto Barrera Tyzska cumple una agenda de entrevistas intensa y exigente, como es de esperarse en una sociedad cuya prensa especializada ocupa un lugar real en la vida de los lectores. Francia está a punto de descubrir la novela que en 2015 fue reconocida con el premio Tusquets. El lector galo ya conoce La maladie (La enfermedad, 2006), primera novela del autor que publicó Gallimard en 2010, distinguida con el premio Herralde y con el premio a la Mejor novela en lengua extranjera de la Casa Editorial del Pueblo, en China. También han sido traducidas al francés y publicadas por Zinnia, Raiting (2015), La correspondence des autres (La correspondencia ajena, 2013) y Balles perdues (Balas perdidas, 2013).

Cuatro mil ejemplares de la traducción al francés de Patria o muerte están listos para irrigar las librerías de un país donde el relato de la “revolución bolivariana” actualizó algunos de los mitos fundacionales de la izquierda. Si la muerte de Chávez aportó nuevos destellos a la “revolución bonita” vista desde el Sena, Les derniers jours du Commandant trae a Francia otros ecos: los del estupor de un país que pasó, de tener un líder presente hasta en los últimos confines de la vida de cada ciudadano, a relacionarse con él solo a través de su ausencia y su silencio. Trae en esas páginas un país tan devorado por la violencia de sus calles como por el misterio en que se convirtió el presidente. “El retrato de un país en descomposición, suspendido en los últimos días de Hugo Chávez”, como muy agudamente lo refiere Etienne de Montety, crítico literario del diario Le Figaro.

¿Qué esperas que suceda entre tu novela y el lector francés?

Me gustaría que leyera en ella la mayor cantidad de voces posibles, la diversidad. En esta novela está presente el registro periodístico muy firme y riguroso de la enfermedad de Chávez, o más bien de lo que supimos los venezolanos sobre su enfermedad, pero hay una cantidad de historias de ficción, que son las importantes, donde hay personajes que ideológicamente pertenecen a una izquierda que creyó en el Chávez, como hay también personajes que son de oposición. Me gustaría que el lector pueda entender y acceder al país desde la complejidad, que es lo que creo que es fundamental: nosotros no somos esa simpleza que ha querido vender el Chavismo internacionalmente. Cuando el Chavismo habla de Venezuela quiere vender la idea de que lo que ocurre es que hay una magnificación mediática y que en Venezuela lo único que pasa es que hay una gente mala queriendo sabotear a un gobierno bueno.

Tú hablas de un registro periodístico firme y riguroso de la realidad, y de otro registro que es el de los personajes de ficción, pero resulta que esos “personajes de ficción” son profundamente reales. ¿Cómo fue esa decisión en la escritura?

Umberto Eco, a propósito de El nombre de la rosa, decía “cuando no puedas explicar algo, trata de contarlo”. Uno en la ficción tiene la gran posibilidad de hacer un relato de la historia con una cantidad de matices, con mucha ambigüedad, con procesos íntimos, desde la sensibilidad y desde las vivencias. Cuando comencé a hacer la novela yo no quería escribir una historia que tuviese que ver con política, pero, a la mayoría de los venezolanos nos ocurre que la realidad nos invade y eso que estamos viviendo es tan fuerte que es imposible hacer nada sin que esté presente. Entonces, en la novela empezó a aparecer la realidad. Cuando escribí Patria o muerte yo estaba viviendo en Caracas, Chávez aparece y anuncia que tiene cáncer y yo empiezo a sentir que ahí hay la posibilidad de establecer un ciclo narrativo que es el que cumple la novela, que va desde que Chávez anuncia que tiene cáncer hasta que muere, y meter ahí dentro una cantidad de historias que tienen que ver con todos nosotros. Esas historias que son de ficción, a todos nos pueden sonar familiares porque tienen mucho de gente que uno conoce y de nuestras propias vidas, entonces eso también me permitía trata de organizar lo que sentía frente a la realidad. Yo creo que la escritura es una manera de organizar la curiosidad, de organizar el dolor, de tratar de entender lo que para uno es incomprensible. Escribir y leer ofrecen un poco esa posibilidad.

Para el lector que vivió en Venezuela los años que abarca la novela, la experiencia de lectura es muy distinta de la que tendrá un lector extranjero o un lector venezolano que no estuvo entre 2010 y 2013 en Venezuela. ¿Patria o muerte podría hacer pedagogía en un lector extranjero?

Para todo lector extranjero, una novela representa la posibilidad de entrar no solo en la historia de personajes sino en la historia de un país y eso te permite superar un poco esta dualidad. Los venezolanos dentro y fuera de Venezuela hemos estado condenados a dos únicas posibilidades: o estás contra o estás a favor. La literatura te permite echar un cuento donde no tienes que elegir ninguna posición ideológica. En la novela los personajes no son buenos o malos por ser chavistas o antichavistas, sino porque están enfrentados moralmente a una cantidad de desafíos. Creo que la novela puede permitir una lectura diferente del país, donde desde las vidas de los personajes se puede entender cómo era ese país que tenía un presidente como Chávez. Es decir, la novela no es una novela sobre Chávez sino sobre una cantidad de personajes que viven bajo un liderazgo como el que tuvo Chávez. Los venezolanos vivimos una cantidad de años con su presencia diaria e invasiva, absolutamente irritante por la omnipresencia que tenía en toda la vida cotidiana, hasta en lo más íntimo y personal. Ahí había una dinámica narcisista muy interesante: cómo un líder quiere estar metido en la vida de los ciudadanos y hacer sentir a esos ciudadanos que puede decidir sobre su vida incluso cotidiana, sobre su intimidad. Eso, que para nosotros forma parte de lo que llegamos a entender como la normalidad, quizás al ser leído desde afuera puede ser desconcertante.

¿Tenías presente, mientras escribías, a ese eventual lector extranjero?

Sí y no. Mientras escribo, no tengo muy claro si estoy escribiendo para algún lector en específico. Escribí esta novela tratando de ordenarme. De ordenar lo que yo pensaba y sentía con respecto al proceso ahí narrado. Yo siento que estábamos frente a un hombre que había construido un poder y que se había constituido él en el eje central del país. De manera tramposa, deshonesta, como queramos, pero se había convertido en el eje. Y de repente, algo inexplicable e injusto como la enfermedad, pues toda enfermedad puede ser injusta, algo que no estaba en los planes de él, aparecía y lo iba a sacar del mapa dejando al país sin voz, sin ese eje. Y entonces, yo como que aprovecho esa circunstancia para decir, un momento, ¿y qué somos nosotros, qué ha pasado en este país? Yo tampoco lo tengo tan claro, aún los venezolanos seguimos preguntándonos cómo llegamos hasta aquí, qué nos pasó, cómo nos convertimos en esto. Si nos vemos de cara a Maduro, esa pregunta es todavía más pertinente porque es trágica. Creo que la novela, y en general lo que uno escribe, inclusive el periodismo, en el fondo tiene ese mismo fin: organizar el caos. Uno escribe para ordenar el caos. Y en este caso, el caos se llama Venezuela.

¿Y lo ordenaste?

(Risas) Pues yo creo que de alguna manera sí. Eso me hace pensar en una frase de Paul Valéry, que dice algo así como Dios creó el mundo de la nada, pero la nada persiste.

La perplejidad que dejó la noticia de la enfermedad de Chávez rápidamente se convirtió en acusación: “le inocularon el cáncer”, como si Chávez no fuese tan humano y tan vulnerable como el resto de la humanidad. ¿De qué nos habla nuestra perplejidad, qué dice de ese líder y qué dice de nosotros?

Yo creo que Chávez, dentro de su estructura narcisista tenía, y cada vez más, una ambición mesiánica, una gran ambición de trascendencia. Chávez puso al Estado al servicio de su mito. Él decidió desarrollar su mito desde la gestión pública y creo que uno de los ingredientes fundamentales del manejo de la enfermedad tuvo que ver con eso, con la idea de sacralizarse. Finalmente, el único provecho que podía sacarle a su enfermedad era esa sacralización. Acelerar ese proceso religioso. Chávez aprovecha la enfermedad para fundar su “iglesia”. A partir de ese momento empieza todo ese lenguaje religioso: Diosdado Cabello, en sus declaraciones posteriores a la muerte de Chávez, decía: frente a las dificultades, pensemos en Chávez y seamos como él. Eso es un lenguaje absolutamente religioso, que se repite en Maduro. Desde antes de la enfermedad, Chávez era un mito en construcción y aprovecha el proceso de la enfermedad para sacralizarse.

Ese proceso se puso en marcha desde su intento de golpe en el año 92, cuando comenzó a aparecer su imagen en los altares de los cultos populares. Desde entonces, desde que estaba en Yare, preso, integró la “Corte” junto a María Lionza, Negro Primero, Bolívar…

Aun cuando Chávez no lo dijo con estas palabras, su mensaje en el momento del golpe lo que decía era este golpe lo dimos Bolívar y yo. Desde entonces entra en ese firmamento de la religiosidad popular donde está el bolivarianismo. Eso venía, sí, pero es la enfermedad lo que lo potencia, cuando se da cuenta de que su fin físico se acerca, y su ansia de posteridad se convierte en el verdadero plan del resto de su vida.

Ese final de la novela, con los dos niños vagando a su suerte, errando, ¿no hay un poco de anticipación de lo que nos esperaba como país?

El final de la novela lleva a un planteamiento sobre la incertidumbre y sobre la idea de un país que se queda sin futuro. Es decir, esa imagen de los niños que es un poco la imagen de un futuro, habla de una gente que no tiene adónde ir y que no puede regresar hacia atrás. Pero la realidad siempre termina superando a la ficción. Lo que ha venido después ha sido todavía mucho más terrible en términos políticos y en términos de país, lo que han hecho Maduro y su gobierno ha sido realmente devastador. Son una corporación que se queda en el poder y que no está dispuesta a soltarlo a ningún precio, y se queda con un discurso desgastado. Hay que decir que Maduro ha cumplido su tarea, en la medida en que él está ahí para preservar la imagen religiosa de Chávez. Cuando gana Maduro las elecciones en 2013, si es que las ganó, vale decir, las apuestas sobre cuánto duraría en el poder le estaban todas en contra. Y quienes subestimaron a Maduro tendrían que pensar ahorita que Maduro se sacó de encima a Giordani, a Rafael Ramírez, y hasta a Diosdado Cabello, que ya no es el poder que era cuando murió Chávez. Maduro y lo que él representa se han consolidado a fuerza de acabar con cualquier posibilidad democrática, a fuerza del uso brutal, salvaje de la violencia, y a fuerza de llevar al pueblo venezolano a extremos de pobreza y de miseria. Y ahí está. No le importa nada de esto con tal de mantenerse. Eso no estaba en perspectiva en ese final de mi novela. No había un escenario tan negro. No se hablaba de ningún escenario, pero creo que en esos dos niños no podía preverse un escenario tan patético, tan terrible ni tan trágico.

¿Qué has percibido de los lectores que ya han leído Patria o muerte en el resto de América Latina, en España y en Alemania?

Ha funcionado muy bien. Hay cosas que me han sorprendido. Por ejemplo, lo fácil que se ha entendido en otros países esa historia de las invasoras profesionales de apartamentos, hasta en Alemania lo han entendido muy bien. Otra observación es la facilidad con la que se dialoga con el tema de la violencia en América Latina. Es decir, cómo todos nuestros países comparten de maneras diferentes una serie de problemas como la corrupción y la impunidad y no importa la ideología con la que se nombren sus gobernantes. El lector entiende que no es un libro que tiene una propuesta editorial deliberada, para convencerlo de algo. Es claro que ahí están esos personajes que conforman una diversidad. Hay inclusive en ciertos personajes un intento de explicar por qué hubo una parte de la población que se enganchó con ese líder. Yo creo que en el fondo, todos agradecemos la complejidad. A los venezolanos nos conviene que la realidad no sea tan simple como la pintan porque lo único que nos puede sacar adelante en un futuro es precisamente esta complejidad. Porque lo que tenemos nosotros por delante como futuro es muy difícil. Los venezolanos vamos a tener que aprender a negociar entre nosotros. Hay una pretensión restauradora en algunos sectores, ese sueño, la fantasía de que podemos apagar la luz y encenderla de nuevo y estar antes de 1998. Eso es imposible. Y para bien. Una de las cosas terribles es que el Chavismo lo ha hecho tan mal que ha hecho lucir a los gobiernos anteriores mejores de lo que fueron. Tenemos que recordar que venimos de una historia difícil, antes y después de lo que nos está sucediendo. Y que la solución pasa por inventar un futuro que no sea ni esto ni lo anterior a esto.

¿Qué hay del escritor de telenovelas en tu novelística?

Existen vasos comunicantes entre diversos géneros. Creo que la escritura de guiones me ha ayudado, por ejemplo, en los diálogos. Y también hay una consiente intención de mantener un ritmo del cual el lector no se pueda despegar. Puede ser que eso esté presente en mi narrativa.

¿Esa destreza para el ritmo y para el diálogo produce, o contribuye a producir, eficacia en la escritura?

Generacionalmente, yo siento que he estado mucho más cerca de la narrativa anglosajona que de la tradición francesa que dominaba a gran parte de la literatura venezolana en algún momento, esa escuela de la mirada, esa narrativa que se regodeaba en la descripción y no en la narración directa y en el diálogo. Yo desconfío del adjetivo. Durante mucho tiempo, y cuando yo era joven, se consideraba que lo literario estaba en los adjetivos. Que algo era literario porque tenía dos o tres adjetivos. Mi escritura de frase corta, de narración directa y de diálogos, no está cerca de esa tradición.

¿Y qué pasa cuando ese escritor hace poesía?

Pues, es otra cosa. Pero este escritor cada vez hace menos poesía. Me cuesta más. Hago poesía pero muy lentamente. A medida que pasa el tiempo tomo conciencia de que es un género sensacional, grandioso, y que es muy fácil ser un mal poeta, como lo dije en uno de mis poemas más recientes. Me da terror. Además, en Venezuela hay poetas extraordinarios, mayores y jóvenes, entonces cada vez le tengo más respeto, más miedo y más pudor a la poesía.

***

Gustavo Guerrero, responsable de la selección de autores de lengua española para Gallimard, consideró que Patria o muerte merecía integrar el catálogo del prestigioso sello porque “Es un libro construido de una manera extremadamente inteligente en torno a un tema tan difícil de manjar con equilibrio como es el tema de Venezuela. Creo que una de las cosas más logradas en el libro es la manera cómo Alberto Barrera Tyszka logra reflejar las distintas subjetividades que genera la figura de Chávez, cómo Chávez suscita ecos muy diversos en la población venezolana y cómo esa diversidad de ecos se transforma en una diversidad de opiniones políticas”.

Quizás la valoración más elogiosa que hasta el momento ha tenido a bien hacer la crítica francesa sobre el autor es la que publica la revista HebdoLivres. Junto al enorme reconocimiento que hace de Barrera Tyzska encontramos, en puro acto de deseo, la voz de una premonición: “Les derniers jours du Commandant nos remite a algunas de las más brillantes páginas de Mario Vargas Llosa. Novela de la noche y del miedo, hay en ella la fuerza, la magnitud, la fe en que la literatura, al final, disipará las sombras”.


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