Skip to content

Perspectivas

Eunomía. La idea del buen gobierno

por Mariano Nava Contreras

23/11/2019

«Retrato de Solón de Atenas» (1828), de Merry Joseph Blondel

Mi corazón me pide que esto enseñe a los atenienses:
que el mal gobierno trae muchos males a la ciudad
y, en cambio, el buen gobierno todo lo ordena
y lo muestra en equilibrio.

Solón de Atenas

En la Teogonía de Hesíodo, Eunomía es una diosa tenida como hija de Zeus y Temis (la justicia divina), y por tanto hermana de las Horas, de Dike (la justicia humana) y de «la floreciente Irene» (la paz). Asimismo, en el Himno homérico xxx se dice que «abundante fortuna y riqueza acompañan» a la ciudad gobernada por Eunomía. Lo mismo cuenta Píndaro en la Olímpica ix, donde además la llama sóteira, «salvadora», y megalódoxos, «muy ilustre». Píndaro asimismo incluye a «la entrañable Eunomía» entre los dones que regala el dios Apolo a los hombres, junto con los remedios de las enfermedades y los oráculos. Por lo demás, Aristóteles da noticias acerca de un poema hoy perdido de Tirteo que llevaba su nombre, dato que corrobora Estrabón.

Con el tiempo Eunomía dejará de ser una deidad menor del imaginario poético arcaico para convertirse en un concepto del pensamiento filosófico y de la reflexión política. Si bien al comienzo de El sofista Platón se hace eco de las palabras de Homero, poniendo a decir a Sócrates que los dioses protegen a los huéspedes y vigilan «la arrogancia (hybreis) o la eunomía de los hombres», en la República nos recuerda que, por medio de la música, los niños aprenden «las buenas normas», que los seguirán a todas partes «enderezando cuanto anteriormente estaba caído en la ciudad». Platón incluye así a la eunomía entre las virtudes que deben aprender los niños por medio de una pedagogía tradicional basada en la música y la gimnasia. De esta manera van a existir ciudades y pueblos eunomos, «regidos por buenas leyes», «bien gobernados». Así es Corinto, según dice Píndaro en la Ístmica v; así se dice que es también, en grado sumo (eunomôtátê), la ciudad de Locris en Italia, según cuenta Platón en el Timeo; así dice Esquilo que es el país de los escitas; pero también así dice Platón que deben ser todos los hombres en general: «regidos por buenas normas».

Posteriormente, en un texto apócrifo atribuido a Platón y conocido como las Definiciones, se dice que la eunomía es «la obediencia a las leyes honestas», nómoi spoudáioi. Después Aristóteles hará eco de la supuesta definición platónica, al aclarar que «eunomía no es sólo establecer correctamente las leyes, sino también obedecerlas». Sin embargo el Filósofo va más allá de la tradición platónica, pues pone bien claro que la eunomía es más un asunto de conductas ciudadanas que de normas establecidas. Aristóteles presume así la existencia también de leyes erradas y perniciosas, y contempla la posibilidad de lo que hoy conocemos como el principio de la objeción de conciencia y de la desobediencia civil, la prerrogativa del ciudadano de no acatar las normas cuando las considera perjudiciales.

Que la eunomía guarda una estrecha relación con las conductas éticas es algo que deja también bastante claro Aristóteles, cuando señala que «acerca de la virtud y el vicio reflexionan aquellos que se ocupan de la eunomía«. El filósofo deja así allanado el camino al estoicismo, en especial a Crisipo, quien inventa el neologismo eunomêma para designar toda acción virtuosa y apegada a las normas. Así, en su tratado Demostraciones sobre la justicia nos dice que «toda acción recta es, a la vez, una acción de derecho (eunomêma) y una acción de justicia». Vemos así que el término viene a designar un concepto abstracto en el cual se conjuga lo político, lo ético y lo psicológico.

Sin embargo, es la célebre elegía de Solón que lleva el mismo nombre el documento conservado que más informaciones nos proporciona acerca de lo que los antiguos griegos entendían por Eunomía. En este extenso poema, el sabio ateniense quiere advertir a sus conciudadanos de la amenaza que significan para la ciudad la ambición desenfrenada, la disensión y la anarquía. En un tono que recuerda mucho las irritadas palabras de Zeus en los primeros versos de la Odisea («¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses!, pues dicen que de nosotros proceden los males, pero son ellos los que por su estupidez soportan más dolores de lo que les corresponde»), nuestro poeta advierte a los atenienses que no será por designio de los dioses si se pierde la ciudad, pues ellos hacen ya bastante por protegerla, sino por causa de sus propios ciudadanos, que sólo piensan en sus ganancias, y especialmente por el «juicio perverso» y la «enorme arrogancia» de los «caudillos del pueblo». Así, este empeño por enriquecerse injustamente crea las condiciones favorables para el surgimiento de la discordia y la guerra «destructora de magníficos jóvenes». Es evidente que Solón se está refiriendo a los movimientos sociales y la inestabilidad política que afectó a las ciudades griegas durante los siglos vi y v a.C. Durante este período, profundas crisis económicas y sociales estremecieron la mayor parte de las ciudades, haciendo colapsar los regímenes demagógicos y tiránicos que oprimían a la población, y creando las condiciones necesarias para la aplicación de reformas que llevarían a sistemas políticos más o menos democráticos.

Vemos como el término eunomía, haciendo eco de una antigua tradición poética, se muestra como opuesto a la arrogancia y la soberbia, pero también, en un plano colectivo, a la disensión y la confrontación, en otras palabras, a todo extremo que se aleje de la moderación y la convivencia. Punto de encuentro entre lo individual y lo colectivo, entre lo psicológico, lo ético y lo político, el concepto sirve como catalizador de las tensiones políticas, como moderador de las pasiones naturales que surgen de los conflictos de intereses, pero sobre todo como herramienta para la convivencia social.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo