#CCS450Arquitectura

Enrique Larrañaga: La calle es la primera institución

por Cheo Carvajal

Fotografías de Mauricio López

24/01/2018

Tenía rato intentando coincidir con Enrique Larrañaga para entrevistarlo. Desde el principio me planteó: “Hagámosla a pie”. Eso fue música para mis oídos. Él es arquitecto de formación, con una alta dosis de diseñador urbano en su dedicación. Dice ser “docente por afición, ciudadano por decisión y caraqueño por profesión de fe”. Es egresado de la Universidad Simón Bolívar, donde fue profesor entre 1978 y 2006. Cursó estudios de maestría en la Universidad de Yale. Ha sido profesor, conferencista y jurado invitado en universidades nacionales y fuera del país.

Tiene una pasión particular por el lenguaje, por eso lo utiliza a conciencia como herramienta para proyectar y despertar reflexiones, escribiendo en medios impresos y digitales, o simplemente para compartir textos en foros y en espacios académicos. Su trabajo profesional lo ha desarrollado con Vilma Obadía, su “socia integral”, como suele llamarla.

Valga aclarar, entonces, que esta entrevista se realizó en una caminata y será presentada por capítulos. A cada tanto nos deteníamos a conversar temas particulares. El prefacio ocurre en la diminuta plaza que está en la intersección entre las avenidas Araure y Principal de El Cafetal, bajo la sombra de un samán, un jabillo, un mango y un mamón. A la vista de la policía de Baruta, que allí tiene un módulo, y el silencio del busto del prócer cubano, Antonio Maceo Grajales. El primer capítulo tiene lugar en la avenida Río de Janeiro, frente a La Carlota. De allí caminamos hacia el CCCT, pero nos detuvimos en el distribuidor sobre el río Guaire, para abrir el segundo capítulo; mientras que el tercer capítulo se explaya desde un costado del Cubo Negro. El cuarto capítulo corresponde a la pasarela peatonal que comunica el CCCT con la avenida Galarraga, por donde siempre hay un camino de hormigas peatonal. El banderín del quinto capítulo lo clavamos en las márgenes de la avenida Libertador. El sexto capítulo en la calle Sucre del casco de Chacao. El séptimo capítulo entrando a la realidad de Campo Alegre. El octavo capítulo saliendo de este paisaje homogéneo de ladrillitos hacia la avenida Francisco de Miranda, en el vértice del hotel Embassy Suites. El noveno capítulo se arrima al muro que los campos de golf del Country Club nos ofrece como paisaje urbano a los que por allí transitamos.

El epílogo lo conversamos en el espacio maltrecho que está justo debajo del elevado que une Las Mercedes con Colinas de Bello Monte, acompañados del ruido de la autopista Francisco Fajardo y los hedores del Guaire. Es una entrevista larga porque lleva la impronta del gusto por la calle y por el habla. Por eso viene acompañada de otras imágenes contextuales. No tiene que ser recorrida de un solo golpe. Puede andarla por capítulos, o brincar entre ellos. Eso sí, no es recomendable andarla a velocidad de automóvil porque se estrellará o se atascará en cualquier esquina.

Prefacio / Los vecinos

—Estamos en la intersección que comunica una urbanización emblemática, El Cafetal, utilizada para caricaturizar a la clase media, con la avenida Araure, de Chuao, urbanización muy particular, que se ha transformado mucho sin aceptar que se está transformando. Tú trabajaste en el Plan Especial para Chuao con Vilma Obadía. ¿Cómo fue esa experiencia, sobre todo con los vecinos?

—La mera escogencia de la palabra significa mucho, porque vecino describe una condición de adyacencia, el que te queda al lado. Lo que cuenta para hacer ciudad no son los que quedamos al lado, que definimos la vecindad por un lindero, que no une, separa. Cuando el vecino asume su condición de ciudadano traspasa la circunstancia de su ubicación física para tener esa otra condición de localización cívica, emplazamiento como toma de plaza. Si nos amarráramos a la condición de vecino, ¿cuánto tiempo pasa en Chuao un “vecino” de Chuao, que seguramente trabaja en otro lado? ¿Cuánto tiempo pasa en Chuao quien trabaja en Chuao, y que en esa definición no contaría como vecino de Chuao? Lo mismo aplica a toda la ciudad. Por eso es indispensable pensar en la dimensión ciudadana.

Lo que pasa es que nosotros somos víctimas de procesos que se adelantaron en el tiempo, que en su momento tenían mucha pegada. Las asociaciones de vecinos, el poder vecinal, es una anticipación de lo que ahora se llama “poder comunal”, pero que en el fondo era la reivindicación, no del ciudadano, porque esa palabra no se utilizaba, sino del individuo contra el Estado o las instancias de poder. Porque el Estado no es sino la formalización de la ciudadanía para tener instituciones. Había un conflicto entre el individuo y el poder.

—Había que compensar. Los vecinos suelen pensarse o ser víctimas de ese poder, de instituciones desconectadas de ese tema de ciudadanía, inclusive desconectadas de lo pequeño, de lo local. Para bien o para mal, alguna veces los vecinos han sido capaces de meterle freno a ese poder.

—Hay un síndrome, que en inglés es “nimby”: Not in my back yard. O sea, uno puede pensar la necesidad de cambiar todo, pero no me toques mi predio. Hablando de Chuao, ese plan fue presentado, no solamente a los vecinos, sino en la sede de la asociación de vecinos numerosas veces. Se incorporaron comentarios, se obtuvieron besos y abrazos al final de cada reunión. Ese fue un proceso muy accidentado, porque además era un época política muy turbulenta, el alcalde estaba preso (Enrique Capriles). A pesar de estar lista, la propuesta se tardó un tiempo en llevarse a discusión pública como establece la ley y en ese momento, súbitamente, los vecinos cambiaron la posición.

Creo que en el momento en que algunos vecinos pensaron que lo que habían respaldado como idea podía pasar a ser realidad, cambiaron por completo su relación con la propuesta. Además ahí intervinieron otros factores, de esos que yo digo que exigen una revisión del concepto de vecino, como los propietarios de negocios instalados ilegalmente, pero legalizados a través de trucos que existen: el derecho al trabajo, a la inversión.

Hubo una serie de errores de todas las partes, incluyendo de los propietarios que no entendieron que era una manera de negocio, que era una manera de legalizar su situación, de los propietarios de parcelas que no entendían que era una manera de sacarle mejor beneficio, de los vecinos que no entendían que era una manera de solucionar los problemas de tráfico. Nos equivocamos todos.

De ese proceso hace ya casi 12 años. En aquel momento la alcaldía tuvo una movida astuta, pues retiró el plan de forma que si bien no está aprobado tampoco está improbado. No se quemó. Podría retomarse reformulando una cantidad de cosas, pues en estos 12 años han variado las condiciones. Ninguno de los problemas que detectaba el plan se ha resuelto, todos se han agravado y las condiciones de propiedad de la tierra han variado. Pero por lo menos el plan está ahí y hay una primera apuesta que podría servir de base para seguir.

Primer capítulo / Ciudad verde

—La gente repite que Caracas es una ciudad verde. Tiene El Ávila, un paisaje maravilloso. Como si no importara la cantidad de vegetación que se va perdiendo. Siempre digo que es sospechoso que reivindiquemos tanto lo que no construimos, sino lo que siempre estuvo allí, un accidente natural, geográfico.

—Pero que nos consuela, porque creemos que podemos seguir poniendo la torta en la ciudad porque el Ávila siempre nos va a salvar.

—Tú has hablado de “urbanismo tropical”. ¿Cómo se conjuga eso en una ciudad que tiene ese cliché de ciudad verde y que al mismo tiempo va perdiendo el verde de la trama urbana cercana?

—Hay varios verdes perdidos o desperdiciados. Está el verde ornamental que cumple, también, una función ambiental, el que acompaña las aceras para proteger al peatón, darle un mayor nivel de confort por las condiciones a veces inhóspitas del trópico. Pero hay otro verde que está en todas las laderas, que no está tratado y sobre todo no es accesible. Ahí hay unos potenciales parques desperdiciados. Hay zonas verdes con una pendiente inaccesible, donde se podrían hacer parques que presten un servicio local, que para mí es mucho más importante que hacer un macro parque a escala metropolitana. Yo milito entre la gente, que es menos, que no cree que la solución para La Carlota sea convertirla en un gran parque. Yo creo que la solución para La Carlota, como para toda Caracas, es hacer ciudad, y la ciudad tiene múltiples usos, no uno solo, y tiene conexiones, no barreras.

Los árboles que se han caído en esta zona, particularmente se han caído por efecto de las aguas del Guaire. Es la explicación que nos han dado: sus aguas permean todos estos terrenos por su mala canalización, y los árboles terminan evitando el nivel freático sacando sus raíces hasta que ya no se aguantan y caen. La gente los sustituye por palmas, que no cumplen el propósito de amainar la gravedad de la condición tropical. Una de las maravillas de la condición tropical es que, en un día que se anuncia una tormenta de nieve espantosa en el Norte, nosotros estamos en manga de camisa caminando. Nosotros tenemos la posibilidad de hacer una ciudad que no sea centrípeta, introvertida, sino que nos permita salir y estar afuera.

Este tramo de la avenida Río de Janeiro, que prácticamente coincide con la extensión de la urbanización Chuao, es un resto arqueológico de autopista que llega hasta los inmensos elevados que caen en Las Mercedes y que crean ese problema de congestión, en el semáforo del puente Veracruz, porque no tiene continuidad. Cuando uno ve que aquí hay dos vías separadas, con canales de ancho de autopista, entiende clarito que esto podría ser una avenida en dos sentidos y apaciguar la velocidad con que vienen los conductores, que dan ganas de rezar un rosario completo si hay que cruzar para tomar transporte público del otro lado.

—Sí, esto funciona como autopista. De ese tema, insisto, vamos a hablar más adelante. Retomemos lo del verde y las laderas, como oportunidad de crear parque locales.

—Están las laderas y están las zonas verdes que todas las urbanizaciones están obligadas a tener, que generalmente o no se concreta el proceso de transferencia a la municipalidad o la municipalidad lo recibe pero no tiene ni los recursos, ni voluntad de hacerse cargo de eso. Entonces lo deja, bajo la figura de la custodia del vecino con el compromiso de su cuidado, aunque después de un determinado tiempo puede alegar derechos de propiedad. Esas áreas verdes previstas para servir a las urbanizaciones, terminan siendo áreas privadas, por un factor que macabramente está diseñado en la ordenanza. Todo el mundo dice que aquí no se cumplen las ordenanzas, y a veces uno dice: ¡Gracias a Dios! Porque las ordenanzas tiene mecanismos perversos concebidos para favorecer el gran capital en desmedro de la pequeña inversión. Por ejemplo, exigir una cantidad de puestos de estacionamiento en cualquier desarrollo que consolida la idea que la ciudad se tiene que mover por vehículo privado, eso hace que cualquier inversión sea sumamente costosa. Ni tú ni yo la podemos hacer, sino alguien que tenga mucho dinero, y para que ese volumen de dinero funcione tiene que contar con volumen de metros cuadrados, por lo que se pasa al recurso de integración de parcelas.

—Los barrios ocupan laderas que antes también eran verdes. En algunos casos, por la pendiente, quedaron parches de vegetación en medio del barrio completamente edificado. ¿Crees que se puedan conectar de manera que se utilicen, no como botaderos de basura, que es lo que suele suceder, sino como parques?

—Claro, es que a mí me gustaría que el barrio pasara a ser una palabra que utilizáramos para todo. Que uno pudiera decir “estamos en el barrio de Chuao” o “en el barrio La Candelaria”, como decimos “estamos en el barrio La Dolorita”, en el sentido real de la palabra, en vez de seguir usándola como lo hacemos nosotros. Hay una expresión completamente falaz cuando se habla de “ciudad informal”, pues sugiere que la otra ciudad es muy formalita. ¿En la otra ciudad no hay nadie que se haya cogido un retiro, que haya hecho un anexo? ¿Cuál es la diferencia sustancial entre Petare y Oripoto? Las comodidades que hay al interior de la propiedad, porque ambas son zonas igualmente marginales y marginadas de la ciudad, una por imposición, porque la ciudad la marginó, y otra por decisión de situarse al margen de la ciudad.

Esa condición negativa de falta de recursos de lo que llamamos barrio produce una condición positiva: al no tener los recursos dentro de la propiedad, suficiente recreación, las veredas funcionan más como verdaderas calles. Esos botaderos de basura, con todo y la basura, funcionan como espacios de juego. Yo le tengo mucho respeto a la gente que se ha metido en ese problema, yo soy muy ignorante al respecto, pero una de las cosas fundamentales para la consolidación de barrios y la relocalización de viviendas que estén en zonas de alto riesgo es no perder el tejido social, porque ahí si hay comunidad, mucho más que vecindad. Mucha más de lo que ocurre en Oripoto, donde el vecino puede vender o comprar la casa a quien sea y a lo mejor el día que se mude el vecino nuevo, por cortesía, tú le llevas una tortica, pero después no lo ves más nunca.

La precariedad fuerza un nivel de comunidad que es, por lo menos, el primer detonante de civilidad y urbanidad para poder tener ciudadanos. Eso suena muy pedante, arrogante dicho desde la comodidad desde donde estamos. Yo creo que cada una de las ciudades tiene que aprender de la otra para poder hacer la ciudad de todos.

—Estoy seguro que el barrio puede dar ejemplos de cosas que se deben hacer en el resto de la ciudad.

—Tanto ejemplos como advertencias de cosas que no se debe hacer. Pero la ciudad que llamamos “formal” está llena de advertencias de lo que no se debe hacer y para muestra Las Mercedes o Campo Alegre.

—Lo que sea que haya finalmente en La Carlota debería tener conexiones, sobre todo por encima del Río Guaire. En muchas ciudades el río no es separación, sino vínculo, pero aquí lo asumimos como una herida insalvable. Es un poco lo que somos, nuestro subproducto. ¿Si estamos pensando en la Caracas que tenemos que construir, qué hacemos con el Guaire?

—Me voy a poner docente: las líneas, río, calle, autopista tienen una doble condición: origen y destino, que define su longitud, pero también tienen derecha e izquierda, porque ellas de alguna manera sugieren una delimitación, entonces la líneas cumplen una función de tránsito a lo largo, pero de vínculo a lo ancho. Es inverosímil que un resto de autopista que no funciona como tal, que es la Río de Janeiro, un río como el Guaire, que en cualquier sitio es apenas un escalón por encima de la categoría de quebrada, una base militar que no está en uso como tal y una autopista metida por el mero espinazo de la ciudad, corten la posibilidad de conexión entre la ciudad del norte y la ciudad del sur que en muchos casos además tienen una conexión evidente. Cuando uno ve Bello Monte desde el sur, las calles están alineadas; cuando uno ve El Rosal desde Las Mercedes las calles están alineadas.

Cuando uno va más allá, empiezas a ver en El Paraíso esas calles que mueren, que pudieran tener continuidad hacia la San Martín si todo se “avenidizara” y superáramos el mito la “autopistitis”. Las vías más rápidas terminan siendo las vías más lentas. Si vamos en carro, buscamos evitar la autopista para agarra los caminos verdes.

Para mí eliminar la autopista es un mandato, pero la gente se asusta. Pero la avenida Bolívar era una autopista y se “avenidizó”, tanto que soporta los hurtos de espacio público que han hecho los edificios de Misión Vivienda aledaños, y soporta el maltrato de las aceras. No es que se puede hacer, es que ya lo hemos hecho. Si aparecieron todos estos absurdos puentes de guerra para salir de la autopista, se puede hacer y bastante rápido esa conexión. ¿Por qué no lo afrontamos? Seguimos insistiendo en un vialismo que igual termina siendo muy lento y que fractura la ciudad en dos, y lo que hace es expulsar a la gente hacia las “ciudades dormitorios”, término sumamente perverso. Quizás el Guaire y el Valle, dos ríos que se unen a la altura de los estadios, nos demuestran nuestra incapacidad de ver lo más obvio.

Segundo capítulo / Vialismo

—El Plan Vial de 1951 dejó entrever que la ciudad se iba a gobernar para el carro, ese era el futuro, el desarrollo que se concibió, con grandes infraestructuras, sobre todo vinculadas a la velocidad individualizada. Pero, como dices, dejó de ser un proyecto para convertirse en una triste realidad, con infraestructuras colapsadas de vehículos, y entonces terminas haciendo un montón de puentecitos para descongestionarlas. Es decir, todavía se está gobernando y planificando la ciudad para el carro.

—Porque está internalizado, no hay nada más sencillo que creerse una convención. Convertir una convención en una convicción es facilísimo. Asumes que es así y ya. Es patético, en presentaciones finales de diseño en la universidad, que es el espacio que uno supone más abierto a la trasgresión, los muchachos vienen con el chip, pero muchos profesores no se lo sacan posiblemente porque también lo tienen.

Solemos decir que Caracas es una ciudad fantástica, lo que cuenta sobre sí misma a través de los nombres de los sectores, las esquinas, por su toponimia. Seguramente sin darse cuenta, todos los distribuidores tienen nombre de animales amenazantes: la araña, el pulpo, el ciempiés. Hay como un sustrato de quien quería hacer el distribuidor que me parece divertido y sintomático.

—Nunca le había prestado atención.

—Son construcciones fantásticas, muy bien hechas, pero también fáciles de desmontar, con pilares que hacen una “T” de apoyo y unas vigas prefabricadas, que se desmontan con una grúa. La gente dice: “¿Desmontar la autopista, con toda la inversión que se hizo?” Vamos a dejar los pilares a lo largo del paseo, la avenida, con una vía en sentido este-oeste al norte y oeste-este al sur, integrando al río con una serie de puentes. No tiene que ser el Sena, no lo es, pero podemos pensar algo de eso, y en medio las ruinas de esos pilares.

Tercer capítulo / Arquitectura para el automóvil

—Las ordenanzas que tenemos se refieren a la parcela, se meten con las condiciones de desarrollo, cantidad de metros cuadrados, altura, que estrictamente son temas privados. Uno podría decir que con una regulación bastante laxa, el mercado y los intereses financieros deberían poder manejar esa parte, pero nuestras ordenanzas no tratan en absoluto de la relación entre parcelas, ni los compromisos del edificio con su exterior. Cada uno puede hacer lo que quiera. Eso no habla de la calidad de las piezas, porque la Torre de Las Mercedes es un edificio razonable, no creo que sea lo mejor de Jimmy Alcock, pero es un buen edificio. El Cubo Negro, originalmente de Phillip Johnson, con una oficina local, es un edificio emblemático. Ahora, ¿qué tienen que ver entre ellos? ¿Qué pensaron ellos sobre una preexistencia dominante, que era el edificio que fue sede de la Shell, después Maraven y hoy en día es la Unefa, un buen edificio de Carbonell. ¿No han podido pensar alguito?

Es una especie de parque de diversiones arquitectónico donde, otra vez, todos los edificios se conciben centrípetamente. Uno habla mucho de los centros comerciales, que son una especie de sumideros urbanos, porque lo único que hacen es recoger agua y sabe Dios para dónde la botan. Estos edificios no funcionan demasiado distinto. Una de las cosas más inteligentes que hace la torre Las Mercedes es, en el fondo, una aberración: reconocer que muy poca gente va a llegar peatonalmente a ese edificio, la mayoría llega por carro. Los accesos peatonales son un par de puentes que llegan accidentalmente a la misma torre de ascensores que se genera en el verdadero hall que está en los estacionamientos. Después hay otros edificios de cierto valor, como el Instituto de Canalizaciones, Seguros La General. Pero, ¿cómo se hace el conjunto?

—Y no le estás agregando el Centro Comercial Ciudad Tamanaco, el gran emblema desde la autopista. Hablamos de un gran parque temático arquitectónico que, evidentemente, no fue pensado para conectarse caminado entre ellos. La puesta en escena de la ciudad del automóvil.

—¿Sabes cuándo se hace todavía más evidente eso? Cuando uno ve alguna fotografía área, por ejemplo las de Caracas Cenital (Fundación para la Cultura Urbana, 2005) y otras varias que hay, que toman el distribuidor El Cienpiés desde el oeste y uno ve que el área que ocupa es por lo menos dos y pico veces el área del CCCT. Si se desmontaran, imagínate la cantidad de área útil que puede salir, donde incluso puede haber un área de parque de una dimensión respetable, no mucho más pequeño que Los Caobos, que serviría de aliviadero a las actividades que se dan en el centro comercial.

El tema de los centros comerciales da para toda una conversación. Han pasado a ser, por la ausencia y el deterioro de espacios públicos, además del tema seguridad, lo que la gente utiliza para ir a pasear los fines de semana. Son una falacia de espacio público, porque son espacios privados y se reservan el derecho de admisión, cosa que a ti no te pueden decir en una plaza, mientras más o menos te comportes. Eso es otro de los modelos importados que viene de los años 50. En el siglo XX pasaron una cantidad de cosas. El Plan Rotival es el último coletazo de la ciudad que tiene su paradigma en París, entonces viene el plan Violich que, de alguna manera, voltea la mirada hacia Los Ángeles. Pero luego pasa a ser Miami, y si hay algo que sea no ciudad es Miami. Ese modelo lo tienen metido en la cabeza muchos administradores urbanos, políticos, gobernadores, alcaldes.

—En el concurso #CaracasCity450, hubo una propuesta que hacia una plaza pública entre estos edificios emblemáticos, entre los de manera también emblemática no es reconocido el peatón y es tratado como un ser incómodo, por eso la pasarela de concreto, que pretende obligar a la gente a hacer ese esfuerzo solo para cruzar una callecita. Pero la gente igual se arriesga y cruza por abajo, como es su derecho. ¿Le ves esa posibilidad a este escenario?

—Es que toda el área que tiene el Cubo Negro en los alredores es de esas áreas verdes no accesibles, porque además tiene una cadena para que no entres. Se mira pero no se toca. La posibilidad de sacar una plaza de aquel lado, desviar el tránsito, permitiría peatonalizar el resto de las calles. Muy al principio del plan de ordenamiento para Chuao nos metimos también con eso porque cuando uno dice Chuao, mucha gente piensa en los alrededores del Cubo Negro, y resulta que son sectores distintos, inclusive de municipios distintos, porque el límite entre Baruta y Chacao es el río.

Para poder proyectar cualquier incidencia del Plan de Ordenamiento para Chuao, municipio Baruta, implicaba producir un acuerdo entre las dos alcaldías, que afortunadamente en ese momento tenían a Adriana D’Elia, del lado de Baruta, y a María Fernanda Gómez, del lado de Chacao. Nosotros llegamos a tener conversaciones, porque no hay que tener sino ojos y pies, para ver que esto no funciona, que no es ciudad. Pero después entraron los rollos de las competencias.

—¿Pero sólo es un tema de complicación institucional o también de visión? Hay cosas que no suelen tocarse, por ejemplo, desmontar un elevado, que es una operación mucho más sencilla y evidente. El que tenga pies y ojos que lo vea, ¿no? Pero parece que un poco de gente, de votantes de clase media, se van a incomodar.

—Uno a lo mejor se pasa de suspicaz, de pesar que aquí hay sedes de compañías muy importantes que hubieran podido obstaculizar un proceso que no progresó. ¿O qué puede haber pasado cuando esa posibilidad fue consultada en las respectivas alcaldías más hacia arriba? Esa es la importancia fundamental de que exista un ente metropolitano, como la Alcaldía Metropolitana.

—Que por cierto ya no tenemos.

—Yo digo que la seguimos teniendo. Tiene que hacerse un referéndum, y mientras yo no opine sigo teniéndola, porque la Constitución está vigente. Claro, es muy fácil decirlo estando afuera, porque quien está adentro no va a recibir el presupuesto.

Volviendo al tema, creo que hay una visión muy parroquiana, muy distinta al concepto de las parroquias que es una de mis estrategias urbanas favoritas. Me refiero al ejercicio del poder, como mandatario urbano, sobre mi coto, mi municipio.

El otro día vi unas declaraciones del ministro de Transporte, porque están arreglando el rollo del distribuidor en el Jardín Botánico. Decía que se iba a hacer progresivamente el acomodo de los canales para facilitarle el tránsito a los vehículos. No era ni siquiera para facilitarle a los conductores, sino a los vehículos que fue lo mismo que se utilizó para negar el plan pico y placa en la Panamericana. Hablaban del derecho al libre tránsito de los vehículos, porque el pico y placa no compromete en absoluto el derecho al libre tránsito del conductor, del pasajero, de la persona. Resulta, por lo visto, que los vehículos son personas jurídicas.

—La placa es una especie de cédula de identidad.

—Es de las cosas heredadas de los Estados Unidos. Vilma notó alguna vez, y a mí me pareció súper reveladora, que el documento de identidad que te solicitan en Estados Unidos es tu licencia de conducir. Nadie tiene cédula, la cédula como tal no existe. Si no tienes licencia de conducir es un rollo.

—Se supone que haz de ser conductor para ser ciudadano.

—Eres ciudadano si alcanzas a eso, pero antes que nada conductor, porque tu deber es contribuir con la maquinaria, teniendo un carro. Eso no es nada accidental.

—El poder de Ford.

Cuarto capítulo / Peatones al margen

—Aquí estamos ante la evidencia de que el caminante de la ciudad le toca andar por el repele, lo que quedó de la vialidad.

—Y dentro de todo, en este punto, estamos en el momento que el caminante va alcanzar la tierra prometida: el centro comercial. Aquí no estamos ni tan mal, cuando comencemos a subir por la Galarraga, ahí vamos a ver que se camina por aceras inexistentes, a todo riesgo.

—Lo impresionante es que esta es una ciudad en la que la gran mayoría de sus habitantes se mueven a pie. Si nos atenemos al estudio del 2005, en el que 19% se movía estrictamente a pie, 57% en transporte público y 24% en vehículo particular.

—Vamos a mantener esos números: 25 contra 75, 3 contra 1.

—Sin embargo sigue privando la ciudad del vehículo, es decir la ciudad de los vecinos que viven en su pequeño suburbio, donde duermen y pasan el fin de semana. ¿Cómo entender que el poder del ciudadano no ha sido capaz de transformar esa lógica perversa, esa inversión de valores? Ocupamos más de tres cuartas partes de las vías con vehículos que solo albergan una cuarta parte de los viajes.

—Voy a decir una cosa muy polémica: una cosa es el poder del ciudadano y otra son los ciudadanos con poder. Esos ciudadanos con poder están entre ese 25% que influyen más. Ciertamente deberían los administradores urbanos entender el peso en votos del otro 75%, pero todo indica que priva más el peso de financiamiento de campaña del 25%. A lo mejor estoy siendo muy mal pensado, o muy inocente. Sencillamente la costumbre es que eso es así, la inercia.

No existe ninguna razón lógica para que La Floresta, estando a distancia caminable de la infraestructura de transporte público más importante de la ciudad, teniendo un parque propio, bastante bueno, en un terreno plano, surtido de agua, electricidad, teléfono, se mantenga como un sector exclusivo. Esa es una zona para densificar, y entiéndase que la verdadera densificación no es solamente aumentar número de habitantes por metros de construcción, sino intensidad de intercambios, variedad de usos, variedad de estratos sociales, para que la densidad sea una intensidad. No es solamente metros y metros, porque eso ya lo vimos en Campo Alegre y lo estamos viendo ahora en Las Mercedes, y sabemos que no funciona.

—¿Por qué se comete el mismo error? ¿Es solamente inercia, incapacidad de ver más allá, o hay otros poderes jugando que uno no descifra?

—Estoy jugando a ser inocente porque la respuesta pareciera estar muy clara. Hay una resistencia al cambio, y parte de ella se puede entender por una resistencia natural, pero yo creo que hay otra resistencia inducida y posiblemente financiada para que las cosas no cambien. Ese no cambio produce la aberración del sureste, que viene desde la OMPU (Oficina Metropolitana de Planeamiento Urbano). Se sigue insistiendo en el desguace ambiental de los cerros de El Hatillo, donde vive gente que tiene que bajar al valle, que es donde trabajan. Otro tema controversial, el Valle Arriba y el Country quedaban en las afueras de la ciudad, ahora queda en su centro geométrico.

—No te adelantes, de eso vamos hablar cuando lleguemos al Country.

—Pero eso para mí está de anteojito.

Quinto capítulo / Liberar oportunidades

—Estamos en la avenida Libertador que tiene tres tramos diferenciados. Este, vinculado a Chacao y Bello Campo, con semáforos, con lógica de avenida. Está el de la trinchera, que funciona como autopista, aunque arriba sea avenida. Y luego está el otro tramo de Maripérez, Santa Rosa.

—El tramo del elevado.

—Que debería ser similar a este, más ahora que se ha introducido una cantidad de viviendas, que tienen espacios alrededor como el paseo Amador Bendayán, el parque Los Caobos, la zona religiosa y cultural, Bellas Artes. Pero ahí sigue siendo una autopista. No se ha tomado la decisión de meterle semáforos. A lo que voy: la Libertador es una de las avenidas probablemente con la sección más amplia que tiene Caracas, y por lo tanto con un enorme potencial, que además se topa con los campos de golf del Country Club.

—Caracas está protegida por los dioses. No se completó el proyecto porque la avenida Libertador se supone que llegaría hasta la plaza Bolívar. La idea era conectar con la avenida Sucre, como una gran autopista. Para eso “solo” se tenía que llevar por delante el casco histórico. Los restos arqueológicos de esa operación interrumpida es la maraña de puentes que hay frente a la CANTV, que además son una locura, no sé qué ingeniero vial los diseñó: si uno quiere ir hacia la derecha, tiene que cruzar para la izquierda, y si uno quiere cruzar a la izquierda, tiene que cruzar para la derecha. Y uno iba a seguir hacia el centro, pasando por la CTV.

Volviendo a tu comentario, la ventaja de la avenida Libertador es que ni siquiera te tienes que enfrentar demasiado al paradigma de la autopista, porque lo puedes dejar como un túnel, cubres la trinchera, ni siquiera en su totalidad sino en ciertos sectores. Esa es, en términos de gestión política, relativamente fácil de implementar.

—Aparte de la Libertador, ¿qué otras opciones, de gran potencial, ves en Caracas? Ya mencionaste la autopista, que no es tan obvia.

—Hay uno que también tiene una autopista, que está sin resolverse y también se convierte en trinchera, que vuelve a salir sin resolverse en la zona entre el Teresa Carreño y el otrora Hotel Hilton. Esa es una zona que evidentemente debería ser muy permeable, porque conectaría los espacios culturales que hay en Parque Central con todo el grupo del Teresa Carreño, la Universidad de Las Artes. Eso también habría que ensamblarlo. Todo eso está condenado por la necesidad de llegar a la Libertador, que mantiene una lógica, unas secciones y una impermeabilidad de autopista, cuando ese es uno de los centros obvios de la ciudad.

—¿Hacia Petare ves alguna oportunidad?

—Hacia Petare hay una papa muy caliente, pero que hay que resolver, que es la redoma, tanto en su relación en sí misma como en su relación hacia Palo Verde, el Barrio Unión.

—¿Qué te imaginas en la redoma?           

—Ese es un tema demasiado complejo, yo no me atrevería a soltar ideas.

—¿No te atreverías a pensar en una gran explanada, a soterrar vías allí?

—Soterrar vías es una opción, pero a mí me parece que eso sigue diciendo que quien manda es el carro. La redoma de Petare fundamentalmente es una gran estación de intercambio intermodal de tránsito. Los vialistas por algún motivo le tiene tirria a la redoma. Yo más bien, asumiendo que empieza desde el Pérez de León, podría pensar en una especie de plaza Navona, como una redoma alargada que resuelva los terminales de transporte intermodales que se relacionen con la estación de Metro y el Metro Cable de Mariche, que haga la conexión con el pueblo de Petare, que es un oasis.

Recuerdo cantidad de veces mandar a los estudiantes de primer nivel en la universidad a hacer un ejercicio de observación a Petare. La primera reacción era de horror y después de muchísimo agradecimiento, porque habían descubierto un enclave de la ciudad oculto, vinculado con el río Guaire, con una condición realmente de parroquia alrededor de una plaza que funciona como tal, con su iglesia, el poder civil, donde se dan las relaciones de poderes y el protagonista es el ciudadano.

A mí lo único que no me gusta de la plaza de Petare es que la llamen Sucre, y que en el medio tenga su estatua. Una de la principales cosas que debería estar establecido en todas las plazas, lo hicieron en la Bolívar de Chacao, es sacar el monumento del prócer que se quiere honrar del centro geométrico del espacio, mandarlo para un lado. En una segunda fase, que eso también requiere de una serie de cambios, ir sustituyendo esos próceres militares por próceres civiles, que tenemos más y más importantes, para recuperar que las plazas sean ciudadanas.

Sexto capítulo / La escala humana

—Alguna vez he dicho que a lo mejor mi interés en la vida urbana es por un recuerdo infantil. Aquí en Chacao no recuerdo que mi mamá hiciera mercado una vez a la semana, el mercado era que alguno de nosotros tres bajara: “Compra tal cosa que hace falta”, para el día. Poder ir caminando al colegio, poder hacer la trampa al regreso de serpentear entre las calles, no llevar la ruta directa.

—La vida urbana no necesariamente tiene que ser la del supermercado, pero depende de la escala urbana que tenga el lugar donde vivas. En este caso en Chacao, que es otro centro indiscutible de Caracas, está asociado a un arquitectura que propicia que sea así.

—Ahorita no estamos en el Chacao que la mayoría de los caraqueños ven cuando van por la Miranda, estamos en el Chacao que utiliza la gente de Chacao. Esto es lo que tradicionalmente se entiende como parroquia. Cuando uno ve un plano de Caracas hasta la primera mitad del siglo XX, uno puede identificar las plazas, que tienen una aparición sistemática cada ocho cuadras, porque 800 metros es lo que uno puede caminar en cinco minutos. Y se llamaba parroquia porque ibas a misa, a la parroquia más cercana, a no ser que el sermón del cura fuera demasiado aburrido entonces te ibas para otra.

Lo natural es que esa plaza tuviese un área de influencia que gravita hacia la plaza. En las zonas en pendiente, las plazas empiezan a aparecer cada 500 metros, cada cinco cuadras, porque subir es más difícil que caminar en horizontal. En esa área de 800 por 800 que era la parroquia, ahí eres vecino pero con sentido de comunidad, porque aunque no conozcas a todo el mundo, más o menos identificas las caras.

Cuando uno ha vivido en este tipo de entorno, sabe que cuando la mamá preparaba almuerzo y se daba cuenta que le faltaban unas cebollas, te podían mandar para el abasto, no siempre con plata, porque el del abasto te conoce y tiene un cuadernito donde está la deuda de la señora Julia, que iba una vez al mes a ponerse al día. Toda esa trama, que tiene que ver con el quiosquero, con la peluquera, incluso incorpora a quien no necesariamente vive ahí, pero trabaja ahí.

—La trama urbana emparentada con la trama de la vida. Ahora, allí hay un dilema, no sé si falso, entre esa ciudad más parroquial, más deeste es nuestro territorio” que puede convertirse en gueto, negando justamente el sentido de la ciudad en términos de lo anónimo, de lo imprevisto. La ciudad, como suma de parches comunitarios podría estar bien siempre y cuando fuesen permeables, hospitalarios, entendiendo que un espacio parroquial también es un espacio con sentido metropolitano.

—Claro, aquí lo tenemos: estamos en la esquina de la calle Sucre con la calle Mis Encantos, que ahora se llama Uslar Pietri, y aquí está todo el tráfico peatonal que se genera fundamentalmente entre el San Ignacio y el Sambil. Es absolutamente metropolitano y nosotros estamos en frente de una peluquería. Ambas escalas pueden coexistir, porque la definición de las parroquias tiene que ver con la centralidad de ese territorio, pero también esa centralidad genera unos límites que se tienen que surcir, entre parroquias o con componentes de escala metropolitana.

Ese tamaño de 800 metros está dada en la parte norte de la ciudad, porque es básicamente la distancia que hay entre quebrada y quebrada. Cuando las haciendas se fueron convirtiendo en urbanizaciones, nadie quería vivir en las quebradas, porque se anegaban, el terreno era menos sólido. Las quebradas pasaron a ser las zonas donde vivía el personal de servicio que trabajaba en las casas de esas nuevas urbanizaciones. Eso sucedió hace bastante tiempo, y son zonas complementamente consolidadas como Chapellín o El Pedregal. Cuando eso ha sucedido más recientemente, todavía son zonas en transición, ahí está el barrio La Lucha, que es un sector muy sólido con sentido de pertenencia y arraigo. Al sur es más complicado definir eso, pero si mides el tamaño de Bello Monte, de Las Mercedes, Chuao o de El Cafetal, siguen teniendo esa dimensión, pero sin ese espacio céntrico.

—Colinas de Bello Monte, Los Chaguaramos, Los Ilustres, la avenida Victoria, al final generan una continuidad, que tiene esta misma escala y esta misma dinámica.

—Esta ciudad está diseñada por los dioses. En todo ese trayecto de Las Mercedes, Bello Monte, Chaguaramos, Santa Mónica, afortunadamente van saliendo unos promontorios de las colinas. Aunque es continuo, si uno va por esa avenida al borde del río, cada bolsillo, bastante acotado, genera ese ritmo. Lo que carecen es de espacios de referencia.

Lleva un tiempo producir una identidad que cause arraigo. Puedes conseguir gente que diga “yo soy de Chacao”, o “yo soy de Bello Monte”. Aunque yo le tengo críticas, creo que la plaza de Los Palos Grandes fue un gran acierto, porque siendo uno de los territorios que tiene identidad y cierto arraigo, no tenía espacio de referencia. Acompañar esa plaza con un centro de salud, que en última instancia es presencia de gobierno, y con una biblioteca que es presencia cultural que uno puede decir que es una especie de sustituto posmoderno de la presencia religiosa, es estupendo.

Séptimo capítulo / Planificar la no ciudad

—Estamos a 20 metros de una forma de ciudad, la de las callecitas de Chacao, y entrando en otra, la de Campo Alegre, sin comercios, sin plantas bajas. Una misma vía, pero un mundo totalmente distinto, donde la tranquilidad equivale a que no haya gente. Campo Alegre forma parte de la ciudad planificada, con un diseño muy particular de Manuel Mujica Millán, de grandes casas que se suponían patrimonio, y que igual les pasaron por encima. Ahora es un mundo de ladrillitos rojos, cuya uniformidad arquitectónica pareciera tener intención de seguir avanzando. ¿Por qué si teníamos una ciudad exitosa, en interacciones, en vida urbana, como Chacao, o Los Chaguaramos, la avenida Victoria, o Las Mercedes, por qué decidimos hacer una ciudad que no es exitosa, en términos de ciudad?

—Avanza hacia Chacao, pero con esta forma de entender, hacer y usar la ciudad, con la forma Campo Alegre: la negación de la calle, la ciudad como amenaza. Insisto con lo que dije en los alrededores del Cubo Negro: la ordenanza está pensada para el desarrollo de la parcela, no está pensada para el desarrollo de la ciudad. Ciertamente, hay un negocio inmobiliario y quien hace la inversión tiene la expectativa y todo el derecho de ganar dinero, lo que tiene que haber es una contraprestación de alguna forma a la ciudad. Pero es poco probable que salga a motu proprio cuando existe un marco legal que estimula el aislamiento en tu única operación inmobiliaria.

Yo vivía aquí, en Chacao, y nuestra iglesia era la de Campo Alegre. Yo iba a montar bicicleta en la rambla de Campo Alegre. No había ninguna fractura, porque a pesar de ser una tipología complemente distinta, la verjita baja, a veces con setos, que daba al jardín de retiro de frente, era completamente distinto. No te negaba, mientras que estos muros de hoy me niegan. Yo no sé qué hay detrás, y quién está detrás de este muro no quiere saber de mí. A diferencia de aquellas calles, que funcionan para caminarlas a lo largo, pero también saltando de una acera a la otra, esta calle se concibe como un cañón de tránsito, ocasionalmente de peatones.

La permeabilidad que tenía cuando yo lo utilizaba de niño está complemente erosionada. ¿Quiere eso decir que se han debido mantener todas las casas, que se ha debido detener el crecimiento natural de la ciudad? En absoluto. Yo creo que esto era lógicamente una zona que tenía que admitir más habitantes porque está demasiado cerca de los servicios. Lo que pasa es que la mayoría de los cambios de ordenanza se hacen sin un plan de ordenamiento que estructure lo que va a ser la imagen que produzca esa ordenanza. Son dos modelos de orden radicalmente opuestos, uno en el que todo interactúa y este otro donde todo se aísla.

—Ese viejo Chacao, no solo produce interacciones, sino además posee mixtura social. En este caso no hay mixtura.

—Claro, es que de eso hablo yo, de esa interacción. Si aquí Misión Vivienda identificará un lote vacío, te garantizo que se forma una poblada. En ese momento estos vecinos descubren que había calle.

—¿Dices que aquí debería haber uno?

—¿Y por qué no?

—¿Ese “y por qué no” quiere decir que sí?

—Yo creo que debe haberlo. Los procesos de densificación no son solamente como se entendieron aquí, poner más metros cuadrados para que quepa más gente, que además eso es medio embuste porque en última instancia estamos frente a un edificio de cinco o seis pisos que seguramente ocupa el área de lo que eran dos casas de esas grandes que te garantizo que ya estaban divididas y al menos una o dos tenían bastante gente. Si aquí viven doce familias y antes vivían seis, entonces tampoco aumentó tanto la población. Lo que se hizo fue un aumento de metros cuadrados que se pueden vender muy caros porque se pueden vender nuevos y están legalizados. Antes esas seis familias vivían en anexos “encaletados”.

La densificación de verdad no es ni siquiera número de población, es mixtura de usos, mixtura social, mixtura de interrelaciones. En ese sentido, el énfasis del instrumento legal, la ordenanza debe dar lineamientos sobre lo que forma parte de la operación privada inmobiliaria. De eso los promotores inmobiliarios saben muchísimo más que cualquier concejal, pero para lo que nosotros elegimos concejales y alcaldes es para que cuiden los bienes públicos, y la calle es el principal bien público que tenemos.

Louis Khan decía que la calle es la primera institución. La calle debe ser el espacio donde el niño descubra lo que quiere ser cuando crezca y eso solo se puede dar en una calle que te expone a la multiplicidad de la vida, eso no se puede dar en una calle que te encañona.

—Los vecinos de Campo Alegre han tenido la tentación de cerrar calles, pero no se puede por su conectividad con el Country, La Castellana y Chacao.

—La aberración es tan grande que yo oí en estos días unas declaraciones del alcalde recién electo de El Hatillo diciendo que su prioridad era la seguridad y para ello iba a poner conexión con las garitas de entradas a las urbanizaciones. Es decir, el alcalde está buscando solucionar un problema que, en gran medida lo causa la falta de conectividad, la falta de permeabilidad en el tejido, en la trama urbana. El alcalde está legitimando el cierre de espacios públicos y plantea eso como una política en bienestar de la colectividad.

Octavo capítulo / Descubrir la calle

—Sucede con mucha frecuencia que uno está en una gran avenida metropolitana, como la Francisco de Miranda, caminas una cuadra y llegas a una entrada donde oyes los pajaritos. Sería fantástico tener, en vez de una ciudad de parches, una ciudad collage, en la que el caos pase a ser diversidad. Sé que suena romántico, pero no es tan difícil.

—Necesita operaciones de acupuntura que garanticen esas transiciones.

—De acupuntura a veces, pero también necesita, y ahí es donde se tranca el serrucho, actuaciones de cirugía, porque no todo se cura con curita y mertiolate.

—Para que quien está transitando por acá vaya a escuchar a los pajaritos y pasear bajo las flores de la reina que tienen sembradas las calles de Campo Alegre, tiene que haber más que muros y edificios de ladrillitos, que ni siquiera tienen atractivo arquitectónico. Puede ser algo en particular que te llame la atención, ahora no hay nada que invite ralamente a subir.

—Acabamos de vivir la experiencia, en ningún punto nos paramos a ver nada. Solo vimos y hablamos sobre lo que hubo antes.

—Hablemos de la Francisco de Miranda: que meses atrás estuvo repleta de gente, sobre todo de clase media, a la que suele no gustarle moverse a pie por la ciudad. Sin embargo se movió por acá una y otra vez, días, semanas, meses. Quizás, sin saberlo, celebrando el espacio y el encuentro en la calle. Pero la tendencia es volver a la ciudad burbuja. ¿Cómo hacer para que la gente sea capaz de entender y disfrutar la dimensión relacional de la ciudad? ¿Cómo trastocar la influencia que tiene la clase media en cómo esta se va reconfigurando?

—Yo digo que para ser arquitecto uno necesita ser optimista a niveles de ingenuidad. Y yo quiero seguir siendo optimista. Yo escribí un texto, cuando la marcha del 11 de abril. Que utilizáramos la autopista como avenida, como paseo peatonal, que la gente agitara banderas desde los edificios de Bello Monte norte y Bello Monte sur, independientemente de lo haya pasado, en ese momento construimos ciudad, que es la manera de construir ciudadanía. Cuando lo haces ver, la gente dice: es verdad. Comunicarlo no es tan difícil, pero tenemos una capacidad de retención mermada.

Independientemente de su contenido político, o a lo mejor ese es su mayor contenido político, cuando algunos analistas muy encopetados se quejan que las marchas pasan a ser un evento social, ¡alabado sea el señor! Si una de las cosas más sabrosas que sucede en una marcha es conseguirte con la gente y caminar un trayecto con ellos y con gente que nunca veías. Es poder hacer ciudad practicando ciudadanía. Cuando uno exige respeto a los derechos, rerespeto a la ley, respeto a los derechos electorales, lo que esta hablando es de ciudadanía, y la ciudadanía se ejerce en la ciudad.

—¿Cómo ves que en la Francisco de Miranda se está proponiendo un canal exclusivo para un BRT?

—La Francisco de Miranda es una avenida donde un BRT está de anteojito. Y si uno concibe la Río de Janeiro comenzando en El Llanito y terminado en la Escuela Militar de Los Próceres, ahí hay otro clarísimo. La ventaja, además, es que llegar desde cualquiera de estas zonas habitadas a la avenida Miranda o en el sur a la avenida Río de Janeiro, podría ser muy fácil peatonalmente, o incluso desarrollar un sistema de estacionamientos públicos a lo largo de esa ruta que pudiera servir como espacio intermodal. Afortunadamente ya hay varios vialistas que han superado el tema de la vialidad para pasar por el tema de la conectividad, y están llegando al tema de la accesibilidad, que es de lo que se trata. Romper barreras y mezclar.

Noveno capítulo / El parque está ahí

—El Country Club es un potencial parque que conecta con el Ávila, que además podría estar conectado con el otro campo de golf, el de Valle Arriba. En el medio está la avenida José Martí y la Principal de Las Mercedes, que tienen uno de los flujos peatonales más intensos de la ciudad, sin embargo se mantienen como un espacio de maltrato al peatón.

—Uno como peatón tiene a su favor que el tráfico se tranca, entonces es más fácil pasar sin que se te venga un carro encima.

—Esto se convierte en una especia de delta en el que el río somos nosotros, las personas vamos caminando por donde cabemos, entre los carros. En la Libertador hablamos de una gran oportunidad, ¿aquí qué? Algunos piensan que convertir en parque público los campos de golf es condenarlos al deterioro. ¿Qué modelo de gestión podría haber para garantizar su cuidado?

—Eso es una resignación fatalista: “como muchas cosas se han hecho mal, nosotros no tenemos capacidad de hacer nada bien”. Sí hay que hacer una reingeniería fuerte de los sistemas de gestión. Yo creo que todo pasa por la sinceración de la realidad metropolitana y una autoridad que tenga competencias reales sobre ese ámbito, y que las ejerza. Porque también la Alcandía Metropolitana es una institución a la deriva desde Alfredo Peña, con unas competencias mal diseñadas, pero tampoco los distintos alcaldes metropolitanos que ha habido han puesto demasiado énfasis en aclarar las competencias de sus cargos. Esto definitivamente sería un tema metropolitano.

La aparente tontería de resolver el puente que atraviesa el río para atravesar El Rosal con Las Mercedes también es un tema metropolitano porque ahí se atraviesa entre dos municipios, y la única manera de mediar entre dos es que aparezca el tercero. Yo temo que respecto a los campos de golf, hay una mezcla de pesimismo inducido con derrotismo asumido. Nosotros tampoco podemos magnificar al sector privado, hemos visto cantidad de problemas causados por el sector privado, sobre todo cuando no tienen una clara orientación de sentido público. Lo privado no es garantía de preservación.

La tesis esa de que por lo menos ahora ellos se encargan de mantenerlo, es como negarte a recibir una herencia porque el banco la está administrando más o menos bien. ¿Qué es lo que pasa? Se tiene que aprender. ¿Hemos cometido muchos errores? Sí, pero un dirigente con buen tino podría aprovechar el hecho de que, en este momento en algo podemos estar de acuerdo todos los caraqueños: la ciudad como está no nos gusta. Empezamos a tener problemas en cómo hacer una que nos guste, bueno ese es el próximo paso. Esto así no sirve.

Estar en esta avenida sabiendo que detrás de este muro hay un espacio verde que además no solamente tiene visual hacia él, sino que a través de él se ve nuestro gran mito que es la montaña, ¿y nos lo niegan porque es una propiedad privada? Hay que reinventar muchas cosas y hay que hacer, seguramente, como decíamos péqueñas acciones como fase inicial, que vayan construyendo un lecho de confianza y de optimismo, para después acometer acciones fuertes, que van a ser acciones de cirugía urbana.

—Hablando de ese lecho de confianza, como estamos hablando de una propiedad privada compartida, con dolientes muy particulares, ¿se puede pensar la posibilidad de dar más densidad en los bordes a este futuro parque, con un plan maestro que garantice la transparencia y accesibilidad, y la entrada de luz solar, que pudiera generarle beneficios al privado y que eso sirva para el mantenimiento del futuro parque?

—Así es que se construye, eso es lo que se llama “impuestos por plusvalía”. Cuando en tu terreno te permiten desarrollar más de lo que eventualmente se puede, eso sube el valor de tu terreno y un porcentaje de ese aumento va a la municipalidad o a la autoridad que coordine esa operación, que perfectamente podría ser compartida entre municipio y autoridad metropolitana.

—Y para gestionarlo después también.

—Hay una estructura que se ve con cierto desprecio, por motivos políticos, pero que puede ser el germen de algo importante, que son los consejos comunales. Ya no como asociaciones de vecinos sino como asociaciones ciudadanas, cada sector puede tener una especie de junta directiva. Nosotros proponíamos una cosa muy obvia con el Plan de Chuao, que los estacionamientos de la calle tuviesen parquímetros, eso permitiría una fuente permanente de ingreso, que se puede utilizar para el mantenimiento y eventuales mejoras. Esa es una de las formas, pero también hay que vencer la cultura maula de no pagar los impuestos municipales, ni pagar la luz, ni el agua, ni el aseo. Eso forma parte de un círculo vicioso: “si yo pago eso se lo van a robar, yo no veo el retorno”. Existe una desconfianza generalizada que es usufructuada porque eso también sirve para construir excusas.

Epílogo / Ciudad diversa

— Llegamos aquí caminando porque tú te empeñaste en que hiciéramos esta entrevista, no en una oficina, sino a pie. Este punto es otro emblema de la antipeatonalidad. Un espacio absolutamente residual, al lado de un puente que pudiera ser considerado patrimonio, pero que no es suficiente para dar cabida al flujo peatonal. Aquí se niega la posibilidad de una movilidad peatonal digna, pero tiene la posibilidad de convertirse en un espacio potente. Junto a muchos especialistas en la materia creo que el elevado debería desmontarse, despejar el paisaje urbano hacia Las Mercedes y hacia El Rosal.

—Yo voy a empezar a cerrar por el principio: parte de mi empeño que lo hiciéramos caminando es porque creo que uno de los problemas de los administradores urbanos, los alcaldes, los directores de planificación, los profesionales, la academia, es que no coge calle. Eso de “calle y más calle”, yo creo que de eso se trata. Tú decías que estamos en un sitio que es reflejo de la antipeatonalidad. Yo creo que es un sitio emblema casi del desprecio a la peatonalidad. Pero la peatonalidad, como la realidad, es terca, va y se impone, brincando cosas.

Lo que hay que hacer es haber pasado por acá, no verlo únicamente desde el carro. Si nos hubiéramos puesto otro recorrido, como ir por La Blandín y bajar por la principal del Country, hubiéramos visto que en realidad llegar desde la casa del Country o desde el túnel de juncos hasta Paseo Las Mercedes, es facilito. Lo que obstaculiza ese tránsito es el desprecio al peatón y la sobrevaloración del vehículo, en movimiento por la calle o parqueado sobre las aceras.

—Aquí estamos en una suerte de recuento de todo el recorrido de hoy: estamos al lado del río, también despreciado. Estamos al lado de un puente que es patrimonio en riesgo. Al lado de una autopista ruidosa que rompe el paisaje.

—A mí me pidieron hace poco, por el aniversario de su muerte, un testimonio sobre William Niño. Habiendo trabajado con él y haberlo conocido bastante bien, me permite decir que una de sus mayores virtudes era la irreverencia. Yo creo que en la ciudad es indispensable ser irreverente. A mí, por ejemplo, el hotel Aladín, ahora tapado por una serie de vallas, cuando se enciende en la noche es francamente divertido. Esas dosis de mal gusto y de perversión también son indispensables en la ciudad diversa.

La idea de la ciudad perfecta, para empezar que no existe, no la hay en ninguna parte, pero además sería aburridísima. Pero hay cosas que son muy evidentes, como esta conexión peatonal cuyo índice de uso imagino no muy inferior al de la estación de Chacao con el CCCT o con el Sambil. Esto hay que atenderlo, pero para atenderlo también uno tiene que salirse de ciertos esquematismos. Recuerdo cuando se hizo la remodelación del CVA, que lo tenemos aquí en frente. Hubo gente que chilló porque se estaba cambiando el edificio. Recientemente hubo casi un intento de manifestación pública porque se derribó uno de los edificios de arquitectura vasca en Las Mercedes.

Yo creo que en las ciudades, como en la vida, hay que aprender que la muerte es parte de la vida, y hay edificaciones que pasan a ser obsoletas. Hay edificaciones que forman parte del patrimonio nemónico de la ciudad y se deben preservar, pero preservarlas no es meterlas en un congelador. Tampoco podemos pretender que todo vaya a ser un museo, porque si no vamos a tener que inventar el museo de la perinola y el de las metras. No todo puede ser cultural, no todo puede ser público. No todo es patrimonio, vamos a ser claros. Cuando uno identifica en una edificación un valor patrimonial, muchas veces se está refiriendo a la fachada o al hall de entrada, a lo mejor no es necesario mantener toda la edificación. Para eso también hay que tener suficiente sensibilidad.

—Existe diversidad de estrategias para conservar.

—Pero hay que fomentarlas, porque también hay sectores que se radicalizan. Hay unos que confunden progreso con bulldozer, y unos que confunden conservación con conservadurismo. Afortunadamente la ciudad está llena de grises, y esos grises necesitan identificación y acciones, algunas competen al privado, algunas competen a ámbitos de escala municipal, otras tienen escala metropolitana y otras, ciertamente, escala nacional. Nadie podría negar, por ejemplo, como bien nacional la Casa de Bolívar, sobre la que, por cierto, no he oído a nadie que discuta la barbaridad de refacción convirtiéndola en el centenario de su muerte en un palacete florentino, lo que era una casa como cualquier otra en Caracas.

Ya en su aspecto actual pasó a ser parte de nuestra colección de memoria, aceptémoslo. Nadie puede negar que es un bien que excede al municipio Libertador o al área de Caracas. Pero es importante definir los ámbitos, las competencias y sobre todo las interrelaciones, porque el hecho de que algo sea un bien nacional, como el Panteón, no implica que pueda alguien venir con la idea de un mausoleo e imponerla, porque está en una condición circunstancial de poder.


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