#CCS450Arquitectura

María Isabel Peña: Caracas, de ocho en ocho minutos

Fotografías de Mauricio López

10/01/2018

El 4 de diciembre de 2013, apareció publicada esta nota (la última) en el blog de La ciudad deseada:

“Estimados oyentes, quisiéramos informarles que nuestro programa semanal de radio no seguirá transmitiéndose por la emisora Cultural de Caracas 97.7 FM, debido a causas mayores y ajenas a nuestra voluntad. Nos ha solicitado el Sr. Omar Jeanton esperar los permisos que, de ser otorgados al dial 97.3 FM, será la nueva casa de la Emisora Cultural de Caracas que esperamos se restituya durante los primeros meses del nuevo año 2014”.

Ya pasaron cinco años, y Caracas se quedó sin ese programa, que inicialmente contaba con William Niño, Federico Vegas y nuestra entrevistada, María Isabel Peña.

Además de dedicarse una vez a la semana a hablar, entre colegas, de ciudad y arquitectura, centrados en Caracas, María Isabel Peña en ese momento también era la directora del Instituto de Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela (UCV), cargo que ejerció durante ocho años. También fue subdirectora del Consejo de Preservación y Desarrollo de la UCV. Hizo un posgrado en Diseño Urbano y Arquitectura en Columbia University. Trabajó en Nueva York durante siete años, participando en proyectos como el Battery Park. Recientemente obtuvo una beca Fulbright para trabajar en su tesis doctoral en esa misma universidad norteamericana. Este doctorado tiene un tema particular: El legado de los grupos huérfanos, que para Peña “son aquellos grupos que en algún momento se sentían desamparados, aunque después los tomó en cuido el Estado, como los barrios, las invasiones, pero también la gentrificación inversa, que son aquellos que, estando en los márgenes, fueron reubicados en el centro, por acciones del gobierno”.

—¿Estás hablando del caso de Venezuela?

—Claro, esa idea de gentrificación inversa la traigo de Estados Unidos. En Nueva York están tratando, donde fueron las implementaciones de Robert Moses, de imbricar nuevamente viviendas para aquellos que quedaron en las márgenes. En el caso nuestro tiene que ver con Misión Vivienda, aquellos que estuvieron en las márgenes y fueron reubicados en el centro.

Dentro de eso lo que más me ha interesado es el tema del espacio público en lo informal. No creado por entes públicos, sino por privados, como el caso de la escuela de boxeo de Jairo Ruza, en José Félix Rivas de Petare. También me interesa mucho lo que estamos haciendo en Caracas City 450 (proyecto de la Fundación Espacio), que también desde lo privado aborda el tema del espacio público.

—¿Por qué te interesa el tema de los barrios?

—Porque es importante que logremos equiparar las diferencias que en nuestro país son atroces. Hay que abordar los problemas de aquellos que tienen más carencias, para que estén mejor. Creo que en la medida que todos estemos mejor las tensiones podrían bajar. Siempre he creído que la práctica del diseño urbano en el barrio fue algo muy poco visto, muy innovador, por necesario, pero que casi nadie se ocupaba de eso.

—Había gente, como Teolinda Bolívar, y el Centro Ciudades de la Gente.

—Hay que reconocer que ellas fueron las primeras que trabajaron, pero en lo que es el módulo de la vivienda. Cuando uno trabaja en el espacio público es como trabajar en “diapo”, en el vacío que nadie pensó. Siempre se diseña lo lleno, la vivienda, mas no el espacio público y ese es el nuevo abordaje. Eso fue lo que empezamos a trabajar, el espacio público dentro del barrio.

—Hablas de equiparar diferencias atroces. Siempre ha habido, en distintos momentos y gobiernos, inversiones para la consolidación del barrio, como el caso del Plan de Emergencia, de 1958. Se han hecho muros de contención, escaleras, escuelas, ambulatorios. Eso hacía que la gente viviera mejor, pero siempre bajo la lógica de “ellos allá, nosotros acá”. ¿Crees que en este momento existe una visión, desde el urbanismo, que de verdad asuma que el espacio que habita la gente de los barrios debe ser un espacio para toda la ciudad?

—Yo creo que no. Pongamos por ejemplo la oportunidad de poner un funicular para llegar al barrio, como en San Agustín; yo he ido un par de veces apenas, porque no hay nada que tenga un uso metropolitano que me lleve allá. Pienso que en Medellín fueron más sabios, en el sentido que buscaron muy buenos arquitectos y también poner equipamientos no solamente locales, sino metropolitanos. Mientras no pensemos que tenemos que mezclarnos, yo creo que eso no se va a lograr.

Hay una gran dificultad en entender la ciudad diversa y mixta como algo bueno, siempre hay esta diferenciación de clase que a mí me parece que es nuestra gran traba, que no es racial. Nuestro problema es social y económico. Si, por ejemplo, en San Agustín se hubiese puesto en el domo que queda arriba del Helicoide un gran lugar para el Afinque de Marín, donde hubiese lugar para tocar y bailar tambores, a lo mejor nosotros, digo nosotros en el sentido de clase media, estaríamos yendo con cierta regularidad, para un concierto, a participar de estas fiestas que hay todos los años. No se han propiciado lugares de encuentro para todos, sino locales.

—Dices eso como estrategia para incentivar esta mezcla, pero muchas veces uno camina por zonas de la ciudad que no tienen grandes equipamientos urbanos, pero igual las caminamos, nos movemos por ellas. Es decir, no necesitamos un gran atractor, sino la señora que vende las empanadas. ¿No hay un prurito, en relación con el barrio, que parece obligar a pensar en operaciones grandilocuentes para llamar la atención de los que nunca habitaron esas zonas?

—Cuando trabajamos en el primer concurso de rehabilitación física de barrios, yo gané uno de esos en El Carmen de La Vega. Después hice un trabajo que fue a la Bienal de Venecia, la primera vez que fue algo de barrios, que se llamaba “El Vacío”. Justamente era la importancia del espacio vacío y de entender que el encaje de la ciudad es a veces más o menos elaborado. Uno siempre piensa que una ciudad medieval es parecidísima a un barrio, así que yo tomé por comparación a Siena con el barrio El Carmen, y el palio, las calles, los espacios públicos, eran cinco veces más grandes de lo que podía ser en un barrio nuestro, cuya capilaridad es de una escala minúscula. Es necesario ver cómo vaciar un poco ese tejido para lograr que tenga cuerpo de ciudad. En la medida que haya más variedad de espacios, esta es más rica.

Eso es lo que uno ve cuando compara el encaje de Venecia versus el encaje de lo vacío en El Carmen. A través de los planos en blanco y negro nos referíamos a una riqueza espacial que tiene que ver con la riqueza del cuerpo de ciudad: había plazas, plazoletas, campiello, toda una jerarquía de espacios que habla de un cuerpo de ciudad que nosotros no tenemos.

—¿Tú crees que es necesario tener eso, hacer ese símil en nuestros barrios? Entiendo que muchos de esos proyectos de rehabilitación física de barrios se toparon con que era una gran traba abrir vialidad, porque significaba afectar a muchas familias.

—Creo que ahí hubo un componente político importantísimo: no se quería perder ningún voto. No se quería entender que para que ese tejido forme parte de la ciudad tiene que estar tramado con esta, y que es necesario vaciar para poder construir ciudad, en el sentido de que la construcción de ciudad tiene que ser vacío y lleno. Nosotros proponíamos, ya que hay una diferencia de 40 niveles entre la parte más baja y la parte más alta, establecer una calle en el medio, donde geológicamente no está bien tener casitas. La vía iba justamente donde había una gran vulnerabilidad, pero para una vía estaría bien. ¿Por qué no se hizo? Por cuestiones políticas. Ese mismo ejemplo lo ves en La Palma de Gran Canaria, y lo lograron. A lo mejor introduciendo otras escalas en ese encaje de vacíos, pero lograron integrar ese pedazo de tierra frágil, lograron coser ese tejido tan fino al resto de la ciudad, que necesariamente tiene que ver con la vialidad, y podría hacerse coincidir con las vulnerabilidades geológicas del terreno.

Nosotros proponíamos en un lugar donde había, además de vulnerabilidad, deslizamientos, hacer un anfiteatro. Lo vaciábamos y proponíamos sembrar pomagases, que tienen un olor divino y flores de un color sorprendente. La gente empezó a decir: “¡Qué bello!”, porque jamás habían pensado en la posibilidad de tener algo bello, con aromas. Ellos empezaron a entender que de verdad había vulnerabilidad, pero nadie se quería mover, y además tenía un costo político.

—Más allá del costo político, es muy distinto el apego a la vivienda en el caso del barrio, porque no empieza y termina, sino que va creciendo, muchas no se detienen y siguen creciendo. Entonces ya no es ni siquiera dar una vivienda en sustitución, es la vida puesta allí, ladrillo por ladrillo.

—Sin embargo, en esta rehabilitación física de barrios siempre proponíamos viviendas de sustitución, con posibilidades de crecimiento. Eso lo hicimos encima de un mercadito que existe, un poco muerto, y dábamos la posibilidad de tener un nivel público y ensamblar encima una cantidad de viviendas, dándole incluso la posibilidad al mercado de tener otro nivel, a condición que nos dieran el terreno.

—¿Tú no pensarías, después de pasado el tiempo, entendiendo esa capilaridad que mencionas en la escala del barrio, que haya micro espacios que se vayan sumando, que en conjunto den esa sensación de espacio público, y que más bien haciendo un trabajo entre barrio y urbanización se borren sus fronteras, que haya invitación de lado y lado?

—Puede ser, sin embargo creo que hay que trabajar siempre en varias escalas. El diseño urbano tiene esa posibilidad, de ver como con lupa hasta la textura de un pequeño espacio. Yo sí creo en ese pequeño espacio, sin embargo hay que tener lecturas mayores, de qué es lo que está necesitando la urbanización, toda la ciudad, o la región. No creo en estas intervenciones que se están haciendo ahorita, tan a pequeñísima escala, porque no veo registrada la otra. Hay una escala de planificación, como el Plan de Desarrollo Urbano Local, que ve todo como en manchas, que es la escala del urbanista, mientras que el diseñador urbano ve la escala pequeña, del Plan Especial. Se trata de trabajar con ambas escalas, rechequear para adelante y para atrás, para no estar simplemente haciendo bellos espacios pequeños sin tener una visión total.

—Probablemente antes se pensó mucho en la gran escala y no se logró hacer mucho. Quizá ahora estemos ante una reacción, de hacer pequeñísimas cosas, pero toca encontrar la conexión entre esas diferentes escalas en el barrio.

—Seguro, hay una costura intermedia que siempre se dice existe entre lo formal y lo informal, y que la mejor manera es a través del vacío, a través de espacios públicos, espacios de encuentro entre dos distintos. En los recorridos del Caracas City, cuando estábamos yendo hacia el Ortopédico Infantil, hay un cruce de calles donde está la entrada al barrio Santa Rosa y en el otro extremo está el edificio de la Electricidad. Ahí se ve lo que es Caracas, que va de lo moderno, aislado, a la casa entre medianeras, que son todas las cuadras, hasta que llegamos al barrio. Qué diferente sería si uno trabajara ese espacio público de otra manera, donde convidara a que todos hagan vida en ese espacio.

—Sin ánimo de extendernos mucho, una digresión relativa al lenguaje, que siempre me inquieta, es la insistencia en separar lo que definen como formal e informal, que pareciera remarcar la diferencia y no termina, en términos discursivos, políticos, de apuntar a integrar esas morfologías tan distintas. Desde la academia y el ámbito profesional se insiste demasiado en eso. ¿No te parece que es hora de encontrar otra forma de plantear esa diferencia?

—Tienes toda la razón, cuando nosotros hablamos de ciudad no se habla jamás de dos ciudades, “la formal y la informal”. Lo que tiene son tejidos, un tejido autoconstruido, que se ha llamado marginal o informal, ambos muy despectivos. Hay razones para que sea llamado de esta manera, en el sentido que no hay la formalidad, de cálculos o permisos, o en terrenos que no estuvieron zonificados para eso.

—Pero muchos otros terrenos tampoco.

—Exacto, pero hay una diferencia. Yo lo llamaría, en tal caso, la ciudad autoconstruida y la ciudad que es formal, en el sentido que cumplió con los procedimientos obligatorios para conseguir permisos para construir. Ahora, sí creo que es muy terrible la diferencia, y sé que el espacio público sería una manera integradora de coser las grandes diferencias que existen.

—Formaste parte de la organización de Caracas City 450, de la Fundación Espacio, ¿qué destacarías de esa experiencia, sobre todo del concurso?

—El concurso reveló que todavía hay muchísima gente que tiene sueños para su ciudad, sobre todo jóvenes, que nosotros pensábamos que se habían ido todos. Muchos de los ganadores están afuera, pero siguen soñando con su ciudad, y muchos otros están aquí, lo cual es maravilloso. La otra cosa es la urgente necesidad de realizar pequeñas acciones. La gente está viendo la imposibilidad de hacer grandes operaciones urbanas, que casi siempre quedan engavetadas. Se necesita, junto a esa estrategia de ver en grande, hacer cosas pequeñas que transformen.

Da muchísima esperanza ver todas las propuestas, dan tanta esperanza que ha salido gente del sector privado a decir: “Díganme dónde puedo ver todas las propuestas para ver cómo colaboramos, cómo conseguimos dinero”. Eso es una de las cosas más estimulantes que yo vi. De inversionistas hemos oído decir “no hay nada como invertir en la ciudad”, pero para que la gente lo haga, primero tenemos que tener gente caminando, tomando café en la calle. Esto es una batalla por reconquistar ese espacio público, que lo quieren mucho los privados para volver apostar a esta ciudad. Se está movilizando una voz privada, que no es política, o en todo caso es política desde otra arista, que quiere otra vez estar presente.

—Yo creo profundamente en eso, ahora, jugando a abogado del diablo, podría leerse también como una tendencia a remediar cosas en lo pequeño. Esa tendencia a mejorar y no a transformar, que es como un sino de nuestra cultura. “Acomodar” para estar un poco mejor, pero nunca pensamos radicalmente en la transformación de eso que falla cíclicamente. ¿Podrían interpretarse estas propuestas como otro “mientras tanto”?

—Sin dudas, es un mientras tanto, pero con muchas ambiciones de que la gente se organice, apueste e invierta, y siga hacia delante. Es un mientras tanto porque se plantean propuestas de un costo mínimo, en un corto plazo, pero con la idea de incentivar a que se transformen a mediano o largo plazo. Es una invitación a que eso suceda, una conquista de espacio, hacer que el ciudadano salga y otra vez tome lo que es de él, que es el espacio público.

Ahora estamos deprimidos, aislados en nuestras casas. Por eso es tan importante esto de visitar lugares juntos, no con alfombra roja a ver lo más bonito, sino para constatar cómo es la realidad, no solamente física, sino social y económica. Por ejemplo, nos golpeó muchísimo cuando fuimos a Sabana Grande, cuando vimos cómo ha sido desplazada una clase para que entre otra. ¿Por qué nos pega? Porque vemos que es en deterioro, no en mejoría. Por eso es que la gente siente que hay una gran cantidad de monumentos modernos que rescatar. ¿Cómo?, logrando que la gente se identifique con una cantidad de cosas que se hicieron con excelencia y entiende que no es posible que las tengamos así.

Creo que en eso estamos movilizando mucho a la gente, a identificarse y después tomar parte. Ese es el movimiento más importante. Por ejemplo, la acción de pintar la calle (en la avenida Principal de Los Cortijos), para decir “esta es una zona en reclamación peatonal”, necesitamos hacerla mil veces, hasta que la gente se empate realmente y entienda que ahora lo que nos exige la vida es ser activos.

—Acabas de introducir el tema de la movilidad peatonal, también el de la participación y el activismo. Entender que tenemos que reconocernos en los espacios de la ciudad para finalmente transformarlos, y no simplemente atravesarlos. La mayoría de los caraqueños nos movemos a pie y en transporte público, que es una forma de moverse a pie. Sin embargo, desde donde se toman y se ejecutan las grandes decisiones y presupuestos, se sigue jugando a darle el privilegio al vehículo particular. ¿Por qué todavía hay tanta gente pensando y celebrando la ciudad del carro? Desde el urbanismo también se pensó así durante mucho tiempo.

—Yo creo que ese es un urbanismo muy orientado hacia los ingenieros. Este es un país donde siempre fueron muy respetados los ingenieros, más que los arquitectos e incluso que los diseñadores urbanos. Creo que los urbanistas son distintos a los diseñadores urbanos. Hay grandes premisas que se tienen como tablas mágicas: “Aquí se necesitan tantos metros cuadrados de tales servicios y de tales equipamientos y de tales vialidades”. La visión del diseñador urbano es más desde el que está pie. Cada ocho minutos debería haber un espacio de descanso, cada ocho minutos debería haber un espacio para que un niño o un viejo puedan sentarse. La ciudad ahora adolece de espacios de encuentro, eso es bastante obvio. También estamos viendo que dentro de nuestra población, con esta diáspora tan grande, tenemos una gran población de personas mayores.

Esta nueva situación nos obliga a repensar los espacios vacíos. Los mercaditos son necesarios, así que no los tomemos como algo tan de paso, tan mal instalados. Uno va a Francia y ve que los mercaditos son unas joyas, pero al medio día ya están totalmente recogidos, todo limpio y perfecto. Hay un tema con la temporalidad que tenemos que revisar, por una parte estamos pesando que la movilidad en carro es lo más importante, para lo cual se hacen grandes inversiones, y para lo temporal casi no se hacen inversiones. Y digo temporal porque también podría haber vialidad usada de distintas formas los sábados y domingos, para uso peatonal o de ciclistas. Creo que hace falta que accionemos, lo que pasa entre los ciudadanos y las alcaldías, decidir cómo usar los bienes que tenemos. Tenemos instalaciones que necesitan tener usos compartidos, hay instalaciones maravillosas que nada más se usan para una cosa.

—¿Dónde ves oportunidades en relación con ese uso compartido en Caracas?

—Estoy segura que el de la Comandancia de la Armada, en San Bernardino, es un tremendo edificio que ahora no permite otros usos. El Hipódromo de La Rinconada también podría ser usado para muchas cosas, pero funciona solamente como hipódromo el fin de semana, pero tiene muchísimos espacios que podrían ser usados de otra manera. Yo creo que hay una gran posibilidad de usar espacios por todas partes, todas las avenidas. La Cota Mil es uno de los recursos que siempre tenemos en fin de semana, pero en cada urbanización debería pensarse el mercado, la calle para hacer ciclismo todos los sábados y domingos.

—Es decir que el problema no es de infraestructura.

—No, yo creo que los usos compartidos deberían ser mejor pensados. Urbanizaciones como La Carlota o Vista Alegre han sido todas compartimentadas por rejas y es difícil usarlas hoy en día, pero se podrían activar. Por decir un ejemplo, en Vista Alegre recuerdo que hay una calle que tiene comercios y que es bastante buena de escala, ¿por qué no se da el mercado allí, por qué no se vuelve más peatonal?

—El problema es de visión y de gestión.

—Creo que sí. ¿Qué logramos con Caracas City? Hacer que la gente reflexione, porque muchos profesores salimos a la calle a constatar con la gente cosas, a compartir preocupaciones, como cuando fuimos a Sabana Grande y vimos esas galerías maravillosas que casi nadie las usa, que están prácticamente abandonadas. Creo que ha sido muy importante juntar ciudadanos comunes con una cantidad de académicos y de activistas urbanos. Constatar cómo están nuestras ruinas modernas, pensar qué hacemos con ellas. También fue importante la valoración de todo aquello que se hizo en democracia, todo un descubrimiento porque teníamos el chip de que todo lo valioso se había hecho con la dictadura de Pérez Jiménez. Igualmente importante fue reconocer que tenemos un potencial gigantesco, que así como en otras ciudades se retoman las ruinas romanas, nosotros tenemos que retomar nuestras ruinas modernas, de excelentísima calidad, que son espacios maravillosos.

Tenemos una cantidad de espacios que se han convertido en ruinas, con un costillar buenísimo, como caballos huesudos, abandonados. ¿Qué es lo que hemos venido constatando como profesionales, como ciudadanos? Que tienen un enorme potencial, pero que no hay quien los cuide, los idee, los sueñe, los fantasee. Por eso resultó tanto la convocatoria, porque nada como un joven para fantasear, una gente con energía que diga: “Aquí yo haría unos cafés maravillosos”.

—Frente a esa arquitectura maravillosa, pero golpeada, emerge otra que de alguna manera responde a una exigencia compartida de densificar la ciudad. Este Caracas City 450 se afincó en el patrimonio, que es una estrategia interesante esa de echar para atrás y apuntalarnos en lo que tenemos de valioso, pero también lo nuevo exige otro abordaje, una nueva forma, quizás bastante más radical, de pensar los espacios públicos.

—Yo trabajé con unos alumnos de la maestría de Diseño Urbano y llegamos a una conclusión respecto a Misión Vivienda: es como llegar a una fiesta tarde y sin regalo. Llegaron tarde en el sentido que fueron reubicados en un sitio, que a mí me parece correcto que se hayan mezclado, de hecho me parece excelente. Casualmente Caracas tiene la misma extensión que Manhattan, ¿pero qué pasa con Manhattan? Está servida, tiene unas infraestructuras, tiene unas venas fluyendo, que son los metros de todas las líneas, por arriba y por debajo. Qué diferente hubiese sido que en la avenida Libertador se hubiesen tomado los tramos en los cuales puede taparse la avenida y se hubiesen puesto alamedas. Que hubiesen llegado con los mejores espacios públicos, poniendo unas canchas o duplicando el colegio y que este fuese el mejor de la zona. Pero no se hizo, fue un esfuerzo incompleto, no se pensó en los espacios y el equipamiento público.

—Todavía se puede.

—Claro, yo creo que allí se necesitan grandes inversiones, no es como el Caracas City en el que proponemos cosas inmediatas a la vista. Completar cosas que están prácticamente listas y que tienen el efecto de que la ciudad pueda sentirse mejor.

—¿Despertarlas porque están dormidas?

—Creo que sí. Imagínate que son 12.644 personas en estas nuevas viviendas a lo largo de la Libertador, incluyendo los edificios nuevos en el extremo. Esa población equivale a la de Urbino, en Italia, o la población de la Colonia Tovar. ¿Cuántos colegios tiene la Colonia Tovar, cuántas plazas, cuántas iglesias? Ellos llegaron sin poner ni siquiera una iglesia, sin poner una plaza, queriendo usar la misma agua, la misma electricidad, el mismo colegio, que ya estaba saturado. Hay una sobre densificación en el uso de los equipamientos, y eso crea fricción.

—La avenida Libertador es una gran área de oportunidad de Caracas. Mencionaste la posibilidad de una alameda central, y si la vemos hacia sus extremos, por el oeste conecta con el polo cultural y el parque Los Caobos, y por el este conecta con otra oportunidad, que son los campos del golf del Country Club.

—Absolutamente, hay de todo. Los Caobos tiene un potencial tremendo, y eso lo hicimos en el Pdul. En su cara norte hay una cantidad de terrenos, incluyendo el estacionamiento del Colegio de Ingenieros, que se sabe son de la ciudad, donde se pudieran poner edificios de usos mixtos, con estacionamiento para los visitantes, comercio a dos niveles y después torres de vivienda, que tendrían la preciosa vista de Los Caobos. También pudieran hacer una calle de remate al norte, que no existe y que es perfectamente posible.

Hay muchas ideas, posibles, que ameritan muchísima inversión. En un momento de tanta depresión, en que no hay credibilidad en el país, en el que la gente se va, es muy difícil que se hagan esas grandes inversiones. Es mucho más factible hacer las inversiones que nosotros estamos orientando en Caracas City. Hay gente que dice que eso no es diseño urbano, ni urbanismo. Y no, realmente es algo táctico, se trata ahora de arroparse hasta donde se puede, estimular que la gente retorne al espacio público, con pequeñas acciones.

—Retomar la fe en la ciudad.

—Y movilizar. Una de las cosas más importantes va a ser movilizar a la gente, organizar a la clase media, que no está organizada, en creer, otra vez, en una ciudad que pueda ser para todos.

—Volviendo al tema de la Libertador, que es una operación de escala metropolitana, pero resulta que disolvieron de un plumazo la Alcaldía Metropolitana. Ahora no tenemos, ni siquiera, un ente capaz de ofrecer una visión metropolitana sobre la ciudad. ¿Qué piensas en relación con la gobernabilidad de Caracas?

—La veo completamente perdida. Veo que seguramente se va afincar más Chacao, como corazón de todo aquello que son equipamientos que sirven a toda la ciudad. En los fines de semana, en las tardes, sábado y domingos en la tarde, todo es tráfico hacia el oeste, porque vienen a surtirse de todo lo que le da el este, los equipamientos están desequilibrados. Eso se va a acentuar, no creo que los servicios en el oeste vayan a mejorar. La gente quiere tener bienes repartidos por toda la ciudad. Centros comerciales como los que hay en el este. No creo que haya grandes inversiones en el oeste que en este momento equilibren.

—¿Para eso necesitaríamos un ente como la Alcaldía Metropolitana, o quizás saltar a otra escala, como la Región Metropolitana?

—Creo que va haber la tendencia a hacer un Distrito Capital, que es lo que había antes, pero lo que pasa es que nos hace falta gente que tenga visión total, y eso no sé si está comprendido desde el gobierno. No lo surtieron de lo que se necesita, dejan que los centros comerciales se concentren en el este. No sé si dentro de su línea estará seguir castigando a Chacao, Baruta y El Hatillo, por concentrar a la clase media. En el libro (CABA) de Elisa Silva, a mí me parece interesante el mapeo que muestra que hubo una gran extensión de toda la mancha de lo considerado autoconstruido, entre el 60 y el 83, y después hubo otra duplicación hasta 2013. Pero cuando ves los equipamientos están todos en el este, y casi todos esos crecimientos giran en el oeste.

La gente del oeste quiere surtirse de los equipamientos, desde lo cultural hasta lo comercial, lo recreativo. ¿Qué sería lo ideal? Estamos en manos de una gente que quiere favorecer Libertador, bueno, que lo favorezcan, que lo equipen. Es exactamente el mismo error que con el Metro, que en vez de haber hecho líneas paralelas hicieron una sola que está sobre cargada con una cantidad de ramificaciones.

Hay como una ceguera de esa visión total. No estoy en desacuerdo con que se hagan inversiones en lo informal, o en lo autoconstruido, me parece estupendo, pero son pequeñísimas. ¿Cuántas se tendrían que hacer para compensar la carencia que tienen en el oeste o la carencia que tiene en toda la periferia de lo que es El Valle? Falta de visión total.

—El nivel de inversión del parque Hugo Chávez tendrá dos estadios y un parque enorme, pero muchas comunidades no tienen ni una chancha de básquetbol, ni los equipamientos mínimos.

—Hay que atender a todo lo que son los pequeños pueblos, porque son como pequeños pueblos, autoconstruidos. Hay veces que pregunto: “¿Cuántas veces han ido al Parque del Este este año?”, y te responden: “No hemos podido, no nos dan las cuentas”. Bajan desde el cerro, no con un niño, sino con varios, con una abuela, una tía, sacan la cuenta y te dicen cuánto significa ir y volver, y además gastar, llevar algo. Hay que equilibrar, equipar y servir también al oeste, allí donde están sus habitantes.

—Al Parque del Oeste se le deben más de 30 hectáreas, cuando se decretó se le asignaron 46 y de esas apenas se habilitaron 14. Toda el área de los almacenes militares, lo que era el Retén de Catia, donde finalmente se construyó la Universidad de la Seguridad, todo eso eran terrenos para el parque, que terminarían conectando con la calle Maury.

—¡Que es tan hermosa! ¿A ti no te parece que es como una falta de visión de lo total? Se enclaustran en hacer cosas muy pequeñas y no logran engranar con lo metropolitano. Se podría decir que es una ceguera, porque ni en pequeño, ni en grande. No quiero decir que está mal haberle dado casa a la gente y sacarla de un rancho, eso tiene un valor de por vida. Tienen engarzada a la gente y creo que agradecida, pero no creo que sea casual que no han bajado las manchas de aquello que es tejido autoconstruido. Debería ser: suben los edificios, baja la macha, pero no es así. Yo creo que han sido muy desatendidos todos los sectores de auto construcción.

—Basta con asomarse en cualquier barrio. Respecto a la formación de los nuevos diseñadores urbanos, los urbanistas, los arquitectos, ¿cómo está el caso particular de la Universidad Central de Venezuela?

—Cuando estábamos reunidos en Caracas City, siempre decían: «Qué bueno que estén juntas la Central y la Simón Bolívar, que se limen asperezas». Para mí ha sido maravilloso en el sentido que no hay diferencia entre la gente de la Central y de la Simón Bolívar. La Simón Bolívar es el equivalente a una unidad docente, nosotros tenemos 10 unidades docentes. Hay una en Barquisimeto que tiene esas 300 personas que tienen ellos. Está muy controlado en la Simón Bolívar, hay como más control de calidad, eso me parece chévere.

¿Qué tiene la Central? Un universo de gente que va desde el más humilde hasta el más rico; también tiene la doble titulación que hace que los estudiantes se esmeren y se vayan porque saben que tienen una llave. Todos nuestros estudiantes le echan un camión de ganas porque saben que al salir de la Universidad Central de Venezuela los emplean afuera. ¿Qué nos da mucho dolor? Que en cierta forma nosotros estamos trabajándolos, formándolos para que se vayan y se empleen en las mejores oficinas del mundo. Haciendo un paneo de mis 17 estudiantes, que por lo general eran 26, 16 ya saben que se van.

—Esa es una confesión dura, la universidad pública venezolana va formando a unos jóvenes para casi darles un boleto de embarque para que salgan de este país y les vaya bien en otros lugares. Es verdad que muchos están pensando irse pero, ¿cómo ves los que están pensando en quedarse?

—Los de la Simón Bolívar y la Central se esmeran muchísimo, están todos asegurados afuera con cargos y todo. Te digo entonces la versión de los estudiantes de posgrado, que vienen de escuelas más pequeñas, y quizás alguno de la Central, que quieren tomar el posgrado de Diseño Urbano. Casi todos trabajan en ministerios y tenemos la grandísima responsabilidad de prepararlos, de llenar sus vacíos, lo que no vieron en esas universidades. Ellos vienen de la Bolivariana o de la Santiago Mariño a certificarse, vienen para que la Central los bañe de un aura. Ellos quieren que las Nubes de Calder les borren todo lo anterior.

De pronto no están suficientemente formados, pero vienen con la seguridad de que allí les vamos a dar lo que necesitan, que se van a formar y van a poder ser mejores profesionales. ¿Lo podrán hacer? Ahora no estoy tan segura, al final muchos están frustrados cuando trabajan en el gobierno porque no les dejan hacer cosas. Pero cuando hay un concurso, participan y se ganan las cosas. Tienen buenas ideas, pero cuando van a ejecutar dentro de su cargo están limitados. Pero nosotros siempre estaremos apostando a la educación.

Con Caracas City nos hemos dado cuenta que la apuesta es más importante de llevársela al ciudadano común, porque entiende que hay un aliado en el universitario. Entiende que habla con una gente de igual a igual.

—¿Extrañas la radio?

—Mucho, sobre todo extraño a los compañeros. Era un ritmo de vida muy interesante, toda la semana recogíamos cómo iba la ciudad, como un observatorio. Yo creo que vamos apuntar a tener un observatorio con todos los que estuvieron en el Caracas City, no solo organizando, sino toda la gente que está interesada en la ciudad. Un observatorio para ir, no solamente denunciando, sino proponiendo cosas y resolviendo.


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