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Literatura

El último paseo de Robert Walser

por Alejandro Oliveros

27/07/2018

Robert Walser

Que Jean-Jacques Rousseau estaba consciente de que sus ideas políticas iban a estimular un cambio drástico en la sociedad de su tiempo, es casi seguro. Desde su temprano Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, el pensador suizo se dio cuenta, por las encontradas reacciones de sus contemporáneos, que su visión del mundo iba a desplazar la ideología dominante, y que el Ancient regime estaba condenado de manera irreversible.

La burguesía, de la cual formaba parte, se había propuesto hacerse del poder, si era necesario, de manera violenta. Sencillamente, el absolutismo no daba para más. Jean-Jacques fue el primero en percibirlo y en decirlo. Lo que seguramente no sospechaba el ginebrino era que uno de sus hábitos, seguramente el más inocente, como era el de pasear, caminar al aire libre con su sola compañía, iba a estar en el origen de una de las estéticas más influyentes y difundidas de la cultura occidental desde la época clásica.

En uno de sus libros más hermosos, y tal vez  menos difundidos, Les rêveries du promeneur solitaire (Ensoñaciones de un caminante solitario. Alianza Editorial), Rousseau escribe lo que debemos entender como el primer y definitivo manifiesto del movimiento romántico. Desde su mismo título, donde tres palabras claves se suceden, ensoñaciones y no observaciones; caminante y no viajero y, la más inquietante, solitario, el pequeño volumen de apenas más de cien páginas, es un cuestionamiento radical de la poética iluminista con su fe en la razón y su prosodia realista:

Al proponerme el proyecto de describir el estado habitual de mi alma… no he dado con una manera más simple y segura de ejecutar esta empresa que la de llevar un registro fiel de mis paseos solitarios y las ensoñaciones que los llenan cuando mi cabeza está completamente libre y mis ideas siguen su inclinación sin resistencia ni preocupaciones. Estas horas de soledad y meditación son las únicas del día donde estoy completamente conmigo mismo, sin diversiones ni obstáculos y donde puedo verdaderamente decir lo que la naturaleza quiere.

Rousseau rescató para Occidente el placer de pasear, de caminar al aire libre, preferiblemente, solo. Es el modelo de Goethe para su Wilhelm Meister y, mucho más influyente, es así, con una caminata solitaria en busca de la enigmática “Flor azul”, como comienza Henri d’Ofterdingen, de Novalis, la novela fundacional del romanticismo alemán. Después de Rousseau, Novalis y, después de Novalis, todos los románticos que en el mundo han sido, cumplieron con el rito iniciático de la promenade solitaire, desde Wordsworth y Coleridge hasta Leopardi y Simón Rodríguez o Georg Büchner. Una tradición que encontró continuidad entre algunos de los más notables escritores del XX.

Primus inter pares, Knut Hamsun, cuyos caminantes tienen el mérito de haber realizado el proyecto rousseauniano en las agrestes condiciones del círculo polar ártico. Y después de Hamsun y bajo su influencia,  Mann, Hesse, Trakl, Conrad, Pavese, Rilke, Faulkner, Woolf o MacCarthy. A un suizo, sin embargo, le correspondió asumir hasta sus últimas consecuencias el precepto romántico de pasear, caminar largamente sin compañía. Para Robert Walser, nacido en Biel en 1878, pasear se convertiría en la esencia de su existencia.

Walser es uno de los autores más “raros”, como diría Rubén Darío, de la literatura moderna. Una especie de Kafka no judío, sin culpas ni traumas edípicos, pero igualmente notable y “aparte”. Con Kafka comparte, entre otras cosas, una prosodia tradicional, heredera de los grandes realistas del XIX, y a salvo de las fracturas y disociaciones de contemporáneos como Joyce, Woolf o Döblin. Pero, a diferencia del narrador checo, cuya obra se acoge a los modelos convencionales de la narración, novelas y relatos en su mayoría, la producción de Walser es fragmentada y sorprendente en su variada modernidad.

Escribió poesías, relatos, novelas, teatro, diarios y fragmentos, cientos de ellos llamados Microgramas por el autor y publicados, con no pocos esfuerzos, después de su muerte, en tres apretados volúmenes (una esmerada edición en castellano fue publicada en España por Siruela en 2011). No obstante, Walser es más conocido por la primera de sus novelas. Una inimaginada historia, donde el absurdo cotidiano desplaza el prosaico realismo de la existencia. En efecto Jacob von Gutem (publicada en castellano, para sorpresa de todos los que la leímos en ese momento, en 1974 por Barral Editores en una espléndida traducción de García Hortelano) narra, en forma de “diario”, las peripecias de Jacob en el improbable Instituto Benjamenta, donde se iniciaba a los alumnos en el arte de servir a los demás. Desde la primera página, Walser no oculta el sinsentido de su historia:

Nosotros, los discípulos o alumnos, tenemos verdaderamente poco qué hacer; casi nunca nos ponen tareas… Los señores profesores y maestros duermen, o bien están muertos, o solo muertos en apariencia, o quizá se han petrificado; en todo caso, es incuestionable que de ellos nada nos llega.

Escribiendo sobre Walser, Walter Benjamin precisó la improbable procedencia   de personajes como Jacob von Gunten: “Esto es lo que nos aclara de dónde vienen… De la demencia y de ninguna otra parte. Son figuras que tienen tras sí la demencia y que por eso mismo son de una superficialidad tan desgarradora, por completo inhumana, imperturbable”. Siempre “iluminado”, Benjamín escribió su reseña en 1929, el mismo año en que Walser se interna voluntariamente en diversas clínicas psiquiátricas, hasta su muerte treinta y siete años más tarde.

Para 1929, Walser era un autor conocido y reconocido por ingenios como Mann y Musil. Doce años antes había publicado un extraño, como todo lo suyo, relato, Der Spaziergang (El paseo. Siruela). Apenas setenta y nueve páginas de una de las prosas más inquietantes del alemán moderno, en las cuales el recuerdo de la narrativa de Hamsun, maestro de paseos y situaciones inefables, se siente de principio a fin. Con el tono y sintaxis de los cuentos de hadas, narra, en primera persona, las experiencias llenas de romanticismo de su moderno Ulises al emprender la más romántica de las experiencias, un paseo al aire libre sin más compañía que la de su sombrero.

Desde la primera página, nos encontramos en un mundo paranormal. Nuestro héroe, sin saber cómo ni a qué hora, decide dar un paseo después de abandonar “el cuarto de los escritos o de los espíritus” (das Schreibe oder Geistzimmer), “escritos” o “espíritus” de los cuales no se vuelve a hablar a todo lo largo del relato. Pero tampoco hará falta, porque el paseo no estará ayuno de situaciones “memorables”: “En la escalera me encontré a una mujer que parecía española, peruana o criolla. Mostraba cierta pálida y marchita majestad”; “… me salió ligero al encuentro el profesor Mali… en la mano llevaba un inflexible y científico bastón de paseo, que me inspiró espanto, reverencia y respeto”. Los juicios de nuestro  paseante son igualmente graves: “A menudo las apariencias engañan, señor mío, y lo mejor es dejar el juicio sobre una persona a esa misma persona. Nadie puede conocer tanto como él mismo a un hombre que ha visto y vivido tanto”. A mitad de la narración, el protagonista precisa su condición de esforzado héroe romántico

Mientras seguía así caminado como un buen haragán, fino, vagabundo y holgazán o derrochador de tiempo y trotamundos… vino a mi encuentro un hombre, un monstruo, que casi oscurecía por entero la luminosa calle, un tipo espantoso, largo y espigado, al que por desgracia conocía demasiado bien, un personaje en extremo peculiar, a saber, el gigante Tomzack.

Después de superar el inconveniente, nuestro protagonista sigue su camino en una aventura que lo enfrentará a situaciones igualmente singulares, pero sobre todo lo enfrentará a él mismo, a sus fantasmas particulares, su ansiedad, esperanzas y miserias:

Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y sentir. De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean… Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho… Al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo y fantástico, y sería tonto si no tuviera en cuenta o incluso lo apartara de sí; pero no lo hace; más bien da la bienvenida a toda clase de extrañas y peculiares manifestaciones.

Desde el comienzo, con la alusión a aquel cuarto de “escritos” o “espíritus” la realidad que describe Walser se presenta como demasiado frágil para sostenerse. El algún momento hará su presencia esa para-realidad a la que aludíamos, en donde lo fantástico se presenta, no como una realidad maravillosa, sino como algo perfectamente natural. Nada de realismo mágicos aquí. En Walser, lo fantástico es tan real como su sombrero y su bastón: “Yo me había convertido en un interior, y paseaba como por un interior; todo lo exterior se volvió sueño… Yo ya no era yo, era otro, y precisamente por eso otra vez yo… Casas, huertos y personas se transformaban en sonidos, todos los objetos parecían haberse transformado en un solo espíritu y una sola ternura”.

Pero todo paseo tiene su final, y el héroe de Walser lo sabe: “En mi paseo comienza poco a poco a atardecer, y el silencioso fin, me parece, ya no está en absoluto tan lejos”. Al presentimiento de que una realidad paralela haría su presencia en cualquier momento de la narración, se suma el presagio de un final lamentable. El lector lo presiente para el protagonista del libro, mientras que Walser lo adivinó para sí mismo. La meta que se propuso el personaje es un borroso lago, especie de Averno de las alturas alpinas, donde el protagonista tiene nuevas apariciones. La primera de ellas, la de un “hombre viejo, cansado, pobre y abandonado que había visto tendido en un bosque hacía algunos días, y tan miserable pálido y moribundo, tan doliente y mortalmente agotado que su triste y angustiosa visión me había asustado profundamente”.

Lo que había visto el protagonista, que no es otro que el mismo Walser, era su propio doble. A sus setenta y ocho años, Walser fue encontrado muerto en la nieve poco después de haber dejado la clínica para emprender el que sería su último paseo. La segunda visión del protagonista, al final de su caminata, es la memoria de una muchacha “tan hermosa y llena de juvenil frescura” a la cual pudo convencer de su amor pero ni siquiera lo intentó, “Quizá hubiera podido convencerla a tiempo de que tenía buenas intenciones, de que su querida persona me era importante, y de que por muchos hermosos motivos quería hacerla feliz y con ella a mí mismo. ¿Para qué entonces las flores? ¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?, me pregunté y el ramo cayó de mis manos”. Este final devastador es el de toda gran aventura romántica, desde el pobre Werther hasta el más contemporáneo protagonista de “El nadador”, de Cheever. El paseo de Walser no es más que una alegoría de la vida, cuyo final es estúpidamente inevitable. Al final de sus días tuvo Walser la fortuna de ser acompañado en sus paseos por el esforzado Carl Seelig, el cual, escribiendo un diario de sus caminatas, escribió uno de los estudios biográficos más conmovedores del siglo XX (Carl Seelig, Paseos con Robert Walser. Siruela).


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