El tigre blanco: los sueños del resentimiento

27/02/2021

Los personajes Balram y Ashok en una escena de la película Tigre Blanco | Imagen de IMDB

 

[Alerta de spoilers] 

“En India, no cometemos el error de dejar que nuestras gentes pobres tengan sueños”. Rajesh Koothrappali en The Big Bang Theory: “The Benefactor Factor” (4:15).

En su revelador libro La tentación de la inocencia, Pascal Bruckner encuentra, en dispares manifestaciones culturales contemporáneas, una constante: el victimismo. “Todos a su nivel, sin embargo, se consideran víctimas a las que se debe reparación, excepciones marcadas por el estigma milagroso del sufrimiento”. La pulsión del victimista es conseguir la legitimidad indispensable para exigir todos los derechos, sin necesidad de respetar a los derechos de los demás. 

Por el número de habitantes, India es el país que posee la democracia más grande del planeta. A pesar de sus dimensiones, su calidad deja mucho que desear, pues las denuncias de corrupción son alarmantes y la comunidad es muy rígida en cuanto al movimiento social. Gandhi trató de que su país fuera independiente, democrático e igualitario. Gracias a su gesta, se lograron los dos primeros puntos. El último quedó como asignatura pendiente. 

En el mundo occidental no se tiene mayor idea de lo que significa un sistema de castas. Por los textos de sociología, como Homo Hierarchicus de Louis Dumont, se sabe que en la civilización hindú no hay lugar para el individualismo. Quien busca su individualidad debe salirse de la sociedad a través de la mística. Todo esto contribuye a que el individuo sea absorbido por su casta. De esta forma, tenemos un régimen jerárquico, basado en el nacimiento, que carece de flexibilidad vertical. Se nace en una casta y no hay mayor oportunidad de ascender a una superior. 

Como todo sistema social, las castas funcionan mientras los participantes aceptan las reglas del juego, tal como nos enseña la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, especialmente por quienes son los menos favorecidos. En India, la servidumbre es algo que está profundamente instaurado en la conciencia. ¿Se consideran los siervos víctimas del sistema de castas? 

Una respuesta la encontramos en la película El tigre blanco (The White Tiger, Ramin Bahrani, 2021), un relato sobre la toma de conciencia del miembro de una casta despreciada, que sufre continuas humillaciones en medio de un régimen de injusticias y corrupción, las cuales lo llenan de resentimiento y deseos de venganza. 

Los pollos para el matadero

El protagonista de esta historia es Balram Halwai, quien es el antihéroe de un drama impregnado de un humor oscuro, a veces desgarrador. El argumento comienza cuando Balram envía un correo electrónico al primer ministro chino Wen Jiabao, solicitando una reunión y relatando la historia de su vida. Afirma su convicción de que la clase baja india está atrapada en un estado perpetuo de servidumbre.

“Lo mejor que creó este país, en sus 10.000 años de historia, fue el gallinero. Los gallos ven y huelen la sangre. Saben que son los siguientes, pero no se rebelan. No tratan de salir del gallinero. Los sirvientes fueron educados para comportarse igual”.

En este momento de su vida, Balram es un exitoso emprendedor de Bangalore, una ciudad a la que llaman  el Silicon Valley de India. Pero este Balram astuto y ambicioso, con su ropa de moda y bigote pulcramente depilado, solía ser una persona muy diferente.

Cuando niño, vivía en un miserable poblado. Vio a su padre sufrir una muerte prematura por exceso de trabajo, pues los dueños del poblado le arrebatan casi todas las rupias que ganaba, y lo que quedaba debía entregarlo a su exigente familia.

Tuvo una oportunidad para salir de esa sórdida realidad. Gracias a su progreso en la escuela primaria, a Balram se le ofrece una beca para estudiar en Delhi. Un funcionario educativo, en un rapto de entusiasmo, le alaba con el epíteto de «tigre blanco», un ser que nace sólo una vez en una generación. Esta esperanza se ve frustrada cuando su padre no puede pagar al terrateniente que explota a la aldea. Para honrar la deuda, la abuela, una matriarca formidable y tiránica, obliga a Balram trabajar en el puesto de té del vecindario y, en consecuencia, debe abandonar definitivamente los estudios.

Por el planteamiento, nos encontramos con un cuadro que parece sacado de las páginas más sórdidas del realismo social de Dickens o de Víctor Hugo. Es un cuadro que nos recuerda a otra película asiática, Parásito. A pesar de las coincidencias, existe una diferencia fundamental. La sudcoreana planteaba el problema de las clases sociales bajas que están muy educadas y resentidas por estar marginadas. Esta situación no existe en la mentalidad de siervo del feudalismo indio, pues no tiene conciencia de su derecho a la igualdad. 

Los límites de la degradación

De adulto, Balram aspira a convertirse en chofer de Ashok, el hijo del terrateniente, apodado Cigüeña. Ashok acaba de regresar de Estados Unidos con su esposa Pinky, criada en Nueva York. Con astucia, Balram logra que lo contraten como segundo conductor de la familia. Después, Balram chantajea al primer conductor para poder convertirse en conductor de Ashok y Pinky en Delhi. 

Los personajes Balram y Pinky en un escena de Tigre Blanco | Imagen de IMDB

A diferencia de otros miembros de su familia terrateniente, Ashok y Pinky generalmente tratan a Balram con respeto y simpatía, pero ese acercamiento humano está condenado por las diferencias sociales. El afecto natural de la joven pareja no logra superar el prejuicio de que Balram sea solo un sirviente. 

Nos abruma el contraste entre el apartamento de Ashok y Pinky, en un lujoso condominio, y el cobertizo infestado de cucarachas que se le asigna Balram como precario dormitorio, el cual es su único refugio para escapar a un horario interminable. 

La clave de esta historia es la tensión en la dinámica relación entre amos y siervos. Balram es servil porque está condenado a serlo, pero no puede evitar sentir resentimiento por la genealogía superior de sus patrones, así como por sus privilegios. Esto lo conduce a reflexionar sobre sus sentimientos encontrados.

«¿Aborrecemos a nuestros amos tras una fachada de amor o los amamos tras una fachada de aborrecimiento?».

Para celebrar el cumpleaños de Pinky, Ashok disfraza a Balram como un Rajá. El joven matrimonio sale a bailar y se emborracha. Balram es obligado a dejar el volante. Luego, Pinky toma el control del automóvil, lo que provoca que accidentalmente atropelle mortalmente a un niño. Ante la noticia del incidente, la familia de Ashok emplaza a Balram para que firme una confesión de su culpabilidad. Aunque es inocente y nadie está acusado, es una precaución para salvaguardar a Pinky de cualquier consecuencia legal. Balram queda conmocionado por esto. Con dolor, se da cuenta de que es completamente desechable para sus señores. 

El ascenso inesperado 

La joven pareja entra en crisis por el incidente. Pinky abandona a Ashok para regresar a Nueva York. El desconsolado Ashok solo cuenta con Balram como apoyo emocional. Ante la baja de las defensas de su amo, Balram comienza a aprovecharse de la situación. Cobra recibos de reparación fraudulentos y utiliza el automóvil como un taxi sin licencia. 

A pesar de su ventaja circunstancial, Balram comienza a sospechar de que Ashok trata de remplazarlo. En una epifanía, ve la oportunidad de cambiar su destino. Se decide a aprovechar la ocasión: 

“El rico nace con oportunidades que puede desperdiciar. Pero ¿el pobre?”.

Balram asesina a Ashok y se fuga con una gran cantidad de dinero del soborno destinado a políticos indios. La policía emite una orden de arresto contra Balram, pero logra ocultarse entre millones de ciudadanos con sus mismas características.

Al restablecerse en Bangalore, Balram comienza un servicio de taxi privado para los trabajadores de los modernos centros de llamadas. Trata a sus conductores como empleados y no como sirvientes. Además, asume la responsabilidad personal y financiera de cualquier incidente causado por ellos. Al firmar el correo electrónico al mandatario chino, Balram revela que también ha cambiado su nombre. Ahora firma como Ashok Sharma. Ha adoptado el nombre de su antiguo jefe y víctima. 

El éxito de Balram es una evidencia de que ha emergido una nueva clase que, a pesar de su agresiva competencia, es mucho más humana que el sistema de castas. De todas formas, es la heredera ilegítima del antiguo régimen. 

Fotograma de la película Tigre Blanco | Imagen de IMDB

Las fantasías megalomaníacas  

Como hemos podido comprobar, El tigre blanco es un relato del tránsito de la pobreza a la riqueza. En tal sentido, su argumento nos recuerda otras exploraciones cinematográficas sobre el ascenso social. La primera que viene a nuestra mente es El sirviente (Joseph Losey, 1963), donde se ilustra la insurrección desde la sutil manipulación. También nos recuerda la ambición del Tony Montana de Caracortada (Scarface, Brian de Palma, 1983) quien usa la violencia para trepar por la empinada escala del poder. 

Si bien esta cinta es una justa acusación de la rigidez del sistema de castas, las injusticias que sufre Balram nos convierten en cómplices de sus acciones, fríamente calculadas y, peor aún, moralmente reprobables. Queremos destacar que esta historia echa mano del victimismo para justificar el crimen. Con cinismo, Balram declara su filosofía despiadada:

“Pero para el pobre, hay solo dos formas de llegar a la cima: el delito o la política”. 

Nuestro protagonista no considera otra opción fuera el crimen y la demagogia. Por este camino, Balram pasa a exponer un plan geopolítico de dominación mundial por los gigantes asiáticos. Hay que destacar que Balram no insinúa una utopía de mutua compresión entre las naciones.  

“El hombre blanco agoniza. Estará acabado en unas décadas. Este es el siglo del hombre marrón y del amarillo. Dios se apiade de los demás”.

Con la historia de Balram, hemos sido testigos de la magia del resentimiento, la cual trasmuta la víctima en victimario. Balram no muestra remordimientos ni parece estar preocupado por la redención. Nos vende su ascenso criminal como el modelo innovador de movilidad social de la India actual. 

Es cierto que es subversivo que las gentes pobres ejerciten su facultad de soñar. Es muy loable cuando lo hacen en el sentido que le daba Martin Luther King Jr.: imaginar como posible un mundo de igualdad y justicia. Este es una visión que ha superado al resentimiento. De no superarlo, como sentenciaría Goya, los sueños producirán monstruos. 


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo