NOTAS CON CANETA

El taller blanco de Montejo

por Juan Pablo Gómez Cova

09/02/2019
Las cosas no se perciben tanto por la precisión de sus contornos o por las aristas de sus volúmenes; se nos vienen encima…
Eugenio Montejo

Es difícil para un poeta olvidar completamente las sugerentes opiniones de Crátilo sobre las palabras y su relación directa con las cosas. Como siempre, saltará Sócrates para decir que, en ningún caso, las palabras podrán conducirnos al conocimiento como absoluto. Y de Hermógenes hasta Saussure, debemos repetir que la relación entre los nombres y sus significados es arbitraria, una pura convención del homo loquens para que la comunicación sea efectiva. Sin embargo, la tímida sospecha pervive y va buscando acomodos disimulados dentro de cada poeta, como para darle un cauce encubriendo más o menos su velo romántico y la convierta —esta sospecha— en obra.

Porque un poeta lleva dentro sí como una cicatriz el estupor por la magia de las palabras y por el esplendor que irradia la ausencia de la cosa, del mismo modo que lleva dentro de sí también el cansancio de las palabras. Y como hay que fingir que sólo son divertimentos tejidos por el homo ludens que cobran vida a través del juego o del puro devaneo ficcional, se va colando siempre la palabra como quien no quiere la cosa, nunca mejor dicho. Una forma de hacerlo es a través de las otras voces que cohabitan en uno. Pessoa los llama “heterónimos”, Antonio Machado “apócrifos”, Montejo “colígrafos”. Si nos detenemos en este último, convenimos en que las tertulias en Puerto Malo engendraron unos “dislates” que tranquilamente podrían configurar —si hubiese el poder y el tesón del demiurgo— un nuevo universo donde Crátilo tenga razón.

Pocos poetas venezolanos han llevado más lejos la reflexión sobre el lenguaje como Eugenio Montejo. Su obra recrea un mundo vivido, sentido y percibido como prodigio, y en él las palabras tienen un vínculo mítico con su significado, porque nuestra partida “siempre deja la tierra más clara”. Las fronteras entre su obra poética y ensayística son difusas y, entre ambas, respiran sus textos coligrafiados. Una tradición poética —la venezolana— que todavía resiente el peso de Ramos Sucre puede aliviarse un poco en la meditada serenidad de, por ejemplo, los ensayos de Montejo.

La ventana oblicua (1974) y El taller blanco (1983) son obras de un instintivo alcance a las regiones más insondables gracias a su tono liberado y espontáneo que alcanza inusitadas cotas de perspicacia o agudeza crítica, sin pretenderlo. Estos textos ensayan reflexiones y pensamientos sobre paisajes, autores, tiempos, ciudades que terminan siempre confluyendo en la certeza de que la contemplación, como decía Hamman (el mago del Norte), es la que da origen a las cosas. La memoria y la poesía prevalecen sobre la acción y el poema, la búsqueda mítica —Manoa— sostiene nuestros rituales otorgadores de sentido, y la terredad se hace manifiesta siempre en el canto, no en el pájaro, y esa acción es un “deber terrestre”.

Montejo sabe moverse entre el pensamiento fragmentario y la elaboración de una poética. No se justifica ni se exime de desatinos, tampoco rehúye análisis más ceñudos ni lecturas detenidas y menos aún recurre a la falsa modestia o engalanada humildad. Porque no puede fingirse lo que se es. De sus textos ensayísticos, me detengo en el que da título a su segundo libro, “El taller blanco”. En este, el autor discurre sobre la conveniencia o no de los talleres de creación poética. Manifiesta su escepticismo respecto a los alcances de esa actividad porque “sólo en la soledad alcanzamos a vislumbrar la parte de nosotros que es intransferible, y acaso ésta sea la única que paradójicamente merece comunicarse a los otros”. Su alegato se vuelca en favor de la poesía como una pasión solitaria, sin dejar de reconocer el lado artesanal, propiamente técnico del oficio. Luego transita un poco hacia la utilidad de un taller de poesía que puede consagrarse al hecho práctico de la ejercitación de la lengua, de los procedimientos técnicos, del adiestramiento en las formas. Su pensamiento va moviéndose, entre gracia y sutileza, hacia una zona de conciliación o, acaso, concesión. ¿Puede un taller de poesía encaminar una vocación literaria? Seguramente no, si no estaba ya arraigado ese germen y esa peculiar sensibilidad en el aprendiz. Pero tampoco puede perjudicarlo participar de la discusión y el intercambio en el ámbito de orfebrería que tiene el oficio. Aunque Montejo no formó parte de un taller de poesía —por motivos generacionales, dice—, termina dándose cuenta de que, en realidad, sí asistió a un taller que le hizo aprender a su palabra “reconocerse en la devoción sagrada de la vida”.

Se refiere al taller de elaboración de pan al que asistió de madrugada durante muchos años de su niñez: la panadería de su padre. Allí —una panadería de las de antes— se elaboraba y cocinada el pan artesanalmente. De la laboriosidad ceremoniosa de todos los que en ese taller, vestidos de blanco y emblanquecidos por la harina, trabajaban para hacer el alimento que el mundo vendría a reclamar por las mañanas. La nocturnidad, el amasamiento del panadero, la fragua, el tiempo de cocción en el horno de leña, la humareda y las palabras de jornaleros “serenos, graves y encallecidos”, toda esta labor “sacralizada por la persistencia” le permitieron a Montejo, años después, valerse de ellas para encarar la escritura. Y no sólo de un poema, sino de un texto cualquiera. “Del taller blanco me traje el sentido de devoción a la existencia que tantas veces comprobé en esos maestros de la nocturnidad. La atención responsable a la hechura de las cosas, la fraternidad que contagiaba un destino común, en fin, la búsqueda de una sabiduría cordial que no nos induzca a mentirnos demasiado”.

Ese tono y ese recorrido que propone el texto lo convierten en un ensayo espléndido, gracias precisamente a que es un esplendor sin énfasis, a que el autor no fija un pensamiento, sino que lo libera de su estatismo y lo transforma en imágenes sensoriales que se acercan más adecuadamente a una reflexión más acorde al misterio de la creación poética. Es una constante en todos los textos de Montejo. Como género, el ensayo en Venezuela tiene una buena cosecha de grandeza, porque abundan los trabajos que revelan la cualidad artística y creadora del ensayista. Al menos durante las últimas ocho décadas, se ha convertido en una de las expresiones más consistentes y reveladoras de nuestra sensibilidad.

Hace pocos días, el escritor y guionista mexicano Guillermo Arriaga manifestó en una red social un breve testimonio de reconocimiento a la figura de Eugenio Montejo contando la anécdota de cómo fue que incluyó unos versos suyos en el guion de la película 21 gramos, pues necesitaba un “poeta poderoso” para su película. Fue a Venezuela a conocerlo y lo logró después de haber sido citado por el poeta un domingo a las siete de la mañana en un “café”. Seguramente se trataba de una panadería, y esa es la palabra que debió haber usado el escritor mexicano. El gesto de Arriaga de contar este episodio es una muestra de solidaridad y ánimo para con el pueblo de Venezuela en momentos tan determinantes de nuestra historia contemporánea. Montejo pasaba a ser símbolo, cifra, metáfora de nuestra entereza muchas veces ocultada o relegada de forma injusta por las obscenidades de nuestra historia, entre otros motivos. Arriaga reveló que Montejo nunca contestó a la petición de autorización para el uso de los derechos de autor sobre esos versos que serían recitados en la película. No sé por qué ese gesto de Montejo no sólo no me sorprendió, sino que me pareció tan natural como el encuentro en una panadería un domingo a las siete de la mañana.


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