Notas con caneta

El poder y su paradoja

por Juan Pablo Gómez

12/05/2018

Detalle de “La scuola di Atene” (1509), de Rafael Sanzio

“No soy un profeta, mi trabajo consiste en construir ventanas donde antes había sólo pared”
Michel Foucault

 

Según Platón, el gobernante ideal es aquel que no siente deseo de gobernar. Esto implica que ha superado sus apetitos mundanos, entre ellos, afán de poder y de dinero para satisfacer sin reparos todos sus deseos más inmediatos y primarios. El peor de los gobernantes posibles será el ignorante, porque basará su gobierno en dar primacía a sus intereses personales, por encima de los del colectivo, y terminará ocupándose de no perder su gobierno, más que de gobernar. Platón pensaba que el mejor gobierno era aquel que estuviese conformado por filósofos, es decir, por personas que habían sido formadas para desarrollar su intelecto y que estaban inspiradas por el deseo de alcanzar la verdad (en Platón, la verdad es un concepto ético y estético que está vinculado a bondad y belleza).

Pero la historia ha convertido esta apreciación en una paradoja: los filósofos no luchan pragmáticamente por alcanzar el poder, sino que ejercen su intelectualidad desde la construcción de argumentos y conceptos porque necesitan evitar el error continuamente mientras acumulan conocimiento, esto los hace inclinarse hacia una vida contemplativa y casi ascética que favorezca una atmósfera de indagación más profunda; mientras tanto, los ignorantes –en el sentido platónico– actúan; no están interesados en la verdad (ideal), sino en la realidad más palpable y tangible. Sólo conciben lo material como lo que es digno de lograrse porque es lo que sensorialmente son capaces de percibir, están enfocados en materializar sus deseos y acumular riqueza y objetos. Así, con gran cantidad de híbridos, variantes y matices según cada caso, ha demostrado ser, en general, la historia política universal.

Imaginemos un lugar en el que esta paradoja alcanza un extremo. Imaginemos al más incapaz, ignorante y primario de los individuos que, por circunstancias diversas, termina obteniendo acceso a la primera magistratura de forma absurda. Imaginemos que carece de carisma, de conocimientos, de instinto, de carácter, de liderazgo, de criterio. Imaginemos que su mayor decisión ha sido no tomar ninguna decisión. Imaginemos que ha sido manipulado por otros individuos viles de su entorno que han descubierto un grotesco método para ejercer poder desde la sombra y alcanzar riquezas sin tener que asumir la responsabilidad política, pública e histórica de tales actos. Imaginemos a un estamento de defensores (los de alma “irascible” los llamaba Platón, nuestra época los llama “militares”) que, en vez de ofrecer sus servicios para proteger al colectivo, están al servicio de la represión y que ejercen funciones dirigidas a socavar, de forma directa e indirecta, el erario público. Imaginemos a unos medios de comunicación masivos (en nuestra época podrían ser prensa escrita, radio, televisión) que, por acuerdos o prebendas de diversa índole, optan por no informar o autocensurarse sobre las anomalías institucionales o sobre las desgracias de los habitantes. Imaginemos a un pueblo abúlico, pasivo, deprimido y adormecido a posta, que no encuentra forma ni medios de reacción, ni siquiera de consuelo, porque está concentrado en paliar sus desgracias inmediatas y en lograr únicamente la supervivencia.

Imaginemos a este gobernante dubitativo, torpe, tosco, infame, ruin, ignominioso, superado por las circunstancias, que dice hacer algo mientras hace lo contrario, que (guiado por otros) impone determinadas acciones o decretos que luego él mismo (guiado también por otros) tiene que dejar sin efecto. Imaginemos que esto es una constante de su gobierno. Imaginemos que su discurso es indecoroso, endeble, plagado de múltiples lapsus y erratas, revelador de sus limitadas dotes intelectuales. Imaginemos que quienes lo manipulan lo incitan a expresar mensajes y tonos distintos, contradictorios y absurdos. Imaginemos que lo incitan también a que intente de forma ridícula (como por ejemplo bailar salsa) distraer a sus gobernados de su sufrimiento, que es cada vez más patente. Imaginemos a un pueblo que empieza a imitar esos modos, esas actitudes, esos arrebatos, esas vilezas, porque pierde los modelos ejemplarizantes que debería tener y se encuentra a la deriva, ofuscado entre la frustración y la violencia. Imaginemos una criminalidad desatada (y en cierto modo alentada por ese gobierno) y una descomposición social avanzada a niveles nunca vistos. Imaginemos el daño del que es capaz este gobernante y del que no se percatará nunca en su justa dimensión. Imaginemos su absoluta incompetencia para poder ejercer el cargo. Imaginemos la catástrofe que esto podría representar para una república –en el sentido platónico– ; imaginemos el esperpéntico espacio en la historia que podría esperarle a un gobernante así.

La vigencia de Platón está intacta y su República sigue siendo un Estado Ideal que es necesario como paradigma, como modelo, como orientación. Por circunstancias históricas y contexto social, Platón no era partidario del sistema democrático porque creía en la función separada que debían desempeñar los estamentos –como se llamarían luego en la Edad Media– de los laboratores (trabajadores) y los defensores (militares). Los gobernantes debían ser los filósofos, únicos aptos para ejercer un buen gobierno y de forma desinteresada, el tercer estamento. Nuestra era moderna y nuestra forma de organización social son pruebas de que estamos convencidos de que el democrático es el menos malo de los sistemas, siempre y cuando priorice la educación y formación cabal y adecuada de todos los habitantes, y garantice la libertad y la igualdad de oportunidades. A esto es a lo que Platón seguramente se refería. Pedagogía como única vía: bienestar colectivo y afecto social. La perversión de la democracia empieza con la masificación de la ignorancia, y el Estado termina pudriéndose cuando esta ignorancia alcanza a convertirse en gobierno. ¿Imaginan un lugar así?


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