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Literatura

El Orfeo de H.D.

por Alejandro Oliveros

Orfeo y Eurídice saliendo del infierno. Jean-Baptiste Camille Corot. 1861

19/10/2019

Es probable que H.D. (Hilda Doolittle 1886-1961, una de las animadoras más importantes, con Ezra pound, del movimiento “imaginista”) haya tenido en la mente a D.H. Lawrence cuando escribió su ajustada versión del mito. También es posible que se trate de Richard Aldington, su primer esposo. O incluso Ezra Pound). La cuestión es irrelevante. El texto es una rara muestra de balance entre asunto y forma. Cuesta pensar que pudiera haber sido escrito con otros versos y estrofas. Tan ajustada es la sintaxis y meditado el uso de las imágenes.

El proyecto de H.D. introduce una variante en el tratamiento del mito de Orfeo. Esta vez la que habla es la mujer, Eurídice, dos veces muerta y, en consecuencia, dos veces visitante de Hades. Durante la primera, fue víctima de la envidia. Durante la segunda, de acuerdo a sus mismas palabras, de la arrogancia de su amante, el gran Orfeo. Habla Eurídice y uno la escucha con atención. Siempre había sido el poeta tracio el protagonista principal. Esta vez, la joven esposa culpa a Orfeo por su triste y definitivo descenso a las regiones inferiores. Si no llega a convencernos, y yo, por mi parte, estoy cada vez más convencido, nos deja una inquieta reflexión sobre el significado último del mito. Nunca lo volveremos a considerar con la inocencia de antes. ¿Tiene razón Eurídice? ¿Es acaso verdad lo que dice H.D.? El poema apareció en The Egoist en 1917; en la antología Some Imagist Poets, de Amy Lowell, el mismo año y recogido en la sección “The God” de Collected Poems (1912-1944), New Directions 1983. En España, no sé si felizmente, han traducido lo más reconocido de sus poesías.

*

Eurídice

I

Me empujaste
cuando he podido caminar
con las almas aún vivas
en la tierra
y dormir entre
flores vivas;

por tu arrogancia
y crueldad
he sido arrojada
donde los líquenes muertos
gotean brasas muertas
sobre musgos de ceniza;

por tu arrogancia
estoy al fin arruinada,
yo que era inconsciente,
que estaba casi olvidada;

si me hubieses dejado esperar
habría ido de la indiferencia
a la paz,
si me hubieses dejado
descansar
entre los muertos,
te habría olvidado
a ti y al pasado.

 

II

En este lugar
sólo hay llamas sobre llamas
y negrura entre rojas chispas,
franjas negras e incolora luz
¿Por qué volteaste,
para repoblar el infierno
conmigo,
arrojada a la nada?
¿Por qué volteaste?
¿Por qué miraste hacia atrás?
¿Por qué dudaste?
¿Por qué inclinaste la cara
iluminada por la luz de la tierra
encima de mi rostro?
¿Qué fue lo que cruzó,
con tu luz
y tu mirada ese rostro?
¿Qué fue lo que viste en él?
¿La luz de tu cara,
el fuego de tu presencia?

¿Qué podía ofrecerte mi rostro
salvo el reflejo de la tierra,
el color del jacinto
atrapado en la fisura cruda de la roca
donde llegaba la luz
y el color azul del azafrán
y la brillante superficie
del dorado azafrán
y de la anémona
veloz en sus venas
como el relámpago y tan blanco.

 

III

Azafrán de los flecos de la tierra,
azafrán salvaje doblado
sobre el borde agudo de la tierra,
todas las flores
han desaparecido;
todo está perdido,
todo ha sido cubierto por el negro,
negro sobre negro
y, peor que el negro,
esta luz incolora.

 

IV

Borde sobre borde
de azafranes azules,
azafrán empujado
contra su propio azul,
azul de esa tierra de arriba,
azul de abismo sobre abismo
de flores perdidas.
Hubiese tomado
suficiente aliento de las flores,
la tierra,
más incluso que la tierra,
hubiese pasado conmigo
hacia las profundidades.

Si pudiera haber atrapado
todas las flores de la tierra,
si alguna vez
hubiese aspirado para mí
el dorado azafrán
y el rojo y el corazón
dorado de los primeros azafranes,
me hubiese atrevido a perder
toda la masa dorada,
toda la enorme fragancia.

 

V

Por tu arrogancia
y crueldad
he perdido la tierra
y sus flores
y las almas de la superficie
y a ti que pasabas
a través de la luz
y llegabas, cruel.

Tú, que tienes luz propia,
que eres una presencia,

sin embargo, por tu arrogancia
y tu mirada
te digo esto:

esta pérdida no es una pérdida,
este terror, estas corrientes, riberas
y trampas de la oscuridad,
este terror,
no son una pérdida;

el infierno no es peor que tu tierra,
encima de la tierra
el infierno no es peor,
ni tus flores,
ni tus venas de luz
ni tu presencia,
una pérdida;

mi infierno no es peor que el tuyo,
aunque pases entre flores y hables
con los espíritus
en la superficie de la tierra.

 

VI

En medio de la oscuridad
tengo más fervor
que tú en todo
el esplendor de ese lugar;
en medio de la oscuridad
y el rígido gris
tengo más luz;

y las flores,
si te lo dijera
abandonarías tu camino
y de vuelta al infierno
te voltearías a mirar
y me hundiría en un lugar
aun más terrible que este.

 

VII

Tengo al menos mis propias flores
y mis pensamientos y ningún dios
podrá quitármelos
tengo mi fervor como una presencia
y la luz de mi espíritu.

Y mi espíritu, con su pérdida,
sabe esto:
aunque pequeña,
en medio de la oscuridad,
pequeña ante las informes rocas,
el infierno se abrirá
antes de que me pierda,

antes de que me pierda
el infierno se abrirá
como una rosa roja
para darle paso a los muertos..


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