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El incendio en San Isidro, Petare: “En una semana nadie se acordará de nosotras”

por Willy McKey

Fotografías de Ernesto Costante | RMTF

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05/03/2019

Allá arriba 

No hay luz en San Isidro. Es de noche y el apagón lleva varias horas. Por eso a Kathy le sorprende un golpe de luz que se le mete por la ventana. “¿Será que llegó la luz? ¡Seguro se me jodió el bombillo!”, piensa. Es literal: cuando dice “el bombillo” es porque sólo tiene uno.

Toda miseria es atravesada por lo singular. Sin embargo, mientras revisa el sócate, concentrada en la austeridad de su lámpara, el olor a humo y unos gritos la obligan a asomarse de nuevo.

Son las once y cuarto de la noche y una de las casas de cartón y madera del sector El Derrumbe está prendida en candela.

Hay un incendio en San Isidro.

Los gritos que salen de la casa en llamas son de un niño de diez años. Llora sin articular palabra. Está solo. Antes de acostarse a dormir, decidió encender una velita que hiciera más llevadera la noche trancada que ahora es este incendio.

En ninguno de los ranchos vecinos hay suficiente agua almacenada como para hacerle frente al candelero. Hace seis meses que no tienen agua, ni corriente ni de cisternas, así que toca que varios revisen sus pipotes. Sirve de poco: apenas empiezan a traer algo de agua, el fuego toma las paredes de los dos ranchos vecinos.

Ya no son tres sino cinco las casas alcanzadas por las llamas. Ahora siete. Nueve. Once. Quince. Diecisiete. El fuego está por alcanzar la casa de Miriam. Misleidy, su vecina, se despertó con los gritos. A pesar de sentirse todavía confundida, “como en una pesadilla”, le da un golpe certero a la pared de su propia casa y la derriba. Llora apenas lo hace, pero no se detiene hasta tumbar su rancho por completo y transformarlo en un cortafuegos. Las cosas de Misleidy son las últimas en quemarse. Así se detiene el incendio.

Aparece una pareja de bomberos. Nadie sabe responder cómo llegaron hasta aquí. Misleidy tiembla de tristeza y rabia cuando ve que sobre la casa de Kathy están cayendo algunos de los pedazos de madera incandescente. Tienen unas palas, así que los bomberos empiezan a arrojar tierra con desgano a los tizones. Kathy les grita. Tiene miedo de que sus cosas pasen por lo mismo que las de Misleidy, así que les quita una de las palas y ella misma empieza a apagar con tierra esas chispas de miedo que todavía crepitan en el aire, que es como suena la madera cuando arde.

 

Aquí abajo 

Mirla vive en una casa frente al Centro Juvenil. Desde el pedacito de acera que le toca se ve claramente lo que está pasando en El Derrumbe. Cuando se asoma a la calle, ya hay varias mujeres dándole la espalda a su puerta y viendo hacia la candela. 

Sin luz es muy difícil subir desde aquí hasta El Derrumbe. “Tendremos que llamar a los bomberos”. Prueban. Insisten con la central de emergencias del 171. Lorena llama. Eugemar llama. Mirla llama.

Nadie atiende.

Son las doce de la noche y se comunican con Alejandra, la coordinadora general de la red de comedores donde trabajan. “¡Alejandra, se está quemando todo por donde vive Miriam!”, le dicen. “Según se ve desde aquí, el fuego se está acercando justo hacia donde Miriam y no contesta el teléfono”.

Alejandra también la llama. Y llama a los bomberos. Y llama al 171.

Nada. 

Sólo le atiende el Cuerpo de Bomberos de San Antonio de los Altos, una ciudad que queda a más de una hora en carro desde aquí. “No podemos ayudarlas, pero llamen a los bomberos voluntarios de la Universidad Central de Venezuela”. Alejandra los llama y la respuesta es inmediata, pero desoladora: no tienen camión, ni agua ni equipos.

Al menos atienden el teléfono.

Mientras pasan los minutos, Alejandra va sumando a sus angustias los nombres de quienes viven en El Derrumbe: Yulitza. Florimar. Yamily. Andry. Elianis.

Ésta es una historia de mujeres.

A medida que aumenta el olor a humo, disminuye el contraste anaranjado de la candela sobre el cerro. 

Cada cierto tiempo alguien confirma que en el 171 no hay quien atienda.

Ahora se ve que a varios metros del Centro Juvenil alguien más insiste desde su teléfono, pero no está con el grupo de mujeres. Es Lihn, uno de los líderes del Consejo Comunal, encargado de coordinar el Comité Local de Abastecimiento Popular que distribuye las ayudas que llegan del gobierno.

Son las siete y media de la mañana y por fin se oye un ruido nuevo. Son los bomberos, pero llegan cuando ya no queda nada que pueda quemarse. Aplacan con algo de agua los pocos focos de humo que quedan y se retiran.

En San Isidro hoy amanecen diecisiete familias que lo han perdido todo. 

Bastaron un par de horas y un poquito de brisa para que la casa de Miriam volviera a amenazar con encenderse. Alexander, el esposo de Mirla, entiende que el incendio está por reavivarse y busca a Lihn. “¿No puedes llamar a nadie? Llama a la gente que te consiguió aquella cisterna de agua… ¡ahí vemos cómo la pagamos! Alguien de la alcaldía o de la gobernación… ¡algo, coño! Esto se está reavivando”. Lihn lo escucha e insiste en el teléfono, pero le responde a Alexander que ya no tiene aquellos contactos.

A él tampoco le atienden el teléfono.

Allá arriba 

La diputada Manuela Bolívar está desde hace rato hablando con las madres, consolándolas y yendo rancho por rancho, despojo por despojo, a ver si las cenizas arrojan alguna idea. Manuela las escucha mientras narran su versión del incendio. Pregunta por la mamá del niño que encendió la vela y las mujeres se alteran. Dicen que si la ven la matan. Dicen que ojalá no vuelva. Dicen sus rabias. Las calma y les pide que se pregunten quién querría que le pasara algo así, que la culpa no es de ella, que fue un accidente lamentable. «El niño está bien, ¿oyeron? Sólo tuvo unas quemaduras en la piernita, pero está bien». Junto a ella van Hernán y Penélope, parte de su equipo. Anotan. Registran. Abrazan. 

Han pasado tres horas y llega Protección Civil. Los efectivos advierten que no van a reubicar a nadie, ni a atenderlo ni a brindarle primeros auxilios. “Para todo eso, esperen que venga alguien de la alcaldía o de la gobernación. Nuestro trabajo es hacer un censo y punto». Miriam intenta explicarles: «¿Para qué van a hacer un censo, si Hernán y Manuela ya hicieron uno para coordinar lo del comedor?»

En San Isidro hay un comedor que desde hace más de un año opera entre el capítulo Petare de Alimenta la Solidaridad, liderado por el exconcejal Andrés Schloeter, y el Proyecto Nodriza, dirigido por la diputada Manuela Bolívar. Ambos pertenecen a partidos políticos distintos, pero eso no se percibe ni en los espacios del comedor ni en los requerimientos para formar parte del programa. Después de mitigar los nuevos focos de incendio, algunas de las madres encargadas bajan a la casita que les sirve de sede. Van a ver si hay manera de rendir los ingredientes para asegurar que haya almuerzo suficiente para todas las familias de El Derrumbe, incluyendo aquellas que no están inscritas en el programa. Manuela las acompaña.

De bajada, el grupo de mujeres se cruza con los vehículos de una comitiva de concejales que no disminuyen la marcha cuando pasan por su lado. Una concejal del grupo se baja y, aún sin pasar hacia El Derrumbe, ordena reunir a las madres afectadas en uno de los ranchos. “¿Y por qué no están todas las familias aquí, Richard?”, pregunta. Después del silencio: “Es que están abajo, en el comedor”.

Arde Troya.

El liderazgo comunal se pone nervioso. Alguien baja y les avisa a las madres que deben subir, que llegaron los concejales, que si no las van a sacar de las listas. Sube sin noticias. Lihn y Richard vuelven a bajar hasta el comedor y apuran a las que faltan. Mientras suben, les dicen que es mejor que no sigan bajando a comer ahí.

Otra voz acusa. Dice que están haciendo un show con esto en las redes sociales, que cómo se enteró tanta gente del incendio, que de qué les sirve tanto periodista y tanta foto, que seguro son puros extranjeros, que hay que ver bien quiénes se acercan. Llega una van y alguien saca panes de una bolsa. Son panes vacíos. Sin relleno. Sin misterio. Canillas. Panes. Suficientes para que a cada quien le toque uno, pero vacíos.

Abajo estaban comiendo sopa de res, pero hubo quien tuvo que dejarla por la mitad. El miedo a perderlo todo quita el apetito. Incluso cuando ya no tienes nada. Ahora, en la reunión con la concejal, algunas de las mujeres tienen los panes en la misma bolsa con ropa y utensilios que le dieron en el Centro Juvenil, donde están clasificando las donaciones.

Decir que vendrá el alcalde parece más una amenaza que un alivio.

Se han ido sumando reporteros, fotógrafos, donantes, voluntarios de fundaciones y organizaciones no gubernamentales alrededor de las cenizas. La concejal se da cuenta de la aglomeración de ojos en torno al desastre y empieza a gritar adjetivos sin hilar.

Cipayos. Gringos. Lacayos. Pitiyanquis.

Una vez más alguien repite que vendrá el alcalde y una voz susurra “¡Ojalá! Así aprovecha y conoce el barrio”.

Aquí abajo 

El Centro Juvenil es el lugar de acopio para las donaciones. Hay quienes manifiestan interés por subir a ver las consecuencias del incendio, pero luego entienden la delicadeza de lo que está pasando allá arriba. Se trata de diecisiete familias afectadas, pero el poder de convocatoria de la gente del comedor ha logrado sumar a más de sesenta profesionales de la salud y otras decenas de voluntarios y donantes.

Todos quieren subir a ver.

Los miembros de Alimenta la Solidaridad y Proyecto Nodriza dan los argumentos del respeto a las familias y su dolor, pero en verdad lo que impide que más periodistas y donantes suban es un asunto político que puede terminar en violencia. Mientras tanto, aceptan ir a conocer el comedor y entre Ana y Alejandra les hacen visitas guiadas que reduzcan la angustia: «Aquí se atiende a ciento treinta personas, pero ahora sumamos cuarenta y cinco personas más, al menos para dos comidas. Son la gente de El Derrumbe, aunque ya veintitrés personas de las afectadas formaban parte del programa».

Manuela Bolívar se encuentra con Andrés Schloeter y le describe lo que está sucediendo arriba. Deciden que ella vaya a terminar de coordinar unas donaciones y así aproveche para consultar con quiénes hay que hablar para superar el escollo político y hacer entender a los concejales que entre todos va a ser más sencillo superar esto. Andrés decide subir a El Derrumbe para hablar con la concejal, pero desde aquí puede ver que algo acaba de complicar todo: llegó el alcalde con su gente.

“Bueno, ¿qué vaina es? ¿Alguien nos puede decir qué carajo está pasando allá arriba y por qué estas mujeres no terminan de bajar? Ahí quedaron platos servidos y esa comida no se puede perder”. La mujer que sale del comedor, con un trapo de cocina recibe como respuesta el silencio de quienes están viendo hacia El Derrumbe. Alguien señala con la boca hacia arriba y la mujer del trapo se suma a los espectadores que están ahí, al lado de los autobuses estacionados.

Allá arriba

El alcalde aparece en San Isidro. Trajo consigo una clínica móvil y, a falta de gente en San Isidro, lo acompañan líderes comunitarios de San Blas, uno de los barrios de Petare más alejados. Todos llegaron a bordo de camionetas todoterreno. Ninguno luce cómodo. Se nota que no son de acá. Nadie los saluda y no saludan a nadie. Ni siquiera los cuadros políticos los reconocen por sus nombres. Se llaman “camarada” y saldan el asunto. Alguien del equipo graba al alcalde hablándole a la cámara del teléfono.

Andrés sube por novena vez en lo que va de jornada y ubica a su equipo. Una de las mujeres que vino con el alcalde lo increpa. Andrés la escucha unos segundos, pero apenas comienzan los insultos deja de prestarle atención y pasa a dar instrucciones a su gente. Ella reaviva su ofensiva. Una de las fotógrafas presentes se le acerca y le dice que ahora lo importante son las familias, que no es necesario insultar así: “Yo soy pata en el suelo, gringuita. Yo soy ordinaria y soy negra, así que yo hablo así. ¿Quién coño son ustedes para estar aquí?”.

El silencio que le sigue a esa última frase pone en evidencia su error político. Hasta en los miembros del consejo comunal se nota el punto en contra. Todos ahí saben quiénes son los del comedor y por qué están ahí. La única extranjera es la mujer que grita.

Le toca a Andrés: “Nos hablas así, nos insultas, sueltas tus groserías, ¿pero ni siquiera sabes quiénes somos nosotros? Eso está muy bien, porque si la cosa es así resulta que la que no es del barrio eres tú. Así que me haces el favor y nos dejas trabajar. ¡Epa! Alejandra y Ana bajen apenas puedan. Yo me quedo para saber qué es lo que quiere esta gente y ahí veo qué puedo resolver. Richard, ¿me acompañas y vemos qué propone tu gente?”.

“¿Ustedes saben quiénes son ellos? ¿Por qué creen que estaban en El Derrumbe? Son gente que lo que quiere es jugar con su dolor”. Alguien más: “¡Ellos no les van a construir casas! Aquí los únicos que podemos ayudarlos somos nosotros y ustedes están es agarrando sus limosnas”. Uno que prefiere la amenaza: “Les digo una vaina: si bajan a agarrar vainas de allá o almuerzan allá abajo en el comedor, olvídense de Misión Vivienda. Se los digo de una vez. Nosotros somos los que nos vamos a encargar de la comida y de lo que ustedes necesiten, ¡pero allá abajo no se pueden quedar!”.

Ahora llega una voluntaria de los Cascos Azules con un niño cargado. Vienen del Centro Juvenil: estaban atendiéndole una celulitis infecciosa que parecía delicada y ella quería hablar con su mamá. La criatura llevaba días con eso y quiere explicarle algunas cosas. No podrá hacerlo. Una mujer de la comitiva salta sobre la voluntaria y le arranca el muchachito de los brazos mientras le grita a la mamá: “¿Y tú por qué coño se lo llevaste a ellos? ¡Sabes que si no hay médico nosotros resolvemos! No tienes por qué pedirle nada a esta gente. ¿No estás viendo que el alcalde trajo hasta una clínica móvil? ¿Te costaba mucho esperar?”.

Hasta esta escena de una mujer pobre gritándole a otra mujer pobre, sorprendía cómo ninguna de las diecisiete mujeres que habían perdido todo por el incendio daba muestras de fractura emocional alguna. A pocos metros siguen el olor a humo, el amargo ambiente del plástico quemado, los restos de algo que fue mueble, juguete, esperanza. No haber tenido nunca nada puede ser un entrenamiento severo para el alma, pero efectivo. Quizás por eso no fue sino hasta esta escena de una mujer pobre gritándole a otra mujer pobre que la emoción se sacudió de encima la pesadilla de la conformidad, de la calma aprendida, de la eterna paciencia.

“¡Por el amor de Dios! ¿Cuál es el problema con que esta gente nos ayude, si aquí no ha venido más nadie y ustedes ahora es que llegan? ¿Qué querían que hiciéramos mientras tanto, ah? Yo llevo viviendo aquí cuatro años… ¡cuatro años y nadie nos ayuda, sino esta gente! Y eso cuando pueden. Son cuatro años y el alcalde no vino aquí ni siquiera a buscar votos… ¿entonces, qué coño querían? ¿Qué nos achicharráramos aquí, esperándolos a ustedes?”.

En ese momento, una mujer que acompaña al alcalde se aparta del grupo y se acerca a Alejandra: “Disculpen que todo esto sea así, por favor. ¿Cómo te va a decir gringa sólo porque seas rubia? Eso también es discriminación. Nosotros queremos ayudar, pero no toda la gente es de la misma clase. Pero fíjate, ¡ustedes también! Esa señora que está llorando ni siquiera es de las que perdieron su casa. Entonces, ¿por qué se pone así? Hay maneras de decir las cosas”.

De inmediato, otras madres se dedican a calmar a la vecina que ha cedido a la emoción. No sólo la acompañan en el abrazo, sino también en la palabra. Y ella lo sabe. 

—Pero, coño, Florimar, ¿cómo me vas a consolar tú, si mi rancho sigue ahí y a ti se te quemó todo?

Bueno, porque ahorita la que necesita ayuda eres tú. Mira que ahora es que falta.

Hay maneras de decir las cosas.

Llega la misma camioneta de los panes vacíos, pero está vez a repartir el almuerzo y una instrucción: “No pueden bajar a cenar al comedor. Ya saben. No bajen al comedor que nosotros ahora sí nos vamos a encargar de la comida”.

Así es cómo el sentido político de una frase decide esconderse en la brevedad adverbial de un “ahora sí”.

Aquí abajo 

En medio de una crisis severa hay muchos dispuestos a ayudar, pero también hay quienes no tendrían escrúpulos para robar lo que muchos han decidido dar.

Manuela Bolívar lleva rato reunida con su equipo y con quienes han estado poniendo orden en los donativos. Todos saben que el inventario de comida corre peligro, porque los colectivos violentos que estuvieron orbitando la zona se los dejaron saber. Mientras piensan en cómo resolver esta angustia, Mirla y Alexander se encargan de colar un guayoyo que alcance para todos. Llegan Andrés Schloeter y su equipo. Se hace el recuento del día. Opinan. Discuten. Deciden. Manuela llama a Andrés y se apartan unos minutos. Miden aquellas angustias con las que no quieren minar el ánimo del equipo. Las decisiones pueden parecer simples por lo conflictivo del día, pero sacadas de contexto son bastante complejas. “Toda la comida la vamos a mover a la oficina, donde será más fácil protegerla. Aquí vamos a traer lo que se requiera cada día, si es necesario, para evitar que nos vuelvan a robar. Esto no es un inventario normal: aquí mucha gente puso parte de lo poco lo que tenía y hay que respetar eso”. 

Hernán y Penélope proponen que con la ropa y los utensilios se arme una suerte de kit, con base en los inventarios que tienen de las familias afectadas. Como en ninguna de las familias hay adolescentes, la ropa de esas tallas intermedias se convierten en una manera de agradecerle a los muchachos del Centro Juvenil todo el apoyo. La alegría que aparece en sus rostros es infinita: son muchachos de catorce y quince años que han decidido ayudar a quienes más lo necesitan y no esperaban este premio de la vida. Celebran. Ríen. Y vuelven al trabajo, después de que la mamá de uno de ellos viene a avisar que el alcalde y los suyos se han ido. 

Cuando salen a la calle, sonríen al ver que los colchones donados se han convertido en un momentáneo parque, blando y sereno, para los niños de las madres que decidieron jugársela y quedarse a dormir en el Centro Juvenil.

Todas sonríen. No es alegría lo de sus rostros. Es otra cosa. La brevedad de un poquito de paz. Cansadas, viendo cómo sus hijos todavía tienen energía para jugar, tres de ellas se tiran un ratito en los colchones y sus muchachitos se trepan para darles besos sin humo. Una de ellas está a punto de llorar y su vecina lo percibe, así que la agarra por los hombros y le pregunta si comió. Llama a una de las madres cocineras, que se acerca con su memoria infalible: “Dime, mi amor, ¿te caliento un poquito de sopa?”.

Allá arriba 

La noticia del día siguiente las devuelve a la tragedia en singular. En la madrugada, el marido de Kathy le quemó lo poco que le quedaba, en medio de una mezcla de celos y delirio. El hombre quemó los donativos que le habían dado para ella y para su familia, incluyéndolo.

Mientras Kathy llora y pregunta cómo hacer para denunciar su pérdida, llega el camioncito con las cajas de comida prometidas por el alcalde y los encargados de repartirlas le dicen a Miriam que a ella no le toca, que ella no perdió su casa, que si la desalojaron por un humito fue por decisión de ella. Las vecinas que siguieron al pie de la letra las órdenes del consejo comunal intentan explicarle a los del camión que Miriam también merece la ayuda, que cuando Alimenta la Solidaridad abrió su comedor en San Isidro, Miriam fue la que se encargó de hacer el censo, ver qué se necesitaba. «¿Cómo no la vamos a ayudar nosotros ahora, Richard?».

Kathy retratada por Ernesto Costante | RMTF

También reclaman que anoche nadie se hizo responsable de la pernocta de las familias y la cena nunca llegó. «Nos dejaron en el aire, camarada». Quienes prefirieron no quedarse en el Centro Juvenil cuentan cómo tuvieron que resolver en la casa de algún familiar, de algún amigo, mientras se acercan al comedor para ver si quedó algo o si todavía habrá oportunidad de anotarse para algún desayuno.

Se van los del camión, dejando más cajas que respuestas, y entonces es necesario volver al repaso urgente de los censos y las faltas. En la casa de Andry son dos adultos y cuatro niños. En la de Yamili son tres adultos y un niño de dos años. Con Elianni viven sus cuatro niños. Con Yulitza son dos adultos y dos niños. En la de Florimar son ella, su marido y sus dos muchachos.

Y así, familia por familia, hogar por hogar, vida por vida.

En una de las pocas pausas, una sentencia de Kathy cae en la grabadora como una profecía: “¿Sabes lo que es no tener nada y perderlo todo? Ojalá nunca lo sepas. Además, vas a ver que en una semana, cuando se acabe la bulla en Internet, nadie se acordará de nosotras. La gente del alcalde se va a ir de aquí y de vaina quedarán los del comedor. Así es esto”.

Aquí abajo 

Han pasado dos semanas y el equipo de la alcaldía no ha vuelto a El Derrumbe. Desde el mismo día después del incendio, en el comedor se decidió contemplar en sus inventarios que todas las familias afectadas fuesen beneficiadas. «Y así será al menos durante un año».

Mientras comen juntas, las madres repasan las noticias que llegan desde los embajadores del buró político del olvido. El tema de hoy, por ejemplo, es que alguien les dijo que querían reubicarlas en los Valles del Tuy. 

Ninguna quiere.

Los rumores que vienen llegan desde las oficinas municipales a través de los teléfonos de Lihn y Richard. Sólo ellos pueden saber de alguno que otro avance burocrático. “No se preocupen, que si son casas buenas, seguro se las dan a unos amigos de ellos y nosotras tendremos que seguir resolviendo como podamos”. De resto, cada una de las familias ha vuelto al mismo abandono que antecedió al incendio en San Isidro.

Ahora esperan.

Esperan sin saber cuánto les cuesta. 

Y le avisan a las vecinas cuando algún trabajo o una emergencia las obliga a dejar a sus hijos solos.

También cuidan como un tesoro esas pequeñas linternas que vinieron en las bolsas de los donativos. Nunca se sabe.


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