Perspectivas

El derecho del más fuerte

por Mariano Nava Contreras

19/01/2019

Hercules Farnese (siglo IV a.C), de Glycon of Athens. Fotografía de Marie-Lan Nguyen

En el Gorgias, uno de los más influyentes diálogos de Platón, se desarrolla una de las conversaciones más célebres de la historia del pensamiento político. Allí Sócrates trata de convencer a dos jóvenes amigos, Polo y Calicles, de que es mejor sufrir una injusticia que cometerla. De inmediato salta Calicles, el más ácido y mordaz de los dos. Simplemente no puede creer lo que acaba de escuchar. «¿De verdad estás hablando en serio, Sócrates? ¿No estarás bromeando? Porque si no es así, lamento decirte que los seres humanos hacemos exactamente lo contrario de lo que dices».

No pensemos que el muchacho es un atolondrado. A continuación esgrime una serie de argumentos muy bien tejidos, donde no faltan alusiones a filósofos y poetas, con el fin de probar una tesis que aún hoy no terminaría de parecernos insostenible. Calicles acusa a Sócrates de hablar como uno de esos sofistas y demagogos a los que tanto critica. Dice que hay una diferencia muy clara entre la ley y la naturaleza, y que a veces lo que es bueno por ley es malo por naturaleza o viceversa. Continuamente vemos en la naturaleza que el más fuerte se impone y abusa, por así decirlo, de los más débiles, pero esto no es algo necesariamente injusto ni malo, aunque sea malo ante la ley perjudicar a los más débiles. «La naturaleza misma nos demuestra que es justo que el fuerte tenga más que el débil y el poderoso más que el que no lo es», dice. Pero Calicles no se queda ahí. Dice también que la ley y la justicia no son más que inventos para atemorizar y restringir a los más fuertes, un ardid de los más débiles para limitar la superioridad natural de los poderosos. Que la justicia no es más que un invento también lo dirá después Epicuro, inaugurando una línea de pensamiento político que se extenderá hasta Hobbes y mucho más acá. Pero volvamos a nuestro diálogo.

Quién es realmente Calicles es algo que ha querido estudiar recientemente el filósofo y helenista Francisco Bravo, catedrático de la UCV. De la dificultad de hallar mayores datos acerca de su vida ha llegado a la conclusión de que muy posiblemente el Calicles histórico nunca existió, y que se trata de otro más de los personajes con los que Platón pobló sus diálogos, personajes que se debaten entre la ficción y la realidad, empezando por el mismo Sócrates, quien, como sabemos, no se parecía mucho al héroe filosófico platónico. Sea como fuere, lo que aquí nos interesa es que Calicles encarna un problema central del pensamiento político: cómo limitar el poder y prevenir las injusticias de los más fuertes y poderosos, cómo garantizar la igualdad ante la ley, lo que aquellos griegos llamaban isonomía. Se trata de un principio fundamental para la democracia, nada menos que el secreto de la convivencia civilizada. Durante siglos, pensadores, utopistas y científicos sociales, de Aristóteles a Marx, pasando por Tomás Moro y los estoicos, lo buscaron, creo que infructuosamente.

Que el mito y la literatura han manifestado siempre reverencia y admiración por la figura del hombre fuerte nos muestra hasta dónde se remonta el asunto, cuán profundamente anclado se encuentra en nuestro imaginario. Aquiles, Agamenón, Odiseo, Héctor y todos los héroes épicos están descritos con adjetivos que denotan una fuerza, una belleza y un valor extraordinarios. Sin embargo ellos son, ante todo, reyes, príncipes, lo que denota cómo la fuerza y la belleza física, la riqueza y el poder político se encuentran desde el imaginario arcaico también indisolublemente ligados. Mucho antes, la imagen mítica de Heracles, el héroe por antonomasia, ya se nos presenta asociada a una fuerza sobrehumana. Sus trabajos, que muchas veces lo enfrentan a monstruos colosales, requieren de unas condiciones físicas superiores. Tal imaginario se va a expresar en la plástica, como se ve en esculturas como el «Hércules Farnesio» que está en el Museo Arqueológico de Nápoles, cuyos miembros lucen desproporcionadamente grandes y musculosos. Así nos describirá también Píndaro a los atletas vencedores de sus odas, que eran, conviene recordarlo, tiranos que participaban en exclusivas competencias deportivas.

Volviendo al Gorgias, Sócrates va a desbaratar de la manera más sencilla el argumento de Calicles y su tesis insensata: le explicará que el hecho de que una persona sea fuerte o poderosa no significa que sea mejor ni superior, mucho menos si anda por ahí aprovechándose de los más débiles y cometiendo injusticias. Le dirá que una cosa es la superioridad física y otra la superioridad moral. Sin embargo, es claro que el diálogo con Calicles no está ahí solo para mostrar las habilidades dialécticas de Sócrates. La larga tradición del mito del hombre fuerte seguirá proyectando su seductora sombra a lo largo del pensamiento político. Aparecerá, mutatis mutandis, en otro diálogo no menos influyente del mismo Platón, en la República, bajo la imagen del rey-filósofo. Aparecerá en la Italia renacentista, disfrazado del Príncipe de Maquiavelo. Aparecerá también en la obra de Nietzsche, como un super-hombre liberado de sus debilidades humanas. Pero ojalá no fuera esta más que una siniestra ficción de los filósofos. El hombre fuerte que impone su poder más allá de la justicia y la misericordia lamentablemente forma parte de nuestra realidad, de la historia más reciente, en tantos Fürher y Duces, en «camaradas» Stalin y tantos tiranos y genocidas que no dejan de proliferar. Y peor aún, más acá, en la vergonzante tradición del militarismo y el caudillismo latinoamericano, desde el tiempo de los conquistadores hasta nuestros días. Demasiado cerca como para no verlo.


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