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Dos maneras de entender la vida

por Mariano Nava Contreras

29/06/2019

Creso mostándole sus tesoros a Solón. Óleo de Frans Francken el Joven.

Uno de los más conocidos pasajes de Herodoto es el que nos cuenta el célebre diálogo suscitado entre el sabio ateniense Solón y Creso, el mítico rey de Lidia cuyas incalculables riquezas formaban parte de la leyenda. A comienzos del s. VI a.C., Solón había sido escogido por los atenienses para que les diera sabias leyes. El Ática se encontraba extenuada a causa de una guerra civil que enfrentaba al pueblo sencillo contra los nobles terratenientes, los llamados eupátridas. En el año 594 a.C. la stásis, la «confrontación», era ya insostenible. Los atenienses de ambas partes se pusieron por fin de acuerdo para elegir un árbitro que redactara una nueva Constitución. Así, Solón fue electo diallaktés, «pacificador», y fue investido con plenos poderes. El sabio aceptó, pero bajo dos condiciones: uno, que sus reformas fueran efectivamente aplicadas, y dos, que una vez promulgada la nueva Constitución le permitieran irse de Atenas por diez años. Al terminar su texto, Solón escribió en un poema: “Lo que prometí, lo cumplí con ayuda de los dioses”. Partió y pasó una década autoexiliado y viendo mundo.

Uno de los lugares que Solón quiso conocer fue el mítico reino de Lidia. Se trataba de un riquísimo país ubicado al otro lado del Egeo, en el Asia menor, hoy Turquía. Grande era la fama de sus ríos que arrastraban pepitas de oro, de sus campos fertilísimos, pero también del comercio que florecía en sus ciudades. Herodoto cuenta en el libro primero de sus Historias que hasta allí llegó Solón para conocer al rey Creso, tenido por el hombre más rico de su tiempo.

Cuenta Herodoto que Creso no lo recibió de inmediato, sino que lo hizo alojar en palacio y atender a cuerpo de rey durante tres días, en los que los sirvientes le mostraron el magnífico edificio y sus increíbles tesoros. Al cabo de ese tiempo, cuando Solón hubo contemplado todo, el rey finalmente lo recibió y le preguntó: «Huésped de Atenas, hasta aquí nos ha llegado la fama de tu sabiduría y de tus viajes, y ya que tanto has viajado, me ha dado curiosidad por saber si has visto algún hombre que sea el más feliz de todos». Entonces Solón le contestó que sí, cómo no. Que era Telón de Atenas. Creso, intrigado, le preguntó por qué consideraba que era ése el hombre más feliz, a lo que Solón contestó: «Porque vivió en tiempos en que la ciudad marchaba muy bien, tuvo hijos sanos y valientes, pudo ver a sus nietos y murió valientemente en combate por su patria, por lo que los atenienses le tributaron grandes honores». Entonces Creso le preguntó si conocía a alguien que haya sido el segundo hombre más feliz. Solón dijo que por supuesto, que los hermanos Cléobis y Bitón habían sido los más felices después de Telón, porque habían contado con todo lo necesario para vivir, y además tenían una extraordinaria fuerza física que habían puesto al servicio de la diosa Hera. Los hermanos le habían prestado numerosos y piadosos servicios. En recompensa, habían muerto en el templo de la diosa un día que celebraban un banquete en su honor, como sumidos en un pesado sueño, en medio de la admiración de todos los ciudadanos.

Entonces el rey Creso, ya molesto, preguntó a Solón: “Huésped ateniense, ¿tanto desprecias mi felicidad que la pones por debajo de la de unos simples ciudadanos?” Y el sabio le respondió: “Rey, ¿me preguntas a mí sobre la condición humana? El hombre es puro azar. No te niego que me parece que eres muy rico y poderoso, pero lo que me preguntas no te lo puedo contestar antes de saber si has terminado tu vida lleno de felicidad. He conocido muchos hombres ricos que no son más que unos desgraciados, y otros que gozan de una riqueza moderada son en cambio muy afortunados”. A Creso, desde luego, esta respuesta le sentó muy mal. Entonces despidió a Solón pensando que su fama de sabio era inmerecida, pues, a su entender, Solón en realidad no era más que un loco ignorante.

Si hay alguien que a estas alturas se pregunte todavía por qué se siguen leyendo los textos de la antigüedad clásica, fragmentos como este son un buen ejemplo de cómo aquellos “loquitos” griegos supieron plantear, hace ya más de dos milenios, asuntos que hoy siguen siendo de nuestra más absoluta incumbencia. De hecho, algunos historiadores modernos han puesto en duda que este diálogo haya tenido en efecto lugar. En realidad, eso importa muy poco. Todos nos hemos planteado alguna vez qué tipo de vida queremos llevar, y nos hemos preguntado qué tanto influyen en nuestra felicidad el azar y las riquezas materiales.

Sin embargo, hay otra razón por la que este fragmento tiene un lugar importante en la historia de las ideas. Se trata de la primera vez que se confrontan en un diálogo fugaz el hombre de poder y el hombre de pensamiento. Es la primera vez que se desnudan dos formas de pensar tan disímiles. Gracias a la técnica dramática de un historiador como Herodoto podemos apreciar, en esta breve conversación que se corta tan abruptamente, cómo dos psicologías contrapuestas chocan entre sí y vuelven a sus universos separados: la ley y la sabiduría frente al palacio, la riqueza y el cuartel.

También este relato sirve para mostrarnos los extremos peligros que conllevan el poder y las riquezas excesivas. Nos advierte sobre cómo los altos muros de un cuartel o de un palacio pueden confundir fácilmente a un hombre, cegarlo y aislarlo de su condición humana, apartándolo del verdadero sentido de la vida.


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