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Diario literario

Diario literario, marzo 2019 (parte I)

por Alejandro Oliveros

15/03/2019

Dante y Virgilio se aproximan a la entrada del infierno. Gravado, 1890. Gustave Doré

Caracas, sábado 2 de marzo de 2019

Llegué ayer, sin Constanza ni Alessandro, a los 71 años. Por fortuna, pude estar con ellos un buen tiempo, todo el crudo invierno que pasó, y los espero para su visita anual a Venezuela el mes próximo. Van a hacer dos décadas desde que la hija se fue a estudiar a Italia y se quedó, como millones de venezolanos de su generación. Hace veintiún años, cuando un buen amigo me llamara para conocer mi opinión sobre el oscuro paracaidista en campaña electoral, le respondí, y lo recuerdo claramente, que lo consideraba un protofascista y que, de triunfar en las elecciones, se convertiría en uno más de la fauna de dictadorzuelos tropicales que, desde hace dos siglos, han diezmado la región. Lo que no pensé entonces es que sus capacidades apocalípticas fueran tan desarrolladas, que tales males como los que diezman a la población fueran factibles; que, a la vuelta de pocos años, la tragedia colectiva sería una realidad. A la quiebra material, se agrega la fractura de la psique colectiva, más difícil de sanar que cualquier desajuste de lo material. La degradación de la condición humana es tan seria que no es obvio pensar en una recuperación ad integrum de anchos sectores de la población. Un par de generaciones ha quedado marcada de manera irreversible. La sanación será larga y nunca completa. La pobre psique ha sido afectada de tal manera que nunca volverá a ser la misma; ya nunca volveremos a soñar como una vez soñamos. No obstante, lo urgente es la urgencia. Mientras más temprano comencemos con la cura, serán más satisfactorios los resultados. Al fin y al cabo, la materia con la que se hacen los sueños es lo que mejor sabe guardar el alma, no importa el acoso al que haya sido sometida durante dos décadas. Llego a los setenta y uno más seguro que nunca de que “consiento en mi vivir”; y de que “gracias” no dice nada, a la hora de agradecer a los dioses por la inmerecida generosidad, por lo vivido en compañía de los seres que he amado; lo demás es literatura.

Caracas, domingo 3 de marzo de 2019

Una mañana con un clima que no debe ser distinto al del paraíso, si es que alguna vez existió. A esta hora de la mañana (7.05) la temperatura (22º C) es la más agradable; y la luz, aunque sin el brillo de meses pasados, tiene una dulzura como la de los anones de mi infancia. Ah, viejo anón de mi casa en la urbanización Los Sauces de Valencia. Hace un par de horas, en una emisora local, la música, con interpretaciones de los virtuosos criollos Ricardo Riera y Aquiles Báez, era la más apropiada para este primer domingo de marzo. No obstante, cuando comencé con estas líneas en el cuaderno, el programador de Radio Classique trasmitía la Marcha triunfal de Aída, justamente una de las composiciones preferidas de mi padre quien, en algunos domingos como este, la escuchaba sentado a la sombra del viejo anón familiar.

Inferno

Vuelvo a la lectura de Dante y su Inferno, una lectura reiterada desde mis estudios sobre Ezra Pound a comienzos de los años ochenta del XX. El bardo norteamericano quien se había graduado con una estupenda tesis sobre las literaturas romances, fue un gran admirador del florentino. Más tarde, en mis años en la Escuela Letras le dediqué un par de semestres. Alguna vez una buena amiga del Centro de Estudios Junguianos de Caracas, me publicó Apuntes sobre el Infierno, una esmerada plaquette donde recogía algunos de mis escritos sobre el asunto. Después, escribí un artículo sobre la influencia de la escatología musulmana en Dante y una una crónica donde situaba a Borges en el infierno; al tiempo que dictaba un curso patrocinado por la Fundación Valle de San Francisco. Con Shakespeare y Homero, Dante es un autor que me ha acompañado -más que Dante, su Infierno-, desde la adolescencia. A pesar de que mi primer encuentro con el texto dantiano no fue el más estimulante. Por primera vez lo leí, como a Dostoievsky y el mismo Shakespeare, fue en las Ediciones Sopena, cuyo catálogo era tan rico como pobres eran sus impresiones. No recuerdo el nombre del traductor de Dostoievsky (¿Cansinos-Asséns, quien en aquellos años lo traducía todo de todos los idiomas?) ni el de Shakespeare, pero sí el de Dante; no otro que Don Bartolomé Mitre, expresidente de la República Argentina, algo que la editorial destacaba,  como si ser presidente Argentina fuese garantía de la calidad de una traducción. Lo único que recuerdo era que estaba en una adaptación de la terza rima del original, pero al parecer no fue suficiente con haber ostentado la primera magistratura del país sureño. Hablando sobre esto, y con la experiencia de un tiempo como agregado cultural en el país del sur, el ingenioso y querido Adriano González León, me recitó un logrado epigrama, en ajustados octosílabos, que escuchara en algún almacén de Corrientes, y donde se alude a los muros color pardo de la casa presidencial:

En esta casa parduzca,
vive un traductor del Dante,
apúrate caminante,
no sea que te traduzca.

Es probable que solo Homero, Virgilio y Shakespeare hayan sido tan leídos y comentados a lo largo de los siglos, como el Alighieri. Homero que fue leído por Virgilio; Virgilio que fue leído por Dante; y Dante que fue leído por Boccaccio. En efecto, cincuenta años después de la muerte del vate de Vita nuova, Boccaccio, inventor de la narrativa moderna, ya era conocido como el mejor especialista en la obra de su compatriota. Tal había sido la difusión de la Commedia en Italia que los florentinos, los mismos que habían condenado a morir en el exilio a su autor, exigieron a las Áautoridades de la ciudad una lectura pública del magno poema; porque la gente de Florencia es así, ingrata (también a la cabeza de Miguel Ángel le pusieron precio en su oportunidad) a la par que obsesionada por la belleza de las formas y las realizaciones del espíritu. El escogido para dirigir la lectura no podía ser otro que Giovanni Boccaccio; autor, asimismo, de una temprana y afortunada biografía de Dante. Así, bajo los auspicios de los Priori delle Arti e al Gofalonieri di Giustizia, en un domingo como este de hoy, pero del agosto de 1373, se dio inicio a la lectura pública en la iglesia de Santo Stefano in Badia. El programa incluía la lectura diaria, incluyendo festivos, a todo lo largo de un año. El proyecto, que comenzó de la mejor manera, sería interrumpido por diversas causas después de sesenta jornadas; lo cual, en verdad no es poco: sesenta días seguidos leyendo el dilatado texto. Lo que quedó de las notas de Boccaccio tampoco es deleznable, más de mil  apretadas páginas en mi edición de Mondadori. El libro es un homenaje a Dante tanto como al mismo Boccaccio: un modelo del espíritu del Renacimiento italiano: culto, noble, preparado, profesional, inspirado, lúcido y apasionado. Con estas líneas inició el comentarista su labor: ¨Nuestra condición humana, aunque ennoblecida con muchos privilegios por nuestro Creador, no podría hacer nada bien ni a cabalidad sin la gracia divina”.

Que fue, efectivamente, lo que olvidó Dante y terminó extraviado en la selva selvaggia del pecado y la disolución. Una selva, nos dirá Boccacio en sus imprescindibles comentarios, a la cual no habría entrado el poeta por su propia voluntad sino por smarrimento, por que se había perdido:

Nel mezzo del camin di nostra vita
Mi ritrovai in una selva oscura,
Che la diritta via era smarrita.

Al inicio mismo de su empresa, Boccaccio, en el prólogo, nos habla de las enormes dificultades del proyecto. Cita en latín a Platón a finales del Timeo, cuando el filósofo acude a los dioses pidiendo ayuda para la tarea que se proponía, y agrega: “Y si Platón confiesa que ha menester de ayuda divina, yo no tengo nada de que presumir conociendo mi lento entendimiento, precario ingenio y frágil memoria, especialmente al colocar sobre mis hombros un peso mayor al que conviene; como es explicar el texto, aclarar la cantidad de historias y los sublimes sentidos escondidos en la Comedia de nuestro Dante”. Lo último es digno de ser tomado en cuenta al emprender una lectura del poema, la cantidad de sentidos ocultos en el texto; estamos a finales de la Edad Media una época que privilegió de manera reiterada la expresión alegórica.

Una de las maravillas de Shakespeare, ya fuera de la larga sombra del medioevo, fue su falta de educación formal. Nunca fue a Cambridge, y su griego era peor que su latín. Sus fuentes no son inabarcables, casi siempre conocidas y de fácil acceso: Holinshed, Gramaticus, Plutarco. En el caso de Dante da la impresión de haber leído bibliotecas enteras; frecuentó a Virgilio en latín y a Arnaut Daniel en provenzal. Su desconocimiento del griego fue un estigma de su tiempo. Una exegesis exhaustiva de la Commedia sería imposible, como recuerda Boccaccio, sin la asistencia divina.

Plumas

Apenas revelé públicamente su reprobable conducta, su carácter irascible, y después de nuevas búsquedas, mis dos Aurora extraviadas decidieron que era suficiente y se aparecieron en la gaveta de mi mesa de noche, justo el primer lugar donde las busqué a comenzar mi pesquisa. Bienvenidas en todo caso.

Dante y Virgilio saliendo de la selva oscura. Gravado, 1890. Gustave Doré

Caracas, lunes 4 de marzo de 2019

N.Y.

Constanza en Nueva York de gira con Alessandro por algunos de los sitios que solía visitar durante los años de su infancia, el Museo Metropolitano, el de Ciencias Naturales, Central Park, FAO Schwartz y el apartamento donde vivimos en  225 E. de la calle cincuenta y siete. Me tocaba distraerla después de la escuela mientras la madre estudiaba en la lejana Columbia. Cuando se cansaba de caminar, especialmente en los días de nieve neoyorkina, me la cargaba en los hombres y la llevaba a casa. En aquel entonces, no abundaban los niños de su edad en la ciudad y era toda una atracción. En nuestro edificio, de más de veinte pisos, era la única niña, una rareza. Ahora, especialmente a este lado del Atlántico no faltan los menores de edad con los cuales Alessandro puede compartir mientras contempla absorto las gigantes fauces de la osamenta gigante de un Tiranosaurus Rex.

Inferno (2)

El Inferno de la Divina Commedia, es una larga crónica en versos endecasílabos del viaje de Dante por la regiones infernales hasta llegar al Purgatorio, esa invención de la Edad Media. (Cristo debe haber sido el primer sorprendido por este anexo). Los antecedentes de este itinerario se consiguen en todas las tradiciones religiosas de Occidente y el Medio Oriente. La más antigua es probable que sea la egipcia, con el viaje de ida y vuelta de Osiris al país de los muertos. En Grecia, atribuimos a las tradiciones órficas el origen de las creencias en lo que conocerán como Hades. No es mucho lo que se conserva, si es que se conserva algo, de estos textos, si es que los hubo; y lo poco que conocemos son poco confiables fragmentos transmitidos oralmente que fueron conocidos en su versión original por el ciego Homero. Y fue la que recordó al componer la más ajustada, rica y apasionante aventura de un héroe en ese “undiscovered country from whose bourn no traveller returns” (ese “país sin descubrir de cuyas fronteras nadie regresa”, Hamlet). A pesar de sus vastas lecturas, no pudo Dante leer el Libro XI de Odisea. Se perdió el más estremecedor fragmento de poesía que nos dejó  la Antigüedad. Tuvo que contentarse, lo cual no es difícil, con la estupenda narrativa de Virgilio; donde Eneas, émulo aventajado de Ulises, desciende también a Hades y regresa con una detallada descripción que enriquece la de Homero.

No obstante, el viaje es diferente al de sus ilustres predecesores. Todo viaje es una iniciación; viajamos en busca de algo que nos apremia, aunque no siempre sepamos de qué se trata. Y regresamos de ese viaje cambiados; más sabios, si lo hemos sabido aprovechar. Que fue lo que ocurrió con Ulises y Eneas. El griego volvió a la tierra con la seguridad de su regreso a Ítaca; después de nueve años de aventuras, solo el viaje a Hades le reveló, lo hizo del conocimiento de su destino. De modo parecido, Eneas confirmó su su futuro después de cruzar las puertas de marfil y cuerno a donde había sido conducido por la Sibila cumana. Circular el primero, horizontal el segundo, ambos periplos hicieron más sabios a sus protagonistas. Pero Dante no andaba en busca de conocimiento cuando se perdió en la selva oscura. De su largo y accidentado itinerario no regresará con más sabiduría que la que ya poesía. Seguirá siendo el mismo florentino, poeta y político arrojado al exilio por su enfrentamiento con el papa. Lo que necesitaba el vate stilnovista de la Vita Nuova, el amigo de Guido Cavalcanti, no era ciencia, sino algo mucho más difícil y que requería de un heroísmo no menor al de los héroes de la Antigüedad. La urgencia de su viaje era también asunto de vida o muerte. Y, en su caso, como para todos los creyentes, se trata de la más temida de todas las muertes, nada menos que la de morir en pecado mortal y enfrentar la condena eterna. El de Dante, como el de los peregrinos griegos a Eleusis, era un viaje de purificación que, gracias a la intervención divina en la forma inmaculada de Beatriz, pudo lograr merecidamente.

Valencia, miércoles 6 de marzo de 2019

No se llega impunemente a estas provincias de Dios. Desde mediodía se han sucedido las fallas de energía eléctrica en medio de la más vergonzosa impunidad. Nadie a quién notificar, mucho menos reclamar. Escribo acosado por el bochorno con el dejo de luz que entra a mi biblioteca antes de anochecer. Se siente uno olvidado por todas en la oscuridad que se aproxima. El imperio del desgobierno generalizado. Sin luz, ni agua, ni aire acondicionado, se preguntan los amigos en el extranjero, “Pero, cómo se puede vivir así”. Tenía que continuar con mis comentarios sobre Agota Kristof ahora que he terminado la segunda de la segunda novela, La prueba, de su Trilogía de la ciudad de K. Siempre en la cuidada versión al italiano de Einaudi. Escribo apresuradamente, consciente, sin embargo, de que “la prisa es la pasión de los necios”; pero es que en estas provincias cuando “se va la luz”, nadie sabe si algún día volverá. Y si regresa esta misma noche, que rápidamente se aproxima, es muy poco lo que podría hacer. Desde hace por lo menos cuarenta años, me he acostumbrado a escribir desde muy temprano en la mañana; y no creo que pueda, ni quiero, cambiar esta sana costumbre, de las pocas que todavía conservo.

Valencia, viernes 8 de marzo de 2019

Cuando amargamente me quejaba por las fallas de electricidad en la provincia, no sabía lo que me tenía reservado el gobierno revolucionario. Mientras escribo nos acercamos a las 24 horas de oscuridad, esta vez a nivel nacional. Hace años, en la ocasión de uno de estos apagones, pero esa vez en Margarita, ante las teorías sobre un probable boicot a la gestión de un gobernador opositor, el amigo periodista y veterano de estas lides, Pedro Espinoza, me diría, “Para nada poeta, ni boicot ni nada parecido, es simplemente la estulticia e incapacidad de esta gente que todo lo daña”. Al parecer es lo que está sucediendo ahora, incapacidad, corrupción y falta de mantenimiento. No hay que olvidar que el modelo de este régimen es el isleño, capaces de la proeza histórica de quebrar un monopolio mundial, con un público cautivo consecuente, como es el negocio tabacalero; rescatado gracias a la intervención del capitalismo europeo. Lo repitieron aquí los mismos vecinos con la industria petrolera. Era casi improbable fracasar con la venta de petróleo en un mundo cada vez más sediento de hidrocarburos. Esta vez extremaron su legendaria incapacidad, y de la misma manera han llevado a la quiebra el negocio nacional de combustibles fósiles. Lo más trágico es que esto ha ocurrido con la mayor impunidad. Peor aún, siguen asesorando al gobierno revolucionario en su exitosa gestión. El colapso energético actual es sólo el más reciente de sus logros.

Se lee poco en la oscuridad y se escribe menos aunque lo más dramático es la dificultad de estar cerca de viejos amigos como Corelli, Haydn o Shostakovich. Sin su compañía me siento más desequilibrado que de costumbre. Como un paciente cuando suspende abruptamente su tratamiento.

Libro sin nombre

Un borrador de un texto para una nueva colección de poesías aún sin nombre:

Purifiez mon coeur

Oh dios
de las palmeras
cristalinas
de mi país natal,
purifica
mi corazón,
que estuvo a punto
de extraviar
el rumbo
en la selva de pieles
y humedades;
de ser atrapado
por la loba
en sus sedales.

Purifica
mi corazón
antes
de que sea tarde
y vuelva a sentir
del abismo
sus señales.
Oh dios
de palmeras
y maizales,
tenme siempre
a tu lado,
no quisiera
verme solo
cuando se acerque
mi hado.
Purifica
mi corazón,
y concédeme
la gracia
de seguir amando
y ser amado.

 


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