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Diario literario

Diario literario, febrero 2019 (Parte II)

por Alejandro Oliveros

Rue de Tournon, 29 de junio de 2012. Fotografía de Mbtz | Wikimedia

02/03/2019

Caracas, viernes 22 de febrero de 2019

Joseph Roth en el café Tournon

Joseph Roth es el autor de La marcha Radetzky, una de las diez mejores novelas escritas en alemán durante el siglo XX; lo mismo que de una serie larga de otras narraciones largas (La rebelión, Derecha e izquierda, Job, La cripta de los capuchinos) y cuentos insoslayables de una calidad no menor que la Marcha. Su mundo es el de la decadencia del imperio austro-húngaro; su tragedia, la caída de esa sociedad enfermiza y enferma. Su escritura es preciosa y una de las glorias del alemán moderno. Fue también periodista, y sus crónicas son necesarias para conocer los tiempos de la entre-guerras. Tuvo la premonición de la catástrofe y dejó tempranamente Alemania para refugiarse y morir en Francia. En su capital transcurrieron los últimos seis años de su existencia. Allí escribió mucho y bebió más. Al final, después de varias mudanzas, se decidió por los pequeños hoteles de la rue Tournon. Primero en el Foyot y luego, cruzando la calle, al Tournon; en cuyo café, aparte de escribir, era visitado por amigos, también escritores y refugiados, como Zweig o Morgesten . La mesa que frecuentaba está hoy señalada por una foto y una placa, suficientes para que sus seguidores nos convirtamos en clientes, a pesar de la mediocre comida e insustanciales vinos. Algo que no era preocupación para el gran Joseph, que se había convertido en adicto al Pernod, el rebajado licor descendiente del alucinante ajenjo pero no por ello menos peligroso.

Caracas, sábado 23 de febrero de 2019

Joseph Roth (2)

Joseph Roth

A finales del 2010 el incómodo Museo Judío de París organizó una muestra de fotografías y documentos sobre los años parisinos de Roth: Joseph Roth im Exil in Paris 1933-1939. Entre otros documentos igualmente imprescindibles, encontré en el catálogo esta entrevista realizada en 1961 a Germaine Alazard, propietaria del Tournon y buena amiga del gran escritor:

Roth vivía enfrente en el hotel Foyot. Cuando lo demolieron quiso mudarse para acá pero yo no tenía nada vacante. Durante un mes vivió en el boulevard Haussmann. Incluso cuando estaba en el Foyot, venía regularmente al atardecer a mi café. Cuando finalmente tuve una habitación disponible se lo dije y se mudó

Sentía necesidad del ambiente del café. Nunca escribía en su cuarto. Le guardaba el  manuscrito en el que estaba trabajando cerca de la caja registradora y se lo devolvía cuando bajaba a escribir.

Me enviaba pequeños mensajes cuando quería beber. Tenía un lado infantil. Me decía que cada una de sus páginas valía un Pernod. Su adicción al Pernod le perjudicó la vista. Decía que se estaba suicidando.

Dos o tres años antes de su muerte tuvo problemas con la vista. Sus piernas estaban hinchadas, no se podía poner los zapatos. No veía.

Lo afectó mucho el suicidio de Ernst Toller (en Nueva York), eso lo golpeó mucho.

Escribía en la terraza cuando el tiempo era bueno; de otro modo lo hacía aquí, en ese ángulo cerca de la ventana.

Después de su primer colapso, el 23 de mayo de 1939, lo llevaron a su habitación. Se lo dije a su amigo Soma Morgensten y fui a Llamar al médico. Pero Roth regresó de su habitación y se volvió a sentar en su mesa. No quería que lo sacaran de allí. Finalmente

el médico llegó con una ambulancia para llevarlo al hospital. En eso llegó madame Gidon. Nos hicimos a un lado para que pasaran y, hasta el final un caballero, hizo un gesto con la mano y nos dijo, “Por favor, las damas primero”

Roth habría de morir cuatro días después en medio de las sacudidas del delirium tremens; una víctima más del exilio y la nostalgia por la edad dorada de su amado imperio austro-húngaro. En el Sunday Times, su amigo Stefan Zweig se encargó de redactar el obituario:

Joseph Roth fue uno de los escritores realmente grandes de nuestro tiempo: su prosa siempre ha sido modelo de un estilo alemán perfecto. Escribió cada una de sus páginas

con el fervor de un verdadero poeta. Como un orfebre, pulía y repulía cada frase hasta alcanzar el ritmo y el brillo perfectos. Su conciencia artística era tan inexorable como apasionado y tierno era su corazón. Toda una generación pierde con él un gran ejemplo, y sus amigos a un maravilloso amigo.

Valencia, lunes 25 de febrero de 2019

Guerras y diluvios

Venezuela atraviesa por una crisis de incertidumbre provocada por el colapso de las instituciones que la había sostenido durante cuarenta años. En su lugar, como en la Rusia de Stalin y la China de Mao, se ha impuesto la arbitrariedad y la dominación por parte de los ideólogos de una revolución extranjera y fallida. Ante la catástrofe, algunos ciudadanos confían en las posibilidades inciertas de la ultima ratio, esa especie de milagro que en este caso sería una intervención militar. Siempre nefastas, las favorecidas por los Estados Unidos son las más inquietantes a juzgar por el dudoso historial que incluye desastres como los de Irak, Afganistán y el más reciente de Siria. En el continente, todavía Panamá no se ha recuperado de una invasión que dejó un número de bajas, panameñas, claro está, todavía no inventariado. La intervención militar sería apenas el comienzo de una serie de males que se extenderían a lo largo de las próximas décadas; uno de ellos, no lo olvidemos es de la guerra civil. Después de esto el diluvio.

Valencia, martes 26 de febrero de 2019

John Lee Anderson termina su presentación del trabajo del joven fotógrafo venezolano Alejandro Cegarra en The Newyorker con una frase que, en su brevedad, describe la trágica situación nacional: “Los venezolanos son al mismo tiempo observadores y protagonistas de la crisis política”. En esta situación pirandelliana no hay que ir muy lejos en busca del autor de la tragedia: un oscuro paracaidista cuya estulticia permitió que los líderes de una dictadura caribeña se hicieran con el destino de la nación. No obstante, este público que es, también, actor, decidió que la farsa ha terminado, y que la dirección del fallido espectáculo tiene que ser echada del teatro.

Con palabras y sin palabras

“Con Goethe todo va bien”, es una afortunada frase de Susan Sontag. Y nada más cierto. Incluso, en las contadas ocasiones en que no es del todo claro, las opiniones del poeta de Fausto son siempre inquietantes, cuando no reveladoras: “La música comienza allí donde termina la palabra”, dijo una vez. Es probable que estuviera proponiendo una salida al impasse entre música e parola al que se han enfrentado siempre los compositores de música coral. El romanticismo, ese genial tejido de contradicciones inventado, en hora sospechosa, por Rousseau, no fue de ayuda a la hora de conciliar las diferencias. Schubert, que hizo del Lied el género nacional de Alemania, acompañaba su hermosa música con las historias más patéticas; el suicido de un amante ante el abandono de una molinera o el viaje en invierno hacia la muerte, y cosas por el estilo. Contaba con las letras descubiertas por los hermanos Grimm en el folklore alemán, así como con las poesías de los grandes poetas de su tiempo. Aun así, no es el texto, casi siempre hermoso, lo que más nos interesa de los ciclos de Lieder de Schubert. Schönberg se encargó de aclarar la situación cuando, ante la pregunta sobre las letras de las canciones del compositor romántico, respondió: “No me había fijado que sus Lieder tenían letra”. Adelantándose en este aspecto al maestro dodecafónico, Mendelssohn trató de resolver la cuestión al escribir sus difundidos Lieder ohne Worte “Canciones sin palabras”, que conocí gracias a Daniel Barenboin en una grabación para DG, que conseguí en una de las tantas tiendas de discos de la Caracas pre-catástrofe de mediados de los ochenta. Mucho después, cambiaría de preferencias al escuchar la más refinada y clasicista versión de los tres primeros libros grabada por Walter Gieseking.

Lieder ohne Worte es un conjunto de 48 piezas para piano recogidas en ocho libros (Op. 19, 30, 38, 53, 62, 67, 85 y 102), todas breves y sin complicaciones, lo que garantizaba su popularidad, la esencia misma de una canción. Aun en su sencillez, se trata de una de las glorias del arte romántico: con su pathos matizado por las aspiraciones clásicas de Mendelssohn. Un milagro de la comunicación poética, alejado de las pretensiones oraculares y herméticas tan favorecidas por el siglo XX, un tiempo en el cual estas “Canciones sin letra”, una contradicción en términos, no gozaron de la simpatía del gran público, que no sabía lo que se perdía cuando dejaron de alimentar el espíritu con composiciones como las del Op.19 o el Op.62, que nos dejara el compositor alemán para compensar las mil ingratitudes que hemos heredado.

Valencia, miércoles 27 de febrero de 2019

Books & Co.

Este era el nombre de una de las mejores librerías de Nueva York durante las últimas décadas del siglo pasado; quedaba a pocas cuadras del Whitney Museum y tenía una excelente sección de poesía. Una traducción no literal del nombre podría ser, “Libros y cosas parecidas”. Lo cual designa a todas las bibliotecas particulares en las cuales no sólo se acumulan libros sino todo tipo de objetos. En mi caso y casa, una máscara africana, una pequeña hacha en bronze de Costa de Márfil; botellas vacías (helas!) de Leoville-Barton y Marqués de Murrieta Reserva, ambas de 1948; una llave de hierro huérfana de su puerta, una mascarilla mortuoria de Beethoven, una cabeza de caimán precolombina en miniatura, un fotómetro para Leica de los años cincuenta del XX; un minibotafumeiro traído por algún amigo de Compostela, a donde tengo que ir a prenderle unas velas al Apostol; un modelino a escala del Ferrari F310 que conducía Schumacher ,y otros objetos más o menos insignificantes. A su alrededor, libros que andan conmigo, como las obras completas de Nerval en Pleiade o todas las poesías de Ramos Sucre en la lograda edición de la Biblioteca Popular Venezolana, desde hace cincuenta años; medio siglo, en otras palabras. Por eso la incómoda sensación, a mi regreso, de padecer la indiferencia de mis muy amados libros, esa parte de mi cuerpo que se extiende por cientos y cientos de volúmenes. Por fortuna, y pian piano, he ido recuperando su simpatía, y hemos comenzado de nuevo a trabajar juntos. He seleccionado un volumen de las novelas de Ágota Kristóf en italiano; y ellos, los libros de mi biblioteca, me han propuesto la relectura de Récit secret, los conmovedores textos autobiográficos escritos por Drieu la Rochelle antes de su propia muerte en 1945. Me he comprometido a escribir sobre ambos en estos diarios. Me siento en paz en su compañía. Escuchamos música juntos, nos aislamos y nos divertimos cuando, de la nada, me presentan volúmenes que creía hace tiempo perdidos, como El gran criminal, la estupenda colección de prosas que su autor, Dioniso Cañas, me dedicara, “Con el viejo cariño de siempre”, el 2 de enero de 1998, de donde reproduzco este fragmento:

Ladrón que la ciudad espías de noche, que espías la caída del sol para que estas calles familiares te hagan sombra de sus sombras, corazón de su corazón, único latido de tu amor al hurto. Ladrón que acechas el brillo de los ojos, que hueles el perfume del miedo en la garganta, que das vueltas de pájaro de rapiña, para buscar palabras que embelesen, para

podre entrar, mano de seda, y apoderarte del poema ajeno. Ladrón que la ciudad rondas de noche.

Caracas, jueves 28 de febrero de 2019

Plumas

Primero fueron los libros, ahora son las plumas. Dos de ellas, bellas Aurora compradas en Florencia hace veinte años, han decidido esconderse. Atribuyo la decisión al hecho de no habérmelas llevado de viaje conmigo a pesar de que eran ellas las que estaba utilizando cunado estoy en Valencia. Fue una decisión difícil, pero no puedo viajar con todas mis plumas cada que viajo. Ahora las necesito y quién sabe dónde se ocultan, una experiencia que puede ser neurotizante. He optado por no seguirlas buscando y esperar hasta que se les ocurra aparecer; el que se fue no hace falta, dice la canción; sin embargo, en este caso al menos, no es verdad, a mí mis plumas sí me hacen falta.

Kristóf

Sobre la gran escritora húngara Ágota Kristóf (1935-2001) ya he escrito antes e incluso me atreví a traducir alguno de sus poemas. Vuelvo a ella después de leer El gran cuaderno, la primera de la Trilogía de la ciudad de K., que completan La prueba y La tercera mentira. Leí El gran cuaderno en la cuidada edición italiana de Einaudi. Su lectura, como la de los libros de Kafka, es de esas difíciles de olvidar.


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