Diario Literario
Diario literario 2024, julio (parte III): Aimé Césaire, Schubert en Montblanc, la guerra inmortal de H.G. Wells
Courmayeur. Fotografía de Joan | Flickr
Entrèves (Courmayeur), lunes 15 de julio de 2024
Regreso por escaso siete días a estas montañas en medio de las cuales me siento en una compañía que no encuentro en la ciudad. La experiencia de las cumbres es menos impúdica que la del mar de blanca espuma, cuna de Afrodita con su erotismo desnudo y fatal. Y residencia permanente del reluciente Poseidón. El mar nos seduce al primer encuentro, la entrega es inmediata. El paisaje de las alturas es menos obvio. Se apodera de la distraída psique de manera silenciosa, en la penumbra azul que deja la nieve en el sueño. Al cabo de unos días, nuestra voluntad es doblegada y ya no queremos volver al valle.

Aimé Césaire. Fotografía de martinique.org
Aimé Césaire
Cada vez son más numerosos, generalmente auto-mercados, bares y restoranes, los puestos donde las personas llevan sus libros para que los interesados se los lleven sin pagar nada. Libros de todo tipo, por supuesto, y no siempre los más recomendables. Sin embargo, no pocas veces he dado con títulos notables. El último, ayer, es la edición más reciente de Les armes miraculeuses, de Aime Césaire, editado mezquinamente, sin prólogo, ni comentarios, en la colección Poésie de Gallimard. El anterior propietario del pequeño volumen no era precisamente un admirador del vate de Martinica, porque no hay señas de que haya sido hojeado. Se trata del segundo libro del autor, publicado en 1946. Son marcadas las influencias de los poetas surrealistas a los cuales Césaire frecuentó durante su larga residencia en Francia. No es menos notable que su Cuaderno de un retorno al país natal, de 1939, por el cual fue celebrado a ambos lados del Atlántico. Las armas milagrosas es un texto imprescindible en la evolución de la poesía caribeña. El comienzo de una tendencia que culminaría casi ochenta años después con la obra de poetas del Caribe que intentan el empleo de lenguas “originales” para una literatura independiente del eurocentrismo secular. Césaire escribe en el francés colonialista y es una pena que no haya insistido en el rescate del parlar materno, del cual se incluyen algunas voces en varios poemas:
Tam tam de sangre
papayas de la sombra
Mumbo-jumbo duro cargador
Kolikombo duro cargador
Kolikombo gota de noche en el corazón amarillo del pensamiento
Kolikombo
de grandes ojos de claro casabe
Kolikombo pájaro medido en la oreja de los años
Kolikombo
Kolikombo
Kolikombo
en los remolinos…
En otros textos, como el poema en prosa que da nombre al libro, “Las armas milagrosas”, leemos al Césaire visionario y musical, imaginista y exótico, que tanto impresionaría a Breton y a otros como Benjamin Peret. Estas líneas forman parte del prefacio de Peret a la edición castellana de Cuaderno de un retorno al país natal (La Habana 1943. Trad. Lydia Cabrera. Ils. Wifredo Lam):
Tengo el honor de saludar a un gran poeta, el único gran poeta de lengua francesa que haya aparecido desde hace veinte años. Por primera vez una voz tropical resuena en nuestro idioma, no para sazonar una poesía exótica, adorno de mal gusto en un interior mediocre, sino para dale brillo a una lírica auténtica que surge de los troncos podridos de las orquídeas y de las mariposas eléctricas devorando la carroña. Una poesía que es el grito salvaje de una naturaleza dominante, sádica que se traga a los hombres y sus máquinas como las flores los insectos temerarios. Aimé Césaire no debe nada a nadie: su lenguaje no es tanto el suyo como el lenguaje resplandeciente de los colibrís rayando un cielo de mercurio. Más que el intérprete de la naturaleza tropical de Martinica es una parte de ella; a la vez juez y parte de esta naturaleza. Su poesía tiene el movimiento soberano de los grandes árboles y el golpe obsesivo de los tambores vudú. La magia negra, llena de poesía se opone a la rebelión de las religiones esclavistas donde toda la magia se modifica o toda la poesía muere para siempre. Tengo el honor de saludar al primer gran poeta negro que ha roto las amarras y se lanza sin preocuparse de ninguna estrella polar ni de ninguna cruz del sur intelectual, teniendo solamente como guía su ciego deseo.
De LAS ARMAS MILAGROSAS
SOBREVIDA
Te evoco
bananero patético que agitas mi desnudo corazón
en el día salmodiante
te evoco
viejo hechicero de las sordas montañas por la noche
justamente la noche que precede a la última
y sus redobles de tedio golpeando en la poterna loca de
ciudades enterradas
pero no es sino el preludio de las selvas en marcha sobre el cuello
sangrante del mundo
es mi odio singular llevando a la deriva sus témpanos de hielo en el aliento
de las verdaderas llamas
denme
ah denme el ojo inmortal del ámbar
y sombras y tumbas de granito cuadriculado
pues la barrera ideal de los planos húmedos
y de las hierbas acuáticas
escucharán en las zonas verdes
los intérpretes del olvido anudándose y desanudándose
y las raíces de la montaña
exaltando la estirpe real de los almendros de la esperanza
florecerán por los senderos de la carne
(la penuria de vivir pasando como una tempestad)
mientras que bajo el cartel del cielo
un fuego de oro sonreirá
al canto ardiente de las llamas de mi cuerpo
Entrèves (Courmayeur), martes 16 de julio de 2024
Conocí a Césaire gracias a la legendaria Antología de la poesía surrealista, de Aldo Pellegrini, y al entusiasmo del más alto poeta surrealista venezolano, Juan Sánchez Peláez, quien tenía en gran estima el Cuaderno de un retorno al país natal. Este es uno de los textos que tradujo el querido Aldo (lo conocí su Librería Mandragora en Buenos Aires) para su Antología:
Sol serpiente ojo fascinador ojo mío
el mar piojera de islas crujiendo en los dedos de las rosas
lanza-llamas y mi cuerpo intacto fulminado
el agua eleva las osamentas de luz perdidas en el corredor sin pompa
torbellinos de hielo como aureolas en el corazón humeante
de los cuervos nuestros corazones
es la voz de los rayos domesticados que giran sobre
sus goznes de lagartija
traslado de anolis al paisaje de vidrios rotos
son las flores vampiro que suben a relevar las orquídeas
elixir del fuego central
juego justo fuego mango nocturno cubierto de abejas
mi deseo un azar de tigres sorprendidos en los azufres
pero el despertar de estaño se dora con los yacimientos infantiles
y mi cuerpo de guijarro que come pescado que come
palomas y sueños
el azúcar de la palabra Brasil en el fondo de la ciénaga.
Poco después, cuando integraba el Teatro Universitario de Valencia, conocí el talento dramático del poeta de Martinica con su estupenda pieza El rey Cristophe, basado en la historia del efímero monarca haitiano. Aimé Césaire fue un activo luchador e ideólogo de las luchas post-coloniales y su Discurso sobre el colonialismo (1955), criticado por nuevos pensadores de la cuestión post-colonial, es, sin embargo, un texto inevitable. Estas son sus primeras líneas:
Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita, es una civilización decadente.
Una civilización que decide cerrar los ojos a sus problemas cruciales, es una civilización enferma.
Una civilización que escamotea sus principios, es una civilización moribunda.
El hecho es que la civilización llamada “europea”, la civilización “occidental”, tal como la configuran dos siglos de régimen burgués, resulta incapaz de resolver los dos mayores problemas a que su existencia misma ha dado origen: el problema del proletariado y el problema colonial; que, llamada a comparecer ante el tribunal de la “razón” o el de la “conciencia”, esta Europa se revela impotente para justificarse, y que, a medida que pasa el tiempo, se refugia en una hipocresía tanto más odiosa cuanto menos posibilidades tiene de engañar a nadie,
Europa es indefendible.

Aimé Césaire. Fotografía de Yale.edu
Entrèves (Courmayeur), miércoles 17 de julio de 2024
Aimé Césaire (2)
Sospecho que la popularidad de Césaire, no es la misma de los años sesenta del siglo pasado cuando comencé a leerlo. A pesar del reiterado interés de críticos, traductores (el poeta venezolano Adalber Salas es uno de ellos) y editores por la nueva poesía del Caribe, la obra de Césaire no parece la más frecuentada. Los nuevos criterios no la favorecen. Aparece como demasiado subordinado a los criterios de la metrópolis que lo favorecieron holgadamente. Tampoco se siente como encomiable su militancia comunista en tiempos de Stalin. E incluso sus escritos filosóficos y políticos sobre la noción de la negritud, que serían tan influyentes, han escapado a la crítica de los pensadores más jóvenes. Lo que es irrefutable es que es el autor de Cahier d’un retour au pays natal, uno de los libros de poesía más estimulantes escritos en francés durante los últimos cincuenta años. Un poemario mítico, que se actualiza en este momento en una Venezuela que ha visto perder impunemente a más de diez millones de sus nativos. Césaire lo escribió en 1938 en Martinica, después de siete años de ausencia. No son pocos los venezolanos que lo han superado en esta carrera cruel, y a alguno le tocará escribir su propio Cuaderno, en el cual nos represente a todos.
De CUADERNO DE UN RETORNO AL PAIS NATAL
Y ahora que estamos de pie, mi país y yo, con los cabellos al viento y mi
pequeña mano ahora en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros
sino por encima de nosotros, en una voz que barrena a la noche y a la
audiencia como la penetración de una avispa apocalíptica. Y la voz dice que
Europa durante siglos nos ha cebado de mentiras e hinchado de
pestilencias,
porque no es verdad que la obra del hombre haya terminado
que no tengamos nada que hacer en el mundo
que seamos unos parásitos en el mundo
que basta que nos pongamos al paso del mundo
pero la obra del hombre ha empezado ahora
y falta al hombre conquistar toda prohibición
inmovilizada en los rincones de su fervor
y ninguna raza tiene el monopolio de la belleza, de la inteligencia,
de la fuerza
y hay sitio para todos en la cita de la conquista y ahora sabemos que el sol
gira alrededor de nuestra tierra iluminando la parcela que ha fijado nuestra
sola voluntad y que toda estrella que cae del cielo a la tierra a nuestra voz de
mando sin límite.
Ahora poseo el sentido de las ordalías; mi país es “la lanza de noche” de mis
antepasados bámbaras que se arruga y su punta huye desesperadamente
hacia el astil si se la rocía con sangre de pollo y dice que es sangre de
hombre lo que necesita su temperamento, grasa, hígado, corazón de
hombre, no sangre de pollo.
Y yo busco para mi país no corazones de dátil, sino corazones de hombre
que, para entrar en las ciudades de plata por la gran puerta trapezoidal,
golpeen la sangre viril, y mis ojos barren mis kilómetros cuadrados de tierra
paternal y enumero las llagas con una especie de júbilo y las hacino una
sobre otra como raras especies, y mi cuenta se alarga siempre con
imprevistas acuñaciones de la bajeza.
Y aquí están aquellos que no se consuelan de no ser hechos a semejanza de
Dios sino del diablo, aquellos que consideran que se es negro como se es
dependiente de segunda clase: esperando mejorar y con la posibilidad de
subir más alto; aquellos que capitulan ante sí mismos, aquellos que viven
en el fondo de la mazmorra de sí mismos; aquellos que se envuelven con
seudomorfosis orgullosa; aquellos que dicen a Europa: “Mire, yo sé cómo
hacerle reverencias, cómo prestarle mis respetos, en suma, no soy diferente
de usted; no haga caso de mi piel negra: me ha tostado el sol”.
Y hay el rufián negro, el áscari negro, y todos cebras se zarandean a su
manera para hacer que el listado de sus pieles caiga en un rocío de leche
fresca. Y en medio de todo esto yo digo ¡hurra! mi gran padre se muere, yo
digo ¡hurra! la vieja negritud se cadaveriza progresivamente.
No hay que decir: era un buen negro. Los blancos dicen que era un negro,
un verdadero buen negro, el buen negro de su amo

Atardecer en el Montblanc. Fotografía de CrazyBanana | Flickr
Entrèves (Courmayeur), jueves 18 de julio de 2024
Schubert en Montblanc
En la noche alpina, los familiares Impromptus Op.90, de Schubert en la versión de Wilhelm Kempff. Unas melodías adolescentes, como todo lo romántico. Impredecible, brillante siempre, incluso en su germana melancolía que es la misma de estas alturas del Montblanc. una geografía donde la armonía plena, dionisíaca, es tabú. Una concepción de la vida ayuna de la sed de luz del Mediterráneo o de nuestro Caribe. Estas nieblas y tinieblas engendran sensibilidades como las de Friedrich o Rothko. Nuestro sol inclemente hace posible visiones como las de Reverón, no menos frágiles. Escucho a Schubert en estas crestas y siento lo mismo, que de alguna manera pertenezco a este mundo. Frente al mar de mi madre nunca he tenido la experiencia de sentirlo como un techo tranquilo donde caminan las palomas. Siempre me ha producido un desasosiego, una inseguridad emocional que se remonta a la lejana infancia. El miedo de ahogarme, la violencia del oleaje, la profundidad seductora y el remolino. Es casi medianoche de una noche de verano, me esperan las fantasías y fantasmas de un sueño impredecible. La sombra imponente del Montblanc recuerda que el hombre está en la cumbre de esa creación magnífica asomado a sus propios miedos, como una criatura de Caspar Friedrich.

H. G. Wells retratado por George Charles Beresford. 1920
Entrèves (Courmayeur), viernes 19 de julio de 2024
La guerra inmortal de H. G. Wells
Mi primera experiencia con H.G. Wells fue en mitad de la infancia con lo que llamábamos un “suplemento”, que no era otra cosa que una tira cómica, aunque no tuviera nada de divertido, como la versión resumida de La guerra de los mundos, la cual me produjo un terror que no he podido superar. Y que, por el contrario, creció cuando me leí el libro; se reactivó con la grabación del programa radial de Orson Welles, y se mantiene intacta ahora que la releo en el original. No sé si lo sabía, pero el autor se estaba procurando la inmortalidad con aquella novela de ciencia ficción publicada en 1898. La prosa de Wells, desde la primera página del libro, funciona como un instrumento de relojería, uno de esos infalibles relojes que Breguet fabricaba para su emperador Napoleón. Pocas veces se ha dicho tanto en las siete líneas de la edición de bolsillo que estoy leyendo:
No one would have believed, in the last years of the nineteenth century, that human affairs were being watched keenly and closely by intelligences greater than man’s and yet as mortal as his own; that as men busied themselves about their affairs they were scrutinizes and studied, perhaps almost as narrowly as a man with a microscope might scrutinize the transient creatures that swarm and multiply in a drop of water.
Nadie habría creído, a finales del siglo diecinueve, que la humanidad estuviera siendo observada de manera tan penetrante y atenta por inteligencias superiores a la del hombre y, no obstante, tan mortales como la suya; que mientras la gente se ocupaba de sus asuntos, era observada y estudiada, tal vez con la misma atención con la que un investigador con un microscopio estudia las efímeras criaturas que se agitan y reproducen en una gota de agua.
Los elementos esenciales de la ciencia-ficción están presentes en el breve párrafo. Lo fantástico, la participación de la ciencia, lo impensado y el terror. En toda ciencia-ficción el ser humano es la parte más frágil, como en El camino, de Corman McCarthy. Aquí Wells rebaja la humanidad a la condición de microbios, el escalafón básico de la vida animal. En esta condición las posibilidades de enfrentarnos con éxito a inteligencias no son obvias. Y es lo que Wells va a narrar en su novela. Nuestra incapacidad de enfrentar inteligencias superiores a la nuestra. La permanencia del libro, como la de los relojes Breguet, radica en su precisión. Ni una palabra que no sea necesaria y mucho menos adjetivos. El miedo que me produjo la historia de Wells en mi infancia no ha desaparecido. Quedará para siempre en la memoria de los hombres.
Alejandro Oliveros
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