Diario literario

Diario Literario 2022, octubre (Parte II): Arévalo Martínez y los Williams, pajaritos de otoño, Miguel Gomes ante el jurado, La Viaccia, de Bolognini

15/10/2022

Rafael Arévalo Martínez. Imagen de Wikimedia

Milán, lunes 10 de octubre de 2022

Arévalo Martínez

La primera vez que leí este poema fue con Eugenio Montejo (“Alejo, tenemos que buscarnos compañeras así”) poco antes de su primer viaje a París. Eso fue en 1967. El texto aparecía en la mejor selección que se ha publicado de poesía latinoamericana de las primeras seis décadas del siglo XX. La reveladora Antología Caballo de Fuego. Uno de los libros de los que más falta hago en este destierro semi-voluntario. La última vez que lo leí el poema fue hace una docena de años, y lo hice en alta voz para los amigos reunidos en mi casa de Valencia que no lo conocían: Héctor Abad, Ramón Cote y Mario Jursich y Antonio López Ortega. Lo sigo teniendo como uno de los textos cuya inmortalidad veo ahora más segura que hace cincuenta y cinco años. Se trata de uno de los poemas más notables escritos de este lado del idioma:

Ella es una muchacha muy gorda y muy fea,
pero con un gran contento interior.
Su vida es buena, como la de las vacas de su aldea
y de mí posee mi mejor amor. 

Es llena de vida como la mañana;
sus actividades no encuentran reposo,
es gorda, es buena, es alegre y es sana;
yo la amo por flaco, por malo, por triste y por ocioso. 

En mi bohemia, cuando verde copa
se derramaba demasiado henchida,
ella cosió botones a mi ropa
y solidaridades a mi vida. 

Ella es de esas mujeres madres de todos
los que nacieron tristes o viven beodos;
de todos los que arrastran penosamente,
pisando sobre abrojos, su vida trunca.
Ella sustituyó a la madre ausente
y a la esposa que no he tenido nunca. 

Cuando se pone en jarras, parece un asa
cada brazo suyo, es tan buena ama de casa
que cuando mi existencia vio manchada y helada y destruida,
la lavó, la plancho y luego, paciente,
la cosió por dos lados a la vida
y la ha tendido al sol piadosamente.

Del estupendo poeta guatemalteco (1894-1975), del mismo libro, Los atormentados (1914) es este otro interesante texto:

Cuando la conocí me amé a mí mismo.
Fue la que tuvo mi mejor lirismo,
la que encendió mi obscura adolescencia,
la que mis ojos levantó hacia el cielo.

Me humedeció su amor, que era una esencia,
doblé mi corazón como un pañuelo
y después le eché llave a mi existencia.

Y por eso perfumó el alma mía
con lejana y diluida poesía.

El poema fue publicado en inglés en una entrega especial, dedicada la poesía hispanoamericana, de la revista estadounidense Others, que fundara Alfred Kreymborg en 1915. Un año después pasaría a manos de William Carlos Williams. En su condición de editor solicitó la colaboración de William Georges Williams, su padre, quien atendió la solicitud traduciendo al inglés la poesía de Arévalo. Mucho sabía de castellano el viejo Williams. Había nacido en Inglaterra y, con sus padres, vivió desde los cinco años en República Dominicana. Su esposa, y madre de William Carlos, se llamaba Raquel Helene Hoheb, puertorriqueña de origen francés. El castellano fue el parlar materno del hijo, quien sólo en la adolescencia comenzó a hablar en inglés. Esta es la traducción al inglés de “Cuando la conocí me amé a mí mismo”:

When I met her I loved myself.
It was she who had my best singing
she who set flame to my obscure youth,
she who raised my eyes toward heaven. 

Her love moisture me, it was an essence.
I folded my hearth like a handkerchief
and after I turned the key on my existence.

And thus it perfumed my soul
with a distant and subtle poetry.

La versión es notable. William Georges. Los endecasílabos castellanos los convierte en tetrámetros regulares, adaptando la modernista musicalidad de Arévalo a la dicción del siglo XX, sin abandonar del todo el dejo decadente de ingleses como Ernest Dowden: “Yea, I was desolate and bowed my head:/I heve been faithful to you, Cynara, in my fashion”.

Milán, martes 11 de octubre de 2022

 Desde que llegué de Toscana hace unos días, he recibido la visita de unos pajaritos cantores que son bienvenidos después del silencio impuesto por el largo y ardiente verano. Debo preguntar a mi sobrina Danela si también han llegado al patio de su casa en Dusseldorf, donde tiene una casita para dar techo y alimento a estas avecitas itinerantes. Esta vez no se trata de una masa coral como las de primavera, ni vienen acompañadas con esas voces a lo Wunderlich o Björling. Se trata de un grupo más bien pequeño, como el de un coro de cámara. Su música se corresponde al tamaño y recuerda al Mozart de Bastienn und Bastien, antes de llegar al Re pastore. Tampoco son muy resistentes, y al cabo de una media hora, digamos de 5:00 – 5:30am, se silencian, dejando la madrugada de Milán perfumada con sus voces. De vez en cuando, hacia las 7:00 am, se presenta un pajarito solista, que pasa por aquí, canta bellamente durante unos quince minutos y sigue su vuelo hacia el mejor clima de otras regiones. Bienvenidas estas dríadas de los árboles, que nos visitan y alegran antes de emprender el largo viaje de miles de millas hacia el sur en busca de otros climas. Ahora quedo esperando información de Danela desde Dusseldorf sobre estos pajaritos de otoño.

Miguel Gomes

Miguel Gomes es tan conocido por una cosa como por la otra, como crítico literario y como autor de varios libros de narrativa. Uno de sus últimos títulos es Ante el jurado (Pretextos, 2022). El título es el de la nouvelle con la que se cierra este volumen, que incluye otras siete narraciones. Un denominador común es la geografía alrededor de la cual (porque es como el centro) se desarrolla la acción de los personajes. El locus “amoenus” es la costa este de los Estados Unidos, desde la agitada Manhattan a los suburbios inmaculados de Nueva Inglaterra. El mismo clima, casi siempre frío, los mismos abedules que cantara Frost, y la misma gente con su ajustada concepción suburbana del mundo, una ideología a la que ya fuimos introducidos por Updike y Cheever. La diferencia es que los personajes son casi siempre venezolanos que viven los más diversos tipos de destierro. Los actores de Gomes siempre están en situación, dependen de lo que tienen alrededor, gente o paisaje. Algo que se agudiza en dos joyas de la narrativa breve, donde el autor se nos presenta at his best, como dirían en el Connecticut de su geografía. Dos pequeños relatos dignos de la antología. Uno fantástico y otro trágico. El primero, escrito en forma de diálogo, tiene la tensión del Quiroga fantástico, la misma economía, lo mismo inesperado. “Una señora en el patio”, es como se llama el primero y cuenta una experiencia inquietante. Nada del fantástico épico de Stephen King, por ejemplo, pero no menos aterrador en su reducción. Las primeras líneas:

-Mamá, hay una señora en el patio.
-¿Cómo?
-Una señora estaba caminando fuera.
-¿Qué señora? Por acá no vive nadie más.
-Acabo de verla.
-¿Estás segura? ¿Dónde?

Y esta es la última:

-Y trae la linterna, afuera todo está muy oscuro.

“Una señora en el patio” debe ser leído como una alegoría. Y, como toda alegoría, su significación es tan resbaladiza como la anguila de San Jerónimo. De lo que quedamos convencidos, es de que la experiencia de la pequeña hija no nos es ajena. Que no nos haya ocurrido, no quiere decir que no nos pueda ocurrir. Y así es la mejor literatura fantástica, que no lo es tanto como para que no deje de ser real. La sospecha de una experiencia universal de lo fantástico, se reitera en la otra historia a la que me voy a referir. “Persie” es como se llama y viene presentada con un epígrafe del inefable Nahum Tate. De lo que le ocurre a la protagonista nadie está seguro de poder evitarlo. La señora Hammond, un buen día no sabe dónde está:

En algún tramo de la carretera de Dighton, Dorothy Hammond, viuda de Allan, presentiría que se había extraviado.

Incluso a lector más distraído no se le escapa la sospecha de que se trata del muy temido Alzheimer. Lo que sigue son veinte páginas de asfixiante drama. No sólo por lo que le está ocurriendo a la buena señora Hammond, sino porque igual puede pasarnos a nosotros, Dios no lo quiera. Gomes no acude, a pesar de la tentación, a inútiles adjetivos en esta historia clínica poetizada:

Adivinándose perdida y convencida de la gravedad del asunto, Dorothy se asiría al volante para sacarle a este, a sus hábitos de rectas, curvas, carril de la derecha o la izquierda, lo que se borró en la pizarra que tenía en la cabeza. Diría ella: en mi maldita cabeza de vieja.

La imagen es terrible y elocuente. Así refieren los pacientes del temido mal: no es que han olvidado algo susceptible de ser recordado en otro momento. No se trata de eso, precisamente. Era de algo que estaba escrito en la pizarra y alguien, en este caso nadie, borró para siempre. Sólo recuerdo una descripción tan devastadora del Alzheimer. La cuenta el brillante poeta italiano Mario Specchio en su colección de relatos Morte d’un medico. Y parece que lo cantara como cantó la suerte de Ulises en uno de sus poemas. Un buen día, un respetado germanista de la Universidad de Siena (la historia está basada en hechos reales), en el curso de una clase, se levanta de su escritorio para escribir algo en la pizarra. Cuando se disponía, tiza en mano, a consignar la información, se le olvidó qué era lo que iba a escribir, y más nunca lo recordaría. Los síntomas de la enfermedad se presentaron de manera violenta y al poco tiempo el brillante docente estaba retirado de su cargo. Gomes, por su parte, limita a una prosa breve la caída de Mrs. Hammond en el agujero negro de la desmemoria irreversible:

… deambula en un matorral de fríos trepanadores y no sabe cómo regresar de la lágrimas. ¿Dónde está la casa? Persiste la sensación de que no le queda lejos, de estar Dorothy, con sus canas, su copete, el vestido, el bolso, metida en una nube gris, más y más opaca, interpuesta entre el llanto y lo que la ayudaría a volver. En vez de eso, hay árboles de escarcha que marcan el fin del otoño: bajo el blanco se parecen unos a otros los abedules, con sus cortezas de harina, todos sin hojas, las hojas es lo que piso, lo que cruje cuando camino, dónde estoy.

Aún otras situaciones límites (que es donde encontramos lo mejor del autor), refiere Gomes en estas ocho historias que tienen mucho en común, entre ellas la ética protestante de la escritura y su musicalidad. Como en “La llamada”, donde narra una historia nada especial como no sea la acertada manera en la que presenta la reacción de una madre (venezolana) de Connecticut al enterarse de la matanza de Sandy Hook donde resultaron muertos veinticinco niños de la misma edad de su hija que estudia en tras escuela del mismo estado. No creo que exagere cuando digo que, por mi parte, nunca había tenido tan ceca el terror de unos padres cuyo hijo estudia en una institución similar a la que fuera escenario de sangriento episodio. Especialmente, como es el caso de la protagonista su se vive en país ajeno. Una experiencia que hace incómoda, por decir lo menos, la existencia, que es la de la mayoría de las criaturas que presenta Gomes, desterrado de larga data, en Ante el jurado.

 

Milán, jueves 13 de octubre de 2022

En su ciclo inaugural y después de haber exhibido Il generale della Rovere, la Cátedra “Pietro Germi” de cine italiano, presentó La Viaccia, de Mauro Bolognini, una cinta injustamente olvidada, pero una de las mejores producciones de su tiempo.

Mauro Bolognini comenzó en el cine, después de graduarse en Florencia como arquitecto y escenógrafo. Una experiencia que se expresará en el cuidado arquitectónico de la composición de sus encuadres y en el arreglo de sus exteriores, como en las tomas a la fachada de la hacienda en La Viaccia, o cuando Cardinale se le aparece a Belmondo en medio de la calle. Con esta vocación se desarrollaría otra, resultado de su contacto con la literatura y los escritores. Especialmente con Pier Paolo Passolini, quien le serviría de guionista en La noche brava y El bello Antonio. Después de Passolini se relacionaría con otro destacado escritor, Vasco Pratolini, quien será el responsable del guión de La Viaccia. También con Alberto Moravia, el más respetado novelista italiano de su tiempo trabajó en La giornata balorda , y llevó al cine una de sus novelas más populares, Agostino. Tal vez, sin embargo, la más interesante de sus afinidades con la literatura sea La senilità, de 1962, donde realiza una magnífica adaptación de la novela del mismo nombre de Italo Svevo.

Bolognini, nacido en 1922, pertenece a una generación formada a la sombra del neo-realismo, un estilo que se encargarían de superar pero que dejaría una huella en sus producciones. En La Viaccia esta gravitación neo-realista se siente en el empleo de escenarios naturales y el uso de voces dialectales por los campesinos, así como en la insistencia en una escritura realista, inmediata y accesible. Y no menos en la presentación de los personajes como producto de las circunstancias, más que de la voluntad individual. Aunque no estamos en el determinismo del neorrealismo clásico, como en El general de la Rovere, donde el protagonista, un cínico oportunista, es convertido en héroe por la circunstancia histórica. Amérigo (Jean-Paul Belmondo) no es el general della Rovere, ni mucho menos, pero el contexto se impondrá al carácter débil, a la personalidad pusilánime del personaje.

La Viaccia es de 1962, en el medio del período más fecundo de Bolognini. De 1960 es El bello Antonio y de 1962 y 1963 Senilidad y La corrupción. A diferencia de los maestros del neo-realismo y de algunos de sus contemporáneos, como Rosi o Scola, Bolognini no produce un cine ideológico. Político sí, pero no dependiente de ninguna ideología, como no fuese la de ser enemigo del fascismo y todas las expresiones de la extrema derecha. Una posición que le trajo no pocos problemas. Como ver prohibida Libera, amore mio por su fuerte condena a la impunidad con la cual fueron tratados cantidad de autoridades fascistas. Una lamentable realidad que recuerdan otros filmes como La larga noche del 43 o La chica de Bube.

Bajo la apariencia de una de las tantas historias del “verismo” italiano (una forma de realismo finisecular), tomada de la novela del toscano Mario Pratesi, los guionistas, a la cabeza de los cuales Vasco Pratolini, ofrecen a Bolognini en La Viaccia el pretexto para filmar una tragedia griega entre el paisaje rural de Toscana y el urbano de la Florencia de finales del XIX. Amérigo transgrede su milenaria condición campesina para entregarse a una sintaxis urbana que no terminará de asimilar. Una vez más, como en Senilità, la “amarthia” se llama Claudia Cardinale, en el zenit de su atractivo físico. Una prostituta absoluta, en cuyos encajes queda atrapado el inconforme joven. Dos mundos enfrentados de manera peligrosa: el arquetipal de la mitología telúrica, y el deshumanizado de las grandes ciudades. Pietro Germi es Stefano, el pater familiae, candoroso hasta la estupidez, y Ferdinando (Paul Frankeur) es su oportunista hermano, que termina quedándose con todo; para morir poco después y dejarlo en manos de su advenediza mujer. Después de los 100’ primeros de película, esperamos solamente por la apariencia que va a sumir la tragedia. La cual se presenta de manera inesperada en la forma de una comparsa de la commedia dellarte en el burdel de Blanca (Claudia). El último en pasar es Arlecchino, y adivinamos que, debajo de su antifaz, la muerte está escondida. Que se descubre en el puñal que el siniestro personaje esconde en el vientre de Amérigo. Todavía en el hospital en recuperación, el muchacho abandona el hospital y se echa a la calle, para que la indiferencia de Bianca, y la distancia de la casa ancestral, terminen el trabajo comenzado por Arlecchino. La estupenda fotografía es de Leonida Barboni (con Germi, Hombre de paja y Divorcio a la italiana), precisa y elegante. Después de ver las cuatro películas ofrecidas por la Cátedra Pietro Germi de Cine Italiano, Cine-Club Ambrosiano, mi consideración por el talento de Bolognini es mayor de la que tenía hasta ahora. No es menos, efectivamente, que uno de los grandes realizadores del cine europeo de los sesenta y setenta.

 

Mersault, viernes 14 de octubre de 2022

Anoche una lectura de los poemas de Exilios (Le Royaume perdeu) para queridos amigos productores de vinos de la región, Natalie Tollot-Baut, Eric, Alexandre Abel y Guillaume D’Angerville, quien se encargó de dar lectura de los textos traducidos al francés. Guillaume es, además, el autor del prólogo de la edición bilingüe de Edition Conference. Era la primera vez que escuchaba las traducciones de Idoli Castro. Como se insiste en la introducción, en su trabajo Idoli encontró el mejor equivalente posible en francés a la musicalidad del original. Debo decir que me pareció de lo más inquietante la experiencia especular de sentir cómo mis queridos versos se desdoblaban ante mi propio asombro.


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