Diario Literario

Diario literario 2022, noviembre (parte I): Orlando Gibbons, 100 años de The Wasteland, Lezama y Pascal, litio, Ada Limón

T. S. Eliot

05/11/2022

Milán, domingo 30 de octubre de 2022

El alivio de Gibbons

Se termina este octubre del 2022, del cual, en la memoria, apenas quedaran minutos. Ignoro cuántas horas tiene un mes, sólo sé que, las de este octubre, quedarán reducidas a pocos instantes en el recuerdo. Con la edad, eso que llamaban en la segunda post-guerra el “absurdo de la vida! (un vicio absurdo, decía Pavese) se siente con una urgencia intolerable. Un sentimiento que se inauguró en Occidente durante el Barroco, cuando sus poetas se imaginaron la vida como un circo, un mercado o un sueño. Hamlet es una de las grandes expresiones de este sentimiento del absurdo. El querido príncipe, filósofo y poeta, nunca entendió el papel que le asignaron en esta vida. Todo lo estimulaba (“How all occassions do inform against me/and spur my dull revenge”) a cometer un acto que iba en contra de todas sus posibilidades. Lo que para los demás (Fortinbras, por ejemplo) era una empresa no del todo improbable, para él estaba más allá de sus posibilidades. “Que me obliguen a algo que no puedo es absurdo”, ha podido decir. No pocos de los personajes de Shakespeare sintieron lo mismo. Ni los de sus contemporáneos, Kyd, Marlowe, Jonson, Ford, Webster, Middlenton y John Donne. La reina Isabel le corta la cabeza a María Estuardo, sólo para que el primogénito de la decapitada herede la corona. Por eso me impresiona tanto la música de Gibbons, que ahora escucho en un programa especial de Radio Classica Milano. Nacido (1583-1625) casi veinte años después del Bardo, era bien conocido cuando el poeta compuso su serie de dramas fantásticos, Cimbelino, Pericles, Cuento de invierno, La tempestad. Eran los difíciles momentos de la sucesión a un trono sin heredero directo, dada la condición virginal de Isabel. Las guerras religiosas no se detenían en Europa y amenazaban con extenderse a Inglaterra. No obstante, la música de Gibbons, organista oficial de Jacobo I, parece estar por encima del bien y del mal, a salvo de las crisis existenciales de su época. Sus pavanas son un consuelo y alivio para alma atribulada. Glenn Gould lo sintió así cuando escribió, en una de sus auto-entrevistas, que Gibbons era su músico predilecto. Todo lo que digo se encuentra bellamente resumido en la que tal vez sea su pieza más conocida, The Silver Swan, (el cisne plateado), un conmovido madrigal para cinco voces escrito hacia 1612. El mismo año en el cual Shakespeare hacía sus maletas para regresar a Stratford-upon-Avon, después de realizar, en Londres, la más brillante carrera como dramaturgo desde los tiempos de Sófocles.

Milán, lunes 31 de octubre de 2022

The Wasteland (1)

1922 sería el año que definiría el desarrollo de la narrativa y la lírica del siglo XX. En un lapso de diez meses se publicarían Ulises de Joyce, y  The Wasteland (La tierra yerma) de T.S. Eliot. La ficción,  en los países de Occidente, no sería la misma después de Ulises, y la poesía tampoco después de The Wasteland. Muchas son las divergencias, apenas una es que el libro del irlandés es una novela católica (como buen irlandés, Joyce era católico apostólico y, como si fuera poco, educado por los jesuitas), y el de Eliot es un poema protestante (Eliot era descendiente de Eliot, distinguido pastor luterano). Pero esto podría pasar desapercibido, porque permanecen relacionadas por la innovadora sintaxis, escritas en un estilo que sería el dominante a todo lo largo de la modernidad. Herederos del simbolismo francés del XIX, en ambos casos se trataba de una escritura elitesca, hecha para los happy few ,capaces de descifrar un lenguaje críptico, hermético, oscuro y culterano. Comenzarían los tiempos de gloria para los críticos y comentaristas.

José Lezama Lima. Fotografía de
Antonio Marín Segovia | Flickr

Milán, martes 1 de noviembre de 2022

Lezama y Pascal

La editorial La Castalia, de Mérida-Venezuela, acaba de reeditar, Lezama Lima, lector de Pascal, cuyo autor es el narrador y ensayista venezolano Ricardo Bello, uno de los acercamientos más originales que se ha escrito alrededor de la obra del autor de Paradiso. La originalidad del ensayo es su intención de una epistemología filosófica de la gran novela. No sólo la metafísica del dieu caché pascaliano, sino las correspondencias que encuentra con los pensadores más variados, Santo Tomás o Bachelard, y los escritores más diversos e inesperados, como Denis de Rougemont o Américo Castro. La documentación de Bello es de esas raras que no aburre sino que excita grandemente. Al final, quedan dos libros; uno sobre Lezama; y el otro, que es un rápido compendio de los mejores exponentes de la filosofía y literatura occidentales. No es que sea necesario haber leído tanto para entender a Lezama, pero no deja de ser una buena ayuda. Desde las primeras páginas del estudio, Bello justifica las correspondencias que encuentra entre el novelista cubano y el Pascal:

Lezama es, en cierto modo, un jansenita trágico que le huye a la historia e intenta precipitarse en el reino de lo incondicionado. El mundo parece ser radicalmente suficiente para la búsqueda de esa autenticidad absoluta que persiguen tanto Lezama como esa mentalidad jansenita por excelencia que fue el autor de los Pensamientos

Lezama Lima, lector de Pascal, es un estudio necesario, no solo por lo que dice de Lezama sino, y es lo que más me interesó en esta segunda lectura, por lo que dice de Pascal.

Milán, miércoles 2 de noviembre de 2022. Día de los muertos 

Santos y Muertos

Es difícil no recordar a Malcom Lowry en un día como este. las páginas que le dedica a esta fecha en su novela mexicana, Bajo el volcán, son memorables. Le correspondió a Albert Finney asumir el papel del Cónsul en la estupenda versión de John Houston. Aquí, en Milán, observan el Ognissanti, el Día de Todos los Santos, pero no le dan mayor o ninguna importancia al de hoy. En México, siguiendo una tradición que se remonta a los aztecas, prefieren, no sin razón, la compañía de los muertos a la de los santos. En Venezuela, salvo las rituales visitas de mi madre al Cementerio Municipal de mi infancia, preferíamos dejar a los muertos en paz.

Undated and unlocated picture of American British-born writer, T.S Eliot, who received the Nobel prize of literature in 1948. (Photo by CHRIS BACON / AFP)

The Wasteland (2)

Pocos manuscritos tan legendarios como el de The Waste Land ( La tierra yerma). Un caso parecido es el que narra Henry James en su Los papeles de Aspern. A principios de 1922, su autor, T.S. Eliot, acosado por la depresión, se detuvo unos días en París antes de recluirse en una de las clínicas psiquiátricas de Laussane. En la ciudad francesa se reuniría con Ezra Pound, a quien confió la carpeta de manila con los manuscritos del poema. A su regreso a Londres, Eliot recibió de vuelta la carpeta con el texto del poema que sería publicado ese mismo año con una dedicatoria: “A E.P., que hizo de comadrona en el nacimiento de esta obra”. La famosa carpeta fue cedida por Eliot a John Quinn, millonario y coleccionista norteamericano de origen irlandés, quien lo había asistido en tiempos de estrechez (lo mismo, y por lo mismo, hizo Joyce con el manuscrito de Ulises). Desafortunadamente Quinn murió prematuramente y su rica colección fue cedida a recién fundada Colección Berg de manuscritos y libros raros, con sede en la Biblioteca de Nueva York. Rápidamente, la carpeta se perdió de vista y su desaparición es uno de los tantos misterios en los que abunda toda biblioteca que se respete. En este caso, la situación tenía mucho de particular. Por aislados y fragmentarios comentarios del mismo Eliot, se sabía que Pound había introducido importantes cambios en la redacción final. Hay que recordar que, por lo menos desde medidos de los años veinte hasta mediados de los sesenta, la influencia de Eliot en la poesía escrita en inglés y en la academia que se ocupaba de sus estudio era avasallante. Ninguna de las universidades más importantes de lengua inglesa, desde Oxford hasta Sidney, podían hacer algo (nombramientos, curricula, ediciones) que contradijera las opiniones del gran poeta y crítico, quien además, era el autor de The Wasteland, el poema más venerado de la lengua inglesa. Por otra parte, estaba Ezra Pound, fundador de la poesía moderna en su lengua, autor de un infinito poema épico y traductor excelso de Li Po y Arnaut Daniel. Pero también fanático seguidor de Mussolini a quien exaltó hasta el delirio  (al Duce, Ezra le parecía “divertente”, y a su servicio secreto un agente doble) en una serie de transmisiones radiales durante la guerra. Acusado por traidor, salvó la vida al ser internado en un manicomio en Washington D.C. Y era justamente esta “vergüenza”, como poeta y patriota el que, justamente, había corregido aquel objeto de culto que era The Wasteland.

Litio

Hasta que no se demuestre lo contrario, como bien puede y suele suceder, el empleo del litio para el tratamiento de los trastornos bipolares es uno de los grandes descubrimientos de la psiquiatría contemporánea. El litio es un metal alcalino que, en forma de sales, se administra al paciente. En la actualidad, su uso es el más extendido con resultados innegables. En su Yoga, un libro recomendable, por lo menos en sus primeras doscientas páginas, Emmanuel Carrère escribe sobre sus caídas y recuperaciones, y de las no pocas miserias que conoció antes de iniciar el tratamiento. Hacia el final del libro reproduce un fragmento de Robert Lowell donde el poeta, maestro de la poesía confesional, resume sus experiencias como víctima del terrible mal de la bipolaridad:

No deja de ser terrible pensar que he soportado y causado tanto sufrimiento sólo porque en el cerebro me faltaba un poco de sal, y que si el efecto de esta sal hubiese sido descubierto antes, habría podido llevar una vida corriente en lugar de esta larga pesadilla.

Este es el comentario de Carrère:

Personalmente no me expresaría de una manera tan radical porque, aunque algunas veces lo pensé; mi vida no ha sido una larga pesadilla, me encuentro entre aquellos enfermos bipolares que responden bien al litio. El litio hace mis subidas menos altas y mis bajadas menos bajas, y estoy dispuesto a tomarlo hasta el fin de mis días.

Ada Limón. Fotografía de Cmichel67 | Wikimedia

Milán, jueves 3 de noviembre de 2022

Post-Waste Land

Ada Limón es una de las voces más interesantes de la lírica norteamericana post-siglo XX, que es como decir post-THE WASTE LAND. Norteamericana nacida en Sonora de padres mexicanos, conoció la poesía en las canciones de Chavela Vargas, preferida de su abuelo, y luego continuó estudios en las universidades norteamericanas, donde es docente de larga data. Su lírica se separa del criterio impuesto por T.S. Eliot y sus compañeros de generación. La poesía de Limón no es oblicua ni oscura, no requiere de una enorme cultura para ser apreciada, prefiere ser entendida y está escrita con una dicción post-formalista no exenta de cuidados y rigores. La poesía del XX, efectivamente, se olvidó de la comunicación poética, ensimismada y onanista. La del XXI, sin mayores concesiones, invita al lector a que se integre a la experiencia, al fin y al cabo su recepción es lo que justifica el arte de la poesía. Limón es la primera poeta no blanca distinguida por la Biblioteca del Congreso USA con el nombramiento como Laureate Poet, una especie de vate oficial. Una tradición británica adopatada desde hace unas tres décadas por los Estados Unidos, que, siempre democráticos, al menos de forma, designan todos los año un nuevo Laureate Poet, mientras que en Inglaterra es de por vida. Limón ha sido poco difundida en los países de habla hispana. Uno de sus traductores es el poeta venezolano Jorge Vessel, algunas de cuyas  traducciones fueron publicadas por el Papel Literario del diario El Nacional de Caracas. De la versión de “Privacidad” he sido yo el responsable. El texto apareció en The Newyorker en su edición del 15 de marzo de 2021. La misma revista se encargó de publicar su “Correspondencia” con Natalia Díaz.

 

PRIVACIDAD

 

Dos cuervos se posan sobre las húmedas

ramas negras del tilo, con sus ocres hojas

del otoño tardío todavía enredadas.

Dicen: “Detente”. Y aun así quiero

convertirlos en algo que no son. Los

cuervos de Odín, los ojos de la bruja.

¿Qué noticias se llevan de nuestro mundo

al mundo de los dioses? Nada bueno.

Más sufrimiento generalizado, espinosas

ortigas y tóxicas briznas empujadas

en las partes cicatrizadas de nosotros, las más

pequeñas bajo los árboles. Llega la lluvia

mientras sigo de pie, un goteo de agua

de lo que creemos que hay en el cielo.

Los cuervos lucen enormes, pero solo

porque los veo desde muy cerca. No les

importa ser considerados como símbolos.

Un aleteo y ya no están. No les di ningún

mensaje ni me lo pidieron, sólo su gran

ausencia y mi triste privacidad que regresa,

como el vacío y vigoroso viento sobre

las húmedas ramas negras del tilo.

El sacrificio de Ifigenia. Mural de Pompeya

Milán, viernes 4 de noviembre de 2022 

Dulce luz

“Adiós, dulce luz”, son las últimas palabras de Ifigenia antes de ser inmolada de acuerdo a las criminales exigencias del oráculo. Y no encuentro otra palabra para nombrar la luz de esta mañana. Una luminosidad con la dulzura delicada del anón de mi infancia. Es una luz que no es la del trópico ni la de otras ciudades europeas. Se trata de la transparencia de las cumbres, apenas a un par de horas de Milán. Una mañana gloriosa de otoño, y acaso la única en lo que queda del año. No sé cómo dar las gracias al que me ha privilegiado con esta rara experiencia memorable. La pobre Ifigenia la conocía y su pérdida fue lo que más lamentó antes de morir. La música que transmite Radio Classica Milano mientras escribo no puede ser más oportuna: comienzo del tercer acto de Traviata con Maria Callas en el legendario registro de 1955, con Giuseppe di Stefano y la Orquesta y Coros de la Scala, dirigida, si mal no recuerdo, por Giulini. También Violeta, a su manera, se despedía de la dulce luz que había conocido en Provenza.


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