Diario literario

Diario literario 2022, agosto (parte II): Cannas, Cementerio de Olivos, dispersión, d’Omersson, Mankell, Yoga, Bachmann, sur profundo

Fotografía de Stephan Werberger | Flickr

13/08/2022

Torre Suda, sabado 6 de agosto de 2022

Cementerio de olivos

De San Vito Chietino, donde celebramos el cumpleaños de Constanza, hasta Bari y más allá, hasta Cannas donde en el 200 a.C, las tropas imperiales sufrieron la más vergonzosa derrota de la larga historia de Roma. Aníbal el cartaginés, al mando de un ejército que no era más de la mitad del de los romanos, y peleando en un terreno ajeno, desplegó todo su genio, el de uno de los estrategas más brillantes de la historia militar, y poniendo en práctica tácticas que serían repetidas por otros generales a lo largo de la historia, redujo a escombros las poderosas legiones.

Más adelante, hacia el sur de Brindisi el más devastador, y triste hasta las lágrimas, desastre natural. Decenas de miles de árboles del olivar más viejo de Europa, muchos de ellos centenarios, y alguno milenario diezmados por una bacteria, la Xilella fastidiosa que los redujo a un amasijo de ramas negras torturadas. Kilómetros y kilómetros con el mismo paisaje insoportable. Recuerdo el Canto XVII del Inferno, el dedicado a las almas de los suicidas que habitan los troncos de árboles torturados como estos.

Jean d’Ormesson. Fotografía de Thesupermat | Wikimedia

Los placeres de la dispersión

Aprovecho las vacaciones para dedicarme a todo tipo de lecturas. Además de los libros que traje conmigo, Simenon (Pietr el Letón) y Carrère (Yoga), he comenzado a leer Le cerveau de Kennedy, una novela de Manning Hankell traducida al francés; la casi siempre interesante Une autre histore de la littérature française, de Jean d’Ormesson; el libro de memorias De mon propre aveu, del escurridizo Jacques Vergès, y algunas historias de Gogol, (Diario de un loco, El abrigo) en la traducción Gallimard. Lecturas que comparto con la preparación de un seminario sobre geopoética del Caribe, y de unas clases sobre la fotografía en Nueva York después de Stieglitz. Del libro de Vergès, al servicio de los más oscuros y, también, claros intereses como abogado, es esta confesión que debe leerse como un concentrado de paríscentrismo, sin la vieja elegancia de verdaderos grandes como Julien Green, en sus Diarios y fuera de ellos. Dice

Atravesar París, para mí, es atravesar mi propia vida. Tantos recuerdos involucrados, alegres y trágicos, pero siempre interesantes. No los recuerdo sin emoción. París sigue siendo París, ciudad hechizada y encantada, una fiesta en palabras de Hemingway. Aquí hasta las lágrimas saben a champaña. Esta es la razón por la cual a menudo me desplazo a pie, pisando el asfalto con paso ligero para encontrar en las esquinas viejos compañeros, muertos o vivos, y sentir en mi espalda la mano de un amigo perdido de vista hace diez años, o escuchar la risa traviesa de un cómplice encontrado por azar. Hoy tengo dos citas, una a las 2.30pm en el Palacio de Justicia, la otra en el bulevar Port-Royal a finales de la tarde. Así, me preparo a recorrer una vez más la ciudad de mi vida. Sí, París bien vale una misa, incluso varias.

Torre Suda, domingo 7 de agosto de 2022

El paisaje que contemplo desde la puerta de la casa del Salento, la región más al sur de Puglia y de toda Italia. El Mediterráneo lo tengo a pocos metros y poco más allá, al este, Grecia, y al sur Túnez. La vegetación, lo que de ella queda, que no es mucho, de olivares e higos, la brisa nor-africana y el azul profundo del Jónico. En este extremo de la geografía italiana me siento más cerca de Creta que de Milán. Y no puede ser de otra manera. El Salento, como toda Puglia estuvo integrada a la Magna Grecia. Recuerdo que Ingeborg Bachmann fue impresionada por este paisaje y le dedicó unos versos deslumbrates. A Venezuela llegó poca gente de la región salentina, pero muchos de Bari, la capital de la región. La capital, pero no la ciudad más bella, Lecce, ciudad principal del Salento. Pocas ciudades en Italia tan hermosas como Lecce, una de las grandes capitales del Barroco europeo.

Torre Suda, lunes 8 de agosto de 2022

El “inmortal” Jean d’Omersson

No basta con ser uno de los “inmortales” de la Academia Francesa para poder publicar un libro como este. Es necesario, además, ser descendiente de la familia d’Ormesson, uno de cuyos miembros fue decisivo en la caída humillante de Fouquet, y, seguramente, estuvo entre los que aconsejó a Luis XIV que salvara al atrevido funcionario de la horca y, a cambio, lo condenará al destierro, después de despojarlo de sus inmensas riquezas, al parecer malamente habidas. Los d’Omerson, más hábiles que Fouquet, sobrevivieron a Robespierre y Danton y Napoleón, para terminar, en tiempos de la III República, consentidos por los bandos triunfadores, el de los seguidores de De Gaulle y el de los de Mitterrand. No obstante, el logro más recordado de Jean d’Omerson, el literato de la familia, fue conseguir que, en vida, la Pléiade publicara sendos volúmenes de su obra. La impensable de la empresa es que, con toda seguridad, su obra no merece esta distinción ni en vida, ni de manera póstuma. La hazaña de Jean impresiona más cuando recordamos que, semejante honor, le fue negado incluso a gigantes como Gide, Claudel y Valéry, y a otros tan influyentes como Malraux o Perse. El libro al que me refiero es Et toi mon coeur pourquoi bats-tu? Se trata de una dilatada antología de la literatura francesa, con algunos ilustres invitados (Cervantes, Camoëns, Dante, Goethe, Conrad, Pessoa, Borges) que incluye autores desde Du Bellay a Aragon. Las más de las veces, las piezas escogidas son fragmentos de obras de teatros, poemas o canciones. El criterio es expresado claramente por el autor en su introducción: “…se trata de las prosas y los poemas que me sé o me sabía, de memoria, de manera fragmentaria casi siempre, o de principio a fin en otras”. Para ahondar en este muestrario de necedades, el autor escogió ordenarlos al azar: “Terminé por acogerme a una ausencia de orden lógico y presentarlos de manera desordenada como me llegaban a la mente o al corazón…” Una última sorpresa nos reserva el ilustre antólogo. A los autores seleccionados los presenta sólo con su apellido. Así, Toulet es Jean-Paul Toulet, Brel es Jacques Brel y Orleans es Charles d’Orleans. A pesar de todas las libertades que d’Ormesson se permite, la inclusión de uno de los poemas más estremecidos de la lengua francesa justificaría la edición: “De l’election de son sepulcre”, de Ronsard (Pierre de).

Más gratificante el mismo d’Omerson en Une autre histoire de la littérature française y menos necio. Si el lector alcanza a superar la introducción (“Es poco lo que he leído”, “Sobre esta literatura francesa que me propongo hacerles conocer, sé muy poco”, “No tengas miedo, lector, tú sabes de esto tanto como yo”) se encontrara con una larga serie de mini aproximaciones a los mejores autores de la tradición literaria francesa, algunos de ellos recónditos u olvidados como Retz y Bossuet, o no siempre considerados, como el una vez popular, incluso en castellano, Paul Morand. Las páginas que dedica a Simenon son reveladoras; recuerda a Gide, cuando decía que Simenon “era de todos el más grande novelista, el más novelista de todos”. “La fractura social”, es como llamó d’Omerson su retrato del escritor belga, y lo justifica en el último, párrafo de su trabajo: “Simenon es el novelista de la destrucción de los espacios de referencia y de los esquemas tradicionales. De la irrupción de la cultura de masas y de la deshumanización de las relaciones sociales”. Sobre Malraux, d’Omerson es banal, y sobre Camus lo rescata su asociación con Humphrey Bogart. Son muchos los retratos que quedan por leer y sería un error no hacerlo. La prosa es siempre grata, casi siempre inteligente y no pocas veces reveladora. No se trata de Maurice Nadeau ni mucho menos Maurice Blanchot, pero siempre es interesante saber qué piensa la inteligencia francesa que no forma parte de la fauna de la rive-gauche, muchos de ellos descendientes de una nobleza que logró escabullirse de la furia revolucionaria y las purgas napoleónicas y mantiene sus residencias alrededor de Trocadero. No creo que Barthes haya pensado en d’Omerson cuando escribio Le plaisir du texte, pero el placer de leer, sin mayores compromisos, es lo que he sentido al leer lo que, hasta ahora he leído de esta otra historia de la literatura francesa.

Henning Mankell. Fotografía de David Shankbone | Wikimedia

El cerebro de Kennedy

Avanzo en la lectura de Le cerveau de Kennedy, una de las novelas de Henning Mankell, el maestro sueco del género policial, que fue ampliamente conocido gracias a las series de televisión, Kurt Wallander, el nombre del comisario protagonista de diez, o algo así, de sus ficciones. En el cerebro de Kennedy, sin embargo, Wallander no aparece y la investigación la adelantan los padres afectados por la muerte del hijo en raras circunstancias. Incluso con lo poco leído, se puede intuir que los intereses políticos del autor no serán ajenos a la ficción, que comienza con unas veinte, admirables, páginas introductorias.

Olivos atacados por la Xilella fastidiosa. Fotografía del Olive Oil Times

Torre Suda, martes 9 de agosto de 2022

Olivos e higos

Converso con dos campesinos que encuentro trabajando desde temprano en su pequeño olivar. Ante la obligada pregunta sobre la gran tragedia de la muerte de decenas de miles de árboles, el propietario: “Fue un virus, “verme” lo llamo yo que apareció hace como seis o siete años y cayó sobre todos los olivos del Salento. Les chupó la linfa, que es la sangre del árbol, y los mató. Ahora de los retoños que han crecido hay que escoger uno y cortar el resto para quemarlo que es lo que estoy haciendo ahora. No tiene nada que ver con la sequía, los olivos están acostumbrados. Incluso durante la guerra resistieron a las bombas. Los retoños van a crecer porque el “maledetto verme” ya no está por aquí, pero sigue subiendo más allá de Brindisi. Las higueras no fueron afectadas. Fíjese en esa que está cargada. Venga y coja algunos, tráigase una bolsa y tome los que quiera”. Son los higos más dulces que he probado en vita mia. Imagino que este agricultor, todavía por recuperarse confunde la bacteria con un virus por la incapacidad de los científicos de encontrar un remedio a su poder de devastación.

Izq: Emmanuel Carrère. Fotografía de ActuaLitté. Der: Michel Houellebecq. Fotografía de Mariusz Kubik

Torre Suda, miércoles 10 de agosto de 2022. San Lorenzo. Noche de las estrellas fugaces.

Yoga (2)

Sin proponer improbables comparaciones, la lectura de Yoga, de Carrère, me hace pensar en Montaigne; en tanto que Anéantir, lo último que he leído de  Houellebecq, me hizo pensar en Balzac. Como el autor de César Biroteau,  Houellebecq se encarga de las alegrías y miserias de una siempre inestable clase media. En su caso, la producida en las factorías de las Grandes Écoles, condenados a ingresar a la pública administración y a padecer los rigores de una laberíntica pero siempre cómplice burocracia.  Houellebecq, durante muchos años uno más de estos burócrtas, sabía de lo que hablaba. Recuerdo una estupenda colaboración de George Steiner para The New Yorker donde se ocupó del caso Althusser y exponía la telaraña de complicidades que permitía a los integrantes de esta subclase social las mayores transgresiones, las más de las veces impunes. En el caso del oracular Althusser, el asesinato de su vieja compañera y esposa. Como me ocurre con casi todo Balzac, no es obvio que me vaya a releer una de las novelas de  Houellebecq. En cambio, es probable que un día vuelva sobre las páginas de Yoga, que relea lo que dice sobre la meditación y sus consecuencias. Como cuando narra su experiencia con un maestro de Tai Chi que se tomó 25’ para realizar un ejercicio que normalmente no pasa de 60’’. Carrère está tan lejos de ser Montaigne como Houellebecq lo está de ser Balzac. No obstante, todos los escritores se acogen a un antecedente de manera voluntaria o no. El mío, desde siempre, ha sido Antonio Machado.

Gogol siglo xxi

Recuerdo la opinión de una distinguida colega que en esa ocasión dictaba un curso sobre Nicolás Gogol: “Después de Pushkin, el más grande de todos es Gogol”. Lo que en ese momento me sorprendió, poco después me pareció un juicio inquietante, hasta hoy que me parece irrefutable. Lo cual se confirma con la relectura de los relatos de Gogol en la justamente famosa versión al francés de La Pléiade. Todas las opiniones en literatura son susceptibles de ser deconstruidas, y esta no debe ser a excepción. Lo que sí es innegable es que la modernidad de Gogol es la misma de Kafka. Y escritores posteriores, como Daniel Kharms, fundador, casi cien años después, de la llamada literatura rusa del absurdo.

Ingeborg Bachmann. Fotografía del Dr. Heinz Bachmann y Erika Thümmel

Torre Suda, jueves 11 de agosto de 2022

Con todos mis libros en Venezuela, se me hizo imposible encontrar el texto de Ingeborg Bachmann donde canta a esta Puglia, que la academia tradujo como Apulia. En cambio, pude dar con uno de los poemas que escribió durante su larga estancia romana, probablemente hacia el final de su vida cuando vivía en el Palazzo Sachetti, de via Giulia. Fue allí donde sufrió las quemaduras que la llevarían poco después a la muerte. A pocos lectores se ha escapado la prefiguración de su fin, primero en la novela Malina y luego en el texto que traduzco, con su alusión al brucciato Giordano Bruno. Es segunda vez que traduzco el poema, la primera vez, en otra versión, para mi frustrada colección de traducciones, Voces ajenas.

 

EIN TOD KOMMT

 

Una muerte llega

antes de la otra.

Humo y aliento,

y humo que arroja el aliento

y el silencio.

 

Pero muchas veces un único cigarrillo

es la última parada. Y, además,

sus promesas se cumplen más rápido.

Entre los dedos amarillentos

se quema como el amor,

y como el amor se transforma

en cenizas y traición. Humo y aliento.

 

Los tres dedos del juramento

rodeando el cigarrillo

sin renunciar.

Giordano arde en Campo dei Fiore.

Las campanas de Santa María Maggiore

todavía repican por el auto-da- fé.

 

Humo y aliento,

y humo que arroja el aliento.

Y con una mano quemada

escribir sobre el fuego.

Y las fronteras de la lengua alemana

están sembradas con minas homicidas.

Una muerte llega antes de la otra.

Torre Suda, viernes 12 de agosto de 2022

Sur profundo

Gallipoli y Castro son dos pequeñas y hermosas ciudades a ambos lados de este “tacón” de la península italiana. Son ciudades blancas, como las que describe Joseph Roth en su opúsculo. Gallipoli (nada que ver con la del sangriento desembarco de la Primera Guerra), del lado jónico y Castro del lado Adriático. La primera viendo hacia Magna Grecia, y la segunda hacia Grecia continental. Como toda Puglia, después de una Edad Media anónima, fueron conquistadas y desarrolladas por ese príncipe de la primera ilustración que fue el normando Federico II. Más tarde sería dominio de los Anjou y luego de los españoles de Aragón. Se trata de una amplia región que estuvo, en general, ajena al Renacimiento. Su arquitectura más notable se desarrolló con Federico que estimuló un híbrido entre románico y gótico que dejó iglesias notables y Castel del Monte, el más exquisito y enigmático de los castillos medioevales. Se siente uno aquí en un país diferente. Y lo es. Nada que ver con la Italia de las grandes ciudades de Nápoles a Venecia. Condenada al atraso, primero por la iglesia, luego por los borbones, hasta Mussolini que se opuso a industrialización. Lo que vendría después no sería mejor. Una siniestra alianza, Democracia Cristiana, Mafia y Washington que (el fin justifica los medios) impidió el surgimiento de una clase obrera organizada en su cruzada contra el comunismo. El resultado fue el éxodo de poblaciones enteras al norte en busca de una vida mejor. Son miles los testimonios sobre estos desplazamientos, uno de los más devastadores es el de Visconti en Rocco y sus hermanos. En estos tiempos del XXI, el destino de este sur profundo, con la tragedia de la pérdida de sus olivares, no parece más prometedor. No obstante, la belleza de sus ciudades blancas y sus procelosos mares sigue siendo conmovedora.

Mankell

Confieso que, en principio, sentí cierta decepción por la ausencia del inspector Wallander en la novela de Mankell Le cerveau de Kennedy (El cerebro de Kennedy), a cuya lectura dediqué algunas de las escasas horas libres de estas vacaciones para las cuales, ingenuamente, tenía grandes planes de trabajo. No obstante, Mankell, como Simenon sin Maigret, pudo ocuparse de otras cosas. Como de las denuncias que de manera reiterada difundió sobre los abusos de las grandes potencias, desde China hasta Israel, y los grandes consorcios industriales. En el caso de Le cerveau de Kennedy, se trata de las actividades ilegales o paralegales de los consorcios farmacéuticos en Africa durante los primeros tiempos de la epidemia de HIV. La víctima, el muerto de la novela, es un joven sueco dedicado a investigar estas irregularidades, que, de acuerdo a la policía, se habría la vida. Su madre, la investigadora del cuento, irá descubriendo, mientras investiga su muerte rara, una existencia aún más extraña e inconfesada. Siguiendo sus pasos irá a Barcelona y Mozanbique, donde se contagió con el SIDA. Denuncias como están recuerdan al John Le Carré de El jardinero fiel. Investigaciones que han sido rebatidas con indolencia y sin consecuencia. Sólo hay dos grandes poderes (legales) en el capitalismo de estos días. La banca y la industria farmacéutica. Sin embargo, en las últimas décadas se ha sumado el negocio informático con su empeño de rebatir, con la Inteligencia Artificial, el mito del Golem. Los mitos, como se sabe, no son logos, por eso son casi siempre irrefutables. La narración de Mankell, impecable y siempre tensa, nos invita a reconocer los nuevos peligros envueltos en suave terciopelo.

d’Omersson y seleciones del reader’s digest

He seguido leyendo la amena historia de la literatura francesa. He sentido el mismo placer como lector, que sentía cuando de niño leía Selecciones del Reader’s Digest llenas de información sobre todas las cosas. Datos que no eran siempre fáciles de recordar, pero tampoco importaba. D’Emerson es superficial sobre Racine (como académico debería ser imperdonable), revelador sobre De Vigny, comprensivo sobre Balzac y casi siempre interesante sobre todos los demás. Como libro es uno de esos placeres perfectamente prescindibles. Como las entregas de las Selecciones de mi infancia.


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