Diario literario

Diario literario 2020, marzo (parte II): nieve heroica, Mussolini, virus planetario

14/03/2020

Valencia, martes 10 de marzo de 2020

Hace poco me quejaba en este diario por la notoria pobreza de referencias a los helados inviernos a los que siempre ha estado sometida la costa de Turquía, la propia geografía de Troya. Y, en general, Grecia y el archipiélago, recordando las bajísimas temperaturas frecuentes. Creta, sólo para nombrar una de las islas mayores. Insistía en ese apresurado párrafo, necio, deberíamos decir, como todo lo apresurado, que encontraba pocos testimonios invernales en la literatura e iconografías griegas.

Retirado en la paz de estos desiertos valencianos, y animado por los libros de una biblioteca caótica, regresé a la Odisea y, llevado por una lejana sospecha, di con la presencia del crudo invierno en una secuencia donde nada menos que el esforzado Odiseo, canta y cuenta los efectos del gélido tiempo sobre un personaje de uno de sus mitos (narraciones). Se trata de una de las historias con las cuales el de Ítaca trató de confundir al fiel Eumeo. En la grata versión de García Gual:

Cuando llegamos hasta la ciudad y su alto muro, al pie de la fortificación, entre espesos matorrales en el cañaveral de un pantano, nos tumbamos agazapados bajo nuestros escudos, y se nos vino encima una mala noche, heladora, mientras soplaba el Bóreas; luego nos cayó encima la nieve, como espesa escarcha, glacial, y sobre nuestros escudos se amontonaba el hielo.

Hubiésemos esperado del padre Homero una expresión memorable para referirse a la nieve, algo más que “espesa escarcha”. Mejor que García Gual es Segalá y Estalella en su traducción no superada de 1910:

Sobrevino una noche mala, glacial; porque soplaba el Bóreas, caía de lo alto una nieve menuda y fría, como escarcha, y condensábase el hielo en torno a los escudos.

Continúa:

Los demás, que tenían mantos y túnicas, estaban durmiendo tranquilamente con las espaldas cubiertas por los escudos; pero yo, al partir cometí la necedad de entregar el manto a mis compañeros, porque no pensaba que hubiera de padecer tanto frío.

Seguro que hay otras tantas que no recuerdo ahora, probablemente no tan elocuentes. Y la razón no es otra: el heroísmo necesita de buen tiempo para desplegarse. No es obvio el desplazamiento de los veloces carros tirados por esforzados caballos en medio de la nieve. Mucho después, en uno de los pocos aportes originales de la cultura posclásica, el hombre inventaría los juegos olímpicos de invierno. Pero en tiempos homéricos, todo lo importante, en la guerra como en la paz, las grandes gestas eran veraniegas. El verano es para los héroes. La nieve, para los griegos al menos, no es heroica. Para los rusos sí, diría Aleksandr Nevski.

Caracas, miércoles 11 de marzo de 2020

IL DUCE

La sombra de Benito Mussolini ha condicionado la psique de los italianos en cada una de sus decisiones importantes desde su muerte fusilada y su ahorcamiento póstumo en la Piazzale Loreto de Milan. La Constitución italiana fue redactada, en cada de uno de sus artículos, con la idea reiterada de construir una barrera impenetrable ante cualquier pretensión de restaurar el totalitarismo del Duce.

Una de las soluciones encontradas para desterrar cualquier intención hegemónica, a diferencia de países como Francia, donde se redactó una constitución a la medida megalómana de De Gaulle, el legislador italiano aprobó la existencia, no de uno sino de dos presidentes, el de la República y el del consejo de ministros. Mediante la invención de un complicado sistema electoral, que limitaría en principio el dominio de los grandes partidos, en Italia se produjo lo que, en apariencia nadie quería, esto es, el dominio absoluto del Partido Demócrata Cristiano a lo largo de un par de decisivas décadas. El resultado, muy próximo al caos, a los italianos les parece no sólo normal sino virtuoso. Así, a lo largo de medio siglo, se cuentan por docenas el número de presidentes del consejo que han manejado el destino de la república.

No obstante, a muy pocos, si es que ha habido alguno, se le ha ocurrido cuestionar seriamente la carta constitucional so pena de ser acusado de simpatías facistoides. Se trata de una constitución que no acepta reformas, ni siquiera enmiendas. Es cierto que se ha evitado la aparición de un segundo Mussolini, pero tan antitotalitarias han sido el resto de las constituciones europeas sin llegar a los extremos. Un principio fundacional que habría sido de utilidad en Venezuela, país en el que, por el engaño y la falta de dirección, se dio una constitución que, inevitablemente, iba a llevar a la tiranía.

Il Duce fue un tirano con todas las implicaciones psicopáticas del término, obvias en el experimento venezolano. Los enemigos de la democracia le deben a Mussolini la posibilidad de un totalitarismo de derecha, que encontró epígonos en países como Paraguay y Argentina. Siguiendo de lejos a Lenin, se convirtió él mismo en Estado y llevó a la práctica el principio schmittiano según el cual no existen opositores sino enemigos a los que hay que eliminar.

Fue un hombre astuto, con una notable intuición política. Su ascenso al poder fue el resultado de un proceso inimaginado que lo llevó a recuperarse de un 4% de popularidad en 1920 hasta apoderarse de las instituciones de manera legal. Supo cambiarse de bando cuando lo consideró necesario y manejó, con una capacidad psicológica innegable, el miedo generalizado al caos, la violencia y el comunismo.

No se ha actualizado, ni creo que la constitución lo permita, un censo de las obras públicas realizadas durante los años de Mussolini, pero no es obvio desplazarse unas cuadras por alguna de las grandes ciudades peninsulares sin tropezar con alguna de sus construcciones, estaciones de trenes, centrales eléctricas, hospitales, escuelas, centros materno infantiles, campos deportivos como el formidable San Siro de Milán. Sus simpatías futuristas, a pesar de ser repudiadas a comienzos de la segunda década del XX (“Pero quién es este extravagante payaso que quiere hacer política y nadie en Italia toma en serio y mucho menos yo?”, expresó en público Mussolini refiriéndose a Marinetti), se expresaron de diversas formas, la más memorable fue la de reunir a su lado a los arquitectos más talentosos de la Italia de su tiempo, muchos de ellos con talentos no menores a los de Hoffmann, Loos, Gropius o van der Rohe.

Escribo sobre el inefable Duce, una figura sin duda trágica (Agamenón es un personaje trágico a pesar de su vocación totalitaria) a propósito de la lectura, apenas iniciada, de M. Il figlio del secolo (hay traducción española), de Antonio Scurati, una biografía tan novelada como amena de Benito Mussolini que, en 2019, fuera distinguida con el Premio Stregha, el equivalente al Booker Man Prize en Italia.

Caracas, jueves 12 de marzo de 2020

Estos días de comienzos del calor en estos trópicos, han sido tomados por la preocupación, ante la epidemia viral que ha terminado en pandemia. Constanza y Alessandro están en Milán, como se sabe uno de los centros urbanos más afectados por la enfermedad, reducidos por las estrecheces de un toque de queda, incómodo y humillante, como todos ellos. Hasta ahora la única medida eficaz ha sido el aislamiento y la cuarentena; la misma de Boccaccio en 1348, me recuerda un querido amigo. Una expresión de la impotencia de las autoridades sanitarias ante el problema, no sólo de ellas sino de la inteligencia del hombre, inflada, inmodesta, plena de hibris alimentada por la alienación de la técnica. Sobre la imperfección hablaba, a finales de la Segunda Guerra, Georg Friedrich Jünger. Es hora de releerlo, ahora que dos de sus libros más notables han sido traducidos, con una fortuna que desconozco, al castellano: Perfección de la técnica y Los mitos griegos.


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