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Diario literario 2020, febrero (parte I): Montale, Brexit, Mozart, Walser

por Alejandro Oliveros

08/02/2020

Retrato del escritor Robert Walser durante su juventud | Wikimedia Commons

Milán, martes 4 de febrero de 2020

El segundo oficio de Montale

Secondo mestiere es como Montale llamaba al trabajo que realizaba como crítico literario y musical de Il corriere della sera. Durante décadas mantuvo su leída columna en el periódico milanés (en una de las cuales se refiere elogiosamente a nuestro Ramón Díaz Sánchez a propósito de la traducción de Cumboto al italiano). Después de la muerte del vate de Ossi di sepia, estas reseñas y artículos fueron reunidas en dos enormes tomos y publicados con ese título, Secondo mestiere, por Mondadori. Montale asumió este “segundo oficio” con una disciplina admirable, como la del que trabaja para una planta eléctrica o es enfermero en un hospital. Pocas veces faltó a la cita, a pesar de lo convulso de su tiempo de totalitarismos y guerras mundiales. Si alguien hubiese cometido la ligereza de preguntarle cuál era su “primer mestiere”, con humildad hubiese respondido que era la poesía. Con su ejemplo presente asumí hace ya más de veinte años la responsabilidad de un “segundo oficio”. En mi caso, el de escribir diarios, lo cual no he parado de hacer desde 1995, cuando comencé en serio a incursionar en el género. Desde entonces, he publicado una docena de estos diarios y la otra docena permanece inédita, mientras las páginas se siguen acumulando a medida que los días van implacablemente pasando. En el caso del maestro Montale, existía el aliciente económico que le procuraba la generosa administración de Il corriere. Por mi parte, la única gratificación ha sido la fidelidad de un puñado de lectores y la satisfacción de ver publicados algunos volúmenes gracias a la generosidad de algunas instituciones sin fines de lucro. Eso no me ha desestimulado en la empresa. Como Montale, aunque sin su envidiada disciplina, he asumido este oficio y he hecho todo lo posible para ejercerlo con puntualidad. Si alguien me preguntara por la naturaleza de mi primer oficio, respondería con la misma expresión del vate italiano: la poesía. 

Montale expresó de la manera más justa lo que para él era la poesía. Se trataba de su primera ocupación y desvelo. El verdadero centro de sus necesidades, la propia esencia de su existencia. La primera de sus prioridades. Quisiera creer que para mí es lo mismo. En todo caso, desde que, como todos, comencé a escribir poesía, la entendí como el cumplimiento de una necesidad. Pero no de otra necesidad sino de la primera necesidad. Lo cual implicó los sacrificios conocidos, abandono de una profesión convencional, descuido de otros compromisos e indiferencia ante muchos de los asuntos humanos. Quisiera ofrecer una respuesta más precisa a la pregunta inicial, pero debo confesar mi incapacidad. Me consuelo pensando en Jacques Prévert, quien en una situación parecida expresó que no tenía idea de qué era la poesía. O en Robert Frost cuando, de lo más lapidario pero irrefutable, agregó que “poesía es todo lo que se pierde en la traducción”. 

Eugenio Montale. Fotografía de Kaj Hagman | Wikimedia Commons

La herencia de Guillermo el Conquistador

El domingo, almuerzo en casa de Robert Vifian con Peter Weisman, a quien encuentro más relajado y con razón,  pues acaba de entregar a la editorial los originales de su diccionario de galicismos en inglés; mil quinientas páginas a la cuales dedicó los últimos catorce años. En estos tiempos de Brexit, la gran obra debería recordar a los ingleses los orígenes de buena parte del léxico que utilizan, que no es otro que el francés, llevado a la isla por Guillermo el Conquistador en 1066, y el mismo idioma que se habló en la corte por decenas de años. Siempre me ha parecido poco menos que patético y lamentable la exaltación del anglosajonismo como la raíz principal de la cultura inglesa. Cuando no menos del 40% de las palabras del inglés son de origen latino. Con Peter hablo de los grandes poetas “latinos”; el primero, Chaucer y, entre los más actuales, Eliot y, sobre todo, Pound, por quien siente una admiración no menor que la mía. Sin saberlo, en ese momento vivía George Steiner sus últimas horas. Nacido en París y defensor de la tradición europea, de la cual fue uno de sus más finos exponentes. También por Pound sintió Steiner una sostenida admiración sin dejarse llevar por las provocaciones de los que exageraron el supuesto antisemitismo de Pound convirtiéndolo en chivo expiatorio. De Pound aprendió Steiner a considerar a Homero un contemporáneo y de este convencimiento surgió uno de sus libros más permanentes y menos considerado, Homer in English, una selección de las mejores versiones homéricas en inglés desde Chaucer. Un volumen de importancia parecida a su temprano Poem into Poem, la brillante antología de poesía de todos los tiempos traducidas al inglés moderno por los mejores poetas y que, según sus propias palabras, le serviría como entrenamiento para su hidrópico Torre de Babel, de 1975. Recuerdo con claridad la primera página del TLS donde se reseñaba negativamente el magno esfuerzo. Tal vez más interesantes hoy sean Extraterritorial, el primero que leí de sus libros de ensayos, o Lenguaje y silencio con su memorable ensayo sobre Lukács. Después vendrían muchos otros, de los cuales algunos he leído y releído como su estudio sobre Heidegger. Fui el más fiel de sus lectores durante los años setenta y ochenta, cuando colaboraba regularmente para The New Yorker. Su luminoso estilo, su labrada prosa lo hizo popular entre estudiosos y aficionados. Todos hemos leído al menos uno de sus libros y recordamos alguna de sus frases, muchas dislatadas y cercanas al disparate, como cuando aseguraba que sólo el Cantar de los cantares era comparable a la Todesfuge de Celan. Nadie más cosmopolita ni europeo. Tanto como sus libros queda un modelo de elegancia y dandismo, de cultura de la más exquisita y de curiosidad más sostenida. Hasta el final escribió en sus cuadernos con “pluma fuente”, lo cual sería suficiente para convertirlo en uno de mis héroes.

Milán, miércoles 5 de febrero de 2020

Un gélido tramonto ha despejado los cielos y abierto el espacio a un aire de cristal que lo hace todo más liviano, incluso la neurosis. La luz es de una claridad interminable y uno recuerda a Bernal Díaz del Castillo “Insigne Conquistador de América”, cuando hablaba de la “región más transparente” para referirse a Tenochtitlán, a la cual llegó acompañando a Cortés. Es una de esas paradojas climáticas que aquí, en Milán, urbe famosa por sus nieblas, tenga lugar esta experiencia que relaciono con Caracas en sus mejores días, Nueva York a comienzos del invierno y Margarita en los últimos tres meses del año. Con temperaturas alrededor de 15 °C, los cielos más azules y tan altos como los de Roma, la luz de una dulzura llena de sensualidad, uno no puede sino darle la razón, como siempre, a los griegos cuando entendieron que no era posible la existencia de otro mundo en el más allá que fuera más excitante que este, el mismo que la necrofilia judeo-cristiana ha querido convertir en “valle de lágrimas”.

Wolfgang Amadeus Mozart retratado por Joseph Lange en 1782 | Wikimedia Commons

Ignorancia de Mozart

Una muestra más, como si no fueran suficientes, de mi supina ignorancia en materia musical ha sido mi desconocimiento de la versión que Mozart escribió del Mesías de Haendel. Como ha declarado Rolando Villazón, organizador del reestreno de la obra, se trata de una reinterpretación neoclásica del barroco original. Y mucho de eso hay, por supuesto, a pesar de que,  en ocasiones, ambas poéticas se confunden y ya no sabemos de quién es qué. No obstante lo haendeliana de la música, el tono es inconfundiblemente mozartiano. Para esta presentación en Salzburgo, Villazón ha reunido los talentos de Bob Wilson para la mise en scene y de Minkowski, el mismo del pasado Lucio Silla de la Scala, para la dirección orquestal. Después de escucharla por primera vez, no pide menos que avergonzarme por haber ignorado, hasta ahora, una pieza de tan sutil belleza, fragilidad y brillo espiritual. El montaje de Wilson convierte la partitura Haendel-Mozart en la música de nuestros mejores sueños.

Milán, jueves 6 de febrero de 2020 

Uno se acostumbra tanto a la seguridad de estas ciudades que tiende a olvidar, por increíble y dolorosa, la violencia que se ha instalado en Venezuela de una manera tan insidiosa que ha comenzado a integrarse que comienza a las condiciones de nuestros tristes trópicos, como el calor, las lluvias incesantes y la luz más brillante. Un querido amigo me escribe para aclararme que más que por razones políticas, que en su caso podrían ser muchas, es la inseguridad lo que lo ha hecho dejar el país para establecerse en Sevilla. Después de intentos de secuestros, chantajes, sobornos y reiteradas amenazas, le pidió a su esposa que escogiera entre la viudez o la huida del país, ante la cual no se sentía inclinada. Escogió bien y ahora disfrutan lo que es normal como el aire, que es la seguridad de estas ciudades.

El hombre según Robert Walser

La generosidad de los amigos de Pretextos me hace llegar Los cuadernos de Fritz Kocher, uno de los libros tempranos que, por alguna circunstancia inescrutable, no había leído. En una de sus conmovedoras y exquisitas historias, Walser, en una prosa que es como los movimientos de ballet de Ana Pavlova, escribe sobre el hombre:

El ser humano es de una naturaleza llena de matices. Sólo tiene dos piernas,
pero posee un corazón repleto de pensamientos y sensaciones agradables. Se podría
comparar al hombre con una especie de jardín de las delicias, si nuestro
profesor permitiera este tipo de alusiones. El hombre resulta en ocasiones
poético, y cuando se da esta circunstancia, se dice que es un poeta. Si todos
lo fuéramos, y así, debía ser, pues Dios nos ha brindado a todos esa
cualidad, seríamos infinitamente felices. Por desgracia, nos dejamos llevar
por inútiles pasiones que hacen desaparecer nuestro bienestar y ponen fin
a nuestra dicha. El ser humano debería estar siempre por encima de su semejante
irracional, el animal, aunque, sin ir más lejos, un simple colegial puede
observar a diario cómo el hombre se comporta cual animal desprovisto
de inteligencia.

El que habla es Fritz Kocher, el joven ficcional de Walser, cuyos “fragmentos de ejercicios de redacción” fueron recogidos y publicados por el anónimo editor. Se trata del primer libro de Walser, pero su estilo es el mismo de sus obras de madurez y tardías, como Jakob von Gunten o sus Micrografías, amorosamente editadas en sus tres tomos por Siruela. Pocos autores más unitarios que Walser. Su dicción es la misma de principio a fin, lo mismo que sus largas y pacientes caminatas; hasta la última que realizó hasta la nieve helada de su último día, en esa tierra de montañas blancas que tanto amó.


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