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Diario literario

Diario literario 2020, enero (parte III)

por Alejandro Oliveros

18/01/2020

Paul Léautaud. 4 de junio de 1953. Fotografía de INTERCONTINENTALE | AFP

Milán, viernes 10 de enero de 2020

De la importancia de los diarios

Cuando comencé, en serio esta vez, a escribir diarios, lo hice, sin saberlo, como cura. El viaje definitivo de mi madre hacia la muerte comenzó a principios de 1995 y terminó el 23 de diciembre de ese año. Ante mi impotencia, y seguro de la evolución terminal de un proceso que conocía de mis años de estudiante de medicina, decidí poner un poco de distancia ante la circunstancia dolorosa refugiándome en el único refugio útil que me ha sido útil en la existencia:  la vieja y desacreditada, por lo menos desde Verlaine, literatura. A propósito, recordé una de mis lecturas juveniles, Una muerte muy dulce, que fue como el traductor argentino llamó, en un exceso de literalidad tal vez, Une morte très douce, donde De Beauvoir, de una manera que me había parecido un tanto  desapasionada, daba cuenta de la muerte “muy suave” de su madre. Lo de la francesa era una especie de memorial, escrito después del deceso de Madame. Pensé que no podía esperar tanto, mis necesidades eran inmediatas. Y opté por la solución de Paul Léautaud, maestro del género. Esto es, componer un diario literario. Cuando Léautaud comenzó el suyo, su madre, seguramente, no enfrentaba  una situación trágica como la de la mía. Es más, ni siquiera recuerdo si la menciona. Ni el Diario literario de Léautaud es estrictamente literario, como tampoco lo sería el mío, a pesar de la voluntad de obviar las alusiones a mi proceso personal. Puro “wishful thinking”, como dicen en inglés, porque la confesión se coló entre líneas y, aunque omití cantidad de ellas a la hora de publicarlo, no fueron pocas las menciones a la enfermedad que se filtraron. Así, a comienzos de febrero de ese 1995, comencé la escritura de estos cuadernos que sigo llenando de tinta después de veinticinco años.

Milán, sábado 11 de enero de 2020

Todavía la aurora de rosáceos dedos desplegándose sobre el cielo de Milán, cuando aparece la música de Chopin en un programa temprano de RAI TV. Pero, en este caso, se trata no de una ópera, Lucio Silla, sino del milagro de Antonio Benedetti Michelangelli con sus versiones tensas  y hermosas, iluminadas y hondas, de dos piezas del maestro polaco. La conmovida, sin sucumbir al epidérmico patetismo de mucha música romántica, Ballada No.1 Op.23, y la espléndida Polonesa brillante Op. 22. En ambos casos, el virtuoso italiano nos convence de que fue para él que, en 1701, Bartolomeo Cristofori inventara el piano.

Voltaire a los 70 años. Grabado de «A Philosophical Dictionary». London: W. Dugdale (16 Holywell Street, Strand), 1843.

Milán, domingo 12 de enero de 2020

Zadig

Una de las pocas circunstancias que compensa vivir lejos de los libros es la libertad que se tiene al escoger las lecturas. No hay ningún compromiso con proyectos más serios, como preparar clases, seguir una línea de lecturas, ocuparse de los libros de los amigos, dejarse cautivar por un volumen que no habíamos leído y que, de pronto, decide que es hora de que nos ocupemos de él. Con mis libros repartidos entre Caracas, Valencia y Milán, en ningún momento se me hubiese ocurrido comenzar la lectura de Zadig, una de las primeras narraciones de Voltaire. Cuya impecable traducción al italiano se me presentó entre los libros usados dispuestos en el menos atractivo de los supermercados milaneses. Zadig es uno de los llamados Cuentos filosóficos del autor y este sería publicado en 1747. Es un producto de su época, que es la de la Ilustración, como han llamado una de las reacciones estéticas más intensas de la sensibilidad occidental. En efecto, se trató de un anhelado, y necesario, cuestionamiento al autoritarismo y, sobre todo, a la injerencia eclesiástica en todas las funciones de la vida social. Atrás quedaba el turbulento, mágico, maravilloso, oscuro, oscurantista, intolerante, sanguinario y espléndido Barroco, que había condicionado la vida europea y americana durante los siglos que siguieron al intermezzo renacimental.

Fugit irreparabile tempus

Con el imponente crepúsculo lombardo contemplado desde las alturas de este edificio y escuchando una sinfonía, no sé cuál, de Haydn, está llegando a su fin este segundo domingo del 2020. Hace una semana me quejaba amargamente de paso del primero. Hoy, en cambio, lo que siento es confusión e impotencia, esa sensación de absurdo, cuya advertencia agudizada fue uno de los rasgos más notables y acertados del siglo que dejamos atrás hace ya dos décadas y media: Carpe diem, quam minimum credula postero  (“Aprovecha el día y desconfía del mañana”. Odas, 11):

No preguntes, -no es prudente-, qué fin,
a ti y a mí, nos deparan los dioses,
ni combines, Leucónoe, números babilónicos.
Mejor resignarse a los caprichos del destino;
ya sea que Júpiter te conceda muchos años,
ya sea que este es el último en el cual puedas
contemplar las olas del Tirreno romper contra
los escollos opuestos a su furia. Sé prudente,
apura el buen vino y limita las esperanzas
al breve espacio de la existencia.
Mientras hablamos, huye la envidiosa hora:
aprovecha el día y desconfía del mañana.

Marguerite Yourcenar retratada por Bernhard De Grendel

Milán, lunes 13 de enero de 2020

Yourcenar

En estos días de lecturas inesperadas llegó otra vez a mis manos, Opus nigrum, la difundida ficción de Margarite Yourcenar. Hay libros así, que se nos cruzan reiteradas veces a lo largo de los años. También los hay para los cuales, al parecer, no fuimos elegidos. Y otros a los cuales hemos accedido solo después de muchos azares y afanes. No pertenece a estas última experiencias Opus nigrum, el cual leí, siguiendo la recomendación del querido Eugenio Montejo,  antes de 1991; lo sé porque no aparece mencionado en ninguno de estos cuadernos iniciados ese año. Y es una lástima, porque me hubiese gustado saber qué opinaba del libro en esa lejana fecha. En esta oportunidad, después de releer apenas los primeros capítulos, le siento un poco la costura, me parece un tanto “recherché” (rebuscado), tal vez. Sin dejar de reconocer el placer que produce la lectura de una de las mejores y más musicales prosas del francés contemporáneo. Yourcenar fue también una esmerada traductora de la poesía griega. La corona y la lira, su selección de versiones al francés, es un pequeño tesoro de su lengua materna. Las novelas históricas  siempre han sido mis preferidas, desde mis primeras lecturas de Walter Scott en las ediciones criminales de la Editorial Sopena, hasta dos verdaderos monumentos del género como la San Felice, de Dumas, donde se cuentan,  de la manera más dilatada, los heroicos sucesos que condujeron a la creación de la República Partenopea de Nápoles y la subsiguiente restauración borbónica; el otro es Enrique IV (dos tomos en las versiones alemanas e inglesas y cuatro en la castellana, que desconozco), donde el otro Mann, el igualmente talentoso Heinrich, se detiene en la fascinante vida del navarro Enrique IV; el más querido de los monarcas franceses, quien tuviera durante un tiempo entre sus mejores amigos a Agripa d’Aubigné, para algunos, con Racine, el más grande poeta de su lengua. Las memorias de Adriano, de la misma Yourcenar, se cuentan entre las más acabadas muestras del género.

Ilustración del Zadig de Voltaire. 1803. Grabado de E. Ghendt, ilustración de J.M. Moreau

Milán, martes 14 de enero de 2020

Zadig (2)

Mis dos primeras lecturas del año, La versione di Fenoglio, de Gianrico Carofiglio, y Zadig, del amigo Voltaire, tienen ambos una deriva didáctica. En la primera, Carofiglio, un exmagistrado convertido en el más leído, con Andrea Camilleri, de los policíacos de su país, utiliza su novela para mostrarle al lector la precariedad de las acusaciones que dependen de un “testigo presencial”; las limitaciones de la percepción humana; su subjetivismo, su dependencia de la memoria (que es el olvido). Lo que podría parecer aburrido se convierte en ameno asunto gracias a la prosa precisa y estilo del autor. En la última página del libro, el más joven de los protagonistas agradece al viejo detective “por las cosas que me ha dicho y que me ha enseñado”. Este era, efectivamente, el proyecto de Voltaire con su Zadig, que le sirvió para difundir algunas de sus enseñanzas más permanentes: “A Zadig, (el protagonista) todas las naciones le deben el dictamen siguiente: es mejor correr el riesgo de salvar a un culpable que condenar a un inocente. Estaba convencido de que las leyes deben ayudar a los ciudadanos al mismo tiempo que deben infundirles temor. Su objetivo más urgente era el de iluminar la verdad donde otros querían ocultarla”. Pero el libro de Voltaire es también  una parábola sobre el destino humano. Después de los totalitarismos del XVII, de su intolerancia, de sus guerras religiosas, el racionalismo de la Ilustración, como el del Renacimiento, era una necesidad colectiva. Se reactualizaba el criterio del viejo Solón, cuando recordaba a los atenienses que el destino de la polis estaba en sus manos y no en la de los dioses. Zadig conoció los altibajos de la Fortuna y padeció los reiterados golpes de la incomprensión hasta hacerlo dudar de la justicia: 

Entonces, ¿qué es la vida humana? Ah, ¡virtud! ¡De qué me has servido! Dos mujeres me han engañado de manera indigna; y una tercera, inocente y la más bella de todas, está a punto de morir. Todo el bien que he procurado ha sido para mí fuente de maldiciones. He sido llevado a la cumbre de la grandeza sólo para caer en el más horrendo abismo de la desgracia. Si hubiese sido un malvado como tantos, sería tan feliz como ellos.

Zadig fue una ficción preterida por la modernidad, con su fobia a todo lo que pareciera una forma de didactismo. Se presumía que los lectores tenían ya que saberlo todo por su cuenta dejándoles la tarea de descifrar el caprichoso hermetismo de sus más celebrados exponentes.

Milán, miércoles 15 de enero de 2020

En una entrevista concedida a la televisión inglesa, el gran Graham Greene confesaba que no sabía cómo no sucumbían a la demencia los que no componían música, pintaban o escribían. Lo mismo puedo decir de los diarios, no sé qué sería de mí sin ellos, sin la disciplina de escribirlos, sin el pensamiento dando vueltas a estos cuadernos antes de comenzar a llenarlos de tinta. No es que viva para escribirlos, pero los escribo para seguir viviendo en un estado de relativa salud mental. Prodavinci me concede la gracia de publicarlos, lo cual no dejo de  reconocer, tanto como aspirar a que alguien los lea. En estos meses fuera del país natal es una experiencia necesaria. Milán sigue con sus clima invernal y sus cielos que van del gris al azul alpino y viceversa. El Sol Invicto se ha tomado unos días de asueto.

Ilustración de Karl Walser

Robert Walser

Robert Walser es uno de los escritores más amados. Por una vez en castellano un autor ha sido afortunado con la edición, y cuidadas traducciones, algo casi improbable, de lo más permanente de su producción. La casa Siruela se ha encargado del proyecto, que incluye el conmovedor ensayos biográfico Paseos con Robert Walser, escrito por Carl Seelig, amigo y compañero de caminatas  del autor. Como para todos los lectores de mi generación, mi primer contacto con la obra de Walser se lo debo a otra destacada editorial, Barral Editores, la cual hacia 1974 publicó la más conocida de sus novelas, la desconcertante Jacob von Gutten en una apreciable traducción. Desde entonces,  Siruela se ha encargado de publicar amorosamente sus otros títulos, como El paseo, un poema en prosa y una introducción a un ejercicio, el de caminar, que fuera central en la vida de Walser, tanto como la escritura, o aun más. Caminando sobre la nieve fue como la muerte lo encontró, no lejos del manicomio donde residía desde hacía casi veinte años, un día blanco de 1956. La nieve es inseparable de Walser y Walser inseparable de las texturas alpinas donde la soledad remite a una nostalgia del abismo y el silencio. A esta metafísica nostalgia le canta en esta oda que, bilingüe, italiano-alemán, publicó Il corriere della sera hace unos pocos días:

Pastoral

Aquí todo es silencio, aquí estoy bien.
Son frescos los pastos, y puros.
El sol y las sombras se mantienen
cerca como unos niños juiciosos.
Aquí, mi vida hecha de intensa nostalgia
se siente libre. Yo ya no sé qué es
la nostalgia, pero aquí
mi voluntad se libera. Me siento
tranquilo pero conmovido,
las líneas atraviesan los sentidos.
Todo es numeroso y todo se contradice.
No escucho más los lamentos
pero hay lamentos en el aire;
ligeros, blancos como en sueño
Sigo sin entender nada.
Lo único es que todo es silencio,
no más inquietudes o imposiciones.
Aquí estoy bien y puedo estar en paz,
ningún tiempo mide mi tiempo.

“Uno de los poetas más misteriosos del siglo XX europeo”, comienza diciendo Roberto Galaverni en su presentación del poema. Y es cierto, pero es que todo en Walser fue misterio. Su existencia, su literatura y hasta su locura (se presentó de manera voluntaria a una clínica psquiátrica para que lo internaran). Nacido en 1878 en Biel, en la Suiza alemana, fue contemporáneo de Machado y Rilke (1875) y los sobrevivió hasta 1956, con esa longevidad que es como los dioses premian a aquellos a los que ha privado cruelmente de razón. 

Tempranamente abandonó a la aburrida Biel para instalarse en la excitante Munich de los años veinte, donde fue amigo de otro raro, el autor de Wozzeck Franz Wedekind. La esquizofrenia fue compañera constante y aprendió a vivir con ella en el establecimiento psiquiátrico que escogió como residencia permanente. Su escritura es inolvidable, uno de los mejores privilegios que he tenido como lector. No es primera vez que me refiero a él en estos diarios literarios. Hace unos diez años, con la fortuna de tener sus amados libros en mi mesa, escribí algunos comentarios sobre algunos de sus títulos, El paseo, La rosa y Paseos con Robert Walser.  En Alemania, G.W.  Sebald fue uno de sus mejores lectores. En castellano recuerdo los precisos y lúcidos comentarios del poeta Rafael Castilo Zapata. “Pastoral” fue escrito en su juventud y recogido en su único libro de poesías en 1909. Todos los elementos de la “dicción Walser”, no obstante, se pueden apreciar. Una inocencia desconcertante en la presentación de sus asuntos; un sostenido candor, incluso en la escogencia de sus rimas (ist/ist; gut/gut; Raum/Traum), una adjetivación natural, y un yo poético que se confunde con el de sus protagonistas. Walser es un escritor de paisajes que se presentan en toda su terrible quietud ante la inminencia del vacío. Nada de terrible, como los paisajes de Ramuz, por ejemplo. El paisaje en Walser es inevitable, por lo menos tanto como su presencia familiar. Ningún estilo menos desgarrado y ninguna tragedia mejor presentida. Como ocurre en “Pastoral”. Presentimos que no hay salida del infinito blanco de la nieve para un protagonista para quien la nostalgia, aunque parezca ignorar su significado (“ich weiss Nicht mehr, was Sehnsucht ist”), era la esencia de su existencia.


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