Diario literario

Diario literario 2020, agosto (parte III): “Tiempo líquido”, Vinci, Ellington, Silesius

22/08/2020

Fotografía de Andrés Guerrero | Flickr

Caracas, viernes 14 de agosto de 2020

“Tiempo líquido”

Flota el tiempo en el encierro
y nosotros flotamos dentro;
no es agua lo que contiene
sino que es líquido el tiempo.

No vemos sus movimientos
pero pasa sin esfuerzos,
como un puñado de arena
que se pierde en el desierto.

Flota desde siempre solo
y nos convierte en reflejo;
su constante compañía
nos anula en el encierro.

No deja nada a su paso,
salvo este sol negro y ciego,
que no se cansa o fatiga
y anda en las noches despierto.

No conforta ni el cielo el suspenso,
cuando flota el tiempo en el encierro.

Estos fragmentos, que esperan por correcciones intensivas antes de formar parte de un proyecto de edición, surgieron en medio del duermevela, se me “ocurrieron” de manera inesperada; no tenía idea de ellos cuando me acosté en la noche y “subieron” a mi conciencia en la hora de los pájaros (5:30 a.m.), incluso antes de abrir los ojos. He llegado a entenderlos como una involuntaria catarsis, una válvula de la psique agobiada. Una ansiedad provocada tal vez no sólo por mi experiencia personal, sino por la de familiares, amigos o desconocidos enfrentados a una suerte mucho peor de lo que hasta ahora ha sido la mía. A lo que se suma la incertidumbre personal ante la lejanía de los seres queridos, y no menos las posibilidades siempre reales de un contagio que sería terminal. No es fácil cantar en ditirambos en estos tiempos de indigencia. Valoro en este momento mis fragmentos más por su eventual valor terapéutico que por sus inseguros méritos literarios.

Casa natal de Leonardo da VInci. Fotografía de Roland Arhelger | Wikimedia

Caracas, domingo 16 de agosto de 2020

Vinci, Toscana

Un video tomado por mi nieto Alessandro desde la casa natal de Leonardo en el remoto pueblo toscano de Vinci. Algo escribí sobre esto a propósito de una exposición que se realizó allí hace unos años dedicada al perdido original de “Leda y el cisne”. Observando las imágenes de obras del maestro que se proyectan a los visitantes filmadas por Alessandro, recuerdo la dramática ausencia de figuras paternas en la iconografía del maestro. No fue el peor de los padres Maese Vinci, tal vez lo contrario. Cuando lo separó de la madre fue para educarlo en Florencia y acogerlo en su casa, donde lo esperaba su esposa sin hijos que trató al niño como suyo. Freud, en un ensayo digno de envidia, una de las mejores muestras de literatura artística que conozco, destacó las diversas expresiones que, consciente o no, encontró el artista para exteriorizar el más doloroso de los conflictos de su infancia: la pérdida de su madre, la bella Catalina que quedó en ese Vinci para no volverla a ver. Pero también perdió Leonardo, como si fuera poco, la segunda madre, la esposa de su padre, quien lo trató como hijo único hasta que comenzó a tener los suyos, marginando de su afecto al ahora adolescente Leonardo. La muerte prematura de su progenitor no haría sino empeorar la situación. Son pocos los artistas que no han registrado la presencia de la figura paterna en su “psicología evolutiva” (el término es del maestro Mirá y López). El ceñudo San Pedro de Masaccio, por ejemplo. O el imponente Cristo resucitado de Piero. O el “Moisés” de Buonarrotti. O, compartidas, como en el caso de Rafael con sus Platón y Aristóteles; hasta el melancólico saltimbanqui del “rosado” Picasso. Nada parecido en Leonardo. El suyo es el mundo de lo femenino, la Virgen, antes y después del parto; Santa Ana, Leda, la Gioconda, la Joven del armiño y hasta su femenino San Juan Bautista. Con su oportuna transmisión, Alessandro me hizo respirar un poco de aquel aire bendito que formó a Leonardo en los mejores años de su vida, los de su infancia al lado de su amada y efímera Catalina en las colinas del pueblito de Vinci.

Duke Ellington

El tren de Duke Ellington

En Radio Classica Milano, una formidable versión para orquesta sinfónica, como le gustaba a Duke Ellington, de su “Take the A Train”. Se refería el gran músico, a la línea “A” del metro de Nueva York, que es el que se desplaza atravesando Manhattan, hasta la Universidad de Columbia, y, más allá, hasta el legendario Harlem. El compositor escribió su difundida pieza en los mejores momentos del florecimiento de la cultura afroamericana en la gran metrópolis. El irrepetido “Harlem Renaissance”, donde los llegados del Sur postbellum encontraron una geografía urbana donde iban a expresar las nostalgias por el mundo perdido en la distante África, y las alegrías ante la posibilidad (rápidamente frustrada) de fundar un nuevo mundo. Toda la música y la danza de esos años no tuvo otro asunto. Casualmente, aunque, como se sabe, nada es casual, acabo de recibir, enviada por un buen amigo, la versión digital de Volver a casa, la novela de Yaa Gyasi. La autora, hacia el final de su libro, se refiere a este Harlem del mito en su aspecto más patético, el de los miles de dependientes de la heroína, droga que circulaba con entera libertad por las calles de aquella utopía, negra, en una tierra propiedad de los blancos del norte: “Harlem y heroína. Heroína y Harlem. Sonny ya no podía pensar en uno sin la otra. Ambos iban a acabar con él. Los yonquis y el jazz iban de la mano, se alimentaban mutuamente; y ahora, cada vez que Sonny escuchaba un instrumento de viento, reclamaba su dosis”. Nada de esto refiere Ellington en su brillante pieza. Su invitación se limitaba a disfrutar la mejor música que hasta ahora se ha escrito en los Estados Unidos, uno de cuyos más brillantes exponentes fue el autor de “Take the A Train”.

Caracas, miércoles 19 de agosto de 2020

La paradoja de Proust

El tiempo perdido,
el sol y la luna
dormidos,
no son sino
el reflejo
de este espejismo
sin salida
que llamamos
vida.

A la búsqueda
del tiempo
perdido
consagró el francés
su destino.
Miles de páginas
de linotipos
ocuparon
su infinito
archivo.

Al final,
envuelto
en humos de menta
y eucalipto,
sintió la paradoja
de haber
dormido
todo aquel
tiempo
perdido.

Como debería ser claro, se trata de un doble homenaje a dos héroes de mis lejanos comienzos como escritor: Proust y Borges.

Angelus Silesius

El peregrino querubínico

Del Primer Libro de Cherubinischer Wandersmann, de acuerdo a la edición franco-alemana de Henri Plard, que considero insuperada, una mínima selección. La forma privilegiada por Silesius fue el pareado alejandrino (versos de 12 sílabas en dos hemistiquios con rimas asonantes):

Rein wie dass feinste Goldt, steiff wie ein Felsestein,

Gantz lauter wir Crystall, sol dein Gemuthe seyn.

1)Pura como el oro más fino, dura como una roca,

Clara como el cristal, así debe ser tu alma.

(Plard defiende en sus notas a la traducción la escogencia de alma por seyn)

2) Ich weiss nicht was Ich bin…

No sé qué soy. No soy lo que sé:

Una cosa que no es una cosa; un punto y un círculo.*

3) Soy tan grande como Dios: Él es tan pequeño como yo:

No puede estar por encima de mí, ni yo debajo de Él.

13) Yo mismo soy la Eternidad, cuando abandono el tiempo

Y me aferro a Dios, y Dios a mí.

21) Dios no da nada a nadie, Él se ofrece a todos;

Si lo aceptas así, Él será tuyo.

43) Sólo amo una cosa y no sé qué es;

Y porque no lo sé es que lo he escogido.

*Que las intuiciones de Silesius, que de algún modo me recuerdan a Heráclito, están plenas de contenidos metafísicos lo han destacado sus mejores lectores. Cuando, por ejemplo, de manera  que podría pasar como muestra de humildad, afirma que es un punto y un círculo, lo que sugiere es que, al tiempo que no es más que un punto en el infinito universo, ese punto también puede ser el centro del círculo que lo abarca todo.

Fotografía de Riccardo Cuppini | Flickr

Caracas, jueves 20 de agosto de 2020

Cuerpo en cuarentena

No se acostumbra el cuerpo a los encierros, sólo los místicos lo soportan porque para ellos es un estorbo el cuerpo. En estos meses, apenas si habré salido una sola vez “más allá de la esquina”. Lo que busca el cuerpo, el mío al menos, del único que puedo hablar, no es una planicie enorme donde caminar o una helada montaña para excursionar. Mucho menos un gimnasio donde ir a sudar. Lo que necesita el cuerpo del que hablo es la proximidad, no necesariamente el roce o la caricia, de familiares o amigos con los que él pueda hablar. Pasta al pesto al lado de Constanza y Alessandro; unos escoceses o vino con amigos; un café con los alumnos. Recuerdo que la esposa de James Joyce contaba que cuando Samuel Beckett, que llegó a ser su mejor amigo, visitaba al autor de Ulises, se sentaban juntos frente a la chimenea y pasaban horas, fumando, sin mediar palabra. Es que el lenguaje del cuerpo, sin gestos ni señales, sólo lo escucha otro cuerpo, y, si sabe entender, lo entiende. Los de estos dos hombres de la lejana Irlanda, uno de fe cristiana y el otro luterana, se entendían perfectamente. La palabra, dominio de estos dos magos, siempre sobraba. También el mío ama el silencio, lo que no soporta es el encierro.

Exilios

En medio de la pandemia los venezolanos siguen transitando los caminos del exilio. Una conocida polaca, profesora en Cracovia, quien, en plena juventud, decidió dejar su país ante el secuestro de libertades de la Polonia comunista, decidió aprovechar una beca para irse a vivir a Colombia; donde estuvo un año, antes de venir a Venezuela y escogerla como su segunda, y definitiva, patria. Después de cuarenta y cinco años de fidelidad a su proyecto existencial decidió, con las lágrimas amargas del desengaño en sus polacos ojos, abandonarlo todo para irse a vivir con sus hijas a Madrid, dejando atrás la que de segunda se había convertido en su única patria. Lo mismo el padre de un querido amigo, un ejecutivo de los que desarrollaron la envidiada industria petrolera venezolana; el cual, agobiado por la inseguridad, la precariedad y la soledad de un país despoblado de seres queridos, puso en venta todas sus pertenencias y, en solo dos maletas, resumió cincuenta años de trabajo y, con su esposa, se marchó a las Canarias de donde habían llegado, en un viaje dolorosamente especular, sus ancestros. Uno de los efectos insospechados de la pandemia ha sido el muy lamentable de terminar de convencer a muchos que, de la misma manera que han vivido el exilio interior de estos meses, una etapa superior del aislamiento vivido durante los últimos años, también podrían vivirlo en el extranjero. El verdadero exilio no es una escogencia existencial, el destierro verdadero es una imposición del inescrutable destino. Edipo no se fue porque quiso, nadie se lo preguntó, la edad no importa. Casi llego a pensar que es verdad aquello de que “aquí el que no se va es porque no puede”. No estoy seguro de que ése sea mi caso.


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