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Perspectivas

Diario literario 2019, octubre (parte II)

por Alejandro Oliveros

12/10/2019

La oración de Marco Antonio en el funeral de Cesar. George Edward Robertson. Finales del S. XIX

Valencia, lunes 7 de octubre de 2019

Diario de Julio César (1)

Uno de los atributos de Julio César que, en la tragedia Shakespeare, Marco Antonio recuerda al pueblo romano, en su conocida pieza oratoria frente al cadáver aún tibio del guerrero y estadista, es su generosidad. Comenzado con una de las imágenes que hacen de Shakespeare el más grande artífice de la fanopeia (poesía de imágenes) poundiana: «O pardon me, thou bleeding piece of earth« «Perdóname, pedazo sangrante de tierra. Eres la ruina más noble que haya vivido en la marea de los tiempos». Ya en pleno discurso, hacia el final, acudirá a otra de esas imágenes que fueron admiradas incondicionalmente por el lector moderno, pero que para el más neoclásico gusto de la Ilustración, eran excesivas y retóricas. “Estas son las heridas de César, pobres bocas mudas”.

Y, para terminar, otras muestras de generosidad:

Antonio: “’Da a cada ciudadano romano setenta y cinco dracmas…’ Además, les ha dejado todos sus paseos, sus glorietas particulares, sus jardines recién plantados a esta orilla del Tíber: les ha dejado a ustedes y a los herederos de ustedes lugares públicos de recreo para pasear y disfrutar.

Sin embargo, la largueza de Julio César no tenía solamente un carácter póstumo. Mucho antes del infausto Idus de marzo, Julio César, de acuerdo con Plutarco en su biografía de Pompeyo, manifestaba su generosidad de la manera más activa:

El oro, la plata y todos los demás despojos y riquezas tomadas en gran cantidad de los enemigos, todo lo enviaba a Roma, y tentando y agasajando con dádivas a los ediles, a los pretores, a los cónsules y sus mujeres, se ganó a la amistad de muchos de ellos; de manera que, habiendo pasado los Alpes y venido a invernar en Luca, una inmensa muchedumbre que de toda clase concurrió a visitarle.

La de Julio César es una generosidad instrumental. Se trata del primer estadista que, de manera calculada, comienza a entender el uso del dinero como una inversión no financiera sino proselitista. Muchos siglos después, el mejor protagonista de la política moderna, Cósimo Medici, ‘pater patriae’, utilizaría la generosidad como una manera de ganar adeptos y reducir la oposición. No fue suficiente, diría un distraído, porque los enemigos del florentino eran legión y padeció un largo exilio. Y a Julio César no le impidió que lo asesinaran de manera artera. Olvidan los que así piensan que las ideas políticas de ambos los sobrevivieron por dilatados períodos. La vocación hegemónica de Julio César se prolongó a todo lo largo de los imperios romanos y fue reivindicado por hombres tan notables como Carlomagno y Carlos V. Con el Medici igual, de él aprendió no poco Maquiavelo, fundador de la política moderna. De Pompeyo, con todo lo que dijo Plutarco sobre él, no se recuerda un gesto de desprendimiento. Y de los enemigos de Cósimo, cuyos nombres ya no se recuerdan, tampoco.

Primera página de una edición facsímil del First Folio de las obras de Shakespeare publicadas en 1623

Caracas, martes 8 de octubre de 2019

Diario de Julio César (2)

Con Shakespeare, y no ocurre con ningún otro gran autor occidental, nada es definitivo. Del Cid Campeador opino lo mismo que opinaba en mis años de bachillerato. Igual que con el príncipe Andrés; mi admiración y simpatía por el héroe de Tosltoi han sido invariables a lo largo de las décadas. Igual puedo decir de Turno, Parsifal Lord Jim y la Abadesa de Canterberry o Fausto. De Hamlet no puedo decir lo mismo. Mi consideración del héroe danés ha variado en el corto espacio de unos diez años. La primera vez que enseñé la tragedia en la universidad, el príncipe de Dinamarca era para mí la consumación del héroe romántico; un aventurero del espíritu atrapado en la noche cruel de Dinamarca. Una especie de trovador de la venganza, frustrado, como la mayoría de los románticos, en una empresa impuesta por una voluntad injusta. Una década más tarde, ante un nuevo grupo de estudiantes, me detuve en la discusión del Hamlet shakespereano como un peligroso social-killer, responsable de la muerte de la mayoría de los protagonistas de la obra. Un psicópata que solo un reino “podrido” como el danés permitía que estuviese en libertad. De la misma manera me ha ocurrido con personajes como Ricardo III, Bolingbroke (no con Hal, su hijo quien siempre me ha resultado antipático). No obstante, el más reciente giro en mis opiniones me ha ocurrido con Bruto, uno de los pilares del Julio César del Bardo. Releyendo una nota que publiqué hace unos cinco años, creo, la cual terminaba con la aseveración de que Bruto era un caso para ser emulado. Es decir, que su decisión de ultimar a César era la más justa y necesaria. Algo de lo cual ya no me siento tan seguro. Releyendo la obra de teatro hace poco en Milán, se me apareció Bruto bajo una luz menos admirativa. De pronto, sin que Bruto hubiese hecho nada nuevo, el “héroe” de los Idus de marzo se me apareció como un hombre desleal, ingrato, resentido, envidioso y de alto riesgo. Después de que Julio César lo salvara de ser ejecutado por su lealtad a Pompeyo durante su mortal enfrentamiento con César, y que este no solo lo hubiese perdonado, sino protegido, exaltado, tratado casi como un hijo (de acuerdo a una leyenda, de hecho, lo era) y de considerarlo entre sus sucesores. Bruto, quien ha podido manifestar sus eventuales divergencias con César de una manera menos radical, comenzó a parecerme poco digno de confianza y para nada admirable. Las comparaciones que se han hecho de sus carácter con el de Hamlet, la cual una vez me pareció viable, se revela ahora como inconsistente y falaz. Al fin y al cabo, al pobre Hamlet, una criatura venida del más allá, y nada menos que el fantasma de su venerado padre, le impuso el cumplimiento de una venganza para la cual no estaba preparado. A Bruto nadie lo obligó a nada, y su decisión de asesinar a su protector me parece ahora menos patriota y republicana que oportunista. Su justificación es inconsistente y penosa:

BRUTO (al pueblo reunido frente al senado): No es que yo amara menos a César, sino que amaba más a Roma. ¿Acaso prefieren que César siga vivo y que todos ustedes se convirtieran en esclavos, en vez de que César esté muerto y todos vivan como hombres libres? Puesto que César me quiso, lo lloro; puesto que fue afortunado, me alegro por ello; puesto que fue valiente, lo honro; pero, puesto que fue ambicioso, lo he matado. Aquí hay lágrimas por su cariño; alegría por su suerte; honor por su valentía; y muerte por su ambición.

A estas alturas, mi opinión de Bruto no es la misma; y estas palabras, aun en la ingeniosa retórica del bardo, me parece la proyección de una burda hipocresía y una proyección básica de sus oscuros deseos. Aparte de las inexactitudes, como la de tratar a Julio César como un establecido tirano, digno sucesor de los déspotas de Siracusa, la popularidad de César no era producto de un reparto de golosinas y prebendas desde sus lejanos puestos de comando en la Galia. A Julio César se le debe el único intento serio que se hizo de redemocratizar el senado. En efecto, antes de partir en la empresa gala, hizo aprobar leyes que ampliaban la base electoral de los romanos haciendo del senado una institución más inclusiva. Con lo cual se ganó la enemistad de la aristocracia; y, al final, sería su amartía, la verdadera causa de su caída, atentar contra los intereses de los defensores de una República que olía tan mal como la Dinamarca del buen Hamlet. La reforma era necesaria, el asesinato no. No se trataba del temor de los senadores a una eventual, y no sugerida por César directamente, restauración de la odiada monarquía, sino del terror a que sus privilegios fueran limitados por un líder que veía en la incapacidad y corrupción del senado la etiología de las guerras civiles que habían enfrentado a los romanos por décadas. Para Bruto, la situación era clara y cínica. Magnificar la amenaza y proponerse como salida al impase, disimulando sus propias ambiciones hegemónicas. Era la única manera de superar su situación de segundo violín, primero de Pompeyo, y ahora de su protector y amigo. La decisión de los senadores encabezados por Bruto y Casio es la que asumen todos los totalitarismos, una represión preventiva. Una violación de los derechos humanos basada en el “por si acaso”. Se da muerte a César no por lo que ha hecho sino por lo que puede llegar a ser. Bruto decide que es un huevo de serpiente lo que ve en la superficie sin pararse a considerar, porque no le interesa, si se trata de otra cosa. Lo que no disimula este hábil político, mejor que militar, es su ambición y que, en una proyección elemental, atribuye al otro. Una última impostura: “Igual que he dado muerte a quien más quería por el bien de Roma, tengo para esa misma daga cuando a mi país le parezca bien tener necesidad de mi muerte”.

No son infrecuentes estas lecturas contradictorias cuando se trata de Shakespeare. Ni siquiera en una obra de complejidad limitada como Julio César. Eso lo advertía uno de sus mejores lectores, el profesor Wilson Knight, cuando, hace más de setenta años, escribió: “La sencillez de Julio César lo es solo en la superficie. Un análisis más serio revela sutilezas y complejidades que hacen difícil la interpretación” (The Imperial Theme).

El asesinato de Julio César. Karl von Piloty. 1865

Caracas, miércoles 8 de octubre de 2019

Diario de Julio César (3)

Lucano es uno de los cuatro poetas de la antigüedad, sin contar a Virgilio, privilegiados por Dante con la residencia en el Primer Círculo de su Inferno. Los otros: Homero, Horacio y Ovidio. Para el lector contemporáneo es justo que parezca extraña la presencia de Lucano. Sin embargo, no está de sobra recordar que Lucano, conminado al suicidio por Nerón a sus apenas 25 años, es el autor de Farsalia, una impresionante épica, y ya sabemos que, según el criterio medioeval, justamente aristotélico, la épica era la madre de todos los géneros. Un criterio que Dante siguió cuando desarrollaba su epopeya del viaje al más allá en su Divina Comedia. Farsalia es un extraordinario poema en diez Cantos de hexámetros latinos donde se canta y cuenta el más épico de los sucesos: el magno enfrentamiento entre Pompeyo y Julio César, donde se decidió el destino de Roma y de la civilización occidental, nada menos. Una saga que terminaría en los accidentados terrenos griegos de Farsalia, donde los pompeyanos llevaron la peor parte. El admirable proyecto permanecería inconcluso por voluntad imperial y Lucano se despide de su héroe derrotado con estas aladas palabras: “Ningún medio de salvación: ni la huida, ni el valor; apenas la esperanza siquiera de una muerte honrosa”.

Julio César disfrutó de una popularidad envidiada y contó con la animadversión de enemigos formidables, desde Cicerón a Casio; Pompeyo fue el mejor de ellos, pero no necesariamente el más feroz. Un honor que le correspondió a Catón el Joven. Senador prominente, hombre público que se quiso la conciencia moral de Roma. Fue un ciudadano ejemplar, defensor de la República sin intereses subalternos ni oscuras ambiciones personales. Catón, previendo las consecuencias del colosal enfrentamiento entre César y Pompeyo, criticó ambos bandos hasta que, puesto a escoger, se decidió por Pompeyo y asumió el destino, no exento de riesgos, de convertirse en el más grande enemigo de Julio César. En Farsalia, Lucano nos dejó la descripción “oficial” del feroz Catón:

Nunca se quitó de su semblante venerable la repulsiva melena y opuso cara severa a los regocijos (no había bien visto que se empuñaran las mortíferas armas y había dejado que las canas, sin cortar, cayeran por su frente y que le creciera, adusta, la barba en las mejillas: precisamente sólo él, libre de pasiones y odios, podía expresar el duelo por el género humano. Esta era la conducta, esta la actitud inalterable del severo Catón: guardar la mesura, contenerse en el límite, dejarse guiar por la naturaleza, poner la vid al servicio de la patria y creerse nacido no para sí mismo, sino para el mundo entero.

A Catón se le atribuye la dudosa decisión de mudar la táctica del desgaste adoptada por Pompeyo y enfrentar en un día decisivo a Julio César con los resultados conocidos. Pompeyo irá a morir decapitado en Egipto, mientras que Catón, acosado por César, se quitará la vida, de manera estrafalaria, como todo lo suyo en la africana Cartago. Al enterarse, el general vencedor, objeto de la furiosa censura catoniana, habría dejado esta frase para la posteridad: «Catón, lamento tu muerte de la misma manera que habría lamentado que te perdonara la vida».


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