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Literatura

Diario literario 2019 (noviembre 2)

por Alejandro Oliveros

23/11/2019

«El juramento de los siete jefes», de Alfred Church

Valencia, 18 de noviembre de 2019

Con un poco de retraso y de manera intermitente como consecuencia del dramático, si no trágico, cambio climático, comienza a visualizarse en horas de la mañana la luz que ha hecho conocida a estas latitudes, con su textura cristalina y sus cielos tan elevados. Cielos y luces que voy a extrañar durante los próximos días cuando regrese a Milán.

Siete contra Tebas

Al lado de la formidable trilogía La orestíada, o del difundido Prometo encadenado, esta tragedia de Esquilo no parece que sea la más frecuentada. No cuenta, es verdad, con personajes tan estupendos como Clitemnestra o Electra, ni una acción tan desarrollada como la de Persas o Suplicantes. No obstante, Siete contra Tebas es una obra que hubiese inmortalizado al poeta de Eleusis de haberse extraviado el resto de su precaria producción conservada. La pieza forma parte de una trilogía de la cual las otras dos obras, Layo y Edipo se han perdido. La historia de Tebas forma parte del “ciclo Tebano”, y canta y cuenta el asalto contra Tebas encabezado por Polinices, uno de los dos hijos de Edipo. El otro, Eteocles, no ha querido ceder, como estaba pactado el gobierno de la ciudad. El final estará de acuerdo a la terrible maldición del padre por razones de tipo gastronómico, entre muchas otras. En efecto, después de perder el poder, y los ojos, Edipo fue encerrado en sus habitaciones por órdenes de los hermanos avergonzados de su padre y medio hermano. En ocasión de una cena en palacio, Eteocles y Polineces escogieron para ellos las partes más nobles del animal beneficiado, el lomo, en este caso, tradicionalmente reservado a los reyes, dejando para Edipo parte de lo que en Argentina se conoce como cuadril. Ante tal ofensa, el ciego los maldice y predice su muerte el uno a manos del otro. Esta circunstancia, como el resto de los asuntos de la tragedia griega, eran bien conocida por los griegos en sus versiones de los poemas homéricos. Siete contra Tebas, entonces habla de este doloroso enfrentamiento. Sin embargo, Esquilo, en lo que es un manifiesto de la poética de la Primera Tragedia, obvia la aparición en escena a Eteocles de uno de los dos grandes protagonistas. Como señala en un comentario afortunado el profesor Kitto, uno de los mejores lectores de Esquilo: “Es como si Shakespeare, en su versión de Hamlet, hubiese omitido la participación del príncipe de Dinamarca en la obra.

Caracas, martes 19 de noviembre de 2019

Diario 2002

En «Tristes cuidados», mi Diario literario de 2002, encuentro este par de textos extraviados que, en sus nuevas versiones, reproduzco en este Diario literario 2019:

1955

Las copas de estos árboles

que me vieron por primera vez

en mil novecientos

cincuenta y cinco,

¿acaso me recuerdan?

 

Caobos, mangos, jabillos.


La iguana, en lo alto de la rama,

el vientre cargado de oro,

ya no aparece, se ha ido.

Por las orillas del Cabriales

un caballo quiere agua,

el rumbo perdido.

 

Su panza, redonda y oscura,

nunca se sacia.

 

Un caballo color sueño

es lo único que aún queda,

un caballo grande,

que tampoco se acuerda.

 

Mendelsohn

Veo cómo

las colinas, el cielo, las nubes

se van alejando.

 

Ya no los toco.

 

Mi hermana,

con su concierto

para violín en re mayor

de Mendelsohn.

 

Los naranjales

se cubrieron de amarillo.

 

Valencia del Rey

y sus naranjas.

 

Eran tan dulces.

 

Ahora el recuerdo

es una hoja de plata

en el corazón.

Caracas, miércoles 20 de noviembre de 2019

No he tenido suerte este año con los cielos de esta ciudad. Hasta ahora, en el mes de noviembre sólo recuerdo una mañana de luminosidad memorable, con su luz más ligera que el aire o el sueño. El resto ha sido una topografía de grises, nubes y lluvias extraviadas. Sin embargo, no es nueva esta configuración celeste. Coincide con el advenimiento (los cielos no mienten, decían los isabelinos ingleses) de una desdichada revolución que se estrenó en sus oficios en 1999, condenando a decena de miles de venezolanos atrapados en un monstruoso deslave. Desde entonces nada ha sido sino caídas y exilios, sueños rotos, inimaginada e inimaginable corrupción, como gustaba decir el inefable Antonio Pérez.

Septem. Siete contra tebas (2)

Con su “dórica” discreción, Esquilo evitó a su público la representación de un hecho tan horroroso como el enfrentamiento a muerte de dos hermanos, del cual ninguno saldría vencedor. No le parecía digno de competir con el asunto central de su tragedia, no otro que el destino de la polis, en este caso Tebas. Pero que debe leerse como una metáfora de Atenas, la cual se vio igualmente acosada por la reiteradas invasiones de un ejército extranjero, y en cuya defensa, también reiteradamente, Esquilo tomó las armas para evitar lo que para los griegos de su tiempo era el peor de los males, peor incluso que la muerte. Me refiero a la pérdida de la libertad, el más alto de los valores de la cultura helena. El gobernante de Tebas, en los tiempos que refiere la pieza, no es precisamente un modelo de honestidad política, pero, ante la amenaza extranjera, la polis entiende que hay que apoyar al gobernante. Al fin y al cabo, lo que estaba en juego era el bien común y la posibilidad no ya de morir en la derrota sino de terminar convertidos en esclavos. En el prólogo a la obra, Eteocles, el usurpador monarca, se mostró como un hombre violento, supersticioso y misógino. Una arrogancia que será compensada con la sensatez que muestra al organizar la defensa de Tebas.

Una actitud que será extremada al aceptar, a pesar de los ruegos de sus conciudadanos, su destino trágico y marchar a la muerte, ya anunciada en una maldición por su padre Edipo, para evitar el triunfo de las tropas enemigas, a la cabeza de las cuales vemos a Polinices, su hermano. En ese momento, Eteocles deja de ser un tirano y se convierte en un ciudadano más, como lo fue Esquilo, que lo deja todo en defensa de la polis, que es decir la libertad. Eteocles siente que los dioses, como mucho después a Marco Antonio, lo han abandonado (“Ya los dioses no se cuidan de nosotros), lo cual no lo hace dar marcha atrás en su resolución: “Yo iré a encontrarme con Polinices, yo mismo. ¿Y qué otro con más justicia que yo? Iré contra mi hermano: príncipe contra príncipe; hermano contra hermano; enemigo contra enemigo”. Tebas se salva, pero la tan temida, lo mismo que hoy, sucesión en el poder, termina elevando a su tío al trono, el impopular Creonte, hermano de su madre, cuya insensatez y arrogancia será la ruina final de la maldita Tebas, al propiciar un enfrentamiento, ya no con un hermano, sino con un inmortal tan inquietante como Bromio-Dioniso.

En Las fenicias, su versión del asunto tratado por Esquilo en Siete contra Tebas, Eurípides va presentar al mismo Creonte sin la grandeza de los hombres de tiempos heroicos. Los tiempos han cambiado y la hipertrofia del individualismo ha comenzado a desplazar la visión del bien común. Cuando en la Orestíada de Esquilo, el oráculo le exige a Agamenón el sacrificio de Ifigenia, su hija menor y la más querida de su madre, el rey de Argos no vacila en llevar adelante el sacrificio, una decisión que, como se recuerda, habrá de costarle la vida a su regreso de Troya. Pero, no importaba, el bien común, la empresa troyana, estaba por encima de cualquier expresión sentimental. En situación parecida, Creonte, cuando el ominoso Tiresias le revela que debe sacrificar a Menecio, su hijo, por el bien de la polis, la respuesta de Creonte es la menos heroica y la más humana, demasiado humana:

CREONTE: No me importa la ciudad. Mi respuesta es clara, porque jamás

llegué yo a tal extremo de desdicha que, sacrificando a mi hijo, lo ofrezca

a la ciudad. En la vida de todos los hombres hay amor a los hijos y ninguno

ofrecería a su hijo a la muerte. Que nadie venga a elogiarme después de matar a mi

hijo.

Ante el egoísmo que se ha apoderado de los líderes de la urbe tebana en su búsqueda del poder, Eurípides exalta la figura ejemplar de Menecio, cuya nobleza es la misma que en un tiempo hizo posible las hazañas de Maratón y Salamina.

MENECIO: Mi padre quiere enviarme fuera despojando a la ciudad de su salvación

entregándome así a la vergüenza… No tendría yo perdón si me hago traidor a la

patria que me dio el ser…Voy a entregarme para salvar la ciudad y ofrecer mi vida

para morir a favor de este país.

Esta es la materia con la cual están hechos los héroes.

En Las fenicias, Eurípides es más shakesperiano que nunca. Los efectos teatrales se reiteran, la acción puede ser la más violenta, como la descripción minuciosa del duelo entre los hermanos y el derramamiento de sangre, como al final de Hamlet, llega a ser apoteósico. Las sorpresas esperan al espectador en cada escena. El prólogo mismo está a cargo de una resucitada Yocasta, quien no se ahorcó al conocer su situación de trágico incesto, sino que lo postergó para tratar de reconciliar sus dos hijos. Una encomienda en la cual fracasa de manera lamentable y que la llevará, ahora sí, y de una manera digna del Bardo, a herirse el cuello con una de las ensangrentadas espadas de sus hijos para caer muerta sobre sus cadáveres. Antígona, quien también aparece en este atestado dramatis personae preisabelino, también posterga su suicidio al verse en la necesidad de acompañar a su padre Edipo al destierro. Antes, el encuentro mortal entre Eteocles y Polinices parecía salido de Macbeth, y las palabras con las cuales Aleteo concluye el diálogo, se diría que fueron escritas en escocés: “Que el cadáver de Polinices jamás sea sepultado en este suelo tebano, y que quien trate de enterrarlo perezca así se trate de uno de nuestros parientes”. Y, en sus momentos más inspirados, Eurípides es el más claro antecedente del Shakespeare poeta, que, al parecer no lo conoció, aunque la mayoría de las veces uno no sabe nada: 

¡Oh, valle borroso de muy divino follaje, repleto de criaturas feroces, obra de la

divinal Artemisa; Citereón, cubierto de la más blanca nieve, nunca has debido

criar al abandonado a la muerte, al fruto de Yocasta, a Edipo, criatura arrojada

de su hogar marcado por los punzones de oro. ¡Ojalá que nunca la doncella

alada, el monstruo insaciable de la esfinge, inclemente azote de este país, hubiese

llegado con sus cantos tan hostiles a las musas!

No puedo dejar de estremecerme al pensar en estas líneas recitadas, en su sonoros pentámetros griegos, por un gran comediante ateniense enfrentado a la ávida multitud de 15000 personas acomodadas en uno de los grandes teatros, bajo el cielo bendito de Grecia, respirando las bondades de la brisa arrojada por el cerúleo ponto.

Caracas, viernes 22 de noviembre de 2019

Esquilo

Terminó ayer mi curso sobre dos tragedias de Esquilo, Prometeo encadenado y Siete contra Tebas. El tema central era el poder como instinto inevitable, su secuestro y abuso. Y las respuestas que pueden adoptar la forma de la peligrosa sumisión, un término con implicaciones inquietantes en este momento en Venezuela, o puede manifestarse como rebeldía, que es el caso de Prometeo, para quien la rebeldía era la esencia de su existencia. Y que para alguno de los asistentes tenía rasgos de arrogancia, lo cual parece innegable. Pero ante la amenaza de una sumisión colectiva, la rebeldía es el mejor antídoto. Lo innegable es el carácter heroico del gran Prometeo. Siete contra Tebas vuelve sobre el tema o el dilema, mejor, de los derechos individuales enfrentados a los de la polis. Un grupo de interesados asistente preocupados por encontrar respuestas a la trágica situación venezolana en los textos de los grandes clásicos.


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