Diario literario

Diario literario 2019, junio (parte III)

por Alejandro Oliveros

Paisaje de Milán. Fotografía de Daniel Case | Wikimedia

22/06/2019

Milán, jueves 13 de junio de 2019

Nuova Milano

La fama de Milán como una ciudad gris y fría, envuelta en existenciales nieblas antonianas, era la más justa. Después de ser uno de los centros industriales y culturales más activos de Europa (aquí nació el futurismo, y con el futurismo nacieron el arte y la literatura modernos), la capital lombarda, después de la desastrosa, para Italia más que para cualquier otro país occidental, guerra del ’39, parecía haberse cerrado a la luz y el cambio. Razones no era lo que faltaba para justificar el cambio. Como Palermo, Nápoles o Roma, Milán había sido blanco de los indiscriminadamente salvajes y barbaros bombardeos aliados. La fisonomía de la vieja urbe ambrosiana, con sus edificios de pesados, barrocos y luminosos balcones, había en buena parte sido borrada. La reconstrucción, distó de ser la que dispusieron en otros centros como Dresde. Apoyada por las autoridades norteamericanas, bendecida por la iglesia católica y coordinada por la Democracia Cristiana, la mafia se encargó de disponer, con su mal gusto proverbial, las construcciones más espantosas al lado de la apasionante arquitectura tradicional. El resultado fue un abominable pastiche que todavía padecen locales y visitantes. Una situación aún más cruel si se recuerda que de los arquitectos milaneses, Ponti, es apenas uno de ellos, y diseñadores con genios como los de Bruno Munari, se contaban entre los más brillantes de Occidente. No obstante, estimulada por autoridades de opuestas tendencias, la ciudad ha recuperado, hará cosa de unos quince años, su vocación vanguardista y creadora. La participación privada ha recuperado protagonismo y, en menos de una decada, se han abierto dos formidables espacios expositivos (Hangar Biccoca y Fondacione Prada Milano) ineludibles para el estudioso del arte contemporáneo. La Scala, una casa de opera no precisamente vanguardista, desde hace unas temporadas ha abierto su repertorio a las composiciones de escritores contemporáneos. Mientras que el Piccolo Teatro que, con Giorgio Strehler en la dirección, nunca abandonó la vocación vanguardista de Milán, sigue tan joven, ya no piccolo, como cuando Brecht vino en su último viaje fuera de Italia, a presenciar el montaje de su Opera de Tres Centavos. Durante estos días, en los amplios y vanguardistas espacios de Fondazione Prada, los artistas norteamericanos Lizzie Futch y Ryan Trecartin presentan Wether Line, un proyecto multimedia, con películas, videos y una larga jaula techada, unos ochenta metros, que conducen a una gigantesca construcción, el esqueleto de una casa de pino de cuatro pisos. Una épica construida en base al grotesco aburrimiento de la anodina ciudad de Athens, en Ohio. Una obra gigantesca con un alma muy pequeña, sin embargo.

Milano, viernes 14 de junio de 2019

Caricatura de Leopold Bloom realizada por James Joyce cerca de 1941

Bloomsday

Hoy celebramos en todo el mundo el Bloomsday. Un día como este, pero de 1916, el judío irlandés Leopold Bloom salió de su casa después de despedirse de su esposa, la crónicamente infiel Molly, para iniciar la única aventura épica que, en el siglo XX, pudo emular la de Ulises. Y así es como se llama la novela de James Joyce, Ulises, que canta y cuenta las aventuras de Leopold. En las ciudades más serias del mundo, Dublin y Nueva York, actores, admiradores y escritores se reúnen hoy para leer en voz alta el formidable libro. La única recompensa, a falta de los húmedos besos de Molly, es una pinta fresca de cerveza Guinnes.

Lecturas

Ninguna lectura importante en estos últimos días de la primavera de 2019. Tengo a mano el volumen de recuerdos y notas de Julien Green sobre su nativa Paris, y espero tener pronto la Carta a Marcela, de Porfirio, recién republicada por Belles Lettres, la admirada editorial de Boulevard Raspail consagrada a los clásicos. Porfirio, como se recuerda, fue el esforzado discípulo de Plotino al cual dedico una biografía que es, a la vez, una de las más difundidas exposiciones del influyente neo-platonismo de su maestro. La Carta a Marcela, el nombre de la esposa, está considerada como una de las más lucidas defensas del paganismo acosado por el avance de los ideólogos cristianos, y uno de los grandes textos de la Antiguedad tardía, el “testamento espiritual de las doctrinas paganas”, de acuerdo a sus editores franceses.

Milán, miércoles 19 de junio de 2019

Tiempo que no pasaba tantos días (4) sin acercarme a estos cuadernos. Aparte de una breve visita a Arona, a orillas del lago Maggiore, nada que justifique la desidia. Parece que olvidé el dictum del gran Apeles, nulla die sine linea y que Paul Klee utilizaba para justificar su hermoso diario. Hablando de diarios, mi ex-estudiante y ahora colega en Nueva York, Ricardo Hernandez Anzola, parece dispuesto a encargarse de la ingrata tarea de “editar”, mi Las pasadas horas. Diarios literarios 2008-2010. Ricardo está dotado con un ajustado sentido crítico y un ojo de relojero suizo para la lectura. Confío en que sabrá reducir a su mínimo el pesado volumen de más de seiscientas páginas. Menos es más, como diría el maestro Mies.

«Sin título» (Last night). Félix González-Torres, 1993

Félix González-Torres en Basel

Entre las tantas exposiciones que se han organizado este año en la Basel Art, una de las ferias de arte moderno más influyentes del mundo occidental, los organizadores han incluido una dedicada a Félix Gonzáles-Torres, el visionario artista cubano muerto tempranamente de Sida en 1998. Tal vez se trate del más acabado seguidor de Duchamp en nuestro tiempo. Un conceptualista sin las fantasías onanistas que asumen la mayoría de los exponentes del movimiento. Su insistencia en lo efímero, lo frugal, lo indefenso e inestable de la vida, no solo la suya, ni la de su generación, diezmada por una inesperada dolencia que acabo con buena parte de los mejores espíritus de esos años. La transformación permanente, lo huidizo. Sus obras, muchas piezas, están hechas para desaparecer, pilas de pliegos de papel que el público puede llevarse a su casa y que serán repuestas al final del día para que nuevos asistentes a la muestra se lo sigan llevando. Las interrogantes, más que las respuestas, fue lo que impresionó a los espectadores durante esos años y los siguen impresionando. ¿Qué quiso decir? ¿Es arte esto? ¿Es una burla? Mi primer encuentro con las obras del cubano estuvo asimismo marcada por el desconcierto. Ante una pila de cerca de un metro de alto de chicles de bomba marca Bazooka, en su emblemática envoltura azul, blanco y rojo: “Si quieres agarra uno y te lo comes”, fue lo que me dijo cuando se dio cuenta de mi sorpresa ante la más reciente adquisición para su magnífica colección de arte contemporáneo, mi buen amigo Robert Vifian. “No te preocupes”, siguió diciendo, “la galería se compromete a reponerlos”. La segunda experiencia fue aquí, en Milán, en 2017, donde una importante galería organizo una muestra de González-Torres. No se encontraba ninguna de las muchas pilas de caramelos que existen en el mercado, (una de las más conmovedora tiene como soporte un pañuelo del padre muerto donde se han dispuesto al azar unos ocho o diez caramelos), pero en el conjunto se insistía en el sentido de lo efímero, del vacío, de la indefensión y el absurdo. Una de las salas estaba dividida en dos espacios simétricos por una de sus famosas cortinas de “lagrimas de San Pedro”. Al atravesarla para pasar al otro lado de la habitación, la sensación de vacuidad, de insustancialidad, cuestionaba la misma materialidad de nuestro cuerpo, que tenía algo de algo de prosaico y mucho de vulgar con su violación de la más inquietante nada. Ya antes había experimentado algo semejante, pero sin el sentido de desgarramiento y dolor que fui sintiendo a medida que transcurrían los escasos minutos que pude soportar frente a ese abismo. Recordé las experiencias fundadoras con el vacío en una muestra donde se incluía un par de “Vides” de Yves Klein. En su caso, la nada estimula otro tipo de experiencia, más cerca de la música de las esferas y la necesidad de un encuentro de carácter metafísico. Lo que en González-Torres es dolor, en Klein es celebración de las infinitas posibilidades del ser. En ambos casos se insinúa una experiencia religiosa, no de la presencia de Dios, sino de su insoportable ausencia.

Los libros y el azar

El que tiene el privilegio de vivir con su biblioteca y disfrutarla a diario y frecuentar esos volúmenes que nos permiten “vivir en conversación con los difuntos”; se priva, sin embargo, de una gratificación no menos estimulante. El que vive sin sus libros, vive también en libertad, voluptuosamente abierto a lo que la suerte le quiera deparar. Desde que llevo esta escindida existencia entre Italia y Venezuela, el azar que, como se sabe, es la única divinidad que permanece insobornable, me ha brindado la inimaginada oportunidad de releer, con no poco placer, el Bel-Ami de Maupassant; de disfrutar la sedosa necrofilia de cuatro o cinco novelas de Banana Yoshimoto, que de otra manera tal vez nunca hubiese leído. De recorrer más de una vez las páginas de las postergadas memorias de Peter Brook. O de disponer de la mejor edición que existe en cualquier idioma, incluyendo el inglés, del Mauberley de Pound, traducido por el poeta Giovanni Giudice. O, del mismo Pound, sus raros escritos completos sobre Gaudier-Brzesca, el genial escultor que habría de morir prematuramente en la Primera Guerra Mundial, luchando por una “vieja puta desdentada”, como llamó Pound a la Europa de su tiempo. O las apasionantes memorias de Lou Andreas-Salomé como discípula de Freud. Y, apenas hoy, la fortuna ha querido que me pusiera en la versión italiana de Zadig, la novela de Voltaire escrita poco antes de que fuera obligado a permanecer alejado de su nativa Paris por casi treinta años. Lejos de mi biblioteca, no estoy en la capacidad de leer lo que se me antoje; pero debo decir que, hasta ahora, no tengo quejas de las lecturas que el azar, que aparte de insobornable es buen lector, ha puesto ante mis ojos.


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