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Diario literario

Diario literario 2019, diciembre (parte IV)

por Alejandro Oliveros

28/12/2019

Quarto Oggiaro, Milán. Fotografía de Fedewild | Flickr

Milán, domingo 22 de diciembre de 2019

Despierto desde muy temprano en la más absoluta oscuridad, mientras el sol invicto espera que sean las 8 a.m. para hacer su triunfal aparición, la cual no ha sido muy conspicua estos días de equinoccio. Me despertó la falta de sueño y la situación de casa ajena que me afecta en este momento y, de una manera más dramática que la mía, a los millones de venezolanos condenados a una experiencia hasta hace poco desconocida. La necesidad de migrar nunca fue una prioridad y mucho menos la más urgente. No vivir en su país es, ni siquiera cuando haya sido una decisión voluntaria, una forma de vivir incompleto. No se abandona impunemente, ni siquiera por todas las glorias, la patria tierra. No se puede llevar el desterrado los helechos sembrados amorosamente, o las matas de geranio blanco o las delicadas violetas y, mucho menos, su atesorada colección de orquídeas que forman presencias reales, signos de la vida de la existencia del alma. Es tanto lo que pierde el que se muda de país. Con los libros es distinto, pero es, asimismo, una experiencia frustrante. Nuestros libros tampoco se sienten bien en el destierro. Añoran la humedad maligna de ciertos rincones de nuestras casas, la luz que los descubre cada mañana con esa pátina de esplendor acumulado; la complicidad con un espacio que conocen y con el cual dialogan durante las horas del lobo. Es mucho lo que se pierde de lo que dicen los libros cuando nos mudamos, aun cuando digan lo mismo, y en ocasiones puede que no sea así, lo dicen de otra manera. No es igual leer los libros de poetas como Juan Sánchez Peláez en Venezuela que en cualquier otro rincón del planeta. Aunque nunca parece habérselo propuesto, su poesía está en la dependencia de la luz de Caracas donde fue escrita la mejor parte de su obra. Los antiguos griegos, expertos en todo, lo sabían muy bien y lo tenían como el peor de los castigos junto a la muerte. No me ocurre esto con frecuencia, pero hoy amanecí así, desterrado. Tampoco ayuda haber enviado los originales de mi nuevo libro de poesías a la editorial. No es que me sienta, y se me ha ocurrido, como si hubiese dado a luz, como si hubiese parido un volumen de poemas. Es más bien, aunque no tiene nada que ver, como debe haberse sentido Hemingway cuando perdió los manuscritos de su novela en un tren. El gran Hem no los recuperó; a mí me consuela pensar que con un poco de suerte puedo recuperarlos, ya publicados, en un tiempo prudencial. Recordando al gran narrador, encuentro que una de las causas de este mood mío de hoy es probable que tenga que ver con una baja en los niveles de alcoholemia. Hace tiempo dejé de ser un gran bebedor, pero lo contrario puede ser tan dañino. Mi organismo lo sabe, porque hasta hace unos pocos años, con el pretexto de procurar el desayuno de los domingos, apuraba con el cineasta Daniel Labarca unos cuantos vasos de cerveza antes de que comenzara la misa de diez de la mañana en la catedral de Valencia. 

Milán, martes 24 de diciembre de 2019

En fechas como estas, se hace más evidente la lamentable dispersión de los venezolanos. Los saludos de los amigos llegan de los lugares más improbables hasta hace poco; Tenerife, Salamanca, Sevilla, Santiago de Chile, San Juan de Puerto Rico y los clásicos como Nueva York, París y, por supuesto, Madrid, nueva capital de la intelectualidad venezolana en el destierro, ocupando lo que hasta hace poco era el sueño de sus ojos, es decir, la capital gala, Manhattan o el viejo Lundum. Hace un par de décadas se les criticaban a nuestros escritores los involuntarios anglicismos o galicismos en sus escritos, ahora tendremos que hablar de madrilismos, adoptados en la capital de Franco. Mientras, en esta ciudad lombarda, me ocupo de lo que llaman aquí el “cenone”, la cena de Navidad que, lamentablemente, no contará con ningún platillo de la tradición venezolana.

La academia de Atenas. Mural encontrado en Pompeya. Siglo 1 aC

Platón y la tradición oral

Una vez más, termino la lectura del Fedro, esta vez en la cuidada edición bilingüe griego-italiana, con diáfana traducción y eruditas y excitantes notas de Roberto Velardi y un esclarecedor prefacio del profesor Giovanni Reale. Es la que uso desde que la leí por primera vez en 2012. Conozco el texto por lo menos en cuatro idiomas y ninguna tan placentera (le plaisir du texte). He vuelto a mi preferido entre los diálogos platónicos no por la Navidad, sino a partir del intercambio de correos con Nicola Chionetti, mi amigo productor de vinos y privilegiado lector de Platón. Todo viene porque en las primeras páginas del libro que me regaló Nicola para estas navidades se habla de la difusión oral de los textos filosóficos del autor de República. En efecto, el primer capítulo de La crisi dell’utopia, el libro de Canfora que me regaló Nicola, advirtiendo en su dedicatoria sobre la eventual “crudeltà” de las ideas, se titula precisamente “I dialoghi di Platone come atti scenici”. El carácter escénico de los diálogos platónicos ya era reconocido por el gran discípulo Aristóteles al destacar que “el estilo de los diálogos de Platón se coloca a mitad entre poesía y prosa”. El carácter teatral de los diálogos es evidente en Fedro. Cuando Sócrates reconoce las bondades del lugar encontrado por Fedro para mantener una grata discusión sobre los méritos de Ilea, da la impresión de que estuviera hablando al público, como lo hace el personaje de Shakespeare cuando describe los particulares de la nave de Cleopatra: 

SÓCRATES: Por Hera, ¡qué lugar tan hermoso! El árbol de plátano es bien alto y su copa es amplia, también es alto y da mucha sombra la melisa que está en el momento de floración y perfuma el sitio. El arroyo es de lo más grato y corre bajo el plátano con su agua fresquísima como se puede sentir con el pie. Por las figuras votivas y las estatuas parece un lugar sagrado consagrado a las Ninfas.

Por lo demás, para el privilegiado seguidor de Sócrates, no había dudas de la preeminencia del discurso oral sobre el escrito. Y tal vez Fedro sea el texto platónico donde esta escogencia se expresa de la manera más clara. A finales del diálogo, Platón, quien viene de exponer la ambigüedad de la naturaleza humana con su conocida imagen del carro tirado por un caballo blanco y negro, tan agudamente criticada por Nietzsche, pone en boca de Sócrates las causas de su selección:

La escritura tiene esto de inquietante, Fedro, y la hace similar a la pintura. Las pinturas están delante de ti como seres vivientes, pero si las interrogas, permanecen solemnemente mudas. Lo mismo vale para los discursos… Una vez escrito, el texto se va por todas partes, llega a los expertos, así como a aquellos no preparados para recibirlo, y no sabe a quién dirigirse y a quién no. Si el texto viene ofendido o insultado injustamente, tiene siempre necesidad de la ayuda del padre (el autor), porque no puede defenderse.

En su metáfora, el texto escrito es el hijo “ilegítimo” del autor, y el “legítimo” es, por supuesto, el oral, que tiene un crecimiento “más sano y vigoroso”, puesto que se “escribe en el alma del individuo”. Al final de la lectura del primer capítulo del libro de Canfora siente uno envidia de aquellos griegos privilegiados que, probablemente a la orilla de un alto plátano o en algún luminoso pórtico, asistían a la representación de un diálogo como Fedro con dos actores que representaran los papeles de Sócrates y el joven Fedro.

Fachada de la iglesia de San Simplicio. Fotografía de Tango7174 | Wikimedia

Milán, jueves 26 de diciembre de 2019

Santo Stefano

La cena de Nochebuena animada por el incansable Alessandro y los vinos de los productores amigos. Ayer en la tarde una larga caminata que, por azar, me llevó a la magnífica iglesia de San Simplicio, cuyos orígenes paleocristianos hay que buscarlos en el siglo IV, cuando el gran San Ambrosio, tan grande era que fue el padrino de San Agustín en su conversión, comenzó su construcción en su calidad de obispo de Milán, una empresa que, dejada inconclusa a su muerte, la llevaría a feliz término Simplicio, sucesor de Ambrosio en el obispado y, como él, santo de la iglesia católica. La misa de Navidad comenzó a las 6 p.m con un sacerdote resfriado y el organillo con los compases del “Adeste fidele” cantados por una grata soprano. La basílica, en su estilo mestizo románico-gótico normando, sin tener las dimensiones de las grandes catedrales del período, es imponente. En el ápside la presencia del barroco lombardo con una magnífica “Coronación de la Virgen”, del Bergognone. La planta, en cruz latina, es una de las primeras de Italia, un acierto de san Ambrosio que sería repetido durante siglos. La primera lectura del oficio fue la profecía de Isaías, seguida por un fragmento del evangelio de Lucas, el que comienza recordando el decreto de César Augusto, donde ordenaba el censo en las provincias de Galilea. San José, con María en alto estado de gravidez, se vio obligado a trasladarse de Nazaret a Belén, de donde era nativo. En el camino, María daría a luz, en medio de todas las privaciones y peligros, a Jesús. Es la suerte de los grandes héroes, tener un origen oscuro y difícil. En este caso, fue la voluntad del mismo Dios padre, al cual nada le costaba conseguir un albergue apropiado para su hijo convertido en hombre. El mismo ángel que se le apareció a los pastores en pompa magna ha podido ocuparse de evitar tantas incomodidades a la Sagrada Familia “perché per loro non c’era posto nell’alloggio” (“para ellos no había puesto en las posadas”). Pero los verdaderos héroes están obligados a superar las pruebas desde su mismo nacimiento. Los mitos son así, fantásticos y absurdos.


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