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Diario literario

Diario literario 2019, abril (parte I)

por Alejandro Oliveros

Sin título. Luchita Hurtado, 1970

06/04/2019

Caracas, sábado 30 de marzo de 2019

Mon coeur s’ouvre a ta voix

“Mi corazón se abre cuando escucha tu voz”, podría ser la traducción del título de esta, la más hermosa de las arias escritas en francés durante el XIX e incluida por su autor, Camille Saint-Saëns en su popular ópera Sansón y Dalila. La descubrí en Nueva York hace mucho tiempo gracias, una vez más, al vate y melómano panameño Roque Javier Laurenza. Me decía Roque que, a pesar de la distinguida versión de María Callas, sólo debía escucharla en la voz de Marilyn Horne. Y, como siempre, tenía razón. Ninguna intérprete ha penetrado de tal manera en las intenciones del autor; su romanticismo elegante y decoroso, sin excesos patéticos. Algo que la norteamericana al parecer ha entendido mejor que nadie. En la versión que conozco de Sansón, ella se hacía acompañar por la formidable Joan Sutherland. Hoy, entre apagones y limitaciones, vuelvo a escuchar la conmovedora aria. El programador de Radio Classique me revela una versión desconocida de la melodía, ya no para voz y orquesta, sino para cello y piano. Una combinación ideal para expresar los tonos sombríos y la dulzura amorosa del original:

Mon coeur s’ouvre à ta voix,
comme s’ouvrent les fleurs
aux baisers de l’aurore.

Luchita Hurtado

A propósito de una importante muestra de sus obras en la galería Hauser & Wirth, de Nueva York, Luchita Hurtado, la pintora nacida en Caracas hace noventa y ocho años, reveló en una entrevista sus inicios en el arte: “Me hice artista gracias a la naturaleza. Recuerdo de niña estar observando una mariposa con un sentimiento muy intenso. Eso fue en Venezuela antes de cumplir ocho años. La atrapé y la fijé con un alfiler; lo recuerdo y todavía siento culpa y tristeza”. Dejando atrás la sórdida Venezuela de Gómez, tan sórdida como la de nuestros días, su familia se marchó a los Estados Unidos, donde la Hurtado ha pasado la mayor parte de su existencia. Pero también residió en México, en los días de gloria de Frida, Remedios Varo, Diego Rivera y terminó casándose con el destacado artista mexicano Wolfgang Paalen. Con él se residenció en California, para terminar casándose por segunda vez con otro artista destacado, Jeff Mullican, y con él se convirtió en madre de Matt Mullican uno de los más destacados plásticos de la actualidad. La exposición de la Hauser & Wirth, “Los años oscuros”, reúne obras de los años sesenta; cuando vivía en Manhattan, integrada al negocio de la moda, decorando grandes tiendas como Lord & Taylor. Hurtado ha sido una pintora proteica que, se destacó en los inicios del abstraccionismo y luego con una figuración próxima a Miró y a los mexicanos. Lo que más me conmovió de la entrevista, fue ese episodio aparentemente banal de contemplar, a los ocho años, una mariposa en Venezuela, que definió su existencia. Tanto depende de una mariposa amarilla bajo los cielos del trópico de Caracas.

Las sirenas y Ulises. William Etty. 1837

Dante y Ulises (1)

Cínicos y estoicos defendieron la figura de Ulises. Para los primeros, era el propio modelo del asceta que había sabido dominar sus instintos y, con voluntad indudable, e ingenio insuperado, sortear las amenazas de la drogadicción y la indolencia; así como los cantos de sirena que habían hecho sucumbir a esforzados navegantes; las tentaciones de Eros en las formas de Calipso, Circe y Nausicaa, un trío formidable; y, no lo menor, las amenazas de Hades. Los estoicos, por su parte, destacaban su entrega al trabajo y su disposición a la lucha no importa cuán desigual, como el enfrentamiento con el ojo de Polifemo. Sin embargo, las críticas al héroe no eran menos inquietantes: se había mostrado cobarde al negar el compromiso de Troya; fue él quien llevó a Ifigenia a despedirse de la “dulce luz” antes de ser sacrificada; con Diomedes se hizo de manera reprobable del Paladio troyano; su infame venganza de Palamedes, acudiendo a la más ruin de las calumnias;  raptó a Filoctetes y su arco; de manera impropia y vergonzosa despojó de las armas de Aquiles a quien más lo merecía, el esforzado Áyax segundo a ninguno en el combate quien, deshonrado por el hecho infame, habría de quitarse la vida; inventó el más cruel de los ardides, el engaño del caballo que llevó a los troyanos a una derrota que los cubrió, no obstante, con una dignidad que nunca tuvieron los aqueos. No es todo lo que le ha sido reprobado al hijo de Laertes. La condena definitiva es la de Dante, que lo sitúa en uno de los pasajes más remotos y penosos, el Octavo Bolso del Octavo Círculo, no muy lejos del dedicado a Judas. Otra tradición lo distingue cómo el héroe de sabiduría insaciable, la cual lo arrastra a una muerte ahogada. El episodio de las Sirenas, donde antes de inclinarse a sus encantos, prefiere amarrarse al palo mayor de su nave, sin dejar de escuchar, para satisfacer sus ansias de conocimiento, lo que las plumíferas criaturas tenían que decirle.

Caracas, domingo 31 de marzo de 2019

Le temps comm’il passe

Esto es lo más absurdo de la existencia, sentir cómo pasa el tiempo y no poder hacer nada al respecto. Como un grifo abierto en una tierra sedienta que no podemos cerrar. En una oportunidad, un poeta de la Dinastía Tang encontró a un hombre de mediana edad llorando a las puertas de la ciudad. Con ánimo de ayudarlo, le preguntó por las causas de su desdicha; el individuo, a través de las lágrimas, lo miró y le dijo: “Este día está por terminar, así fue ayer y así será mañana”. Ya en su casa, el poeta tomó su pincel y escribió sobre el blanco papel de algodón:

Este día
también pasa;
antes de amanecer
sólo habrá silencio
en la casa.

Un contemporáneo más conocido, Li Kiu Ling, escribió en aladas palabras:

En la región de las nubes espesas,
levanté mi cabaña;
en el polvo del mundo se pierden
mis huellas, me alejo sin cesar.
No me preguntes cómo pasa el tiempo.

Valencia, lunes 1 de abril de 2019

Sesenta horas sin luz a merced del cruel bochorno de la provincia tropical. Al calor se suman los zancudos y la humedad; la peor época del año para vivir en estas latitudes sin aire acondicionado. No es fácil el oficio de escribir, las exigencias no son sólo mentales sino físicas, como reconocía Martin Amis en un coloquio hace unos años en Cartagena. Cansa llenar las páginas con la pluma, no importa cuán atractivas; cansa corregir y transcribir al ordenador, cansa volver a corregir; cansa estar sentado tanto tiempo; cansa, en fin, la sospecha de que de todo esto no quedará ni una brizna de paja en el viento.

Dante y Ulises (2)

L’ombra di Ulisse (La sombra de Ulises, 1992)  es el título de uno de los dos libros, (el otro es Sulle orme di Ulisse, Tras las huellas de Ulises) que el profesor Piero Boitani le ha dedicado al asunto del personaje homérico. De todos los estudios que la segunda mitad del XX le dedicara a Ulises, ningunos más notables, y creo que es la misma opinión de George Steiner, que los de Boitani. Su especialización en literaturas comparadas, que lo ha llevado a enseñar en las más distinguidas universidades, le sirve de punto de apoyo para ofrecer insospechadas asociaciones y reveladoras intuiciones. L’ombra comienza con la relación menos obvia: la de Werther de Goethe, donde el malhadado protagonista se refiere al griego en su diario: “Cuando Ulises habla del mar desmesurado y de la tierra ilimitada es verdaderamente auténtico, humano, férvido, íntimo y misterioso”. La definición no puede ser más precisa. Todos hemos leído y releído Werther, pero hasta donde sé, que no creo que sea mucho, sólo Boitani lo ha recordado.

El segundo capítulo del libro, “Naufragio, interpretación y alteridad”, lo dedica el catedrático italiano al gran tema del Inferno, las relaciones entre Dante y Ulises. Uno de los rasgos en los que se detiene Boitani es la individualidad del héroe según Dante;  y es esta su diferencia esencial con el de Homero. El protagonista de los poemas homéricos, vive con la obsesión de todo marino, salvo el Capitán Ahab que tanto se parece al de Dante y que seguramente lo habría colocado al lado de Ulises en la geografía infernal, que es el nostos, el regreso a puerto. El de Dante lo contradice. Su obsesión es el ancho mar abierto. Una mar incógnita que es una metáfora de su verdadera esencia, que es el ansia de conocer. Este Ulises es una prefiguración del hombre del Renacimiento. Su expresión especular es Leonardo, representante de esa voluntad del individuo de su tiempo de saberlo todo y serlo todo. Espíritus como el de Maquiavelo, Alberti o Miguel Ángel, que no cambiaron el conocimiento por la salvación. Nunca fue Dante menos medioeval que al escribir su memorable Inferno XXVI, suficiente para concederle la inmortalidad en el caso de que no sobreviviera otra cosa. Los primeros en entender la modernidad de Dante fueron sus discípulos Petrarca y Boccaccio. Nunca se quejó tanto Petrarca como de su ignorancia del griego que le impidió leer a Homero en el original, la fuente de todo conocimiento para un poeta. Mientras Boccaccio, al tiempo que inventaba el género narrativo con su Decamerón, escribía su fascinante Genealogía de los dioses. No fue el Alighieri el primer hombre moderno, pero sí lo fue su Ulises. Ese príncipe de la libertad que no dudó, ante la condena eterna, de escoger la búsqueda del conocimiento con todos sus riesgos. Dice Boitani: “No pudo Ulises dejar de sentir que lo que le esperaba más allá de las Columnas de Hércules era la muerte”.

Valencia, martes 2 de abril de 2019

Fausto. Jean-Paul Laurens.

Dante y Ulises (3), Fausto

La exposición del profesor Boitani es brillante y reveladora. No obstante, termina sin hacer referencia, por lo demás no he leído a ningún estudioso que lo haga, a la que me parece la más inquietante de las implicaciones de la versión dantiana del protagonista de la Odisea. Me refiero a las afinidades entre el Ulises de Dante y la figura de Fausto, esa gloriosa expresión del imaginario medioeval germano. La leyenda, cuyos orígenes se han perdido, presenta a un sabio que, después de leerse todos los libros, siente que eso no basta para satisfacer sus ansias de conocimiento. Y se entrega al pacto con Lucifer, según el cual, a cambio de su alma envejecida —como la de Ulises—, lo dote de tratados y experiencias que le permitan resolver los misterios del universo. A pesar de sus orígenes tudescos, la primera versión teatral se la debemos a un inglés, el efímero e irrepetible Christopher Marlowe. En su Doctor Faustus, Marlowe presenta al sabio insatisfecho que más tarde ocuparía la atención de Goethe. Como el Ulises de Dante, quien después de un año con Circe, iniciaría su aventura epistemológica, Fausto desea un cuerpo de mujer, pero no uno corriente, sino el de la más bella de todos los tiempos, la distante Helena. Mefistófeles cumplirá con esta, la primera de sus exigencias. Las que vienen después están orientadas a lo que más interesaba al griego y más interesa al alemán, saciar su sed de conocimiento:

FAUSTO: Quiero un libro donde pueda estudiar todos los embrujos y encantamientos para disponer de los espíritus cada vez que yo lo desee… Quisiera otro donde pudiera observar todos los personajes que hay en el cielo y conocer todas sus acciones e inclinaciones… Y aún otro libro donde pueda estudiar todas las plantas, hierbas y árboles que crecen sobre la tierra.

El buen doctor estaba convencido de que, “Un buen mago es un dios poderoso; / Esfuérzate en convertirte en ese dios, Fausto”. Las ambiciones transgresoras del personaje, su ambición de saber tanto como el Creador, son una expresión de esa “ambición enciclopédica” que Pound supo precisar en Dante.

Como Ulises, Fausto es un condenado. Sus Columnas de Hércules son el pacto firmado con Lucifer. Y, como hubiese hecho el héroe griego en circunstancias parecidas, rechaza la invitación al arrepentimiento: “¡Estoy decidido! Fausto no se arrepentirá. Ven Mefístófeles sigamos discutiendo”. Dante no conoció la fascinante historia de Fausto, pero su Ulises es el más faústico de los personajes:

Feliz aquel
que, como
Odiseo,
regresa en toda
su estatura,
y se descubre
sin ansias
ni deseos
y vuelve de nuevo
a la aventura;
seguro
de que su sed
de saber lo
conducirá
a una muerte
segura.

Ulises y Gilgamesh

La epopeya de Gilgamesh es la madre de todas las épicas occidentales. El magnífico poema escrito en tablillas babilónicas hacia 1100 a.C.,  estableció los pasos de la aventura del héroe que encontramos en las grandes sagas: el viaje iniciático, la tentación de lo femenino, el descenso al inframundo y el nostos (regreso). Homero lo conoció de oídas, como todo lo que conoció, y transformó a su esforzado héroe, Gilgamesh,  en Ulises, rico en ingenios. El itinerario de Gilgamesh lo define también el conocimiento. No lo espera ninguna Penélope; ni tiene, al final, que fundar ninguna ciudad. El extraordinario texto canta y cuenta la más triste de las historias: el fracaso del héroe en su búsqueda de la inmortalidad. Si bien le está permitida la vuelta a la patria, lo que regresa es un muerto-en-vida; un cascarón vacío “sin ansias ni deseos” después de fracasar en su gesta heroica. La derrota de Gilgamesh, que es todo lo que lleva de regreso a casa es la de todos los humanos, “el que vio lo más hondo”, el que “vio lo secreto/y descubrió lo escondido”, no pasó más allá de lo que sabemos, y de lo que sabía el Ulises de Dante, que al final el mar será “sopra noi richiuso”.

Caracas, miércoles 3 de abril de 2019

Tinieblas

El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness)  es el nombre de la novela africana de Joseph Conrad. Cuenta el viaje del protagonista subiendo por el río Congo en busca de un administrador colonial del cual se han tenido pocas pero inquietantes noticias. Y lo encuentra en medio de la más absoluta irracionalidad; se ha convertido en una especie de divinidad déspota que mantiene sojuzgada a la primitiva población. El que llegó en plan de negociante y civilizador, de redentor de los marginados,  se convirtió en un tirano totalitario gobernando con el terror y la amenaza. Una tragedia colectiva más cerca del infierno que del bienestar. El corazón de las tinieblas es el resultado final de todos los regímenes totalitarios. El bien público deja de ser una preocupación del gobernante; la vida y la muerte de sus gobernados “no tiene la menor importancia”. La existencia de los habitantes ha dejado de ser una preocupación para transformarse en una carga. Los “vivos” quieren alimentarse, alumbrar las noches y disfrutar los placeres del agua; pretenden el bienestar todos los días. Que sus hijos no lloren amargamente en las noches por el miedo a la oscuridad. Que los ancianos no mueran de mengua en desolados pisos y abandonados hospitales. Los vivos quieren amarse,  además, y a veces hasta reproducirse. En ocasiones aspiran a ser felices, con lo cual evidencian de manera palmaria su voluntad opositora, todo para incomodar a los líderes. Esa banda de criminales que, como en Viridiana, se han apoderado de la casa ajena para un festín que terminará con la destrucción de todo lo que encontraron, porque sí, por lo mismo. Todo andaría mejor para ellos si no fuera por la deriva opositora de los habitantes que insisten en vivir en su propio país en vez de marcharse para siempre. El corazón de las tinieblas se estableció en Rusia y China y se manifestó en los más dilatados genocidios del siglo XX. También en la isla antillana se impuso el corazón de las tinieblas, donde la dignidad fue el nombre de la mueca que escondió la degradación material y psíquica. El corazón de las tinieblas es lo que vivimos en Venezuela. Me refugio en la consideración de que el corazón de las tinieblas es la fase terminal de toda tiranía totalitaria.

Caracas, jueves 4 de abril de 2019

Milagros y clarinetes

Gracias a un “nuevo milagro de la primavera” he sido privilegiado con algunas horas seguidas de servicio eléctrico. Suficiente para poder escuchar, por primera vez, el Trio para clarinete Op.40 de Aleksander von Zemlinsky, maestro de Schönberg y probablemente amante de Alma antes de que fuera Alma Mahler. La pieza tiene toda la decadente elegancia y melancolía de la Viena de Francisco José antes de la Primera Guerra. Las nostalgiosas cadencias del segundo movimiento con el clarinete cantando toda esta tristeza son conmovedoras. “Se canta lo que se pierde”, decía Machado y esto es lo que hizo von Semlinsky con su conmovedora pieza, que pude conocer gracias a un nuevo milagro de la primavera en el trópico.


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