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Diario de Milán

Diario de Milán: noviembre 2018 (parte IV)

por Alejandro Oliveros

Detalle de la catedral de Milán. Fotografía de Daniel Enchev / Flickr

10/11/2018

Milán, lunes 5 de noviembre de 2018

Con el mal tiempo en toda la península, han llegado las bajas temperaturas, que pueden hacerse incómodas con la elevada humedad. Y este valle del Po no es el más seco de los climas, aun cuando sus rigores no sean tan bochornosos como los de la provincia natal, con su calor humillante y humedad inmoral. El invierno se acerca a estas regiones, recordándonos que el año se termina, un 2018 que no retornará “mai”. Han transcurrido 45 semanas, que en el recuerdo no alcanzan los 45 minutos. Así de absurda e ingrata, a pesar de todos sus dones y maravillas, es la existencia que nos fue dada después de la expulsión del Paraíso; en lo que siempre me ha parecido una decisión desmesurada del siempre desmesurado dios omnipotente. No era para tanto, nada puede ser para tanto. Pero, como se sabe, no son los dioses, antiguos o modernos, los seres más justos, aunque sí en exceso justicieros.

Exilios italianos

En estos días he sido sorprendido por dos versiones al italiano, realizadas por dos distinguidas profesoras, una italiana y la otra venezolana, de “Lamento de un exiliado que duerme a su hija”, el último de los poemas de la serie que, provisionalmente, he llamado “Exilios”. La lectura de estos textos en la lengua de Leopardi no habría sido especialmente difícil, de lo cual no estoy seguro ahora, en esta vida al revés que nos ha convertido en emigrantes:

Lamento di un esilato”

Domani, quando
ritornerai al paese natal,
dimmi se gli apamates
vicino a casa
sono sul punto di fiorir;

e se dall’Avila,
gli azzurri del cielo
si son distesi sul mar.
Tu puoi farlo,
io devo ancora aspettar.

Mentre la figlia,
che non lo conosce,
prima di dormir
mi fa la domanda abitual
Quando ritorniam
al tu paese natal?”

La otra versión del mismo texto:

Domani, quando
ritorni al paese natale (ritornerai?)
dimmi se gli “apamates”
vicino a casa
sono sul punto di fiorire; (stanno per fiorire)
e se, dall Avila,
gli azzurri del cielo
si sono distesi sul mare.
Tu puoi farlo,
io devo ancora aspettare. (aspettare ancora)

Mentre la figlia,
che non lo conosce,
prima di dormire
mi domanda di nuovo (mi chiedi ancora)
Quando ritorniamo
al tuo paese natale?”

Y este es el original:

Lamento de un exiliado que duerme a su hija

Mañana, cuando
regreses al país natal,
dime si los apamates,
cerca de la casa
están a punto de florear,
y si, desde el Ávila,
los cielos azules
ya se tienden sobre el mar.
Tú puedes hacerlo,
yo aún tengo que esperar.
Mientras mi hija,
que no lo conoce,
vuelve a preguntar,
«Cuando regresamos
a tu país natal».

 

 Tal vez la diferencia más evidente entre ambas versiones, igualmente logradas, sea que, en la primera, la traductora ha acudido a ciertos giros (“natal” por “natale” o “ritorniam” por “ritorniami”) para conservar algunas de las rimas del original. Ambas, no obstante, mantienen el sentido y la significación de la narrativa. Aunque tal vez en castellano el dramatismo sea mayor. Al fin y al cabo, trata de una lengua que se inició cantando un amargo exilio. Que no fue así en italiano, cuyos primeros poetas, emulando a sus vecinos provenzales, comenzaron cantando no la guerra sino el amor.

Leyendo estas traducciones me doy cuenta del problema que significa para sus autores encontrar un equivalente a las especies vegetales que menciono en el poema, en este caso apamates, que no se conocen en Italia. Tal vez la salida sea colocar unas notas al final del libro. En todo caso, no deja de ser emocionante sentirse cantando en el idioma de Pavese y Montale.

*

Milán, martes 6 de noviembre de 2018

Tiempos de destierro

Malos tiempos estos para la migración. Nunca son buenos en verdad, cuando se tiene que abandonar la comarca natal para enfrentar en otras tierras seguros vendavales. No obstante, las condiciones, en algunos contados casos, pueden ser propicias para el que migra. Que fue lo que ocurrió en la Venezuela de mediados del siglo pasado. Los que llegaron de todas partes durante esos años, se encontraron con un país que literalmente los estaba esperando para iniciar la construcción de una realidad moderna. El doloroso destierro encontraba un alivio en las posibilidades reales de una vida nueva y mejor. La situación por desgracia ha cambiado, no solo en el país sudamericano sino en todo el mundo. Los que llegan por necesidad de otras regiones ya no solo no son bien recibidos sino que han pasado a ser refugiados repudiados. La deriva neo-fascista de las democracias occidentales insiste en el rechazo a la inmigración y propicia el cierre de fronteras, como en los Estados Unidos o Polonia. Aquí, en Italia, la coalición de ultraderecha se ha reconocido marcadamente anti-inmigración lo cual no es sino una expresión del más peligroso racismo. En Inglaterra las regulaciones serán no menos agresivas, y el mismo sentimiento ya se extiende por los países del viejo Pacto de Varsovia, como Hungría, Polonia. Y en Alemania, hasta ahora moderada y racional, no se prevé una reacción muy distinta. Malos tiempos para la migración y, asimismo, para la cultura occidental, que, desde la Grecia clásica, ha basado su desarrollo en la pluralidad poblacional. Lamentable comienzo para un siglo que esperábamos menos traumático y criminal que el que dejamos atrás.

Letteratura storia civilta

Ya tengo en las manos el tercer tomo de esta magnífica serie de títulos sobre la Antigüedad, dirigida por el profesor Luciano Canfora con sus colegas Giuseppe Cambiano y Diego Lanza: I Greci e Roma, tra modelli classici e rimescolamenti di genere (780pp) es como se llama e incluye iluminadores estudios sobre un tiempo confuso y de ansiedad que fue el de la transición entre Grecia y Roma, y más tarde entre paganismo y cristianismo. El último de los ensayos, firmado por el profesor Giovanni Salanitro, eminente profesor de la Universidad de Novara, está dedicado a los centones, que el diccionario los define como “Composiciones en prosa o poesía que son el resultado de la combinación de fragmentos, frases, versos o hemistiquios de un autor famoso que tienen un sentido distinto al original… Una composición literaria formada por fragmentos de diversos autores”. En lo que todos están de acuerdo es que, en todos los caso, la originalidad queda descartada. Una definición más amplia incluye las composiciones musicales, “compuestas por fragmentos de varias obras de un solo autor o de varios autores”. La actividad se popularizó en la tarda Antigüedad y algunas muestras se incluyen en la Antología palatina. El interés por los centones no puede ser más actual. Han sido no pocos y no precisamente ayunos de talento, los autores y artistas contemporáneos que han acudido a la práctica. Aunque tal vez sea en las artes plásticas donde se encuentren los ejemplos más elocuentes. La contemporaneidad de la técnica debe entenderse como un cuestionamiento, uno más, al culto de la originalidad que mantuvo el artista moderno. Tempranamente, T.S. Eliot, en su juventud el más radical de los modernos y luego el más conservador de los pensadores, advertía que “toda originalidad es espuria”.

Centón Homérico

Canta, oh musa, la cólera del inmortal Jesucristo,
cólera justa y divina que llevo al infierno
infinidad de almas de comerciantes ávidos,
que profanaban a diario el templo de las oraciones.

 Como se recuerda, se trata de la invocación del comienzo de la Ilíada, adaptada por el autor de estos diarios a la leyenda cristiana, con precarios resultados.

*

Milán, miércoles 7 de noviembre de 2018

Los centones (2)

En su revelador ensayo, el profesor Salanitro ofrece su propia definición de los centoni: “Los estudiosos están de acuerdo en definir los centones como una “poesía (carmine) de carácter serio o en forma de parodia formado por la combinación de versos, o fragmentos de versos, tomados de poetas de la Antigüedad y, naturalmente, la fuente principal ha sido Homero”. Los llamados centones homéricos podían ser paganos o cristianos. Y nos recuerda Salanitro que, entre los segundos, nadie se destacó más que la formidable Eudocia, la culta ateniense esposa de Teodosio II, emperador romano de Oriente de 408 a 450. En sus Homerocentones, la cristiana princesa utiliza, al parecer no sin genio, pasajes, versos o hemistiquios del texto homérico para destacar episodios de la leyenda cristiana a partir de la narrativa homérica. El término “imitación” es fundamental para entender la metodología del centón. No se trata de plagio servil, sino de lo que es una imitación creativa y paradójicamente original. Fue lo que antes de Eudocia hicieron con impar genio Virgilio o Catulo. La imitatio fue uno de los recursos más reiterados por los poetas de la Edad Media latina. Fue retomada en varias ocasiones hasta su florecimiento en el siglo XVIII y comienzos del XIX. Andrés Bello fue uno de los cultivadores más brillantes de su tiempo en la práctica del arte de la imitación. Un género despreciado por los románticos del siglo XIX y del XX pero que conoce un resurgimiento en el XXI. En Inglaterra, uno de los libros de poesía más brillantes publicados en estas dos décadas del nuevo siglo es, precisamente, una larga imitación, un poemario entero, del Machado de Campos de Castilla, escrito por el escoces Robin Robertson.

Venezuela en el mundo

Dos experiencias recientes sobre lo que en el extranjero se puede pensar del país. En la primera, al ser presentado a una amable señora alemana, y al enterarse de donde provenía, me dijo con incredulidad, “Ah, usted es venezolano!”, sorprendida de que todavía hubiese venezolanos con vida. Me sentí como un sobreviviente de Hiroshima o Nagasaki. En la segunda, después de escuchar mis escuetos comentarios, un amable productor de vinos, me interrumpe para decirme que algo parecido había visto en África, Namibia, creo, de donde había regresado hacia poco. Le digo que lo que ocurre en esos países y ocurrió en otros como la Cuba del “periodo especial”, sin grandes recursos económicos, es un desastre. Lo de Venezuela es una tragedia, como las de Sófocles o Esquilo. Su única diferencia es que la nuestra es una tragedia colectiva.

La puerta de Magda Szabó

Hay libros que nunca leeremos. Hay otros que hemos comenzado a leer y nunca hemos terminado, y nadie sabe si algún día lo haremos. Hay libros que hemos leído de modo intermitente, con interrupciones de duración imprecisa. También los hay que son leídos de rebote, a saltos, volando sobre las paginas hasta llegar al final. Algunos, aunque comenzados con entusiasmo, han quedado para siempre interrumpidos (me pasó con Cien años de soledad). Son harto variadas las formas de leer y no leer los libros. Con La puerta, de la reconocida, incluso por Herman Hesse, Magda Szabó, me ha ocurrido algo particular. Desde julio de este año, cuando la adquirí en su versión al italiano, hasta hoy, he empezado a leerla no menos de media docena de veces, y no he podido, aunque lo deseo intensamente, pasar del primer capítulo de apenas tres páginas. La Szabó (1907-2007) fue una de las más destacadas representantes de lo que llamo narrativa post-Kafka, que incluye a otros autores como Beckett, Borges, Durrenmatt y, más recientemente, al también húngaro Lázló Karznahorkay. Que leyeron al autor de El proceso y se inscribieron en un cuestionamiento del neo-realismo de novelistas como Hemingway, Greene o Moravia.

La puerta, es su novela más difundida y, sin duda, una narración formidable, si el resto del volumen es como el primer capítulo. Se trata de las tres primeras páginas más intensas que he leído en años. Su protagonista es una escritora recién mudada que contrata los servicios de Emerenc, una anciana criada. Antes de la primera entrevista, la narradora nos introduce a su perturbadora vida onírica. Sueña poco y cuando lo hace se trata siempre del mismo sueño, una pesadilla que la baña en sudor y de la que se despierta por sus propios gritos. “De niña nunca soñaba”, nos dice, “y de adolescente muy poco”. En el sueño, un “horror más trágico que cualquier experiencia real”, aparece al lado de un moribundo esperando la ayuda de unos enfermeros que, cuando al fin aparecen, quedan del otro lado de la puerta —el nombre de la novela—, porque la cerradura está bloqueada y no puede abrirla. Grita, pide ayuda, pero ninguno de los inquilinos del edificio acude a ayudarla porque, sencillamente, ha enmudecido y nadie la escucha, “En este momento me despiertan mis propios gritos. Y así todas las noches”. Al final del fragmento, para consolarnos, la protagonista nos revela, de lo más tranquila: “Debo admitir que a Emerenc la he matado yo. Quería salvarla, no destruirla pero no puedo volver atrás para cambiar las cosas”. Mucho me temo que esta vez tampoco pasare de la tercera página.

*

Milán, jueves 8 de noviembre de 2018

Radio days

Paso más tiempo escuchando las programaciones de Radio Classica Milano o Radio Classique que en cualquier otra actividad diaria. Las escucho cuando escribo, cuando leo, cuando cocino, cuando manejo, cuando estoy dormido y cuando estoy despierto. Nunca he sido mucho de televisión y me siento mejor acompañado por la radio, que, entre otras virtudes, nunca exige que la miremos cuando nos habla; es independiente, más privada y menos invasiva. Hoy, apenas me despierto, a las 6:35 am, ponen en la emisora milanesa el difundido Carnaval Op. 9 de Schumann. Debo decir que es una de las pocas composiciones que no dudo en reconocer, unos acordes que siempre he llevado en la memoria y en el corazón. La descubrí, tardíamente, al azar, en el respaldo de un registro de la Fantasía en D del mismo Schumann que era lo que me interesaba. El intérprete era Wilhelm Kempf para DG. Durante casi una década se convertiría en mi versión preferida del Carnaval hasta que escuche la de Claudio Arrau para Philips y me cambié de bando. Pero esta mañana, en la oscuridad de estos amaneceres tan demorados, sin saber mucho de intérpretes, cortesía de mi “oído de artillero”, como diría Rossini, creí que se trataba de un pianista que no era ni Kempf ni Arrau. La sentí más brillante y elocuente y, también, a ratos más distante. Me pareció, primero, algo diferente y, segundo, más personal. Pero, ¿de quién se trataba? Nada me costó esperar hasta las 7.05, cuando concluyeron los 29’ que dura la pieza, para que el locutor aclarara que se trataba de Arturo Benedetti Michelangeli en la legendaria grabación en vivo de su concierto londinense de 1957. Benedetti, fue el más grande pianista italiano del XX, apenas comparable con el no menos legendario Ferruccio Bussoni. El Carnaval del excéntrico virtuoso (en una ocasión suspendió un concierto porque había mucha humedad en la sala, algo de lo que solamente él se percató) es en verdad especialmente brillante y especialmente personal; casi perfecta se diría, si eso quiere decir algo. No obstante, esta vez no me cambio de bando. En esto sigo fiel a Claudio Arrau, con la que profeso a Christian Ferras, una de las pocas fidelidades que he mantenido en música. Uno de los momentos más emocionantes del Carnaval suchumaniano es el Fragmento No.12, en el cual el torturado compositor rinde homenaje al querido Chopin, citando los compases más conmovedores de su conmovedora Ballada No.1 Op.23, a la cual le he dedicado algún párrafo en las páginas de estos diarios. De la misma manera lo hace con partituras de Schubert y Paganini, en una suerte de centone de música romántica.

Más Debussy en su centenario

Una de las consideraciones más difundidas sobre la música del maestro francés de La mer, es su estilo en apariencia “impresionista”. Algo que he venido escuchando y leyendo desde adolescente sin terminar de entender muy bien. No termino de relacionar las técnicas cromáticas y perspectivísticas de Manet, Monet, Degas, Renoir o Seurat con composiciones como La siesta de un fauno o su Rapsodia para clarinete y orquesta. Me consuela pensar que no he sido yo el único que ha tropezado con estas dificultades. Muchos estudiosos han cuestionado estas afinidades y hasta ahora no han llegado a ponerse de acuerdo. Es cierto que, en una etapa avanzada de su carrera, al oponerse a la música narrativa y “tsunámica” de Wagner, y cuestionar de paso el academicismo de su tiempo, se acercaba a propuestas básicas del impresionismo, como la oposición a argumentos y narrativas. Con esta, y otras coincidencias (sensualidad, libertad), Debussy abrió las ventanas a la música moderna como sus contemporáneos y amigos habían hecho con el arte. Visto así, no carece de fundamento una supuesta música “impresionista”. Un nuevo libro acaba de ser publicado donde su autor Stephen Walsh, el mejor biógrafo de Stravinsky, se detiene largamente en el análisis de estas correspondencias. Habrá que esperar a que mi estudiante y apasionado debussysta, Angel Alayón, se ponga en el libro para poder comentarlo: Debussy: A Painter in Sound by Stephen Walsh.


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