Diario de Milán

Diario de Milán, enero de 2019 (parte IV)

por Alejandro Oliveros

26/01/2019

War Cut. Gerhard Richter, 2005

Milán, jueves 17 de enero de 2019

Niebla y sol

Después de una mañana “clausurada”, con una niebla impenetrable, el sol ha hecho su aparición en las primeras horas de la tarde para darnos un poco de luz antes de que se ponga, en un par de horas, llevándose la claridad y lo que queda de este jueves, tan efímero como son los dones de los dioses.

Gerhard Richter

Una de las exposiciones más emocionantes que me ha tocado visitar en los últimos años fue la que el Museo de Arte de Nueva York le dedicó a Gerhard Richter en 2002. Cuarenta años de trabajo y cientos de obras, entre las cuales estaba la estremecedora serie de pinturas de gran formato, en blanco y negro, realizadas en base a las fotografías que los servicios de seguridad alemanes hicieron a Ulrike Meinhof, la activista política de los “años de plomo”, después de haber sido encontrada en su celda ahorcada por sus propias manos, al menos esa fue la versión oficial. Pero también vi obras menos dramáticas, como Ema, su famoso desnudo bajando una escalera, una alusión a Duchamp, para el cual le sirvió de modelo su esposa Ema, a la sazón en estado de la hija Betty. Recuerdo que la muestra le sirvió a Don De Lillo para escribir un escalofriante relato publicado en The New Yorker.

Milán, viernes 18 de enero de 2019

Richter (2)

En la consideración de críticos y galeristas , en una de las raras ocasiones en las que no andan descaminados, Gerhard Richter es el más grande de los artistas vivos. Una opinión que se ha mantenido vigente a lo largo de una década, por lo menos. Es posible que el británico David Hockney se cotice mejor en este momento, pero a nadie, ni al mismo Hockney se le ocurriría pensar que su producción está al mismo nivel que la del alemán.

Richter es una especie de genio renacimental que se expresa en una variedad de medios con la misma fortuna: grabado, escultura, fotografía, cine, edición, pintura y foto-libros. De esta última actividad le recuerdo la impecable edición de un libro sobre la guerra en Irak, War Cut (2004), una de las expresiones más estremecedoras que conozco sobre el trágico conflicto. Son más de 265 imágenes abstractas que revelan con claridad, tensión y dramatismo la violencia del enfrentamiento. Mucho más que cualquier serie de fotografías, documentales o reportajes. Un logro efectivamente admirable, pero lo es aún más al descubrir, al final del volumen, que todas las imágenes son fragmentos aislados de una de sus pinturas abstractas, Abstract Painting (CR 648-2), un enorme lienzo realizado años antes de la primera devastadora invasión a lo que una vez fuera Mesopotamia. Las imágenes son acompañadas por 155 textos sobre la guerra, algunas veces pocas líneas, tomadas de artículos sobre la guerra publicados en el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Como ocurre no pocas veces con Richter, son cosas que hay que ver para creer. Lo mismo que su inquietante producción de telas en blanco y negro o color que tienen como modelo las fotografías tomadas por el mismo artista. Esto, como sabemos, no tiene nada de nuevo, ya lo habían hecho los impresionistas como Degas, cuyas bailarinas son más fotográficas que reales. Pero en un alarde del más puro realismo, Richter ha pintado exactamente lo que ve en la fotografía. No obstante, el resultado tiene el suspenso de Vermeer y la atmósfera metafísica de Carrà o Chirico. El ejemplo más difundido es el nítido retrato de la cabeza de espaldas de su hija Betty de 1988. Tan conocida e influyente es la borrosa pintura que le hizo a su esposa Ema mientras desciende, en estado de Betty, desnuda una escalera, en un claro homenaje a Marcel Duchamp. De los desnudos se ha ocupado ampliamente Richter y en algunos realizados en blanco y negro hacia los sesenta, los Easter Nudes (1967) sorprende la coincidencia iconográfica con los desnudos del venezolano Juan Vicente Fabbiani, donde el erotismo es comprometido por el carácter grotesco de figuras y composición. Por lo demás, la única muestra de humor en la obra de ambos maestros.

Un notable ensayo de Dana Goodyear en The New Yorker tal vez nos ayude a leer mejor esta iconografía, cuando nos recuerda algunas circunstancias de la vida de Richter (Dresde, 1932). La no menos trágica fue la violación de su madre por soldados de ocupación rusos en la más absoluta impunidad, a lo que siguió el suicidio del padre y la desaparición de dos de sus tíos, que sirvieron en el frente oriental; así como la eutanasia de una de sus tías y la muerte de sus compañeros de colegio víctimas de la masacre bombardeada de la aviación inglesa sobre Dresde. Durante los treinta años que vivió en la República Democrática Alemana, Richter estudió arte y se convirtió en un destacado exponente de la estética realista socialista; hasta que, en los años sesenta, migró al oeste, estudió en Düsseldorf y conoció la obra de los que serían sus mejores modelos, Joseph Beuys y Andy Warhol.

Milán, sábado 19 de enero de 2019

6.55 am

Este es el borrador de un texto que, si logro “repararlo”, como le aconsejaba el Premio Nobel W.B. Yeats, a otro Premio Nobel, T.S. Eliot, lo incluiría en mi Cuaderno de Milán. Las referencias a Gérard de Nerval son claras y deben tomarse como un pequeño homenaje al gran poeta.

Segunda vida

Cuando el sol invicto
se pone
por el horizonte
del cielo,
nos deja a todos
a solas
en el incierto mundo
del sueño.
Anoche soñé
con mi padre,
nervioso y viejo,
buscando en el aeropuerto
el último de sus vuelos;
un hombre del campo
enviado lejos
de su pony azul
y de su suelo.
En otro me encontré
con amables rostros
en un espejo;
la mirada de los seres
que más he querido
y quiero.
No son siempre
dones del cielo
lo que se nos aparece
entre miedos.
Pero son
una segunda vida,
para el que sepa
leerlos, más allá
de esas puertas
de marfil y cuerno.

*

Beethoven Chopin

A mis veinte años pensaba como los personajes de Aldous Huxley al final de su olvidada y en un tiempo tan leída novela Contrapunto; esto es, que como algo podía ser tan bello como el tercer movimiento del cuarteto para cuerdas Op. 127 de Beethoven. Ahora, justo cincuenta años después, medio siglo, me encuentro pensando lo mismo —algo impensable en aquel momento para mí y mis amigos de generación, o de otras, como Teófilo Tortolero, Eugenio Montejo o Adriano González León—, de la Balada #1 Op. 23 de Chopin que, en la versión tan lírica de Igor Pogorelich, acaba de transmitir Radio Classica Milano.

Este es un amanecer de revelaciones. Ahora escucho, con un placer inédito, porque nunca he sido un admirador de la Séptima Sinfonía de Beethoven, su segundo movimiento. Cortesía del buen Leonard Bernstein, cuya es la versión, con la Filarmónica de Nueva York, escogida por el programador de RCM, para iluminar las primeras, gloriosas horas de esta mañana del sábado. No es casual que fuera esta partitura de Beethoven la escogida para su último concierto, nadie la ha interpretado como él. El famoso carisma del director pude disfrutarlo solo una vez, cuando, con la misma orquesta, que fuera suya durante muchos años, dirigió, una emocionada Primera Sinfonía de Mahler; ante la cual no es mucho, en todo caso no tanto, lo que ha cambiado mi opinión en todo este tiempo.

Milán, lunes 21 de enero de 2019

Luna rossa

Hoy, por el horizonte del cielo. el acontecimiento astronómico, siempre inquietante, de un eclipse total de Luna. La desaparición de la brillante superficie celeste, la única compañía segura del hombre en el amplio espacio de la noche, nos atemoriza incluso en nuestros tiempos de tecnologías. Por eso produce una dicha arquetipal ver que, lentamente, la luz regresa al satélite. Para nuestros ancestros recolectores/cazadores el fenómeno tenía que ser el más preocupante. Nadie les garantizaba que iba a regresar aquella luz que nunca los abandonaba en las oscuridades de las grandes y peligrosas praderas. Eran los poetas, seres nocturnos desde entonces, los más preocupados; no de balde se llama Los adoradores de la Luna el poemario del estupendo poeta colombiano Jaime Manrique.

Por lo menos tan emocionante como el eclipse total es la luna roja que fue apareciendo una vez desaparecidas las sombras. Se trata de uno de los espectáculos celestes más memorables; una Luna trasvesti disfrazada de sol por unos instantes. Los napolitanos, que a todo le han cantado desde Grecia (Virgilio se residenció en las afueras de la ciudad), le dedicaron una canción a esta “luna rossa” cuya experiencia más dramática es la que ofrece el golfo napolitano iluminado en rojo por el gran disco. El compositor de la canzone es Renato Carossone, asiduo visitante de Caracas a mediados de los cincuenta. La escribió en la rica lengua, dialecto para los ignaros, de su ciudad y no puede ser más conmovedora.

Vaco distrattaament abbandunato
l’uocchie sotto ‘o capiello
annascunnute mane ‘inta’a sacca
el bavero alzato vaco
ca so’asciute
E la luna rossa me parla ‘e te

Milán, martes 22 de enero de 2019

Carl Schmitt y el 23 de enero

Vuelvo a una oracular afirmación de Carl Schmitt, uno de los tres grandes gurús alemanes del siglo XX (los otros dos Ernst Junger y Heidegger), a propósito de lo que puede ocurrir mañana en Venezuela, en lo que seguramente será una de las jornadas más trascendentales de toda su historia: “El enemigo mientras más vencido, más enemigo”.


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